ÁNGELA BOTERO, UNA POETA CON-VIDA

Dueña de un estilo y una caligrafía particular, no hay mayor de 40 años en Medellín que no hubiera dedicado uno de sus poemas al enamorarse. Una autora que busca la vida en la poesía, el dolor y el amor.

 

Escribe / Mariana Arango Trujillo

La poeta paisa de niña quería ser trapecista: “Quería volarme con un circo”. Nunca pensó en ser poeta ni siquiera ahora con 62 años: “Yo nunca he pensado que soy poeta. Sé que juego con las palabras, que tienen millones de significados”. Ángela María Botero López aprendió a jugar primero con las letras que con sus amigos, no tiene ninguna educación literaria; no sabe cuál verso va con cuál, que el primero con el tercero y el segundo con el cuarto. No. Aun así, revolucionó la poesía con renglones sencillos, cargados de sentimientos y escritos en mayúsculas, ediciones creativas y coloridas, títulos juguetones, poemas juveniles, ligeros y profundos.

“A mí las cosas me suenan y como vienen de adentro son de verdad”. Fue best seller en ventas, pero nunca le ha importado porque tampoco quiso ser famosa ni de niña ni ahora.

Sus Amarguraslas palabras de más / las lágrimas que no salen / las maletas / la letra menuda / (…). Le fastidian los textos largos y es experta en resumir, odia las disciplinas y lo cuadriculado. Todos estamos rayados / pero hay unos rayados / y otros cuadriculados.

Su materia preferida era Filosofía, intercambiaba con sus compañeros trabajos de Ciencias Exactas por los de las Humanas porque nunca le entraron las cifras. “A mí tíreme letras, no números”. No tiene concepción del dinero: “Dejame un montoncito ahí que yo voy sacando”, le dice a su esposo.

Sus poemas: originados en el dolor humano, el dolor de existir, de ser. “Yo comencé y aprendí a escribir a partir de mi dolor”. No escribía un diario ni tenía disciplina, pero sí era constante.

“Escribo para sanar y para sacar”. Alguna vez le preguntaron por su público objetivo a lo que respondió: “What? Yo”. Afirma que si lo que escribe puede ayudar a otras personas, perfecto, aunque el primer auxilio es para ella. La mecánica para escoger cuáles poemas van en un libro es sentarse con un archivo de libretas y el que la erice, ese va. “Me siento una tarde y quedo hasta aquí”, pasa su dedo índice por la frente.

“Tengo ese rollo que busco solucionar todos los días de mi vida: una depresión grande que una parte es endógena y otra mi manera de ser”. Lo acepta y lo trata. Casi nunca está muy feliz. Casi siempre está en paz. No es una persona alegre, aunque sí es un “payaso”, le gustan los memes, se ríe con estruendo y sonríe al final de cada frase, “pero soy una persona triste porque me duele la vida, la mía y la de todos. La sensibilidad es lo mejor y peor que tengo”.

Son 14 libros, con títulos divertidos, de doble sentido: Sol Edad (1984), Callada Mente (1985), Ex presiones (1986), En amor arte (1987), Mi mar (1988), Con sentido (1989), Para tiCositas simples que te hacen feliz (1992), Entre tanto, Isabel Cascabel (1996), El uno y el otro, Toda vía, Qaderno y Sino (2014). 

 

      • Para tanto dolor interno son muchos libros.
      • Sí, es que tengo muchos años- se ríe.
      • ¿Qué son las palabras?
      • Son el significado del universo.

 

Delineante de sentimientos

Cuando se graduó del colegio estudió Delineante de Arquitectura, Arte y Decoración. Se retiró de la academia porque “siempre he sido muy rebelde”. Comenzó a trabajar en publicidad, era ejecutiva de clientes, pero no era lo que le gustaba. “No me llenaba para nada”. Trabajó en Integración y Publicidad, que luego se convirtió en la Tienda Creativa. Su vida siempre ha estado en movimiento, marcada por el diseño, el arte, la creatividad, el amor, las palabras.

Son las tres de la mañana / de un día que no ha acabado / de un día que no comienza / son las tres de la mañana en mi vida.

Es callada y “cusumbo sola”. No tiene casi amigas, vive en su cueva: al frente del Centro Comercial Oviedo, por la Loma de Los González, en el noveno piso. De vez en cuando se le ocurren “chispazos y ¡pa, pa, pum!”, sale un poema. Los crea en el corazón y los plasma en letras uniformes y grandes. Escribe cuando todo está en calma, quieto y en silencio, es decir, en la noche.

“Soy totalmente nocturna. Me levanto tardísimo porque me acuesto tardísimo”. Cuando todos se duermen, su imaginación –como la “loca de la casa”- se despierta.

 

      • ¿Qué es el amor?
      • El mejor de los sentimientos. Estamos concebidos por y para el amor. La vida está llena de amores; por ejemplo, veo un gato y usted no sabe lo que a mí me da (…) El amor va con toda o no va.

 

Para marcar los planos cuando estudiaba en la academia la letra técnica era, y es, su mejor amiga. En una mesa de un metro por setenta centímetros con el rótulo perfecto “uno la podía embarrar en cualquier momento porque era con tinta”. Así nacieron sus letras, aquellas más famosas que su propio rostro. No tilda porque en esa época las mayúsculas pelearon con las tildes, según la RAE. En vista de que mandar a hacer un libro entero era tan caro, ella dijo: “¡Yo lo hago!”. Para su primera publicación escribió los poemas en amplios renglones y les puso papel mantequilla encima.

 

Lo-ve siempre

Su estudio tiene cintas rosadas pegadas a la pared formando un corazón, un muñequito de madera que cuando le hala una tirita abre sus brazos y levanta sus pies, lo compró en Barcelona, donde vivió 7 años. En su escritorio cuatro libros; uno gordo y tres flacos, una libreta, un teléfono plateado y un lápiz. Ella lleva gafas, aretas pequeñas doradas, cabello ceniza refugiándose en sus hombros y recogiéndose de vez en cuando por el calor.

La pared paralela al muñequito está invadida por 80 pequeños lienzos de estuco con “una bobada encima, sentimientos y pendejaditas”, confiesa. Algunos dicen: “Nunca te prometí un jardín de rosas”; “Te quiero con todo y trapitos”; “Love, o no lo ve”; “Este sí no maduró”, acompañado de unas zanahorias; “Ácido intento” con limones; “Boca de chicle” con una bomba de chicle rosada; “Las pelotas”; “Se fue colando”, ilustrado con un colador amarillo, entre otros. Los vendía hasta que se volvió mecánico.

“Eso significaba dinero y pues, no me importa”.

“¿Por qué no lo publicamos?”, le dijeron sus jefes de Integración cuando Ángela les llevó el primer libro en “artes finales”. Escogieron 40 poemas, la mitad de la edición se la regalaron a sus clientes y la otra mitad la autora la vendía donde quisiera. Con el Banco Cafetero salió Con sentido; con Fabricato y otras empresas, también se hicieron alianzas de letras grandes y significados infinitos. Funcionó hasta el año 96: “Las librerías no pagaban, era una locura y sigue siéndolo. Me exigían un 40 o 50 por ciento y si no pagan…”.

Luego la contactó Editorial Norma. Le pagaban el 12% por cada libro, igual que a García Márquez. Ellos hacían todo y tenían una distribución masiva, “cogían al autor del momento, lo explotaban y después le decían byebye”. Cuando mencionaron otros países Ángela se negó: no quería entrevistas, ni firmar libros y eso fue un problema.

“Yo no soy normal y nunca me he sentido normal. Siento nervios e inseguridad y me escondí. No me arrepiento porque nunca dejé de hacer lo que me gusta ni dejé de ser quien soy”.

 

      • Es que podemos vender por el triple, decían en la Editorial.
      • ¿Yo me vendo por el triple? No me tengo que prestar. Pueden sacar del país mis libros, pero no a mí.

 

Hay una gran diferencia: / una cosa es dar / y otra es darse. Norma hizo El Uno y el Otro, ambos libros se sacaban de una cajita, pero cuando se los entregaron era uno solo y estaba escrito por lado y lado.

“Yo colapsé. Les dije ‘hasta aquí llegamos’”. El ahorro fue abismal, sin embargo, no era lo que Ángela había estipulado. “Usted tiene que dejar respirar el poema, dejar una hoja en blanco”. Pensaba en sus libros como un regalo, diseñaba sus portadas llamativas y a su gusto, aunque “tampoco lo entendieron”.

Una vez le dijeron que cómo era posible que un libro suyo estuviera al lado de uno de Borges: “Usted escribe renglones, no poesía, sino bobadas”. Pero no le importa y tampoco quién escribe. No cree que sea importante el género, ni el apellido del autor: “Ni yo tengo valor. Lo importante es lo que está escrito, no quién lo escribió”. Nunca se tomaría un café con sus ídolos, ni con Pizarnik, Pessoa o Borges porque afirma que ya le dieron lo que le tenían que dar. “Ya me tocaron el alma, ¿qué más busco?”.

Suena su celular.

  • ¡Mami!, ahorita te llamo que estoy ocupada.
  • Ojo, pues, mijitica! Me llama.

La acaban de vacunar contra la Covid-19. Ángela está radiante. Su hija le dice que ella es la más “tesa” en ventas. “Vende hasta una loca embarazada con viruela”. La ayudó a vender muchos de sus libros, que habían sido enviados desde España, y le hacía trampa: “Vení acompañame a la farmacia” y la farmacia era un estudio de grabación.

Isabel Cascabel es un libro escrito para su hija a quien planea dejarle “todo este rollo de la escritura porque también le gusta mucho y tiene más cartones que quién sabe qué” y todos los demás a su esposo: “A los más románticos, póngales la firma porque son para él”. Un día su marido la estaba animando a escribir más “sin tanta güevonada de artista”, Ángela le dijo que pensara bien lo que decía y que analizara en qué piso estaban. Se ríe y escribe.

“No se retienen los sentimientos, solo se expresan y se dejan… ¡Libres! No soy dueña de las palabras, solo las escribo, solo las adoro. No me pertenece lo que escribo, solo me eriza”, resume Ángela Botero.

Es lo mejor que sabe hacer. Ese es su don. Es su arte.

 

A mano alzada:

¿Qué olor la devuelve a la infancia?

La guayaba.

¿Qué obra de arte se llevaría a casa?

Las acuarelas, no sé de quién es.

¿Dónde queda el paraíso?

Muy adentro de mí.

¿Qué es el alma?

Lo que me sostiene.

¿Cuál es su palabra preferida?

Tú.

¿Cuál es su amuleto de la suerte?

No tengo.

¿Qué somos sin los sentimientos?

¡Nada!

¿Qué sentido tiene más desarrollado?

El oído.

¿Cómo le gustaría morir?

De una.

¿Cuál es el motivo de su último desvelo?

Las palabras.