También, después de calcular muy bien su respuesta, cree que hay alrededor de setenta mulas y ocho arrieros en Sonsón. Las jornadas de trabajo de una mula varían dependiendo de cuánta carga hay para transportar desde las veredas.

 

Texto y fotografías: Norvey Echeverry Orozco

Muchas mulas han marcado este camino. Incontables huellas de cascos de una terquedad que se niega a ser vencida por el trepidar de los motores potentes de los camiones de carga, ruidosos monstruos de la modernidad que no han podido vencer a un cuadrúpedo.

El campesino, enfrentado ante una topografía rural tan fracturada y abrupta como la colombiana, no ha encontrado otra mejor forma para trasportar sus enfermos, corotos y verduras que con una recua de mulas.

En los caminos que recorren los arrieros han encontrado la jubilación varias mulas: han rodado pendiente abajo con cientos de kilos sobre sus lomos. Solo es necesaria una fractura de una pata para tener que sacrificar, además de los dos millones que tenía como precio el animal en su juventud, la vida y el talento que había desarrollado en heroicos trayectos.

La imagen de los arrieros está representada por la verraquera. Llegan hasta donde los cóndores suben y bajan como pelícanos al mar, por cañones boscosos y pendientes donde no entra ni el más moderno carro del rally Dakar.

Con los machetes abren caminos: tumban monte nativo y matan alguna que otra culebra o animal silvestre que pone en riesgo su integridad. En sus carrieles, por ejemplo, guardan una colección de cien o más herramientas que comienza con una lima, pasa por una candela y termina en una herradura.

Son inmunes al infernal sol del mediodía y a la lluvia congelada de la tarde. Son el putas, como ellos mismos se han hecho conocer, y, también, como los ha presentado una canción de diciembre cantada por Octavio Mesa:

Soy campesino, de los verracos y soy arriero de profesión. Me importa un culo y no me interesa que como pipa ningún güevón/ Cruzo caminos, arriando mulas, tomando trago y comiendo frutas. De las mujeres, desengañado y no me enamoro ni por el putas/ Apura el paso, mula hijueputa, que ya muy pronto va anochecer. En la posada me está esperando el aguardiente y una mujer.

Los arrieros han encontrado, con la ayuda de sus mulas, otras tierras más fértiles; el paisaje escondido que había detrás de una cordillera lo han colonizado, porque las mulas alcanzaron a subir sus inmuebles con su fuerza. Llevaron a cabo la fundación del viejo Caldas y la colonización antioqueña.

Tal como lo repetían los mayores, las carreteras de hoy están ahí gracias a los pasos de las mulas, pues, son tan inteligentes, que supieron decirle al hombre por dónde era más viable trazar los caminos.

Un macho blanco come pasto, mientras Edwin compra, en una tienda del camino, dos gaseosas para calmar la sed.

Arriero por ejemplo

Edwin Piedrahita tiene veintiocho años, desde hace diez se dedica por completo a la arriería. Este oficio lo aprendió desde que cumplió los siete, cuando a contados metros de su casa veía llegar a su vecino Arnoldo Marín con las recuas de mulas.

“Me paraba a un ladito de él. Le ayudaba a coger una mulita… Cuando estaba herrando, le echaba los clavitos. Hasta que una vez me llevó pa’ arriba, pa’ Roblalito, con unas botas más grandes que yo. Me tuvo paciencia. Y vea… Soy arriero”, comenta.

Hoy, jueves de agosto en la tarde, mientras el sol se derrite en la piel árida del caminante y varias cometas espantan a los gallinazos que rondan los cielos bajos del matadero municipal, Edwin lleva seis mulas cargadas con bultos de abono. Cinco de ellas tienen nombre: La sirena, La puchita, Macho blanco, La Juana y, por último, Campana, la primera en la procesión.

–¿Por qué les ponen nombres?– pregunta el reportero.

–Se le vienen a la mente a uno nombrecitos de esos para identificarlas.

El enllantado de la flota, compuesto por veinticuatro herraduras, dura, según Edwin, de quince a veinte días en verano; en invierno, solo ocho o diez.

También, después de calcular muy bien su respuesta, cree que hay alrededor de setenta mulas y ocho arrieros en Sonsón. Las jornadas de trabajo de una mula varían dependiendo de cuánta carga hay para transportar desde las veredas.

Acompañado por siete mulas, Edwin con su experiencia gana trescientos cincuenta mil pesos en un día bueno. Eso sí, con total seguridad: viendo las dos caras del sol en el horizonte. “Estas mulas hay días que están desde las seis de la mañana hasta la siete de la noche”, asegura. Con estas palabras queda evidente lo certero de la popular frase que dice “Trabaja más que una mula”.

El trayecto de la tarde, en la sola ida, está transado por un valor de doce mil pesos con un tiempo calculado de cinco horas para regresar al pueblo con una carga de tomate de árbol.

Edwin entra a una tienda del camino. Las mulas, sorpresivamente, detienen su marcha y se hacen a un lado de la vía para comer pasto. Pide dos bebidas gaseosas, una de mora y otra de mango.

Viene con sus pasos a dar una sorpresa.

–¿Quiere?– dice, al mismo tiempo que alarga su brazo derecho y deja conocer una gaseosa de mango.

Ante la cámara se esconde detrás de las bestias. Sobre su voz dice que no es buena porque parece de tarro. Ahí van Edwin y sus mulas, por un camino empedrado que le gastará cuatro horas de vida y medio milímetro de suela y herradura.

Arnoldo Marín, en compañía de siete mulas, por los caminos de la vereda Santa Mónica.

El maestro

Es viernes. Hoy Arnoldo Marín, el maestro de Edwin, se encuentra en las galerías del pueblo, esperando a que las mulas sean descargadas por uno de los jóvenes que, después de terminar con todos los bultos, se le verá por ahí soplando un porro de marihuana que es comprado con el billete que le da Arnoldo por su trabajo.

Las mulas hoy están rebeldes, todo parece indicar que el aroma de fiestas que hay en todo el pueblo les ha hecho olvidar el camino y les ha aumentado el apetito.

–¡Será que es la primera vez que andan por aquí!– les grita Arnoldo, mientras corre tras ellas para que no se vayan a ir por el camino equivocado.

Las mulas, por lo menos dentro de las calles del pueblo, parecen niñitas rebeldes: van de una calle a otra. En varios locales, por ser día de fiesta, los comerciantes han puesto capullos de caña, maíz y plátano. Las mulas, desobedientes y hambrientas, se acercan, olfatean el plato y, así como si dijeran me importa una mierda tu decoración, las arrancan moviendo su cuello de derecha a izquierda de forma brusca.

El lazo de Arnoldo no demora en rechinar las patas traseras de la infractora. Asustada, pega un pequeño brinco y comienza a correr, llevándose con el susto a las demás –así como se estrujan los pasajeros que abordan la plataforma del Metro de Medellín en hora pico.

En el pueblo hay que tener mucho cuidado con los carros y las motos, por eso Arnoldo, cada vez que ve un vehículo por ahí estacionado, corre tras las mulas –acompañado de una cojera en su pierna izquierda–, para que no vayan a llevarse con sus bultos un retrovisor o manden al piso una motocicleta.

–¿Ellas siempre son así?– interrumpe el silencio el reportero.

–No. No sé qué les pasa hoy– responde Arnoldo con voz seria.

El sonido para hacer detener a las mulas, es tan sencillo como aquel que implora silencio: “Shhhhh”. La clave del freno solo funciona si proviene de la boca del arriero, que la haga el reportero, para ellas, es una orden que no se debe cumplir.

Cuando Arnoldo produce el sonido, de inmediato dejan de hacer bulla con sus cascos. Son pacientes para esperar –no les incómoda tanto el calor como las moscas que vuelan en la órbita de sus colas– mientras él ingresa a su casa con un manojo de cebolla de rama en la mano izquierda.

Arnoldo deja ver expresiones de tensión y estrés, con seguridad por la presencia del reportero que interrumpe su tranquilidad. Pasan varias cuadras. Algunas mulas derrapan sus pasos sobre el cemento caliente –como si estuvieran pisando sobre una pista jabonosa– y dejan para siempre la firma del desliz sobre la calle. Si la memoria de Arnoldo no falla, él empezó a arrear mulas desde que tenía apenas doce años, cuando transportaba viajes eternos hasta una vereda llamada Perrillo.

–¡Arnoldo!– grita un campesino que se encuentra bebiendo una cerveza con dos amigos.

–¡Toño!– responde Arnoldo del otro lado.

Arnoldo deja que sus mulas divaguen solas unos cuantos metros más. Se desvía del camino y se acerca a los hombres. Toño, como es conocido, le hace señas al periodista con su mano derecha, sin conocerlo, para que se beba, al igual que ellos, una Pilsen fría. El reportero, por cordialidad –y también porque la sed que genera el sol del mediodía es mucha– la acepta.

–¡Caballooooo! –grita de repente Arnoldo, para desviar la marcha de una bestia que se dirige hacia la puerta del cementerio del pueblo. Tal parece que tiene ganas de descansar, o de probar a qué sabe el pasto que hay en el campo santo.

La charla entre los hombres se reduce a risas y en hablar de un conocido que se transforma en una fiera cuando prueba el licor.

“Hace muchos años se me toreó por allí. Porque… Yo no me acuerdo qué fue lo que yo le dije. Y se me toreó. Me iba a tirar. Yo me senté en la acera y le dije: ‘Máteme si quiere’. Pero me iba a tirar, donde me quede parado me tira. Entonces yo le dije: ‘Tíreme o máteme. Usted verá’”.

Toño, cuñado de Arnoldo, continúa la charla: “A mí me iba pegar. ¿Usted no se dio cuenta? Cuando me iba a casar. Que porque me iba a casar con la hermana de él”. Todos se ríen.

–¿Estaba celoso porque usted le quitó la hermana o qué?– agrega otro de los presentes.

Más carcajadas fuertes. Más miradas cómplices y sonrientes.

–Es muy buen amigo y todo. Pa’ qué son güevonadas. ¿Cierto, Arnoldo?

–Sí.

–Lo que es hay que decirlo.

–Yo más bien cuando está borracho me le abro– complementa Arnoldo.

–Sí. Es mejor.

–Como que lo enloquece… ¡Como que lo enloquece esa güevonada!

La charla llega a su fin, cuando el último sorbo de cerveza en la botella ha pasado por la garganta de Arnoldo.

–¡Hasta luego!

–¡Hasta luego, señores!

Ricardo y su hijo Cristian rumbo a Sonsón con una carga de cebolla de rama transportada por catorce mulas.

Historias de arrierías

El periódico El Tiempo asegura que a mediados del siglo XIX “Antioquia crecía tan rápido que sus caminos comenzaron a ser insuficientes. Además, estaba la dificultad propia de las montañas que obstaculizaba aún más el transporte de la mercancía y víveres necesarios para los recién llegados a estas tierras”.

Los arrieros no solo se encargaron de trasporte, también, con ellos “nacieron muchos conceptos de lo que se conoce como antioqueñismo, ya que eran los arrieros los que cargaban también los altares y estatuas de los santos y de la virgen”.

No fueron inmunes a la guerra, tal como lo describe la tesis de grado La arriería: transformación de un oficio a causa del conflicto armado, escrita por Claudia Ximena Ospina, estudiante egresada del pregrado de periodismo de la Universidad de Antioquia.

En Sonsón y municipios cercanos hicieron presencia el frente Carlos Alirio Buitrago del Ejército de Liberación Nacional (Eln), el frente 47 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio –comandadas por los jefes paramilitares Ramón Isaza y ‘MacGyver’–, las autodefensas de Córdoba y Urabá.

En una entrevista realizada por Claudia Ximena a Luis Ángel, un arriero de 78 años, se evidencia cómo interactuaban los arrieros y los grupos armados que hicieron presencia en la región.

–Ese pelaito dizque con ese sacol –pegante– ahí… Si no hay marihuana cogen con eso. ¡Ay, ay, ay!– dice Arnoldo, después de ver a dos agentes de policía interrogar a varios muchachitos engalochados que se dedican a practicar el gravity bike –deporte extremo en el que se desciende a una gran velocidad por una pendiente en una pequeña bicicleta.

–¿Usted no me dijo que iba a dejar esto, ah?– comenta el policía, mientras su rostro refleja desconsuelo.

El niño, que si mucho tiene diez años, no dice nada. Baja su rostro y clava su mirada en el suelo.

Arnoldo no se detiene en nada. Sigue su marcha calle abajo. Su genio ha cambiado. Ahora ríe con más frecuencia. Ha conectado la confianza. Todo indica que la cerveza ha eliminado su tensión.

Poco a poco el pueblo se va perdiendo detrás de las mulas, detrás de varios matorrales, detrás de todo. Ahora a la vía le sobran piedras y le falta cemento. Le sobra el olvido del Estado y le falta el recuerdo de las promesas electorales.

Arnoldo contesta una llamada en su celular, mientras a un lado del camino aparece un letrero –enchapado en baldosas blancas y rojas; desteñido por el abandono y rayado por dos enamorados– en honor a Ricardo, Jairo, ‘Checo’, ‘Caliche’, Edier, Iván, Edwin y Arnoldo –los ocho arrieros que en la actualidad siguen con la tradición– y a los muchos otros que han muerto: “Por este puente arrieros y mulas entraron el progreso a Sonsón”.

Cada vez se reduce más el espacio para las mulas: de seis, pasa a tres metros. Ahora los carros no tienen cabida; no se escuchan sus motores, y si entran, los conductores se hacen responsables por los daños en la suspensión y en la pintura, porque la vegetación y las piedras causan estragos en la belleza que aparentan los vehículos.

“Las mulas… A veces tienen caminos que sufren. Se caen y todo. A uno le toca descargarlas. Sacarles la carga y cargarlas donde haya forma otra vuelta”, comenta Arnoldo. En cuanto al tema del conflicto, también lo vivió: “Se los encontraba uno por ahí. Le preguntaban a uno: ‘¿Por ahí hay mucha gallada de esa otra –ejército y paramilitares?’ Por ahí no hay nadie– respondía. Uno tenía que decir que no, porque si uno decía que sí se embalaba también”.

Edier Marín, quien lleva cinco años en el oficio, dice que la arriería tiene sus momentos malucos y buenos. En cuando a los malos, se refiere al invierno, porque “sufre uno mucho. Caminos malos. Se caen las mulas. Uno tiene que ir encarpado”. Sus bestias, al igual que las de los otros arrieros, también están registradas en su mente con un nombre: El guayabo –porque, según él, tiene el color de un palo de guayabo–, Severo, Sinsonte, Jalisco, Chamaco y La muñeca.

Después de soportar durante dos horas un sol incesante, Arnoldo regresa al pueblo en compañía de su hijo Ricardo y su nieto Cristian, quien tiene siete años y cursa primero de primaria. Si no le va bien en el estudio no lo dejan arrear. Adelante van catorce mulas cargadas con cebolla de rama que, en las horas de la madrugada, estarán llenado las bodegas de la Central Minorista en Medellín. Al preguntarle a Cristian qué quiere ser cuando grande, no pone en duda su respuesta y afirma con orgullo: ¡arriero!