DE LA MULA A LA MOTO, UNA HISTORIA DE ENTREGAS Y PROGRESO

 

Los domicilios tomaron fuerza en los años 50 y 60 del siglo XX de la mano de las clases medias de Estados Unidos. Debido a la televisión muchos restaurantes disminuyeron sus clientes, pues muchas familias disfrutaban quedarse en casa a ver programas televisados.

 

Por / Felipe Osorio Vergara – Ilustración / Stella Maris

El intercambio es inherente al ser humano. Desde los prehistóricos cazadores-recolectores se dieron trueques entre clanes o entre individuos; imagine, por ejemplo, cambiar una punta de flecha por un pedernal o una piel de oso por una red de pesca. El intercambio y, posteriormente el comercio, han sido estrategias ingeniosas para obtener aquello que no se produce en las regiones en las que se habita.

Detrás del trueque y el comercio ha estado la figura de aquel que lleva y trae las mercancías entre un lugar y otro, entre el productor y el destinatario: llámese mercader, emisario, comerciante, arriero, mensajero o domiciliario, el trasportador de las mercancías ha sido un eslabón clave en la cadena comercial.

En los pueblos indígenas precolombinos se daban amplias relaciones de intercambio a través de las redes de caminos en piedra que conectaban distintas poblaciones y culturas. Por ejemplo, el cronista español Pedro Cieza de León escribió en 1541 en sus crónicas sobre la conquista de Antioquia que: “Desviado de este pueblo está otro que se llama Murgia (actual Heliconia), donde hay muy grande cantidad de sal, y muchos mercaderes que la llevan pasada la cordillera, por la cual traen mucha suma de oro, y ropa de algodón”.

Los indígenas prehispánicos cargaban las mercancías en canastas que llevaban sobre sus espaldas y que amarraban de su frente, pues en América no había animales de carga como los bueyes o los asnos. Este es el origen de los silleros o cargueros indígenas que durante la Colonia y comienzos de la República no solo transportaron bienes, sino también personas a través del escarpado paisaje de los Andes de Colombia.

Cabe resaltar que, desde la Colonia, se privilegió un modelo de poblamiento en el interior del país, como explicaron en la Historia concisa de Colombia los historiadores Michael La Rosa y Germán Mejía: “las principales ciudades y villas quedaron en las cordilleras, alejadas del mar y de los grandes ríos, separadas entre sí por alturas y abismos que dieron lugar a distancias medidas en semanas y meses”. Ante la ausencia de vehículos a motor y carreteras asfaltadas, los arrieros y sus recuas de mulas fueron la manera más utilizada para el transporte de mercancías entre los sitios poblados de la región andina durante el siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX.

De la mula a la moto

La arriería fue clave para el desarrollo económico del interior del país, en especial de Antioquia y el Viejo Caldas, como señaló Carlos Gaviria Ríos, historiador de la Universidad de Antioquia: “La arriería es una institución en la cual se comprometía la supervivencia de un pueblo, de un proceso económico. Los arrieros eran vitales para que las materias primas y elementos que venían del exterior a los puertos colombianos, llegarán en buen estado a las ciudades interandinas, que son mayoría en nuestro país”.

Pero los arrieros no eran meros trasportadores, sino que contribuían al tejido social de las regiones que transitaban. Por ejemplo, eran también mensajeros de cartas, noticias y hasta chismes. Incluso, antes de la difusión de los bancos, era común que las personas pagaran sus deudas en otras zonas a través de los arrieros de confianza.

Ante la ausencia de vehículos a motor y carreteras asfaltadas, los arrieros y sus recuas de mulas fueron la manera más utilizada para el transporte de mercancías entre los sitios poblados de la región andina durante el siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX.

La arriería era un negocio rentable, como sostuvo el historiador Carlos Gaviria: “El oficio era muy bien remunerado y el arriero era reconocido por la honestidad”. Por ejemplo, José María Sierra, conocido como don Pepe Sierra, uno de los grandes empresarios y millonarios de la Medellín de finales del siglo XIX y principios del XX, tuvo en la arriería uno de los pilares para amasar su inmensa fortuna. Además, se requería cierto capital económico para conseguir las mulas e iniciarse en el negocio.

“Las mulas eran muy costosas y someterlas a un régimen de vida sacrificado que las pudiera enfermar o matar, salía muy costoso para un arriero. Por esto, eran animales cuidados. Eran la razón de ser del arriero, su patrimonio”, explicó Gaviria.

Con la llegada del ferrocarril, las carreteras y el automóvil, el arriero pasó a un segundo plano, pues ya no era necesario que transportara mercancías a largas distancias sino solo desde las estaciones del tren o hacia las zonas más alejadas de las vías. Es precisamente esa la gran diferencia entre un arriero y un mensajero o domiciliario actual.

“Los arrieros se dedicaban a cargas y materiales de gran tamaño a grandes distancias, mientras que los mensajeros y los domiciliarios son especializados en distancias más cortas y en paquetes más pequeños”, afirmó Gaviria.


Para saber más

De acuerdo con la periodista Tatiana Arango, del programa Datos cocteleros del diario económico La República, el origen de los domiciliarios, propiamente dichos, puede rastrearse a 1889, cuando los reyes italianos ordenaron a Raffaele Esposito, padre de la pizza moderna, que les entregara una pizza en su palacio de Nápoles.

Los domicilios tomaron fuerza en los años 50 y 60 del siglo XX de la mano de las clases medias de Estados Unidos. Debido a la televisión muchos restaurantes disminuyeron sus clientes, pues muchas familias disfrutaban quedarse en casa a ver programas televisados. Así, los negocios gastronómicos implementaron los servicios de entrega de comida preparada para adaptarse a la situación.

 

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