Pasaron por nuestro lado, al vernos dormidos y como indigentes no nos molestaron. Dejaron al lado de la banca cuatro paqueticos y se marcharon antes del alba. Una crónica con motivo de las fraudulentas elecciones de noviembre en Honduras.

 

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Por: Daniela Robledo

Pido que mis camaradas me despidan con canciones,

flores rojas, puño en alto y me prometan seguir”. 

El 26 de noviembre el pueblo hondureño vestido de rojo salió a votar. Los medios anunciaban que el presidente de la alianza iba ganando en las elecciones, el país casi se sentía triunfador, los comentarios victoriosos llenaban las redes sociales, las sonrisas y abrazos acompañaban las calles.

De repente, la oscuridad opacó el atardecer, las redes cayeron y el país perdió comunicación por 15 horas, una especie de rabia con tristeza acompañó el insomnio. ¿Sería posible? Por parte del presidente esperaban hasta un desayuno con cola de rata y un caldo de cucaracha.

El 27 en la mañana los medios de desinformación aún no tenía respuesta al resultado de las elecciones. Claro, Honduras es un país de 8 millones de habitantes donde vota la mitad de su población; seguro con tanta gente es complicado, en la noche darían el resultado.

En ascuas se pasó la jornada y en la noche no se sabía, el tiempo fue pasando y la respuesta se fue dilatando. Para el 2 de diciembre el pueblo decidió salir a las calles y exigir una respuesta, al no ser escuchados se tomaron los peajes y los manifestantes transitaron sin barreras. Ese mismo día el presidente Juan Orlando Hernández, alias JOH, decidió imponer toque de queda por 10 días a partir de las 8:00 de la noche.

Me encontraba en Roatán, una de las islas de la Bahía. Aunque pertenezca a Honduras, las personas tienen la cultura caribeña, su lengua nativa es el creole, su religión protestante y sus orígenes son africanos e ingleses.

Es otro mundo, con su idiosincrasia y bajo sus propias leyes, así que este departamento era la excepción a la regla, allí  no se respiraba el hecho histórico que marcaba el país. Solo los “indios”, expresión que usan los isleños para llamar a los de tierra firme, estaban preocupados por la situación. Me encontraba con una francesa, un guatemalteco y un hondureño conversando sobre hecho, él nos tenía al tanto de la noticia y nos trasmitía la indignación de su pueblo.

-¿Y si vamos?

-Tengo un buen amigo en San Pedro, él mae está un toque guindado pero nos da posada.

Llenos de energía y decididos a estar en la lucha, hicimos maleta y tomamos un cayuco a media noche. Al amanecer las imponentes montañas del continente nos daban la bienvenida, desembarcamos en Río Coco, un caserío en el departamento de Colón donde los niños desnudos parecieran jugar a la ronda de canciones diciendo fuera JOH, fuera JOH.

Caminamos hasta llegar a la carretera donde hicimos auto stop, nos subimos en el volco de una camioneta, el conductor nos sonrió y nos saludó diciendo fuera JOH, y nosotros contestamos fuera JOH.

Después de 40 minutos de trayecto llegamos al peaje, el cual estaba tomado, lo habían incendiado, olía a caucho y las personas encapuchadas gritaban fuera JOH.

-Bueno muchachos hasta aquí hay paso. Fuera JOH.

-Gracias, fuera JOH.

Pasamos caminando y nos unimos a las voces, fuera JOH, fuera JOH. Y entre carros, camionetas, peajes y tomas llegamos al anochecer a San Pedro.

Durante las semanas siguientes abundaron las marchas en protesta por lo que fue considerado por muchos como un fraude electoral apoyado por naciones con intereses en Honduras. McDonald’s, al fondo, vigila.
Foto Getty Images

En San Pedro Sula

El anfitrión vivía en el centro de la ciudad, un edificio antiguo de tres pisos. Nos acomodamos en una habitación, estaba llena de libros sobre la revolución cubana, rusa, diálogos de Castro y Fidel e historia del comunismo.

-Bienvenidos, un placer tenerlos aquí, si son amigos del niño son mis hermanos.

Nos contó con ímpetu que él y el niño hace nueve años habían participado en la huelga de hambre de los indignados, cuando dieron golpe de estado a Manuel Zelaya, el presidente del pueblo. La osadía que fue pasar 29 días con solo líquido, lo decididos que estaban a entregar la vida por su país; sin embargo, el esfuerzo del pueblo fue insignificante ante las masas de poder y las elites del mundo, y lo peor es que la historia tiende a repetirse esta vez.

El sonido de la pólvora anuncia el toque, subimos de prisa a la terraza y se empiezan a golpear las cacerolas. El rebote metálico vibra en cada rincón de Honduras y las voces en San Pedro Sula se unen a todas las voces de un país, los gritos de fuera JOH se convierten en el himno nacional y las cucharas y las ollas en la banda sonora. El coro se canta a todo pulmón “JOH, JOH es pa fuera que vas, JOH, JOH es pa fuera que vas”. Cuando la noche enfría y las gargantas se pelan vemos la televisión y escuchamos la radio, los medios tratan de disfrazar la realidad. Sin embargo la noticia es evidente, se ha hecho fraude en las elecciones, han comprado al TSE y el telón de la dictadura se abre.

En la mañana nos reunimos y desayunamos, nosotros cuatro más el anfitrión junto con su esposa y sus dos hijas, la comida típica catracha: huevo, arroz, frijol y tortilla. Los anfitriones se quedan en casa y nosotros vamos a la plaza.

Las marchas se repitieron durante semanas, como esta en La Ceiba, a pesar del hostigamiento de las fuerzas armadas y de la policía, adeptas al reelegido presidente JOH. Fotografía: Gerson Suazo.

En el parque principal las personas se reúnen, comparten el pan y la leche, el tiempo se pasa tertuliando y el tema es el mismo: la indignación de un país ante la injusticia, aquí la lucha se vuelve la misión y el bien común la hermandad.

Empieza la marcha pacífica por la ciudad y la familia inunda las calles, con parlantes y pancartas, se protesta, canta, grita y suena el himno: “Ya me voy de mi país, aquí no puedo vivir porque si me quedo aquí, de hambre voy a morir, JOH,JOH, es pa fuera que vas. Si van a los hospitales, en busca de medicinas por una simple aspirina, nos dan pastillas de harina, JOH, JOH es pa fuera que vas, cuando llega el presidente, el pueblo grita ‘Que viva!’. A cada uno que grita, le dan cincuenta lempiras, JOH, JOH es pa fuera que vas”.

Son cerca de las 8 y la marcha termina, las personas se dirigen a sus hogares y es ahí cuando nos encontramos con el anfitrión.

-Vos colombiana, ¿por qué le diste la comida a mis perros?

-Parce, les di el sobradito.

-En mi casa la comida no sobra, y a vos te di la comida de mis hijas. Niño, no quiero que duermas en mi casa ni vos ni tus amigas.

Diciendo esto salió corriendo con su Schnauzer. Me quedé muda, miré a la francesa y a los dos chicos, ellos también lo estaban.

-¿Qué hacemos?

En cinco minutos empieza el toque de queda y el dinero y los documentos están dentro de las mochilas en la casa del anfitrión, por suerte estamos con un hondureño.

-Vámonos a dormir al parque, ahí vamos a estar seguros.

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Fotografías / Victoria Giarraputo

Los cuatro nos tomamos las manos y corrimos con el corazón en la boca; hasta llegar al parque, la morada de los habitantes de la calle, unos jovencillos olían solución y bailan al ritmo de fuera JOH, las niñitas jugaban con los cartones a hacer castillos y casas de muñecas, los vendedores de chicles y cigarrillos conversaban sobre la infamia, los travestis desempleados nos ofrecieron un trago de Tatascan. Vimos llegar un camión de la PM y el ángel de la noche con harapos y olor a guaro dijo:

-Ustedes dos, las gringas, tápense rápido con estas bolsas y háganse las dormidas, nos cubrimos con el plástico negro y nos acostamos en la banca. Los chicos tenían las cabezas entre las rodillas y también fingían dormir, de vez en cuando el hondureño y el guatemalteco volteaban a mirar.

-Son como 20 y están por todo el parque.

Con los ojos cerrados, cantamos casi como un susurro entre despiertos y ensoñando las letras de Los Guaraguao, Violeta y Jara, quienes acompañan la impotente noche y el dolor del mundo ante la abominable injusticia.

-shhh, silencio, vienen hacia nosotros.

Pasaron por nuestro lado, al vernos dormidos y como indigentes no nos molestaron. Dejaron al lado de la banca cuatro paqueticos y se marcharon antes del alba. Vaya sorpresa al destaparlos y encontrarnos con nachos y frijoles. Bajo las sombras del toque los habitantes del parque tomamos desayuno.

El vecino de banca saluda con la boca llena ehh fuera JOH y el otro contesta ohh fuera JOH. El ángel sonríe y sus ojos expresan la aceptación en la manada, le regresamos el plástico negro o mejor dicho la calurosa cobija, nos despedimos con un abrazo y seguimos el camino, mas el camino ya no es igual, el palpitar de un país se lleva en el vientre y la palabra camarada en las venas.

Pido que nadie se asombre
Si le digo camarada
Cuando le encuentre llorando
De rabia ante la injusticia

Cuando lo escuche cantando

Al amor y a la alegría
Cuando lo sienta soldado
Del combate por la vida

Alí Primera estaba allí, con nosotros, acompañando en forma de cánticos a un país que se siente robado ante la mirada indiferente del llamado mundo libre.

Honduras, 5-dic-2017