Segundo Valenzuela es un agricultor del municipio de Aldana, Nariño, tiene 87 años y recuerda con anécdotas su paso por la cárcel. Antes de ser arrestado había sufrido varios robos en su propiedad y un atentado en el que recibió siete impactos con su misma arma de fuego, pero eso solo fue el preámbulo de lo que le esperaba, días oscuros estaban por llegar.

 

Texto y fotografías / Jackeline Aza Valenzuela

“La libertad es, en síntesis, un acto que se compromete. No es un sentimiento, ni una idea, ni una pasión. Es un acto vertido en el mundo de la historia. Es, en esencia, la negación de la soledad.” – Gonzalo Arango.

Cuando bajas hacia el sur del país y te adentras al corazón del Nudo de los Pastos, encuentras a Aldana. un pueblo pequeño ubicado a 3013 m.s.n.m., con frío de páramo, temperaturas promedio de 3° C y un ambiente hogareño, acogedor.

En la parte rural del pueblo se asentaron los Valenzuelas, grandes terratenientes conocidos en la región durante generaciones, casualmente su apellido en lengua indígena significa gran extensión de tierra. A unos 15 minutos del casco urbano se encuentra la vereda La Laguna. Una “y” indica el camino, el lado izquierdo conduce a Pupiales y el lado derecho a Charambú (ave de la sabiduría que vive en la montaña).

Al fondo, 2.000 metros más abajo, hay un portón desgastado, negro, que conserva la inscripción en hierro de los dueños de la finca: “Familia Valenzuela”. Allí vive Segundo Dictimio Valenzuela Cuastumal, que heredó la finca de su padre, una finca de vastas hectáreas con una vieja casona construida en bahareque y paja. En el año 1986 Segundo comenzó a construir su casa sin saber que con cada ladrillo estaba edificando el destino inesperado que le aguardaba.

“Don Segundo”, como lo conocen todos en el pueblo, nació el 12 de julio de 1932, en Macas Lirio, Cuaspud. Vio la luz en su casa, asistido por una partera, a su alrededor la familia, las velas encendidas y emplastes de aguas medicinales. Fue un niño fuerte y robusto que ha vivido en un ambiente de campo toda su vida. Estudió hasta tercero de primaria y a los 18 en 1950, prestó Servicio Militar. Se ha casado dos veces por la Iglesia, tiene 9 hijos y aún vive en Charambú, alejado del pueblo.

Un tocadiscos de los años 70 y una foto de la finca Charambú son el centro de mesa en la casa de la Familia Valenzuela.

 El país

En 1997 Colombia vivió nuevos ataques violentos, las FARC y el ELN regresaban para asegurar su poderío en todo el país. Ernesto Samper, dirigía las riendas del Estado y para ese año la ruta electoral elegiría a 32 gobernadores, 502 diputados, 1000 alcaldes, 11.815 concejales y 5927 miembros de las Juntas Administrativas Locales. Además se iba a votar por el “Manual del Comisionado por la Paz, la Vida y la Libertad” para terminar con el conflicto interno luego de que en la última década se hubiesen presentado 300.000 homicidios. Dicho hostigamiento produjo que 35 candidatos murieran, 1300 aspirantes se retiraran y 85 municipios sufrieran amenazas y Aldana no fue la excepción. En todo el país se organizó una “Misión Electoral” y el Ejército preparó un acuartelamiento de emergencia con 121.000 miembros, todo esto con el fin de proteger la vida de la sociedad civil.

Era 26 de octubre de 1997, en Aldana se abrieron las mesas de votación en el antiguo Palacio de Justicia, hoy la Alcaldía. Vicente Calvache del Partido Conservador y Francisco Pacheco del Partido Liberal y AICO, disputaban el primer cargo de la población.

El Ejército ocupaba todo el pueblo y corría el rumor de que realizarían allanamientos para incautar armas en las casas, varios habitantes lo recuerdan con nostalgia. A las 3:15 pm avanzaba la segunda jornada electoral, los comicios trascurrían en “paz”, pero la tranquilidad se fue cuando una ráfaga de disparos cayó sobre el lugar de votación, un testigo cree haberlos contado y dice que fueron 40 tiros exactos. Los jurados y los civiles salieron corriendo cuesta abajo al único lugar que creyeron seguro, el Estadio Municipal de Fútbol 12 de Octubre, mientras el Palacio parecía ser un blanco de una inesperada guerra.

Felipe Aza, jurado de votación, cuenta que los seguidores del Partido AICO andaban diciendo que para ese día tenían una “sorpresita”, lo cierto es que nunca se aclaró la responsabilidad de esas personas en dicho acto. Según las investigaciones, se dice que un hombre perteneciente al ELN estaba situado cerca a la casa del Cabildo, a 1km del pueblo, en una especie de mirador, que disparó hacia las mesas de votación y que luego huyó hacia La Laguna para tomar camino a Pupiales.

Una hora después, la gente decidió salir hacia el parque Antonio Nariño en busca de respuestas, el Ejército se había ido. Vicente Calvache era elegido alcalde, pero nadie se atrevía a celebrar, todos eran presos del horror y el miedo. Tiempo después fue asesinado, según algunos amigos cercanos, por denunciar a la guerrilla y este tipo de actos.

Como en tiempos paralelos, el día en Charambú transcurría normal y en trabajo, mientras el “francotirador” huía. A su paso por la finca el perpetrador del ataque, tiró un cargamento que llevaba consigo y lo resguardó en un hueco con hojas secas que encontró en el lugar. A las 5 pm, en medio de la persecución, el Ejército encontró el cargamento y se lo llevó, sin dar mayor explicación. En Aldana todo quedó en silencio, ni los fantasmas hablaban. En Nariño 305.255 personas votaron por el Manual y en Colombia sumaban más de seis millones que aclamaba la paz.

Panorámica de Aldana, Nariño. Fotografía / Cortesía

El arresto

El lunes 27 de octubre, Segundo Valenzuela se disponía a comenzar su día en la finca, su hijo Rubén Darío Valenzuela Montenegro, de 20 años de edad; se dirigía a la ciudad de Ipiales, cuando el Grupo Mecanizado N°3 Cabal de Ipiales llegó a la finca. Se presentaron ante Don Segundo y Rubén Darío, les hicieron un interrogatorio sobre el cargamento encontrado, a lo que según la declaración del Capitán William Bautista que reposa en el folio 55 del expediente, “Segundo no daba respuesta y lo que hacía era llorar”, los Sargentos Segundos José Hernando Virutia Zorio, Victor Alirio Jiménez y Jairo Hernay Solano, confirmaron dicha situación en su declaración.

Sin hacerles lectura de sus derechos, Segundo y Darío fueron arrestados bajo el delito de rebelión. “La captura se dio sin orden judicial, sin garantías y sin el debido proceso”, recuerda el abogado Jairo Piedrahita. Además, cuenta que el 21 de agosto de ese año habían llegado avisos a la Policía de que Darío Valenzuela era cabecilla de una célula del ELN de Pupiales, llamados los “Comuneros del Sur”, pero Darío apenas acababa de graduarse y apenas ayudaba en el trabajo de la finca.

Consuelo Valenzuela, hija de Segundo, se dirigía a la finca ese día y cuando ya estaba atravesando la “y” solo vio camionetas grandes del Ejército: su padre y su hermano iban en uno de esos autos, ”les dije adiós con la mano y me dejaron envuelta en una polvareda amarga”.

Los hermanos mayores contactaron al abogado Jairo Bravo Vélez, quien fue el primer defensor de los indiciados. Luego de sostener una reunión con ellos, Vélez les dijo que la detención era arbitraria y que tenía que seguir la investigación porque se los iban a llevar a la cárcel de Ipiales, en el sector rural de “Las Ánimas”.

Cuando Segundo y Darío entraron al Grupo Cabal de Ipiales les hicieron indagatorias y pruebas de caligrafía, el abogado por su parte trataba de conciliar con el Procurador 36, un encuentro inútil. Las pruebas del hecho los incriminaban: en el allanamiento donde descubrieron el cargamento encontraron elementos de uso privativo de las Fuerzas Armadas, además la casa tiene un túnel y un diván desde donde se observa toda la finca, por esto eran acusados de tener una casa refugio de la guerrilla y de ser auxiliadores del mismo grupo, pero sin saber que el túnel y el diván fueron construidos tiempo atrás cuando el robo y las violaciones estaban en un punto crítico en el pueblo.

Esto solamente les servía para salvarse del peligro de dicho tiempo, pero se convirtieron en agravantes circunstanciales que en nada ayudaban en su situación.

Cuando Segundo y Darío entraron al Grupo Cabal de Ipiales les hicieron indagatorias.Fotografía / Cortesía.

La cárcel y el proceso

Segundo tenía 65 años y Darío era uno de los hijos más jóvenes de la familia. A su entrada los ubicaron en el patio 5, el “patio de los buenos”. Por su conocida historia los presos les tenían respeto, miedo, porque pensaban que tenían nexos con la guerrilla y por eso Segundo recibía el apodo de “Tirofijo”. Se levantaban a las 6 am, se bañaban con agua fría de tanque, el desayuno café con pan, almorzaban a las 12, lentejas y arroz, y a las 6 pm a las celdas a dormir.

Para Segundo esto era su cotidianidad y cuando se le pregunta por cómo fue su experiencia tras las rejas trata de evitar el tema. Los que lo visitaban dicen que a él no le gustaba hablar de lo que sucedía durante esos días, más bien recordaba todo lo que había pasado antes, como si ese momento la vida estuviera congelada o como él mismo lo llamaba “estar en unas cortas vacaciones”.

El sábado era el día de la visita de las mujeres. Cada fin de semana se reunían casi 30 familiares que iban a la cárcel. El domingo era el turno de los hombres, 50 o más iban de visita, Felipe Aza dice que tenía que hacer fila para poder saludarlo ante tanta gente. La buena comida jamás les faltaba, eran tantos platos que hacían banquetes grandes con los otros presos y con lo guardias.

Don Segundo siempre mostraba tranquilidad, aseguraba que tarde o temprano iba a salir de ahí y en poco tiempo ya se había convertido en el presidente del patio, se encargaba de realizar las fiestas de fin de año, realizaba carpintería y artesanías mientras que Darío recibía sueldo por ser el jefe de la granja donde sembraba para el autoconsumo, todos en el patio los conocían, se reencontraron con grandes amigos e hicieron algunos.

Durante su estadía, afuera ocurrieron hechos difíciles. En julio del 98 cuando corría su primer año en la cárcel, los ladrones entraron a la finca de Don Segundo y se robaron muchas de sus pertenencias. Tiempo después el delincuente llegó a la misma celda de Segundo donde le contó todo sobre el robo; por esa misma fecha uno de sus sobrinos más queridos murió en un accidente automovilístico y también nacía otro de sus nietos a quien le tocó conocer tiempo después.

“Nunca hay que dar el brazo a torcer hasta el día de la muerte y siempre hay que morir por la verdad”, dice Consuelo que estas eran las palabras que recibían de él cuando lo visitaban. Y aunque estaba en la cárcel todo giraba en función de sus decisiones, cada uno recibía sus tareas y encargos que debían realizar para que su finca y su familia siguiera marchando de la mejor manera.

El caso estuvo a cargo de tres abogados, el primero el doctor Jairo Bravo Vélez que duró casi un año, con ayuda de un “doctor Acosta”; el segundo el “doctor Grijalba” que siempre les sugería “que se vayan de confieso”, es decir, declararse culpables para recibir una pena menor y por último el doctor Jairo Piedrahita que continuó con el caso hasta obtener su libertad.

En la única audiencia que tuvo el proceso el Juez Primero del Circuito Penal de Ipiales dictó sentencia y los condenó. Jairo Bravo Vélez, Miguel Acosta Ortiz, Luis Antonio Hernández, Guillermo Antonio Erira, Luis Alfredo Quitiaquez, Javier Arcos Rosero y Vicente Rosero Alomia, sirvieron de testigos de la defensa en aquella audiencia.

Los trámites judiciales se tenían que realizar en Cali porque al tener “Juez sin Rostro” en Ipiales, a la ciudad le correspondía el Juez Regional de Cali. Las audiencias se realizaban en el Parque 20 de Julio, para esta audiencia los llevaron en un carro, esposados, su familia los esperaba para poder verlos, pero no les permitieron entrar, Darío cuando salió a la audiencia creyó que las calles y las edificaciones habían desaparecido, la realidad de la cárcel se convertía en su realidad.

“La demanda al Estado se hizo con responsabilidad del artículo 9 de la Constitución Política, hoy es un proceso olvidado”.

La absolución

Tiempo después de haber cumplido la condena de 21 meses y 15 días, a Segundo y Darío los absolvieron el 16 de marzo del 2000, su abogado fue quien les dio la noticia. A su llegada a la finca más de 100 personas los esperaban con una gran fiesta de reencuentro, por tres días la familia se juntó entre bailes y platos típicos de la casa.

El 13 de agosto de 2010 demandaron a la Nación y a la Fiscalía, por daños y perjuicios, pidiendo una indemnización que llegaba a los 100 millones de pesos, pero dicho proceso se perdió y el dinero jamás llegó, para Segundo una equivocación más del sistema de justicia colombiano.

“Todo ese tiempo fue complicado, en la finca hicieron muchos robos, porque él era reconocido como un gran ganadero. Además del atentado que le hicieron, un día iba para Ipiales y en el cruce para Carlosama recibió 7 impactos de bala, ninguno le hizo nada, mi hermano Jairo aún tiene la bala en la pierna. Eso se dio porque él le prestó el arma a un amigo y no se sabe cómo llegó ahí pero con esa misma arma le dispararon”, dice Consuelo Valenzuela sobre todo el proceso que fue tener a su padre y hermano en la cárcel, mientras recibía a su primer hijo y su primo más querido se moría.

Segundo paso unos días rutinarios en la cárcel, en su patio los presos caminaban alrededor del patio, otros jugaban voleibol y otros solo hablaban, cargando delitos menores, “delitos buenos”. Las paredes nuevas y altas de la cárcel resguardaron su vida y sus esperanzas de aquel momento.

Hoy sigue en Charambú, su amada finca. Sus días transcurren entre la ganadería, la agricultura y el cuidado de su salud. Con más de 7 operaciones ha ganado batallas más difíciles que la cárcel. Viste con botas pantaneras, un jean azul, sombrero de paja y una ruana que jamás abandona.

Es un amante de la historia, entre sus relatos favoritos está su paso por el Ejército y de cómo casi fue a la Guerra de Vietnam. Se sumerge en periódicos reciclados todos los días y ya no sube al diván a divisar la finca, sale a caminar por la finca a recorrer la tierra donde se encuentra representada su vida, una vida campestre por naturaleza.