Abrir una nueva frontera se ha convertido en la única forma de sustento para algunos.

EL NUEVO RUMICHACA

Uno de los aspectos de la vida cotidiana que más se vieron afectadas por la pandemia son las fronteras. En el sur de Nariño, al cerrarse su paso fronterizo internacional más importante, se recurrió a abrir otro improvisado, como única forma de subsistir.

  

Escribe y fotografía / Jackeline Aza Valenzuela

El 17 de marzo de 2020 el presidente Iván Duque decidió cerrar todas las fronteras terrestres, marítimas y fluviales como medida para prevenir el crecimiento del contagio por Coronavirus. Entre esas está el Puente Internacional de Rumichaca, límite entre Colombia y Ecuador, ubicado a tres kilómetros de Ipiales, Nariño y a siete kilómetros de Tulcán, Provincia del Carchi.

La preocupación fue general. Los ipialeños vieron cómo sus fuentes de trabajo quedaban anuladas, los tulcaneños debían aprovisionarse de lo local y algo que no les agradaba mucho. Mientras, en Ecuador, los primeros meses se vivió una situación insostenible: números de contagios por las nubes, decenas de muertos en las calles, robos y saqueos de una comunidad desesperada. En Ipiales el cierre de la frontera no fue impedimento para ir al país vecino. Las personas empezaron hacer el trabajo de construir fronteras artesanales y clandestinas para pasar contrabando y seguir comerciando, sin importar los peligros; lo que fuera por subsistir.

Por eso, se abrió una “nueva frontera” improvisada. En la vía que comunica al municipio de Ipiales con Aldana se encuentra un punto denominado “Partidero de Carlosama”, que conduce a su vez al municipio de Cuaspud, Carlosama y que ahora es llamado “El Nuevo Rumichaca o el Pequeño Rumichaca”, punto que antes era concurrido solo por los lugareños que traen contrabando desde el vecino país como ACPM, gasolina o gas, que lo venden en la vía o en los sectores más cercanos. El puente de Rumichaca tiene alrededor de 300 metros de longitud, el nuevo paso tiene solo 100.

En la vía que comunica al municipio de Ipiales con Aldana se encuentra un punto denominado “Partidero de Carlosama”, que conduce a su vez al municipio de Cuaspud, Carlosama y que ahora es llamado “El Nuevo Rumichaca o el Pequeño Rumichaca”.

Improvisado

Cuando se llega al partidero se encuentran filas de motos que lo llevan hasta el puente o hasta Ecuador por un valor de $10.000. Se concentran de lado izquierdo, derecho y en dos parqueaderos, los conductores traen consigo el casco, una ruana para el frío, botas por si llueve y un poco de temor por la Policía. Edison* es un motociclista que trabaja allí y dice que en este momento hay 250 motos, que “en un principio eran pocos los que laboraban llevando gente y que el pasaje llegó hasta $15.000 o $20.000, pero que luego tuvo que bajar por la cantidad de motos, como en diciembre que llegaron hasta 400”.

También dice que antes el barrio ponía un orden de cómo debían ir las motos, pero que con la muerte de uno de los trabajadores hace algunas semanas, que se negó a pagar la cuota y hacer la fila, ya nadie puso orden. Carlos*, otro de los motociclistas, dice “pues aquí no se pide permiso, usted viene con su motico y se pone a trabajar” (ver).

La población venezolana se concentra en multitud todos los días con el fin de llegar a Perú o Chile. Los protocolos de bioseguridad no se respetan, no se usan tapabocas, no hay lugares de desinfección, hay contacto físico permanente y carritos de comida con todo tipo de producto. Diana* es del sector San Carlos, barrio donde queda ubicado el paso fronterizo. Tiene un carrito donde vende multitud de jarabes y pastillas para aliviar los males. Mientras sirve un líquido amargo y una pastilla verde con amarillo que no afecta a quienes tienen gastritis, dice “yo estoy aquí desde las 5 am, más o menos a las 9 o 10 es donde se vende más y pues aquí sí hay mucha gente, no faltan los clientes”.

Además de la venta de Diana, hay algunos restaurantes, puestos informales que ofrecen todo tipo de productos, como mango biche en casquitos, puñados de oloroso chunchullos, cobijas de lana nativa o Made in China, tapabocas con figuras nativas, escobas como para un aquelarre, empanadas de múltiples tipos y relleno y hasta una casa de cambio de moneda, por si lo que necesita son dólares constantes y sonantes. Alguien podría comparar el escenario como un festival de necesidades, una feria de miserias o hasta un mercado persa enclavado en la falda de los Andes.

Algunos habitantes del sector afirman que esta situación les ha ayudado a mantenerse vivos, porque es la única forma de conseguir el dinero para alimentar a sus familias. Otros dicen que eso les ha afectado porque ha aumentado la contaminación auditiva, visual y ambiental y a eso se suma que tienen que lidiar con trancones de casi media hora en sus pocas vías, por la gran cantidad de buses, taxis y carros que allí se estacionan sin guardar ningún orden.

“Eso ahí es terrible, si usted quiere o tiene que ir a Ipiales a alguna cita tiene que bajar una hora antes, porque uno nunca sabe en San Carlos”, comenta Felipe Aza, habitante de la zona.

Abrir una nueva frontera se ha convertido en la única forma de sustento para algunos.

La ruta de integración ilegal

“Pues sí hay bastantes rutas, una es por aquí en moto o caminando; otra es por el Carchi, otra por La Verbena, pero esa no la conozco, depende de donde esté la Policía”, comenta Darwin Guamialamag, motociclista que funge de “coyote”, como en la frontera entre EEUU y México o en el Urabá chocoano. Su amigo Kevin Táquez interviene y dice que la ruta del Carchi es la mejor porque se pasa por Carlosama y “el pasajero y la mercancía llega menos estropeada”. Además de esas rutas, hay otros pasos en lugares conocidos como La Orejuela, La Victoria y El Carmelo, por donde andan los vehículos más grandes y pueden llevar más mercancías y personas.

Es un día cualquiera de finales de enero del 2021, en medio de la pandemia. La moto arranca desde el partidero y empieza a descender sobre la serpenteante vía, el verde destella en el panorama por todos lados. Hay una granja y pocas casas, caballos blancos subiendo con cargas de gas y gasolina, y gente llevando a hombros leña para la cocina. Va a una velocidad de 40 kilómetros por hora; casi es una carrera contra el tiempo y los motociclistas que son competencia. Llega al primer puente sobre el Río Blanco, se desvía hacia la izquierda y se empieza a subir por San Francisco del Socorro, vereda de Cuaspud, allí donde ya es normal ver el camino transitado por los migrantes, en filas indias cargando sus sueños, miserias y esperanzas como hormiguitas multicolores. Es un caserío pequeño y bastante desolado. Más arriba en la parte plana se pasa por San Francisco de Arellanos, ahí hay una capilla, un coliseo y construcciones antiguas de tapia. Desde allí se conduce hasta llegar al desvío del lado izquierdo donde se comienza a descender de nuevo, rumbo a Ecuador.

El paisaje es de un verde más intenso, unos pequeños llanos y un camino escabroso, con grietas, piedras y lodo que por momentos hace deslizar la moto como en una pista de jabón grumoso y sucio.

“Aquí sí tienen que venir es conductores duros porque no cualquiera puede con esta ruta”, dice Eduardo mientras se levanta el visor del casco. Se para en “El Mirador” un momento y contempla la inmensidad del río y lo profundo del cañón, donde una caída sería fulminantemente mortal.

Luego se llega a un segundo puente elevado sobre el río Carchi, un tanto angosto para automóviles. Mientras unas personas se concentran ahí esperando mercancía para subirla hacia San Carlos, otros van pasando con ganado y unos más arrancan su caminar hacia Tulcán. Allí se encuentra una planta de energía que tiene a su alrededor una reja de alambre que le da un ambiente de centro carcelario. La escena se la puede comparar con alguna de las las fronteras mexicanas: los migrantes bajando de los carros, caras cansadas y sudadas, brazos llenos de maletas, niños llorando y grupos de personas desfalleciendo. En este lugar se repite la situación, solo que los desterrados son todos venezolanos en búsqueda de un lugar mejor. En otros tiempos, eran colombianos los que desgranaban el camino hacia un futuro promisorio, fantasma que no se desvanece aún de la realidad nacional.

Por su parte, los ipialeños están ansiosos de que se reabra el puente.

Peligros y retenes

Desde el puente el motociclista se percata de que más arriba, en el segundo ascenso, se encuentra un retén de la Policía ecuatoriana, por lo que decide esperar porque de seguir corre peligro de que le quiten la moto.

“Usted verá señorita, qué dice, nos arriesgamos o nos quedamos. O mejor esperemos, la Policía a veces se va rápido”, comenta Carlos. De lado colombiano el Ejército es quien controla a veces los pasos ilegales y del lado ecuatoriano la Policía hace grandes operativos, tanto es así que según sus registros hasta la fecha han destruido 38 de los pasos ilegales.

Después de haber recorrido 17 kilómetros en 25 minutos se llega a Tulcán, al sitio conocido como “Cuatro Esquinas”. El ambiente no cambia mucho, hay gente esperando ser transportada hacia Ipiales, motos estacionadas, personas que empiezan su ruta caminando y otros que despachan sus mercancías a todos los puntos cardinales. Modernos chasquis de un pasado glorioso que hoy tratan de mantener vigente.  Hay pocas ventas, taxis y el bus urbano que conduce a la gente hacia el Hospital, que queda a 3 minutos de ahí o al Parque Ayora a unas cuatro cuadras, zona céntrica de la ciudad.

Al regreso todo es tranquilo y se recorre la misma ruta. Total unos 50 minutos. Cuando el camino se encuentra dañado por el invierno sí se demora hasta una hora y hay que usar buenas botas pantaneras. También por eso hay una cadena donde cobran un peaje de $1.000 pesos por la mañana para mantener arreglada la vía. Carlos dice que al día hace de 8 a 10 viajes, que carga $10 mil de gasolina y que el almuerzo le sale a $5.000 en el lado colombiano, por lo que al día pueden estar consiguiendo de $100.000 a $150.000 pesos.

Tanto Iván Duque como Lenin Moreno –presidente de Ecuador– se han mantenido en la decisión de tener cerrada la frontera. En el principio de la cuarentena se anunció que se daría la reapertura el 1 de septiembre, luego el 1 de octubre, el 1 de noviembre y por último el Comité de Operaciones de Emergencia de Tulcán (COE) sugirió que se haga el 31 de diciembre. La pandemia sigue avanzando y no hay una fecha clara de su reapertura.

Por su parte, la Jefatura Política del Carchi realizó una encuesta a 1.000 personas, de las cuales el 72% dijeron que no querían la reapertura del puente, porque afirmaron que al pasar los meses Tulcán dejó de depender del comercio con Colombia, empezaron a consumir lo propio, ir a sus centros comerciales, a sus tiendas y así ayudar con la reactivación económica ecuatoriana. Además, quieren contener la expansión del virus con la llegada de foráneos y evitar vivir una ola como la de hace meses, ya que actualmente en Nariño se registran 47.622 casos positivos. Otras personas se muestran de acuerdo con que la frontera se abra paulatinamente y con rígidas medidas de bioseguridad.

Por su parte, los ipialeños están ansiosos de que se reabra el puente. Según los registros de la DIAN, el 95% de los negocios decayeron ante la falta de los visitantes, es decir, viven una parálisis económica por la actividad comercial que los ha obligado a buscar nuevas fuentes de trabajo. Según el Alcalde de Ipiales, Luis Fernando Villota, durante todo este tiempo se perdieron 30.000 empleos y solo 15.000 se han podido recuperar gracias al levantamiento de algunas restricciones.

Edison, Darwin, Kevin, Diana y Carlos, seguirán trabajando en la “Nueva Frontera” como única forma de llevar el sustento a sus familias, hasta que todo vuelva a la normalidad y puedan así retomar sus antiguos trabajos o hasta que puedan pasar a Ecuador por Rumichaca, como se ha hecho por décadas, si no es por siglos. Un deseo que, hasta ahora, se ve tan lejano como la frontera sur colombiana desde San Antonio del Táchira, Venezuela.

*Sin apellido por solicitud de las fuentes.

@jackelinequiro1