En la terminal de transportes de Pereira se disponía a viajar hacia el Norte de Santander un  hombre, nacido el 16 de Mayo de 1956 e identificado con la cédula de César Tulio López Toro, que no resultó ser quien decía. Orlando Vergara Hidalgo -alias ‘Simón’ o ‘El viejo’- era su verdadera identidad, y operaba como cabecilla del frente Oscar William Calvo desde el municipio de Pueblo Rico, en la zona del eje cafetero, para el disuelto Ejército Popular de Liberación (EPL).

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Imagen tomada de La Tarde

Por Laura López

Ilustraciónes: Chucho Barrera Henao y Daniel Román

Era 15 de septiembre de 1998. Ya habían pasado dos días desde la captura cuando Aleyda leía los periódicos nacionales y regionales,  llegando a detenerse entre los títulos, fotos y letras de la sección judicial  del periódico La Tarde para ver: “Cae cabecilla del EPL en Pereira”. La mejor noticia que podía encontrar después de que su esposo partió hacia el Chocó el 12 de diciembre de 1994.

Según Medicina legal desde el año 1984 hasta 2013  fueron  registradas como desaparecidas 89,736 personas, de las cuales el 23,34% fueron por  desaparición forzada.

Para la policía nacional y especialmente para el presidente recién electo Andrés Pastrana, esto era un gran golpe, mientras en la frontera con Venezuela adelantaban un operativo binacional para capturar a un cabecilla del ELN: Andrés García Botello (alias ‘el diablo’).  En el eje cafetero desmontaban una red de extorsiones y secuestros, a manos de otro grupo guerrillero, con la captura de Orlando Vergara.

Pero esto último era más que un golpe para nuestra familia, y para Aleyda, mi madre; ella veía florecer una esperanza para encontrar la verdad sobre aquel ser amado, padre de dos de sus hijas.

Ahora mirando fijamente a la nada y con las manos dentro de los bolsillos de su falda larga, empieza a contar cada momento como si lo hubiese acabado de vivir, momentos tan intactos en su mente que detalla hasta que se le va la voz.

Nunca había sentido tan cercana una despedida como lo fue aquel lunes 12 de diciembre. Mientras en la NASA lloraban la partida de Stuart Roosa, astronauta estadounidense; y México pasaba por una crisis económica; ella oía las palabras que jamás volvería a escuchar en voz de su esposo.

 “Me tomó por sorpresa” dice mi madre. Ella le había recordado la fiesta de navidad, pero él le contestaba que el fin de semana estaría de vuelta. Aleyda se sentía extraña y su corazón palpitaba diferente. Pese a la promesa de volver, él continuaba dándole algunas  recomendaciones -especialmente sobre el regalo de Carolina- y antes de irse le entregaba, recortado en una hoja de la iglesia, el salmo del buen pastor diciéndole  con voz entrecortada: “Ale, mire, tenga este salmo y rece para que me vaya bien, récelo harto”. Las manos de ella sobre el pecho me hacían entender el sentimiento que le traía tal momento.

Después de eso había quedado aún más confundida, pese a tantos viajes que hizo nunca le había pedido algo así, por lo cual ella trataba de persuadirlo para que cambiase de opinión, pero finalmente solo se resignó a pensar que tal vez se demoraría en llegar.

César fue un hombre de familia, principalmente había trabajado como conductor para Suzuki y para la Seguridad Nacional de la ciudad de Pereira, por lo que viajaba a lugares apartados como Yopal, Ovejas, Puerto Asís, y la Guajira. Era atlético, alto y de piel morena, con ojos color café, una ancha frente que se extendía hasta sus entradas, y una nariz grande que contrastaba con sus finos labios. Pero sin saberlo el hombre de manzana de adán sobresaliente decía adiós para siempre, mientras ella, parada en la puerta de su casa, le veía atravesar el parque para abordar un bus con destino a la terminal.El-terminal01

Luego no hubo más palabras ni momentos. El futuro marcaba su existencia entre las cifras de los 73,82% desaparecidos. Según las estadísticas de los 66.247 la mayor parte son hombres con baja escolaridad; y a sus familias, que terminan también siendo víctimas indirectas, se les concede generalmente el beneficio de amparo de pobreza para que, entre otras cosas, realicen todo el proceso de denuncia.

Lo más difícil fue que nunca tuvo un momento exacto para decirle adiós, para decirle te amo por última vez. Mi madre desentraña los más escondidos recuerdos, los momentos más memorables, los besos más recordados y los abrazos de nunca olvidar; pero en esta parte de la historia no solo a ella se le corta la voz, no llora sola, no siente el taco en la garganta sola. Ahí estoy yo tratando de ser fuerte.

Una mujer tan fuerte pero a la vez frágil, marcada con las más duras cicatrices, hace que yo sienta la historia como mía, y que comparta aquellas sensaciones al recordar cada momento en que ella me ha contado sus sueños, las canciones que narraron ese último abrazo,  al pensar en el sufrimiento que a veces logro descubrir en los ojos de mis hermanas.

El tiempo le ha enseñado que basta amar en silencio y recordar a aquel ser que nunca volverá. Cuenta mi mamá con serenidad que  su esposo, compañero y amante se fue con un sueño, un proyecto que posiblemente un arma destructora frenó en algún momento; tanto que la canción “Cuando los sapos bailen flamenco” resume todo su sentimiento y junto con alguna lágrima que se cuela por su mejilla parafrasea parte de la canción “realmente me alegraba escuchar las promesas mientras se alejaba y por fin viajó como en sus sueños  buscando un sitio para volver”.

Mientras su esposo sufría, Aleyda y mis hermanas también lo hacían aun desde la soledad y la tristeza de las cómodas pero oscuras habitaciones. Si bien, no  conocían con claridad las circunstancias -el lugar exacto del secuestro, el día de la muerte, ni dónde fue enterrado- la angustia inundaba las noches de una familia que no dormía por preferir orar clamando el regreso de César Tulio. Las noches fueron realmente apocalípticas; mi madre lloraba asomada en la ventana, observaba la lluvia, los taxis que pasaban, la luna llena que iluminaba; todo siempre en vano.

Los primeros meses ella esperaba las fechas espaciales para volverlo a ver; el 24 y 31 de diciembre, el 6 de enero día de reyes, y el día de su aniversario: 23 de enero. Pero eso solo aumentaba la angustia. Mil cosas cruzaban por su cabeza y en medio de lágrimas, esperas, trasnocho y oraciones trató de llevar ese amargo momento que Dios había puesto en su vida; vida a la que le empezaba a faltar esa figura paterna, ese hombre que la apoyaría y acompañaría hasta el final de sus días.

Declaraciones de las Naciones Unidas sobre la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas dicta que “todo acto de desaparición forzada constituye un ultraje a la dignidad humana” y no solo a ellos, también a las victimas indirectas, donde el sufrimiento, desesperación y angustia les degradan física y moralmente.

La denuncia por desaparición no se hizo esperar. Desde el mes de enero hasta junio de 1995, Aleyda  sostuvo comunicación con el director encargado de la seccional del DAS en el Chocó, con el fin de adelantar una investigación; constantemente llamaba a la Cruz Roja y a la Defensa Civil  de la zona.

El ejército incursionó hasta la zona que más pudo, pero la guerrilla era tan fuerte en este sector que los habitantes los encubrían y jamás pudieron pasar las fronteras invisibles. Los resultados de la labor de inteligencia fueron infructuosos.

Según el artículo 97 del código civil para certificar la presunción de muerte por desaparición, entre otros requerimientos, se debe publicar en los medios locales de prensa y radio hasta tres veces  por un lapso de 4 meses la descripción del sujeto, cómo estaba vestido y la fecha de la última vez que lo vieron. Aleyda con ayuda de su padre Luis Eduardo publicó en Todelar, Ecos 13.60, en la básica de Caracol y RCN, y en medios escritos como La Tarde y el Diario del Otún. Sin embargo los llantos continuaban a la vez que Carolina y Milena crecían llenas de agresividad y timidez. Ya habían pasado 4 años desde la desaparición de su padre.

Luego de la captura de ‘El viejo’, durante la individualización de pena y sentencia el cabecilla aceptó, en medio de diversos delitos, que la persona dueña de la cédula con la que se identificó había sido secuestrada y asesinada entre el departamento del Chocó y Risaralda (Pueblo Rico). Lo hicieron porque su apariencia coincidía con la de un soldado y todo apuntaba a que era un colaborador de las fuerzas armadas buscando filtrarse. Según ellos su corte de cabello solo lo usaban los adultos pertenecientes al ejército, llevaba tarjeta militar, mapa de la zona, binoculares y una maleta con pocos elementos.El-terminal02

Por lo que no existió una clasificación para esta circunstancia, ni hay tampoco registros de personas secuestradas por dichas razones, con lo que se convertía en una cifra más del 35,37% de la población  que, según la vulnerabilidad, está categorizada para el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses como  los ‘otros’ .

A pesar de esto tuvieron que pasar muchos procesos, por medio del Juzgado Segundo de Familia de Pereira, para que la jueza Amparo López Muñoz fallara a favor, declarando como la presunta fecha del fallecimiento el 12 de Diciembre de 1996.

Solo en ese momento la familia se reunió con tarjetas, cartas, canciones y palabras en una eucaristía de despedida por aquel hombre que tantos aprendizajes les dejo; para que ahora, después de 22 años se abriera un baúl con fotografías mentales, palabras que no se las llevó el viento  y sensaciones indescriptibles, retratando la última vez que se vio, se escuchó y se sintió aquel ser tan amado, aquel padre ejemplar, un esposo respetuoso y un hombre trabajador; otra víctima de la violencia y una historia más para ese barril sin fondo de la guerra que solo deja sin sabor, dolor, lágrimas y sangre.