Gustavo, el paisa, al enterarse de que me las daba de escritor, me propinó la mayor paliza lectora de mi currículo, resultado de la cual salí leolegrisiano convicto y confeso para toda la perra vida: “de todos modos la llevo perdida”, qué coño.

Ricardo BadaPor: Ricardo Bada

La historia tiene que ver con mi llegada a Berlín en fecha tan lejana como 1964 y con el alquiler de un apartamento gigantesco, de a deveras apabullante, en una vieja casa de la Bellermannstrasse, el n° 10. Y en esas dos palabras, “la historia”, lo que resumo en estilo telegráfico, es que mi primer acercamiento a América Latina pasa por el meridiano de Santafé de Bogotá, y es Colombia el país que me latinoamericanizó. Les cuento:

Al mes de estar desempeñándome como corresponsal berlinés de un semanario madrileño, y sabedor de que me alojaba en un cuarto amueblado, el cura director de la Casa de España –lugar adonde yo iba con regularidad a comer porque el condumio era bueno y los precios subvencionados– me preguntó si no querría alquilar un apartamento grande junto con dos colombianos que también andaban buscando. Le dije que sí, nos presentó y fuimos a verlo.

El apartamento tenía la ventaja berlinesamente indescriptible (explicárselo a ustedes supondría todo un capítulo de historia municipal berolina), de disponer de entrada independiente, y hasta de un sótano propio al que se ingresaba por un escotillón en el cuarto principal: ¡un sótano del mismo tamaño que esa enorme habitación!  Apenas lo descubrió uno de mis dos posibles coinquilinos que se llamaba –y espero que se siga llamando– Otto Gabriel Sabogal, escultor de Calarcá, se enamoró de él. El sótano le venía tal que yelito al güisqui para habilitarlo como estudio. Hernando Oliveros, el otro colombiano, estudiante de arquitectura de Pereira, y yo, mucho más modestos, nos resignamos a los 100 metro cuadrado restantes, y muy pronto se armó la “república”. En poco tiempo nuestro apartamento se convirtió en el hogar de cuanto latino se parachutaba en Berlín, y como el espacio sobraba, jamás hubo ningún problema. ¡O tempora! ¡o mores! (para que vean que poseo un léxico de expresiones sabias y/o las páginas rosas del Larousse).

Un día llegó un medellinense chiquito cuya maleta diminuta la ocupaban un par de camisas, mudas de ropa interior, y los Mamotretos Completos de un tal León de Greiff, a quien yo gloriosamente desconocía. Gustavo, el paisa, al enterarse de que me las daba de escritor, me propinó la mayor paliza lectora de mi currículo, resultado de la cual salí leolegrisiano convicto y confeso para toda la perra vida: “de todos modos la llevo perdida”, qué coño.

Ah, y a propósito: también hice con Gustavo un master no académico en poesía nadaísta, y eso sin él llamarse Elkin aunque sí Restrepo, y así mismo sin premeditar que algún día iba a tener yo un idilio volcánico con una de sus musas (del nadaísmo, no de Gustavo). Una musa que una noche, “una noche / en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas”, me expulsó con cajas destempladas de su cama porque le dije que era “un culo buenísimo”, cosa objetivamente cierta, y además una cita de Lady Chatterley’s Lover (“Th’art good cunt”), pero ella –“¡Socorro!”– ignoró las inaudibles comillas y además recusaba como palabrón soez el sustantivo “culo”. Me costó harta labia volver a gatear hasta ese tálamo desde el que puteaba a todas las madres de todos los conquistadores, sin excluir a Blas de Lezo, pobretico mío.

Ricardo Bada. Cortesía de El Espectador.

Ricardo Bada. Cortesía de El Espectador.

Un año más tarde, 1965, abandoné las orillas del Spree por las del Rhin, es decir que me mudé de Berlín a Colonia, donde la emisora alemana para el extranjero, la Radio Deutsche Welle, concretamente su redacción latinoamericana, se interesaba por mi trabajo. Una relación ésta que duraría 35 años, hasta el día de mi jubilosa prejubilación. Y entre las primeras tareas que tuve a mi cargo, en el verano de aquél remoto 1965, se contó la de cubrir en Berlín las jornadas de su festival internacional de cine, originalísimamente bautizado como “la Berlinale”. El nombre es un derroche de imaginación muy típico del mundo de las relaciones públicas.

Así es que durante diez días regresé a las orillas del Spree (vide supra), y hétete aquí que el azar –ese transparente seudónimo del Destino cuando actúa de incógnito– me deparó la visión de un largometraje colombiano, Cada voz lleva su angustia: ¿lo recuerdan los más viejos del lugar? Tamaña heroicidad fue premiada con una invitación a cenar del productor Arturo Vélez Sierra, y en el restaurante adonde fuimos, en la mesa de al lado, cenaba también una neerlandesa que responde al larguísimo nombre de Everdina Theodora María Hansen, aunque para abreviar todos la llaman Diny. Era la noche del 2 de julio, y al año siguiente, el 2 de julio de 1966, Diny y yo nos convertíamos en marido y mujer, por lo que sin duda alguna, y sin ofender al cine colombiano, certifico que aquél fallido largometraje suyo me dio el chance de protagonizar el mayor largometraje de mi vida, con el cual he conseguido siete Oscars: Rebeca, Ricardo junior alias Chico –y con él y su esposa Angie el benjamín Vincent–,  y Montserrat –y con ésta y su esposo Frank, el futbolista Paul Louis y el amoroso aunque también gritovitricida Oskar Linus, así como el bebe (*4.1.2010) Henri Jonas, que acabó con el benjaminato de Vincent–. Ya se ve, pues, lo decisiva que Colombia ha sido en mi biografía personal. Y en la profesional.  

Porque luego vino mi vinculación con HJCK. Conocí al doctor Álvaro Castaño Castillo poco antes de 1980 en esta ciudad de Colonia donde sobrevivo. Estuvo aquí para visitar la Deutsche Welle, y es evidente que nos debimos caer bien mutuamente, de lo contrario no me explico yo que la relación continuase a partir de aquél instante, ininterrumpida, por carta y por teléfono.

Nuestro siguiente encuentro tuvo lugar en Estocolmo, diciembre del 82, los días de la entrega del Premio Nobel a GGM. Con Gabo ya había conversado en 1970, cuando el lanzamiento de la versión alemana de Cien años de soledad en esta misma Colonia que así se llama porque lo fue –me recordaría alguna vez Heinrich Böll–. Por cierto que la primera página de mi ejemplar de esa edición lleva la firma del traductor Curt Meyer-Classon y la de Mario Vargas Llosa, quien exactamente un año más tarde publicaría García Márquez Historia de un deicidio, libro que docenas de huéspedes de mi casa han sentido la tentación de robar, conteniéndose sólo por mor de la cortesía y el respeto. Pero regresemos a 1970 y el lanzamiento de Hundert Jahre Einsamkeit; yo no tenía a la mano ningún libro de Vargas Llosa para que me lo dedicase, de modo que a pesar de su resistencia le pedí un autógrafo en el de Gabo; y al ver Gabo que su gran amigo –eran otros tiempos– firmaba donde lo hacía, añadió el autógrafo suyo debajo de estas tres palabras de su puño y letra: “y yo también”. Quizá sea el único ejemplar de un libro que ostenta las firmas de los dos.

Y volviendo a Estocolmo, fue gracias al doctor Castaño Castillo que desde el primer momento tuve entrada libre al sanctasanctórum colombiano de la fiesta, en una sala alquilada ex profeso en el hotel donde siempre se alojan los galardonados. Una fiesta que solía iniciarse cuando los suecos se estaban yendo a la cama, y que más o menos duraba hasta que los pobres suecos se levantaban para iniciar su jornada laboral. Inolvidable sobre todas ellas la noche misma del Premio, con Gabo y Mercedes bailando en el corro de sus amigos. Creo que fue allí cuando el doctor y yo descubrimos que ambos somos Géminis, y con un solo día de diferencia en el nacimiento: él festeja sus aniversarios el 9 de junio, yo lamento los míos a las 24 horas. Y se lo crean o no, no fue allí donde conocí a Gloria Valencia de Castaño y Álvaro Mutis. Ya verán.

Ricardo Bada otraparte org

Meses más tarde de las noches de Estocolmo, nos reunimos en París, en el pisito entretanto entrañable de la rue du Temple, a un tiro de piedra del Centre Pompidou, estando asimismo presentes, ahora sí, Gloria Valencia y también Diny, que congeniaron a las primeras de cambio. Y justamente durante ese encuentro, con un buen whisky por delante, Gloria y Álvaro me preguntaron si no podría yo enviarles todas las semanas una crónica coloniense para la Revista Dominical de HJCK. Ignorante de lo que se me avecinaba, les dije que sí. Y es así que desde 1983, sin faltar nada más que el tiempo de mis vacaciones anuales (y a veces ni siquiera ése), mi teléfono estuvo repicando puntualmente todas las semanas, ¡todas!, ± a las 4.30 p.m. hora europea del día acordado para grabar, y el paciente Luis Guillermo Aza (mi más asiduo oyente y corrector) grababa mis crónicas, con objeto de que los más masoquistas entre los oyentes de la emisora me estuvieran escuchando nada menos que veinte años, hasta el 25 de abril del 2003. No sé si compadecerlos, pero sí sé que les agradezco por su constancia y su simpatía.

Ello me atrajo en Santafé de Bogotá una popularidad que me pareció como de cuento de hadas y que viví en carne propia cuando estuve allá invitado a la Feria del Libro del 98, dedicada a Alemania. Menos mal que a pesar de mi ego casi argentino me di cuenta enseguida de que esa popularidad llevaba el marchamo de HJCK, de que sin ella, y sin su público de una fidelidad acrisolada, semejante cuento de hadas habría sido imposible. Y ya que estamos en ello, les diré que por mediación de Gloria y el doctor Castaño conocí a Macario, nuestro fiel conductor por el inenarrable tráfico bogotano. Jamás olvidaré su respuesta cuando me sorprendí de que no pudiésemos subir con el carro hasta Monserrate. “¿Que no hay carretera hasta allí?”, pregunté asombrado. “No, señor”. “¿Y eso, por qué no?”, quise saber. Tras una pausa, la sabia reflexión de Macario: “A ver, don Ricardo, es que si la construyen, se le acaba la teta al cura”.

(Continúa)