(Crónica de un desamor)
Escribe / Mateo Quintero
Para C.
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Después de cierta edad –o mejor, después de ciertas experiencias– la vida carece de novedades. Pocas cosas que experimentamos tienen el valor de lo verdaderamente nuevo: en lo sucesivo, encontramos leves variaciones de los acontecimientos, de los placeres y de la felicidad. Lo que nos da la ilusión de la novedad es el lenguaje, que es infinito y nos puede relatar la misma sensación de múltiples maneras; de ahí la paradoja de la literatura: siempre aborda los mismos temas de una manera distinta. Nuestra vida, no obstante, no es literatura. El demiurgo que marca nuestro destino es bastante poco divertido; su inabarcable vejez ha anulado toda fantasiosa muestra de juego infantil, propia de toda gran narración.
Pero no seamos del todo imparciales con ese viejito infeliz. Aunque después de experimentar el amor, de contemplar el mar, de disfrutar la tranquilidad y ciertos triunfos, de regocijarse con estoicismo en la derrota, ya queda poco que nos haga felices. A pesar de eso, hay algo que siempre se renueva, que siempre causa una nueva sensación de abismo: el dolor. El sufrimiento que causa la muerte de tu abuelo no te prepara para la muerte de tu abuela; ni la de tu madre te prepara para la de tu padre; ni la de tu perro a la de tus sucesivos compañeros; ni el fin de un inmenso amor te ayuda a enfrentar el fin de los demás. Incluso, cada sufrimiento es más doloroso, porque nos trae a la memoria los demás, y como envejecer es ir perdiendo esperanzas, cada vez queda menos de lo que apegarse. ¡Ah, qué misericordioso es el Señor, que nos ayuda a enfrentar la monotonía infringiéndonos nuevos dolores, hasta que nos lleva a su lecho vacío y negro!
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Cuando el desilusionado establece una ilusión, aunque lo haya hecho racional y deliberadamente, sabe que es falsa, pero se empeña en agarrarse a ella, en aferrarse hasta las últimas consecuencias. Después, al desvanecerse la ilusión, su ánimo vital decae al punto de desear la muerte. ¿Por qué no la deseaba antes de concebir la ilusión? Porque una cosa es estar en un desierto, y otra muy distinta es ver en ese desierto un oasis irreal.
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Un futuro estéril es la visión que marca mi estado actual. Después de despojado todo sentido, el mar del tiempo se aquieta. Todo es un eterno presente vacío. El avance de los segundos no lleva a ningún lado, y aunque lo llevara, seguiría careciendo de algo que otorgara razones para continuar viviendo más que el instinto inocuo de sobrevivir.
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Entre los nuevos dolores que la vida nos otorga, está el arrepentimiento, que tiene la facultad de renovarse con el tiempo. No hay hombre que al cabo de los años no acumule dentro de sí muchos arrepentimientos. Su novedad consiste también en que un acto que hoy no nos causa arrepentimiento, pasado un tiempo –corto o extenso, dependiendo de nuestro cambio interior– puede llegar a causarlo. He ahí a los santos, o los que pretenden serlo, latigándose a sí mismos en la vejez por actos que cometieron en la adolescencia o en la primera juventud. ¿Y esto por qué se da? Bueno, Fernando González lo resume muy bien: “Remordimiento: es dolor producido por la objetivación de los actos propios que no están acordes con el ideal que percibe nuestra inteligencia (…) El remordimiento crea repugnancias por los actos impropios del ideal que tenemos en determinada época, o sea, crea arrepentimiento. Motivaciones para no obrar como lo hicimos”. Vale aclarar lo que es evidente en esta cita, y es que Fernando distingue el remordimiento del arrepentimiento, lo cual es un gran avance. A veces ambos vienen juntos, pero no es una correlación sustancial. Mientras el remordimiento tiene como principal raíz mordere, que significa morder, torturar o remorder, el arrepentimiento tiene como raíz paenitere, o, si se quiere, repaenitere, que significa sentir una intensa insatisfacción, o, aunque suene a oxímoron, tener falta de algo. Bien, cuando algo nos causa remordimiento, entonces, es ese sentimiento doloroso de no haber querido realizar tal acto, ya que iba en contraposición a nuestro ideal. Nos remuerde el hecho de haber ido en contra de nuestras ideas más profundas; por lo cual, se justifica el ejemplo de lo cambiante que puede ser, ya que nuestras ideas varían con el pasar de los años. Lo que para mí es un bien hoy, puede ser un mal mañana, dependiendo de la variabilidad y complejidad del yo. El arrepentimiento, por el contrario, es la sensación de insatisfacción que tenemos con nosotros mismos por haber realizado algo que, en nuestra concepción, no debimos haber realizado. Es más sosegado que el sentimiento de la mordedura, y por su misma naturaleza, es la que nos ayudaría a cambiar, si así lo quisiéramos: “Tenemos el derecho de cumplir los instintos, para llegar a odiarnos en virtud del remordimiento y llegar a ser otros en virtud del arrepentimiento”.
Ahí la novedad del dolor que nos produce las cosas de las que nos arrepentimos. De todos los actos que hemos realizado y con los que estábamos satisfechos, cuántos nos remuerden años después cuando nuestra concepción de la vida muta, o cuando las repercusiones de ellos, de las que no habíamos tenido conciencia, se revelan con su implacable ruindad y nos demuestran que, hagamos lo que hagamos, ya todo es irremediable.
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Nuestro pasado: la sombra que nos acompaña siempre. El deseo del cambio que el arrepentimiento conlleva, solo es creíble para el que desea cambiar. Los que nos conocen de años y saben de nuestros vicios, de nuestras carencias, creen imposible un cambio de corriente. Desprecian a Heráclito. Ahí está Don Draper, protagonista de Mad Men, mostrándonos siempre que el pasado nos determina y que nos acompaña, aunque intentemos huir de él, tanto a nosotros mismos como a los que nos ven por fuera, con la carga histórica de los errores cometidos, y que quedan grabados en la memoria colectiva, imprimiéndonos marcas que, en ocasiones, despreciamos.
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“Mientras dura el remordimiento dura la culpa”. No hay remordimiento sin culpa. No puede existir ese dolor que remuerde la conciencia sin sentir culpa de lo que se realizó. También el arrepentimiento funciona así, aunque con el dolor un poco más aplacado. No se puede querer cambiar el rumbo sin sentir que se es culpable por lo que se hizo, sin ese sentimiento penoso que es la culpa, que nos ensombrece y nos provoca la peor insatisfacción que un hombre puede experimentar: la insatisfacción de ser él mismo.
Hay algunas maneras de sopesar la culpa, y una de ellas es el olvido. Olvidar lo que se hizo que es, a su vez, perdonarse. Pero el hombre se puede perdonar a sí mismo y aún así el resto de individuos tenerlo presente, por lo que, por el juicio de los demás, aquel perdón queda invalidado. Quizá con fortaleza de espíritu se puede salir avante con esto, pero hay ocasiones en que la culpa es tanta, que aunque los demás la desconozcan, e intentes en tu racionalidad eludirla, en los sueños, cuando aflora lo reprimido, aparece: Thomas Shelby.
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Hay una escena en Better call Saúl en la que Jimmy y Mike están dialogando sobre qué harían si tuvieran una máquina del tiempo. ¿Qué momento del pasado cambiarían? Mike, cambiaría la primera vez que recibió un soborno. Jimmy, iría a un momento en el que pudo haber invertido dinero en una empresa que luego sería muy próspera, para estar gozando de las ganancias en la actualidad. Mike, sorprendido, pregunta: “¿Eso es todo? ¿Dinero? ¿No cambiarías nada?”. La misma sorpresa nos llevamos los espectadores. No hay un asomo de culpa en Jimmy, aun habiendo hecho actos despreciables. Quizá sea mejor ser así.
O ser como aquel que canta: Sé que bebo, sé que fumo, sé que juego y no me arrepiento… Antes recomenzaré. No arrepentirse del mal hecho, sino disfrutarlo. Quizá sea mejor ser así. O ser como aquel otro que canta: Cuando miro para atrás cada vez me gusta más el haber tenido tantas emociones. No ver la carga positiva o negativa de los actos, sino sentirse satisfecho por haber experimentado la alegría y el dolor, las mujeres y el amor. Quizá sea mejor ser así. Pero yo, ahora, no puedo.
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Arrepentimiento de no haber sido otro. Arrepentimiento de no haber seguido la intuición del principio que te decía que era mejor huir antes de seguir. Arrepentimiento de haber sido el que se es, y no haber cambiado el curso antes. Arrepentimiento de no despojarse de la máscara de la dureza. Arrepentimiento de no haber hecho las cosas mejor, cuando era, relativamente, tan fácil. Arrepentimiento de no haberse ensimismado, y no permitir que avanzara. Arrepentimiento de haber querido cambiar, y entregarse, como siempre, desproporcionadamente. Arrepentimiento de haber privilegiado los sentimientos del otro en detrimento del propio, para no recibir lo mismo luego. Arrepentimiento de no haber seguido la determinación que tomaste cuando experimentaste ese dolor por vez primera: “no permitiré que me suceda”. Arrepentimiento de no haber seguido la máxima de Sartre sobre el enamoramiento: “Incluso hay un momento, al principio mismo, en que es necesario saltar un abismo. Creo que nunca más saltaré”. Arrepentimiento de no ser capaz de matarse, por cobardía, por seguir pensando en lo que los demás sienten, y no en lo insoportable que es el duelo. Arrepentimiento de querer matarse, cuando hay otras tantas cosas en el mundo.
Remordimiento de existir.
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El que subestima el suicidio por amor es porque en realidad nunca ha amado. El enamorado, tal como nos recuerda Borges, ve a la otra persona como la ve Dios; es decir, del mejor modo posible. El enamoramiento nos acerca a la divinidad; cuando este muere, se vuelve a la mortalidad, al despreciable estado de lo humano. ¿Cómo sería Dios si nos dejara de ver con la mayor indulgencia posible? Retornaría a la Muerte, mártir inútil.
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Decadencia después de un amor sin oportunidad de final feliz
- ¿Qué haces ahí?
- Estoy esperando que se vayan las moscas.
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“Todo pasará”, afirman. Yo no quiero que pase. “Siempre hay otras personas”. Todas son únicas. Amar la unicidad del otro es la única forma de amar. “Mientras haya vida, hay esperanza”. Les respondo con Melville: “¡De ahora en adelante, mientras haya vida, habrá desesperación!”.


