Álvaro Mutis

Colombiano Honoris Causa (Parte II)

Segunda parte del testimono de Ricardo Bada sobre sus relaciones con Colombia, Suramérica y muchas de sus figuras más prestigiosas. Recuerdos de un grande del periodismo, en exclusiva para TLCDLR.

 

Por: Ricardo Bada

Pero retrocedamos, aunque sólo sea para pasar revista a una mínima parte de la muchedumbre colombiana que puebla mi memoria antes de la pluviomaquia con Maqroll el Gaviero.

Helena Araújo, la persona a quien debo mi colombianidad honoris causa.
Helena Araújo, la persona a quien debo mi colombianidad honoris causa.

Recordar, ¿cómo no?, de 1972, las proezas del barranquillero Andrés Salcedo, enviado por la Deutsche Welle como reportero deportivo, por una muy egoísta recomendación mía, a los Juegos Olímpicos de Múnich. Yo era el responsable de las emisiones especiales y sabía dónde invertía mi capital: en un Andrés Salcedo que cuando no conseguía acceder a la tribuna de prensa dejaba boquiabiertos a los alemanes retransmitiendo delante del televisor de un bar como si estuviese en el mismísimo estadio. Un Andrés Salcedo que padece agrafía postal: ya nos veremos las caras en el infierno y le pediré cuentas por todos las cartas y todos los e-mails no contestados. Y por varias cosas más de las que me he enterado después.

Y un año más tarde mi viaje invernal por Alemania con el joven y talentoso periodista Juan González Restrepo (¿qué se habrá hecho de él?), recogiendo materiales para lo que acabaría siendo la primera radionovela coproducida internacionalmente, por Radio Madrid de la SER y la Deutsche Welle. Se titula Como el ave solitaria y tuvo un intérprete excepcionalel cantautor argentino Alberto Cortez. Y si bien terminé escribiéndola yo solo, Colombia está presente en ella de muchas formas, sobre todo una larga cita del Relato de Sergio Stepansky.

Y recordar, ¿cómo no?, un gélido mediodía de febrero de 1984: el caleño Fabio Martínez y tres personas más, una de ellas quien suscribe estas líneas, integramos el cuarteto que acompañó la primera hora de soledad junto a la tumba de Julio Cortázar recién enterrado, cuando se fueron todos los que habían acudido a su entierro en el cementerio de Montparnasse. 

Y al año siguiente, en el festival de cine iberoamericano de Huelva, largas charlas entrañables con un Jorge Silva prematuramente desaparecido, pero cuya amistad hemos continuado con Marta Rodríguez. Y una vez más al siguiente año, ya estamos en la primavera de 1986, el encuentro en Bonn con Fernando Charry Lara, Carlos-Enrique Ruiz y Rafael Humberto Moreno Durán, de la mano del profesor Rafael Gutiérrez Girardot, un colombiano con quien llegué a conversar incluso acerca de su maestro Martin Heidegger (¡yo y Heidegger!), pero sólo porque él fue de una paciencia y una generosidad increíbles con un analfabeto: servidor.

Meses después, en el otoño de ese mismo 1986, me desplacé a Hamburgo, para informar acerca de un congreso de escritores españoles, portugueses, brasileños e hispanoamericanos. Hasta me tocó conducir una lectura literaria seguida de diálogo con los autores, y en la que participaba, entre otros, uno de mis colombianos más queridos: Luis Fayad. Pues bien: a los dos o tres días llegaron los poetas, los últimos invitados al magno congreso. Y el Senado de Hamburgo puso a disposición del mismo su aristocrática barcaza para que todos los participantes en el evento hiciéramos una excursión por el puerto hanseático. Recuerdo por cierto que Antonio Skármeta, el novelista chileno, viendo zarpar desde ella un ferry de los que conectan el Elba con el Támesis, y que lucía en su popa el nombre HAMLET, comentó: “Parte con rumbo incierto”.

Álvaro Mutis
Álvaro Mutis

Uno de los que se rieron con el bonmot fue un hombre cuya pinta me era familiar desde mucho tiempo atrás a través de una pródiga iconografía, pero mi respeto y mi timidez tan grandes me inhibían de acercarme a él y presentarme. Providencialmente, a los pocos minutos comenzó a llover y se produjo la más cobarde de las estampidas: ¡todo el mundo corrió a refugiarse bajo cubierta!Todos menos quien les cuenta, protegido por su txapela vasca, y el hombre que les digo, impertérrito bajo su gorra de lobo de mar. ¡Ay, Maqroll!, pensé, ahora sí que no te me escapas. Y me acerqué a él y le propiné la más que superflua pregunta: “¿No es usted Álvaro Mutis?”.  Cordialmente me contestó que sí, le expliqué que era periodista español residente en Alemania y que quisiera hacerle una entrevista, y a su vez me preguntó: “¿Usted vive aquí, en Hamburgo?”. “No, en Colonia”, le dije, añadiendo tras una pausa que era el segundo Álvaro colombiano que conocía, y que el otro se apellidaba Castaño Castillo. “¡Ay, carajo!”, exclamó Maqroll, echando mano a su cartera, “el doctor es muy amigo mío, y cuando supo que venía a Alemania, y que voy a ir a recitar a Colonia, me dijo que al llegar allí no dejase de llamar a…”, desdobló un papelito y leyó un nombre: el mío. “Soy yo”, le dije.

Y desde ese instante nos volvimos inseparables para todos los días de Hamburgo y para todos los que han seguido luego, a lo largo de muchos años, en Colonia, París, Fráncfort, Bad Ems, Madrid, Huelva Y aparte del cariño que nos tenemos, Carmen y él, Diny y yo, hay algo que nunca les voy a poder pagar: que salvaran de la desesperación a nuestra hija Montserrat cuando la pobre capituló con armas y bagajes ante ese monstruo llamado Ciudad de México.

Y hablando de la vieja Tenochtitlán, allí publiqué algunas de mis notas en una revista llamada La Casa Grande, dirigida por el colombiano Mario Rey, a quien sólo conozco por e-mails, que los españoles llaman emilios y los mexicanos debieran llamar córreles (por lo de ser correos electrónicos: ¿o no?). Lo curioso es que si uno repasaba la lista de inquilinos de esa Casa Grande, por los pagos de Chapultepec, es como si estuviera paseándose por la Carrera Séptima. Y lo más curioso es que como la Historia tiene cierta proclividad a repetirse, ahora me está sucediendo lo mismo con otra revista que se llama El Búho, se edita en Quito y su director es también un colombiano: Omar Ospina García.

Ay, sí, Colombia y yo, ya se han ido dando cuentaQué entrevero de piolines, que colcha de retazos (los puristas decimos “pachtwork”) de afectos y recuerdos, de amor y de empatías.

Una mirada al inexorable ábaco de la computadora me avisa de que con ésta ya llevo escritas 2.673 palabras, pero es tanto lo que debería seguir escribiendo que me da pereza (así diría el pereirano Hernando) dejar de mencionar, aunque sólo sea mencionar, a Analía Restrepo y Santiago Gamboa, Freddy Téllez y Marvel Moreno, Santiago Mutis y Juan Carlos Botero, Pacho Zumaqué y Sandra Katalina Covaleda, y también a Heidy y Jaime Ortega (quienes me  hicieron sentirme en Tolima cuando estábamos en su casa de Berna, porque nada más natural que se haya ido a vivir a Suiza una colombiana bautizada así en honor de Heidi).

Tampoco puedo olvidar a Óscar Domínguez Giraldo y Manuel Mejía Vallejo, Rafael Buitrago y Óscar Collazos, Clara Inés Sánchez y Gustavo Ortiz, Constanza y Maruja Vieira, amén de Adriana Jaramillo Seligmann y Héctor Abad Faciolince, a quien por cierto le acredito aquí unas dotes de cocinero casi tan buenas como las de escritor, y en su caso ya es mucho decir.

Albalucía Ángel.
Albalucía Ángel.

Y cómo olvidarme de Tita Cepeda y Sergio Cabrera, Albalucía Angel y Sonia Solarte, Boris de Greiff y Julio Olaciregui, Leonor Rasch Arjona y Katharina Posada, ¡ni de Otilia Hernández y Arcadia Saldaña, que estudiaban canto en París y Viena y las conocí a bordo del expreso París-Moscú, el día antes de la Nochevieja del 64, y las alojamos como a princesas en el n° 10 de la Bellermannstrasse berlinesa! ¡ni de Elizabeth, la dueña del restaurante Fuenteovejuna, donde comí en Bogotá un guiso verazmente bautizado “lentejas como en Madrid!” ¡ni de Rosario!. Ruiz Rodgers y su sonrisa de iluminada cuando le expliqué el secreto de la personalidad de su entonces compañero, quien da la casualidad que es uno de mis pocos amigos íntimos!“Mire, Rosario, este hombre nació en un hotel propiedad de su padre. Además de su madre y su hermana siempre tuvo veinte sirvientas alrededor desde el día en que vino al mundo”.

Y aunque sé que no lograré ser exhaustivo, me avergonzaría de no haber citado a Pilar Tafur y Daniel Samper Pizano, Martha Senn y Juan Gustavo Cobo Borda, Moisés Melo y Rodrigo de la Ossa, Marta Piedad y Alberto Zuluaga, Marianne Ponsford y Ximena Godoy, Carolina y Pablo Gamboa (con su nietico Camilito), y no en último término la impresionante personalidad de Reynaldo A. Plazas.

Gracias a todos ellos –¡un auténtico Almanaque Gotha de la flor y nata de ese país al que tanto amo!–, creo haber sido uno de los pocos chapetones que siempre escribió correctamente la palabra “vallenato” (sabiendo además de qué se trataba), uno que muy pronto aprendió a recitar de memoria la frase inicial de La vorágine, y uno también, ¡oh profanísima trinidad!, que nunca cometió el imperdonable y craso error, ni el ortográfico ni el fonético, de encajarle un acento seléucido a la segunda “i” del topónimo Antioquia. ¡Vade retro!

Y a todo esto no he hablado de fútbol. La mañana europea del 14.9.93, mientras desayunaba, lei en el diario en mi casa el resultado “Argentina 0: Colombia 5″ y le comenté a Diny: “Estos linotipistas de hoy lo escriben todo al revés”. Cuando llegué a la redacción y chequeé que no era un error, que Colombia sí le había ganado por 5:0 a la Argentina y nada menos que en el estadio de River Plate, lo primero que hice fue contactar con mi querido Eduardo Char Mutis (el hombre de El Tiempo en Cartagena de Indias, ¡y vaya dos apellidos de poetas!) y pedirle que me consiguiera, al precio que fuese, un video con la transmisión íntegra de ese partido. Eduardo, que es un reloj en materia de confiabilidad, me envió la cinta una semana después. Han pasado más de doce años y aún la sigo viendo con gusto, y les juro que lo paso retebién.

Andrés Hoyos
Andrés Hoyos

Ah, y me quedaría tela cortada para rato si hablase de Andrés Hoyos, en cuya fabulosa revista El Malpensante comencé a publicar allá por mediados del 98, sin conocernos personalmente hasta que nos encontramos en París, no sé cuál día de octubre del 99. Y ¡zas! al mediodía siguiente, después de haberle servido de cicerones por nuestro entrañable cementerio de Montparnasse, exultamos juntos con la concesión del Nobel a Günter Grass, una persona muy querida y a quien debo gratitud por querer saber cómo andaba mi salud cinco años más tarde de haber compartido wiskies y confidencias en El Escorial; pero ésta es otra historia (Kipling dixit!), que quizás les cuento en otra ocasión. La de nuestra relación con Andrés se prolonga hasta el día de hoy en las páginas de su revista, y en la visita que nos hizo en Colonia, octubre 2001, durante la cual dio muestras de su consumada habilidad como ciclista, a orillas del Rhin.

Acercándome al final convendría añadir un párrafo acerca de las amistades colombianas hechas en esta ciudad de Colonia con mis dos inintercambiables amigas Indira Álvarez y Ana María Sarmiento, quien es una especie de Cristóbala Colona del Hong-Kong donde ahora vive; o con Luz Helena [Lukas] Díaz Murillo y Oliver Plata, la pareja que intercambió algunas de las más bellas cartas de amor que nunca he leído. Y no sólo amigos colombianos en Colonia, también en la vieja y querida Ámsterdam, donde visitamos a ese inmenso innovador artístico que es Raúl Marroquín en su casa flotante en uno de los canales, el Da Costa Kade: mientras hablaba con nosotros, yendo y viniendo, sin sentarse, se perdía a veces al fondo a la izquierda, de donde llegaba el ruido de algo crepitando en una sartén y que olía nada mal, y la comida fue en verdad muy buena, y el Burdeos con que la acompañamos, de la mejor calidad. Hospitalidad de luxe.

Héctor Escobar Gutiérrez
Héctor Escobar Gutiérrez

Last but not least, ¡cómo olvidarlos!, los descubrimientos debidos a los emails. Sobre todo los de dos escritoras: la cartagenera Eva Durán y la santandereana Clawdia Karim Quiroga. Pero también los de un mamagallista de alto standing, Héctor Escobar Gutiérrez; un cuentista de muchísimos quilates, Roberto Rubiano, y una periodista de quien estoy seguro que algún día me dejará leer sus poemas, por ahora inéditos: Adriana Herrera Téllez se llama ella. Y por supuesto el de un héroe-mártir de la comunicación, el fundador, director e incansable  factótum del diario virtual Cronopios, Ignacio (Nacho) Ramírez, por quien se mordió la cola la pescadilla de mi vida “colombiana”, pues gracias a él conocí a Jotamario Arbeláez y así pude recontactar, al cabo de cuarenta años, con aquella iniciación nadaísta que me deparó Berlín. Y para terminar de redondear este párrafo, el nombre de Fernando Vallejo, el escritor de más alto voltaje que haya producido un país tan pródigo en centrales eléctricas unipersonales: adoro la literatura de Fernando, y sus emails cargados de simpatía y de sano escepticismo.

A todo esto, alguien se dirá si no es raro que mis relaciones con las gentes de Colombia sólo hayan estado marcadas por una buena estrella. Y lo único que deseo contestar es que así fue, con muy pocas, muy poquitas excepciones, todas las cuales voy a personalizarlas en alguien a quien desprecio lo bastante como para no querer mencionarlo ni por sus iniciales aunque podría condescender a revelar que las tres de su nombre de guerra configuran un substantivo alimenticio inglés. Raras veces he conocido en mi vida a una persona tan pagada de sí misma como él, y con menos motivos para ello: la tijera entre su ser y su querer ser, recuerda lo que en términos de ballet se llama spagat. Por si todo eso fuera poco, su hipocresía y su mendacidad eran (y esas cosas no se corrigen, conque supongo que seguirán siéndolo) tan evidentes, tanto, que muchas veces, oyéndolo hablar, uno acababa convencido de que debía considerar estúpido al resto de la humanidad. Cuando en realidad al único imbécil a quien estaba engañando era él mismo. Por lo demás, me dejó a deber dinero, pero por dicha no tanto como a otros.

Y ahora, honestamente creo que sólo me queda por narrar una breve anécdota acerca de mi relación con Colombia, y es aquella que justifica el título de estas líneas. En 1991 me llamó por teléfono desde Lausana, en Suiza, mi afectuosísima amiga y excelente escritora Helena Araújo, una colombiana a carta cabal. Estaba en ciernes el fementido Quinto Centenario, y Helena, que es de armas tomar (no en vano su padre fue ministro de las Fuerzas Armadas), me contactó para que yo colaborase en una serie de actos contra semejante mascarada. Por supuesto, of course!, yo compartía sus puntos de vista, pero al mismo tiempo no podía ignorar lo que Helena sí estaba ignorando en base a puros plurales latinoamericanos donde me implicaba, y era algo que a fin de cuentas volvería surrealista mi intervención en tales actos. Así que me vi obligado a interrumpirla y decirle: “Estoy de acuerdo, Helena, pero me parece contraproducente que yo participe, fíjate que al incluirme en esos plurales te estás olvidando de que yo soy español”. Se produjo un silencio al otro lado de la línea, y al cabo, desde la orilla del lago de Ginebra, me llegó la inapelable sentencia. Helena me dijo, nada más, y nada menos: “Te lo prohibo”.

Y así es: lo quieran ustedes o no, lo quiera yo o no lo quiera, soy un compatriota de ustedes, y me siento arrechamente, verraquísimamente orgulloso de serlo. Pues éso, joder.