COSAS DE LA DIVINA PROVIDENCIA

Desde su fundación el barrio Providencia de Pereira ha sido atravesado por diversas historias que han marcado el pulso de la ciudad. Baladas, satanismo, rock psicodélico, paseos de río y otras anécdotas son el cruce de caminos que teje Gustavo Colorado en su columna semanal.

 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

La geometría de la dicha

 

“La ruta era así: Yo vivía en la carrera segunda entre calles dieciocho y diecinueve. Durante las temporadas de sol, con o sin permiso de mis padres, agarraba la pantaloneta y subía la falda hasta la Plaza de Bolívar. De allí bajaba hasta el Parque Olaya Herrera. En ese lugar me distraía un rato viendo la gente que esperaba el tren en la estación. Luego caminaba hasta la calle veintiuno donde me encontraba con los compañeros de paseo: Pedro Carvajal, Luis González, Rodrigo García y Julián López. Juntos atravesábamos los potreros que conducían al colegio Deogracias Cardona, porque la urbanización Lorena no existía. De hecho, el barrio Providencia era algo así como un pueblo aparte de la ciudad. A media cuadra de la iglesia vivía mi primo Evelio, que completaba el grupo. Entonces tomábamos varios atajos, hasta pasar por un costado de lo que hoy es El Poblado y bordeábamos el río Consota en busca de El vergel, un charco enorme al que llegaban otros bañistas por el camino de El Rocío. A nosotros nos gustaba ir en semana, porque teníamos el charco para nosotros solos. Dicen que el domingo era otra cosa. Hasta quinientas personas se reunían allí con sus sancochos y sus fiambres. Para esa época las aguas del Consota eran limpias. Faltaban años para que se convirtieran en un botadero de basuras. Yo tenía once años y para mí el charco era la vida”.

La memoria de José Roberto Fernández, profesor de geometría y matemáticas, funciona así: sin tregua y sin tomar aliento. Si hasta jadea evocando la jornada de regreso. A eso de las cuatro de la tarde desandaban el camino con el sol ardiendo en la nuca y hacían un alto para tomar limonada en la casa de Evelio.

Para ellos, el barrio Providencia significaba eso: un alto en el camino. Hoy lo recuerdan como un sitio remoto, instalado en un lugar fuera del tiempo en el que a veces irrumpen los recuerdos.

 

El hacedor

 

Una imagen adusta contempla el trasegar de los vecinos en el parque del barrio La Divina Providencia: las comadres enlutadas que van a misa. Los niños que corren hacia las escuelas del sector. Los parroquianos que abren sus negocios y los oficinistas que se dirigen al centro de la ciudad.

Se trata del busto levantado en memoria de Rafael León Agudelo Correa, uno de los fundadores del barrio en 1946, cuando la violencia entre liberales y conservadores devastaba los campos de la región.

Él fue uno de los líderes de la avanzada de obreros, maestros y empleados públicos, aglutinados alrededor de la Cooperativa de Habitaciones Obreras Económicas del Barrio La Providencia de Pereira, una de esas organizaciones surgidas a la luz del espíritu ecuménico y solidario propio de la Iglesia Católica en esos días.

Rafael León era un ingeniero civil nacido en Ciudad Bolívar, Antioquia, que formó parte del equipo encargado de abrir la carretera a Santa Helena, en Medellín. Una vez instalado en Pereira participó en la construcción del edificio para el colegio La Enseñanza.

Aparte de eso fungió como escritor y poeta. Su obra Gajo de poesías, publicada por Editorial Heraldo de Pereira, está dedicada a los obreros del barrio La Providencia.

En reconocimiento a esos esfuerzos el escultor Jorge Hincapié forjó el busto que hoy es testigo de los cambios sufridos por el barrio en setenta años de vida.

 

 

In a Gadda-da-vida

 

Junto a ese busto se reunían tres muchachos ataviados con la inconfundible vestimenta de la sicodelia: camisas estampadas con motivos de flores, soles y atardeceres. Pantalones de bota ancha y botas vaqueras. Corría el año de 1970 y en el aire todavía estaba fresca la conmoción provocada en el mundo por el Festival de Woodstock. Los muchachos se llamaban Benjamín Aldana, Carlos Ariel Bermúdez y Jaime Obando. En su orden, tocaban la guitarra, el bajo y la batería y siempre se alternaban para hacer las voces. Todos nacieron en Providencia y cuando todavía no habían alcanzado la mayoría de edad fundaron una banda de rock llamada Mandarina. Componían canciones inspirados por Pink Floyd, The Beatles y Iron Butterfly. Cuentan que Benjamín se hizo marinero y le dio varias veces la vuelta al mundo, antes de echar anclas en un diminuto pueblo de la costa africana, seducido por los encantos de una belleza negra. Carlos Ariel murió de una sobredosis de hongos en un potrero de Salento. Y Jaime… bueno, Jaime se desvaneció en el aire como se desvanece tanta gente sin que se vuelva a saber de ella.

En un viejo baúl, en un armario oloroso a alcanforina o en un cuarto de trastos viejos debe dormitar un insepulto casete con el puñado de canciones que estos chicos compusieron.

 

El último romántico

 

En la taberna Atahualpa nadie supo de la existencia del grupo Mandarina y mucho menos daban razón sobre el paradero de sus integrantes. Pero el sitio fue testigo del nacimiento pasión y muerte de cientos de romances alimentados con las canciones de Roberto Carlos, Camilo Sesto, Leonardo Favio, Claudia de Colombia, Yury, Martinha y cientos de intérpretes de esa forma del amor cantado y contado conocida con el nombre de balada. Anclada en el corazón del barrio, la taberna formó parte de una imaginería forjada por los devotos del mito amoroso. Era algo así como una peregrinación a Santiago de Compostela conformada por corazones rotos.  Adán y Eva, Fuente Azul, Emmanuel y Daytona eran algunos de esos sitios frecuentados por los últimos románticos en un viaje sin regreso que, después de la media noche, desembocaba en Atahualpa.

 

El diablo y la divina providencia

Calle 21 Nº 21-28

Pudo ser una dirección más en la nomenclatura de Pereira, pero se convirtió en el epicentro de una leyenda urbana. En esa casa vivió hasta el momento de su muerte el poeta Héctor Escobar Gutiérrez, él mismo un personaje salido de la literatura. De su propia literatura.

Al despuntar la década del setenta, Héctor Escobar se ganaba la vida a salto de mata, desempeñando toda suerte de oficios, entre ellos   el de profesor de religión católica en una escuela veredal.

Hasta que supo de la existencia de Anton Szandor LaVey, el hombre que había fundado la Iglesia Satánica Universal en la legendaria California.

El Papa negro.

Para la época el único contacto de Héctor con esos mundos eran los poemas de Baudelaire y alguna que otra referencia bibliográfica.

Entonces se dedicó a leer sobre satanismo, hasta devenir una clase muy particular de iniciado.

No tardó en convertirse en centro de atención de algunos hijos de las élites locales, atraídos por el poder de sugestión del nigromante y por la inmemorial fascinación que los poderosos sienten hacia los mundos oscuros.

Había nacido el papa negro pereirano. Según la leyenda, en su casa reposaba el esqueleto del diablo, junto a todo un instrumental heredado de antiguos sabios. Como si fuera poco, en los anaqueles de su biblioteca conservaba un ejemplar de El Necronomicón, el temible libro forjado por la imaginación del escritor H.P Lovecraft.

 

Todo ello a dos cuadras de la iglesia del Parque Providencia y a cincuenta metros de un altar de la virgen levantado por los vecinos, tal vez a modo de conjuro.

El aura oscura nunca dejó de crecer, al punto de que las beatas se santiguaban y cambiaban de acera al pasar frente a ese número 21-28 que se les antojaba fatídico.

Lo que no les impedía a otros, habitados por una clase distinta de superstición, jugar a la lotería cada semana con ese número.

 

 

En el cruce de caminos

 

El barrio La Providencia ya no está alejado del centro. Es lugar de paso hacia la Terminal de Transportes y ruta alternativa hacia Armenia, Ibagué y Bogotá.  A siete décadas de su fundación, está rodeado de conjuntos residenciales cuyos habitantes lo han convertido en una zona rosa en miniatura. Bares, restaurantes, cafeterías y sitios de comidas rápidas le dan un dinamismo que no cesa hasta la alta noche. Los viejos potreros surcados por aventureros que caminaban hacia el río albergan ahora bloques de apartamentos habitados por los hijos del nuevo siglo. Conectados a sus aparatos digitales, no tienen tiempo para enterarse de que una vez hubo muchachos muy parecidos a ellos para quienes el charco era la vida.

Solo el busto de Rafael León Agudelo sigue impasible en su reino del parque.

Como si la cosa no fuera con él.

 

 

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.