A inicios de la década de los 90, uno de los lugares más tradicionales de Pereira era el parque del barrio Providencia, el cual cruzaba para llegar al periódico de la ciudad. Aquí los orígenes del vecindario, un tendero con memoria aguda y una señora que refunfuñaba porque yo encendía la luz a las 4:00 de la madrugada.  

  

Por / Franklyn Molano Gaona

El primer parque que conocí al llegar a Pereira fue el de Providencia. Lo vería desde el amplio ventanal de la alcoba de un cuarto piso de una casa esquinera a donde llegué a vivir. El lugar lo debía atravesar en las mañanas camino al periódico La Tarde, y cuando iba, lo hacía escuchando desde mis audífonos las noticias diarias: la actividad cafetera, las notas oficiales, los hechos judiciales más atroces y algunas veces, la agenda de la película de la semana, la función de teatro y uno que otro concierto de rock en algún punto de la ciudad. Caminaba rápido.

Cuando le ganaba tiempo a las manecillas del reloj, paraba en la tienda de don Medardo Piedrahita, ubicada en una de las casas que daba al frente del parque y con quien logré entablar una rápida relación, la cual giraba alrededor de la historia del sitio, de cómo era entre semana, la rutina de los fines de semana y de los días festivos.

Alguna tarde recordó como 23 años atrás, él y Martha Cecilia Madrid sembraron los árboles que hoy acompañan el parque. Ellos se dieron a la tarea de plantar Acacias, Manizaleña, Casco buey, Guayacanes y un Urapán, que con el paso de los meses fueron abriendo sus ramales y estiraron su tronco, y hoy son un atractivo que disfruta el vecindario.

Otra tarde, mientras compraba lo necesario, don Medardo me trazó con sus dedos el croquis de personas y sus trabajos, que me podrían dar la mano en algún momento, y que se localizaban en viviendas muy cerca al parque. Lanzó su dedo a la derecha y me habló de un joven experto en reparar computadores; en diagonal, la peluquería en un primer piso de un edificio, un lugar amplio donde había desde corte de cabello, tinturado y manicure de uñas y de pies; al otro costado, el colegio; cerca de allí, una miscelánea; dos cuadras más allá, un mediano gimnasio y por esa misma acera, una tradicional cafetería que abría sus puertas bien temprano.

Rodeaban al parque, me decía don Medardo, casas enormes de tres y cuatro pisos con alcobas de techo alto, sala-comedor, cocinas amplias con alacenas, escaleras con treinta escaños, garaje doble, patio con alcoba de servicio, largos pasillos y ventanales. Con el paso de los años, varias de esas viviendas, se transformarían en múltiples apartaestudios con baño, cocineta y habitación, que servirían para alojar a trabajadores, estudiantes y profesores, que arribaron a Pereira en busca de un nuevo proyecto de vida. También me habló de las casas en varias de las calles cerradas como del edificio blanco de ventanas oscuras, perteneciente al Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), que alojaba oficinas alternas a la sede principal, que en su momento quedó sobre la Avenida 30 de Agosto.

 

Rodeaban al parque, me decía don Medardo, casas enormes de tres y cuatro pisos con alcobas de techo alto. Fotografía / Cortesía

Por voz de don Medardo me enteré sobre los orígenes del barrio, que provenían de 1946 y que Providencia era uno de los lugares más apartados del centro de Pereira. Que en ese año, Rafael Agudelo Correa, un ingeniero civil, conformó la Sociedad de Construcciones Obreras Económicas Barrio de la Providencia, y que ese mismo año empezó la construcción de sus casas, que se convirtieron en hogares de familias de actitud y de pensamiento conservadores, que con los años hicieron del barrio un lugar tradicional y que velaba por los valores ancestrales.

El parque es un cuadrado con cortas escalinatas a los lados, que dan salida a adoquinados caminos, con pequeños y redondos jardines, donde también hay una fuente. En uno de sus lados, está la iglesia de San Cayetano, que todavía hoy abre las puertas a los feligreses en horas de la tarde y noche y los domingos, el lugar se colmaba para escuchar la misa cantada del Padre Pacho, que para unos resultaba estridente y para otros, era un deleite. De la iglesia, cada mañana, aún sale el sonido de campanas que despierta a los residentes. Así empezaba el día.

Pronto me di cuenta que a don Medardo bastaba con decirle un par de frases para que su memoria se activara y recordara episodios y momentos que él tenía calcados en su mente.

Además de su tienda, está la cafetería ubicada en la esquina desde donde se ve el parque y allí, sentado en esas mesas metálicas, conocí el pintado, la parva, los ‘liberales’ y los verdaderos buñuelos redondos. Ese plan lo hacía los sábados en la tarde mientras unos infantes jugueteaban, otros patinaban y más allá, una señora alistaba la parrilla para la venta de arepa con chorizo y brochetas de carne de cerdo.

Del otro lado del parque veía al distinguido y al autoproclamado Papa Negro, a Héctor Escobar Gutiérrez, escritor y poeta, quien erguido caminaba de negro entero, camisa de puño, pantalón y zapatos. Cuando salía por el andén de su casa sobre la calle 21, los ojos de los vecinos se fijaban en él. Escobar tenía cierto imán, una magia que lo envolvía, para muchos oscura y sospechosa, la cual provocaba incluso el silencio de personas que lo veían pasar. Yo lo veía irse a pie hacia el centro de Pereira.

A los pocos meses de conocer a Escobar leí sus escritos en la revista literaria ElMalpensante. Fotografía / Cortesía

Por mi oficio en el periodismo cultural me acerqué a Escobar y logramos sostener una relación basada en la prosa, en la poesía existencialista francesa, en sus sonetos, en su mirada pesimista de la vida que terminaba dejándolo ver como un hombre irónico y descreído.

A los pocos meses de conocer a Escobar leí sus escritos en la revista literaria ElMalpensante, luego supe que una estudiante de la Maestría de Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP) elaboró un estudio en detalle de su obra como sonetista, lo mismo sucedería más tarde con un perfil literario que hizo el periodista Juan Miguel Álvarez en ElMalpensante, al igual que la publicación de libros en su nombre. Así pasaron mis primeros meses de estancia en Providencia.

Solía despertar a escribir a las 4:00 a.m., y encendía la bombilla de la alta lámpara de piso, que, luego los vecinos me lo hicieron saber, golpeaba con su rayo las demás ventanas de las casas de la cuadra, lo que los despertaba y les impedía volver a recobrar el sueño, y una noche, una vecina mayor de edad, de cabello ensortijado corto, gafas redondas gruesas, piel blanca y vestido negro hasta los tobillos, me esperaba sentada en una de las bancas largas de madera con patas delgadas de acero, localizada en un costado del parque. Ella miraba fijo la esquina, a la espera de que yo apareciera y al vernos me dijo:

—Usted por qué enciende la luz tan temprano.

No supe cómo responder. Me entró de repente un sentimiento de culpa. Sentía que aquella luz encendida tan temprano le quitaba el sueño a decena de seniles. La señora y yo caminamos por el parque, ella me seguía recriminando por mi acto y al cruzar y bajar las escalas, y con la iglesia de fondo, me indicó con su dedo índice:

—Mejor, acuéstese temprano, aquí en Provi nos gusta acostarnos temprano.

Sin despedirse, la señora siguió su camino y yo el mío. No le alcancé a decir nada. Al otro día, no encendí la luz por aquel llamado de atención. Me corría por el cuerpo una sensación de impotencia, me invadía cierta indignación y un grito agónico que no pude sacar. Sentía que, por no poder iluminar mi alcoba, me estaban quitando una parte esencial de mí.

Ese día llegué a la tienda de don Medardo. El saludo fue breve. Vi que en una de sus vitrinas ofrecía una lámpara de escritorio que le pedí me vendiera. Cancelé y enojado crucé el parque. Llegué al apartamento y muy temprano al día siguiente, conecté la lámpara que me ayudó a empatar algunas líneas. A las 7:30am, salí y al cruzar el parque, la misma señora me salió al paso y me dijo:

—Si ve que sí podía. Es que así somos en Provi.

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