CUANDO YA NO ME QUIERAS

Cuando experimenté el desenfreno del amor ya tenía varias cicatrices que, pensé desde mi ingenuidad, me servirían de experiencia para evitar caer en las aguas turbulentas de las discusiones sin sentido, o, al menos, me alejarían del tedio que dejan tardes similares mirando los mismos colores en el cielo.

Escribe / Jorman S. Lugo – Ilustra / Stella Maris

Escucho boleros desde que tengo uso de razón. Mi abuelo los domingos, entre borracheras y mañanas nostálgicas, inundaba la casa con esa música que me era distante. Lo veía en el mirador solo, como casi siempre, con los ojos fijos en algún recuerdo. No era muy cercano a él en ese momento porque su música y su pasado interrumpían mi sueño. Nunca le pregunté si se daba cuenta que nos levantaba, o si simplemente quería compartirnos algo que no se atrevía a decir. Con el tiempo él y su música ya hacían parte de mi lenguaje. Me descubrieron, primero él y luego mi familia, cantando sus canciones mientras barría. Recuerdo esa mañana porque cantaba una canción sobre la desesperanza de los años y, a lo sumo, yo alcanzaba una docena, pero, sobre todo, porque allí empezó el camino musical en donde guardo los recuerdos míos, los de él y la familia.

No fue una decisión consciente. En ningún momento elegí llenar mis recuerdos con una música lenta, romántica y triste. No quise dejar de escuchar lo que mis compañeros de colegio o de universidad me compartían. Recuerdo que me esforzaba por aprenderme esos ritmos y esas letras. Quería que me gustaran. Incluso, hasta competía con mi abuelo por el volumen de las canciones. Toda esa resistencia me hizo caer en la cuenta de que, desde mi infancia, estaba grabada la voz de unos señores cubanos cantando las penas que yo experimentaría cuando creciera.

Comprendí que no podía fingir ser otro, ni buscar en más tendencias musicales, ni siquiera, pretender adornar mi espíritu de una alegría que me era esquiva: mi alma bailaría acompasada en una fiesta donde el romance y la tristeza estarían en el centro de la pista tomadas de la mano. Alrededor de ellas, los demás, esperando el turno para bailar con alguna.

Fui creciendo y los amores llegaron. A los primeros romances de barrio no alcancé a tararearles los recodos de mi intuición nostálgica, en parte, por temor al rechazo. Ellas no supieron que al despedirme, a veces para siempre, doblaba las esquinas sucias de mi barrio popular, con la certeza de entender la diferencia entre el beso que se compra y el beso que se da. Caminaba lento, de regreso a casa, con la imagen de sus ojos despidiéndose.

Cuando experimenté el desenfreno del amor ya tenía varias cicatrices que, pensé desde mi ingenuidad, me servirían de experiencia para evitar caer en las aguas turbulentas de las discusiones sin sentido o, al menos, me alejarían del tedio que dejan tardes similares mirando los mismos colores en el cielo. Pero en el amor nada es como uno lo proyecta. En los meses iniciales de mi primera relación, supe que no estaba preparado, ni con la madurez necesaria para afrontar el frenesí de besos y discusiones, que mi reacción ante las crisis era huir, querer retornar a mi casa con la calma de quien no sufre ni hace sufrir; evitar a toda costa direccionar mis palabras como dardos envenenados hacia quien amaba. Esa cobardía no pudo prevenir nada, ni concretar una escapada. El amor que me tenía era tan fuerte que destruía cualquier plan en mi contra. En cada beso, su presencia susurraba «te quedarás porque te doy cariño», en los abrazos su canto seguía inundando mi cuerpo: «te quedarás porque te doy amor», logrando romper mi resistencia. Fue la primera vez que sentí que en otros brazos mi corazón podía fluir sin perder la consciencia de su ritmo.

El viaje duró más de lo esperado. Junto a ella crucé los umbrales misteriosos que teje el tiempo en el amor. Compartíamos nuestros besos a diario: a veces burlando la vigilancia celosa de su madre, preocupada de las impericias y torpezas de alguien como yo; otras veces escapando a hurtadillas de las clases universitarias para entregarnos en mañanas donde su cuerpo, perfumado de gardenias, me envolvía con su candor místico; otras veces dejábamos al deseo acechante mientras cumplíamos nuestros deberes. Lo que no conseguimos, aunque lo intentamos en el último tramo del recorrido, fue alternar las velocidades y diversificar los planes: enceguecidos como estábamos por la ternura pasional de entregarnos por primera vez en nombre del amor, no vimos que la costumbre hiere de muerte cualquier promesa de eternidad. Poco a poco sentimos como la frecuencia de los latidos disminuía sin poder reanimarnos y, cada intento, más allá de lo inútil, nos internó en un pozo del que solo podíamos salir cada uno por separado.

Me fue difícil entender que debía separarme de alguien de quien no quise escapar. Durante los primeros meses se me abalanzaron en galope los errores cometidos: la noche en que dejé que otro cuerpo me sedujera con su acento del sur; la estudiante de poesía que prolongó de versos mi cama; los rubores de la tarde que iluminaron los caminos de la pasión prohibida. Me apenaba por ser lo que era: tanto luchar para no irme, para construir mi primer castillo de amor, para romper las barreras del tiempo, y, en ese intento, lo único que había logrado era mostrar que mi corazón era pequeño, frágil y mezquino. Abrumado por las mil congojas, comprendí que el único perdón que merecía era el del silencio y el olvido.

Fui un vendaval sin rumbo. Navegaba en las calles de mi tristeza esperando que el viento me devolviera la dulzura de su huerto. Nunca lo encontré. El tiempo me brindó calma, pero fue mi abuelo, al saberme perdido en mi laberinto de recuerdos, quien me hizo comprender cómo se sobrelleva una pena que no es posible sacarla con palabras.

Su plan fue sencillo. Entretenerme las noches sabatinas mientras me compartía sus historias jugando billar al son de cervezas, boleros y tangos. Todas esas noches que pasamos juntos, conociéndonos, me contó los entresijos del romance con mi abuela: aprovechaba los lunes de zapatero para invitarla a sus partidos de fútbol. Ella se negaba, según él, porque no quería sufrir las penurias de un sueldo pequeño. Pero la fortuna le sonrió en medio de una desgracia: un incendio en la casa que rentaba su mamá lo hizo cercano a la mujer que quería. Ella, compadecida por la situación de aquel romántico que le susurraba versos cuando pasaba por su casa, por primera vez se acercó a él tratando de animarlo. Aprovechando la cercanía mi abuelo le confesó todo lo que le gustaba de ella, al punto de decirle que, si la luz de la luna le quitaran, con la luz de sus ojos le bastaría para vivir.

Después de esa sonrisa del azar, él tomó su oportunidad y siguió confesando su amor con música. Las palabras siempre le fueron esquivas cuando tenía que abrir su corazón, por eso, me decía, uno no puede atragantarse con lo que siente cuando hay alguien que lo ha dicho mejor.

Esas noches juntos no solamente nos acercaron como nieto y abuelo. Ambos entendimos que la música era nuestro lenguaje para contarnos intimidades, sinsabores y frustraciones. Muchas veces nos callamos, dejando que la música nos afectara, permitiendo que el otro observara los cambios faciales y así acercarse a la hondura de la pena. Con él comprendí la profundidad del amor que construyó con mi abuela durante décadas: la complicidad para permitir que los domingos impusiera sus boleros como símbolo de aquellos años en que se conocieron al vaivén de versos y caricias, alimentando la nostalgia de los tiempos perdidos en la cotidianidad. Mi abuela cantaba en sus mañanas los boleros que más le gustaban, y había uno en el que se detenía a saborear cada frase repitiendo que en los ojos verdes de mi abuelo podía acariciarse con ternura, dulzura y sentarse a reposar.

Esas noches me cambiaron. Ya no podía mirar el mundo con los lentes trágicos del amor herido al que sobreviví. Mucho menos seguir con la idea del escapista incapaz de experimentar sus emociones. Sin muchas palabras, mi abuelo me preparó para los azares que el destino tejería conmigo.

Otros amores llegaron y pasaron con la única trascendencia de su cuerpo. El placer alcanzado con ellas no sirvió para construir un bolero. Iban y venían sin poder reverdecer la esperanza de los amores intensos que mi alma buscaba, hasta que, en medio de un viaje a una ciudad lejana, me vi reflejado en otros ojos con sonrisas de fuego. El tiempo entretejió un laberinto en torno a los dos, para que cada uno lo recorriera hasta llegar al encuentro del otro. En la primera mirada conocimos la forma del amor hecho carne, nos acercamos para confirmarlo, dejándonos seducir por nuestros ritmos. Alimentados por el desenfreno, caminamos por los centros de todas las ciudades que pudimos, tejiendo, sin ser muy conscientes, un romance de hilos aventureros y salvajes.

A su lado los boleros fueron soles que amanecían susurrando después de noches apasionadas donde confirmábamos que no había lugar más seguro que nuestros cuerpos. Dimos todos los pasos necesarios, algunos apresurados, para evitar que la distancia se convirtiera en un obstáculo. Sabíamos que, si el tiempo nos había hecho coincidir después de estar errantes debíamos aprovechar el momento de estar juntos. Ambos decidimos ubicarnos en el centro de una ciudad ajena para construir con bases sólidas el hogar que habíamos soñado. Todo empezó con la precisión justa: ella cantaba y a mí su voz me transportaba a los lugares que quería habitar. Yo le transcribía los boleros que inspiraba su presencia en mi vida. Con nuestras tonadas, logramos viajar a las noches de luna frente a una playa para escribir las letras de nuestro amor sobre la espuma; atravesando valles, montañas y ríos nos hicimos tan fuertes que dejamos de creer en la eternidad para entregarnos al instante cósmico y a la fantasía sideral de convertirnos en un solo ser en medio de la vastedad del universo.

El tiempo a su lado dejó de existir. En su cuerpo convergían las profundidades del mar, que en oleadas se esparcían por la cama inundándola de gritos; en sus movimientos temblorosos encontraba volcanes que la hacían explotar en espasmos de lava; en sus palabras encontraba el arrullo de sus entrañas y era imposible resistirse al aire cálido que salía de su boca. Ella era el compendio de mis ilusiones y esperanzas. Pero en medio del derroche pasional, de las hogueras intensas que iluminaron nuestra vida, el destino interpuso su crueldad.

Intentamos burlar la verdad amarga que nos cayó como un rayo fulminante hasta partirnos. Al inicio, adoloridos por el impacto, dejamos que la luna se quebrara sobre la tiniebla de nuestro dolor; después, con más amor que deseo, nos acercamos tímidamente desde la lejanía, inspirados por los recuerdos que aún sobrevivían encendidos en los rincones del alma: en ese calor nos colgamos de las nubes para dejar que los efluvios del amor nos recorrieran de pies a cabeza, a tal punto, que vivimos nuestro otoño como si fuera una segunda primavera. Al final la fuerza del destino superó la de nuestros deseos. Las leyes de la vida nos demostraron que, si bien ningún intento es en vano, el azar es quien tiene la última palabra.

Una tarde antes de morir mi abuelo, sentado en la cama y buscando una manera de evadir los dolores que aquejaban su cuerpo, me llamó para que le pusiera música. Intentó tararear todos los boleros que le puse, como en los viejos tiempos, pero hubo una canción que se limitó a escuchar. Al terminarse la canción, comprendí que todo amor, como toda vida, tiene el destino de vagar por los caminos sin final hasta que los cubra el olvido.