Danzar, danzar, danzar

“Cuando uno baila en grupo, busca que todos estén conectados y no solo sobresalir entre el resto. Por ejemplo, si tú bailas en pareja debes sentirte bien con la otra persona, buscar estar alegre y no perder la conexión”.

“Somos crisálidas, una fase entre oruga y mariposa”, es la analogía que emplea Luisa Montoya algunos meses después de un leve pero transcendental accidente que suspendió el baile de su vida.

  

Por: Yessica Gutiérrez Tamayo*

Es la 1:30 am, giro y doy vueltas sobre la cama, mi cobija se enrolla, pienso en los sueños suspendidos, en los planes que divagan en algún lugar llamado limbo, en las carreras inacabadas, en las intenciones rotas y las oportunidades que se han perdido en el camino.

No existe justificación para estancarse en un mismo acontecimiento, no hay nostalgia que lo valga, y si hay algo que creo que el presente no perdona, es a un loco empedernido neciamente aferrado al pasado. Somos evolución, somos movimiento, somos estados líquidos que se disuelven en otras esencias, que se fusionan y se mezclan, que mutan, colisionan y vuelven a emerger.

“Somos crisálidas, una fase entre oruga y mariposa”, es la analogía que emplea Luisa Montoya algunos meses después de un leve pero transcendental accidente que suspendió el baile de su vida: “Cuando uno se prepara para un baile uno es como una oruga, uno ensaya y se prepara, y cuando sale al escenario, ya es una mariposa. Se convierte, se transforma”. Esto es lo que pasa con la vida, nos preparamos para tantas cosas, entre las cuales, finiquitar algunas puede tornarse un poco más complejo que en otras ocasiones.

Luisa es una joven de 18 años que conoció el baile gracias a que en el 2015 tomó la radical decisión de cambiarse de colegio debido a las modalidades que cada institución ofrecía. La Institución Educativa María Dolorosa tenía énfasis en Seguridad Alimentaria nutricional y Administración de Empresas, mientras que el INEM cuenta con una amplia gama de modalidades de estudio, para que sean los estudiantes quienes elijan con gusto el área en la que se desean enfocar.

Entre las modalidades ofertadas por el INEM se encontraba la Gestión Cultural, que abarca el área de las artes escénicas: música, danza, artes plásticas y teatro. Luisa, apasionada por estas prácticas, y aunque joven, tenía la determinación de incorporarse en el mundo del escenario y la expresión corporal. Su vida, durante los dos últimos años de estudio giraba en torno a esto. Los 365 días del año, consumida por el baile, el arte, la vida bohemia y la rebeldía, forjaban la extrovertida y encantadora personalidad de esta adolescente.

Su jornada consistía básicamente en 5 o 6 horas de estudio, de 5 a 8 horas de ensayo de baile, para que luego de las 5 o 6 de la tarde el tiempo restante estuviera a su disposición, tiempo que invertía en amigos, nicotina, cannabis y algo de licor. Nunca se es demasiado joven o demasiado viejo para los placeres de la vida, y el centro de Pereira suele estar permeado por mentes con un ideal similar.

El 4 de noviembre de 2016 estaba predestinado no solo para la presentación final, sino también para la huella inminente que dejaría el baile en la vida de Luisa. Esta muestra consistía en una serie de bailes típicos, clásicos y contemporáneos, como lo son el pasillo, el tango, el hip hop, danza africana, entre otros. Bailes para los cuales el grupo de la modalidad de Gestión Cultural había ensayado durante dos años seguidos y se había presentado previamente en otros establecimientos e instituciones públicas.

El baile se interioriza, se convierte no solo en un aspecto de la vida, sino en un estilo de vida. El baile le ha ayudado en cierta forma a ser más organizada, a darle prioridad a algunas cosas que muchas veces se pasan por alto, dice ella.

Bailar para vivir

Luisa y sus compañeros de danza se entregaban plenamente en el escenario. La joven recuerda cómo su profesor una vez le dijo: “Tú puedes ser Luisa aquí, pero en el escenario dejas de ser tú, porque te transformas, te maquillas, te metes en el papel. Cuando bailas por ejemplo un bambuco, no eres una joven de esta época que simplemente ensayó un bambuco, no, tú te apropias de la época en la que surgió ese baile”.

Esto para la joven es esencial cuando nos comparte su pensamiento acerca del momento en el que se sube el telón: “Uno lo vive, uno siente los pasos, uno no es algo mecánico ni hace los pasos por inercia. Cuando uno siente pasión por lo que hace, en verdad disfruta el baile, siente el sabor. No son solo los cinco minutos que uno baila, son las 80 o 100 horas que uno ensaya, eso es lo que uno muestra”.

Le pregunto curiosamente a la joven qué piensa del baile grupal, si hay pretensión de sobresalir o de destacar entre los demás, a lo que ella responde: “Cuando uno baila en grupo, busca que todos estén conectados y no solo sobresalir entre el resto. Por ejemplo, si tú bailas en pareja debes sentirte bien con la otra persona, buscar estar alegre y no perder la conexión”.

El baile se interioriza, se convierte no solo en un aspecto de la vida, sino en un estilo de vida. El baile le ha ayudado en cierta forma a ser más organizada, a darle prioridad a algunas cosas que muchas veces se pasan por alto, dice ella. “Cuando inicié en el baile, empecé a cuidarme más, procuro estar en un buen peso, a no hacerme cicatrices innecesarias, a ser más disciplinada y cumplida, no solo con los ensayos sino también conmigo misma. Por otra parte, el baile me enseñó a ser más feliz y disfrutar cada momento, al principio me daba mucho tedio ensayar, repetir siempre lo mismo; pero al final pensaba ‘si yo no ensayo, no salgo bien’, y eso pasa en muchos aspectos de la vida”.

Luisa recuerda que durante todo el tiempo que se llevó a cabo los ensayos, tuvo algunos altibajos, e inclusive estuvo al borde de perder su aparición en algunos bailes. Afortunadamente, iba a tener muy buena ubicación en diferentes coreografías, y en algunos tendría roles protagónicos.

 

El momento crucial

Se acerca el momento, ahora es el reloj el que gira y da vueltas, el minutero se enrolla y el segundero parece romperse. Estamos en el Teatro Lucy Tejada, son las 8:45 pm, y siguiendo el orden del día, después de los diferentes puntos que se han ido desarrollando, parece ser el turno de Luisa y su grupo de Gestión Cultural. Con el tono condescendiente y voz un poco grave de la presentadora, se anuncian una serie de bailes, se apagan las luces generales del teatro, y se enciende las bombillas que iluminan el escenario. Uno a uno empiezan a salir y a ubicarse según lo planeado. Suena la música, se escuchan los pasos, algunos bailes tienen una pequeña obra de teatro para iniciar y amenizar a los jóvenes que empiezan a adueñarse del escenario.

En la medida que avanza la noche, las sonrisas se incrustan en los rostros de los asistentes, una que otra gota de sudor se escapa de la frente del artista, un pudor impecable que exhala el escenario se convierte aires de esperanza. Esperanza de ser, de estar, de habitar de un modo diferente el mundo. Viviendo un baile, y bailándole a la vida. Esperanza que se disolvió por un instante a los ojos de Luisa, luego de una aparatosa caída faltando poco para terminar el baile africano.

Para sorpresa de todos, el baile continuó sin más interrupción, y no fue sino hasta un rato después que Luisa sintió decaer. Su quinto metatarso, el dedo meñique de su pie derecho había sufrido una fractura, lo que impedía claramente que Luisa realizara cualquiera de los siguientes bailes de la noche. Inmediatamente fue retirada del teatro y enviada en un taxi a la clínica de fracturas más cercana. No se apagó el fuego, pero sí se apaciguó una gigantesca llamarada que vibraba en el interior de Luisa esa noche. Era la presentación más importante que Luisa realizaba hasta el momento, y no había logrado culminarla. Este tropiezo no significaba el fin, pero sí una notoria pausa en la vida escénica de Luisa Montoya.

Hoy, meses después del accidente, esta joven persiste por sus sueños. El hueso retomó su posición, y aún con ciertas dificultades, Luisa se ha enfrentado a diferentes retos: nuevas clases de danza contemporánea y cha cha chá, y una práctica que incursiona en el universo del deporte y las artes escénicas: el poledance.

*yegutierrez@utp.edu.co