Ponte en mis zapatos

Seamos sinceros, la gente escucha la palabra fundación o las siglas ONG y piensa en automático que es para ayudar a los pobres. Pobres ellos, pobres de mentalidad. Aunque de alguna manera nosotros éramos los pobres, ¿no?

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a Begoña Cosío.

Por: Carlos José Pérez Sámano*

“Yo ya tenía treinta y tantos cuando conocí a Begoña”, me empieza a contar Mauricio. “Ella también andaba acercándose a los 35.  No sé si 33 o 34, pero aún tenía esa sonrisa de travesura que supongo que traía cargando desde que era niña”. Mauricio se acomoda en su silla, “en ese entonces ella no era tan famosa como hoy, pero digamos que ya se perfilaba, ya se le veían tintes de lo que llegaría a ser. A mí en ese entonces, sólo me gustaban mucho los zapatos. No tanto como a ella, pero sí me encantaban. Y me habían empezado a gustar desde la universidad, porque hice un trabajo de investigación de la historia del zapato, y luego, obviamente, el gusto fue creciendo y creciendo”.

“Nunca pensé que fuera a llegar a tales límites. Sí, claro que conocía todos los museos del zapato del mundo, y tenía catorce libros del tema. Pero hasta ahí. Begoña tenía en su casa en ese entonces una recámara exclusiva para todos los pares que había comprado. Más de 500 pares antes de conocerla. Que ¿cuándo, y dónde la conocí?”, me dice Mauricio sin que yo haya hecho el menor gesto de preguntarle nada. “No recuerdo”, se contesta. “No recuerdo en dónde ni qué día. Tengo un vago recuerdo de que todo empezó con ‘¿Tú eres el que sabe mucho de zapatos?’ creo que me preguntó, con un tono un poco altanero, como poniéndole más brillo a la palabra “mucho” para que sonara como un cumplido o como una ironía clara y radiante. Yo, intimidado, no supe que contestar y volteé a ver el suelo. De hecho vi mis zapatos y eso ella lo tomó como un sí.”

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A partir de ahí nuestra amistad tomó forma. Es decir, fuimos haciendo como un zapato de nuestra amistad. Desde recortar el cuero, es decir, definirnos cada uno de nosotros, poner límites, marcar el borde, hasta coser momentos, compartirlos, pegarlos, amoldarlos, no sé si ella piense que nuestra amistad fue como un zapato, pero yo lo noté así desde el principio. O esa es la historia que me quiero contar”, confiesa Mauricio. “Yo ya tenía ganas de hacer un gran museo, algo como lo que vi en el Laffayette cuando fui a Pantan” y lo dice con un tono de conocedor. “Pensé que podía hacer un buen museo del calzado en México. Mejor que el del Borceguí. Sinceramente, nunca me imaginé cómo se iban a dar las cosas, pero tanto ella como yo empezamos a juntar la mayor cantidad de piezas posibles. Y a leer literatura del tema. A desayunar, comer y cenar catálogos. En menos de dos años, ya teníamos la mayor colección de Latinoamérica. Habíamos invertido todo nuestro dinero y tiempo en buscar las piezas más difíciles de encontrar”.

water-bottles-shoes-001“Un día tuvimos que viajar en motocicleta durante tres semanas por diferentes aldeas de África del Este para conseguir los que están hechos de botella de refresco. El recorrido comenzó en Nakuru, pasando por Kisii y Migori, hasta atravesar la frontera y llegar a Tarime, donde un vendedor de plátanos me bautizó con el nombre de Chacha y me vendió sus zapatos de botella de plástico. Otra vez, pagamos un crucero por los mares del Sur para estar cerca de Tim Walton, el excéntrico entrenador de softball y poder tener sus zapatos.

Tuvimos que aplicar las técnicas del curso de espionaje tomado en Ottakring, cerca de  Viena, para entrar a su suite y robarle el par de zapatos Teddy de diamante que él tanto amaba. Hicimos de todo por conseguir piezas de calzado. Íbamos a todas las subastas, ferias y festivales. Conocíamos a todos los diseñadores, artesanos y zapateros del mundo. O mejor dicho: después de ese tiempo, todos los diseñadores, artesanos y zapateros del mundo nos conocían a nosotros. Phil Zwibel de Toronto, nos preguntaba qué zapatos exportar a Canadá.  José Amat Amer de Elda nos mandaba sus libros para que los aprobáramos antes de publicarlos y Valerie Steele de NY nos consultaba para la curaduría de las exposiciones de calzado en el FIT. Manolo Blahnik, Roger Vivier y Alex McQueen nos mandaban sus bocetos para aprobación”.

“Obviamente lo de la fundación fue algo que nació prácticamente solo”, continúa Mauricio ya emocionado. “La gente ya nos conocía, y pensaban que el título de Zapatos para todos, como bautizamos a esta gran ONG mundial, con sede en Zurich, sería una institución de beneficencia. Seamos sinceros, la gente escucha la palabra fundación o las siglas ONG y piensa en automático que es para ayudar a los pobres. Pobres ellos, pobres de mentalidad. Aunque de alguna manera nosotros éramos los pobres, ¿no? Necesitábamos más y más zapatos.  Los necesitábamos para nuestra colección. Y cuando alguien necesita algo es pobre. La RAE lo dice en su primera definición. Pobre = necesitado”. Mauricio voltea a verme, buscando algún gesto de aprobación de mi parte, pero yo estoy enfocado en transcribir su historia y volteo dos segundos después. Sigue con la historia.

shoes_blog“En fin, la gente se dejó llevar por el nombre de Zapatos para todos y empezó a donar zapatos. Más zapatos. Nos llegaban de todo el mundo. Paquetes de DHL, UPS, y Estafeta con remitentes en idiomas tan extraños que los encargados de correos los entregaban a nuestra dirección no porque lo hubieran leído, sino porque sabían que si eran zapatos, eran para nosotros. De Kalaallit Nunaat nos llegaban pares hechos con aletas de Pingüino Emperador. De Stanley, en las Malvinas, el par de mocasines del obispo-comisario de Christ Church Cathedral, en Ross Road.  Recibimos unos zapatos de cordero curtidos en sal del chamán musulmán de Pavlodar en Kazajistán. En fin, muchas personas, pero muchas personas, donaron sus zapatos. Hasta los indigentes nos donaban zapatos.

Así fue como nos hicimos de muchos. Ahí el número de piezas excedía ya los tres mil millones”, suspira. “Ya sé, suena increíble, pero teníamos contados cada par y lo más maravilloso era eso, que todos tenían par. Eran ya trece edificios llenos de calzado. Y cuando digo edificios, me refiero a eso, rascacielos. Nuestras bodegas estaban en las principales ciudades del mundo, por cuestiones estratégicas. Obviamente, el mundo se empezó a enterar de nuestra labor. Ya no era el proyecto de un museo, ni siquiera era el museo más grande de zapatos del mundo. No, ya era –y yo no lo podía creer– la colección de zapatos más grande que haya existido jamás.

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Cuando el gobierno de Polonia decidió que los zapatos de Auschwitz serían donados en comodato a nuestra colección, nos metimos en un problema. No había espacio para ellos en ninguno de nuestros edificios, así que decidimos construir un espacio para ellos en el lugar en el que nos dijeron que pertenecían. Quisimos hacer un edificio entre Bayt Awa y Shekef. Pero vaya que fue un problema complejo. Ninguno de los dos países quería que pusiéramos ahí los zapatos en un principio, pero después, los dos países querían que pusiéramos ahí los zapatos. Se dieron cuenta de la importancia política que tenía para ellos tener un museo de nuestra colección en su territorio. Al final, recibimos dos telegramas. Uno decía: “Next year in Jerusalem” y el otro decía: “Masha Allah”. Fue muy difícil para nosotros tomar una postura. Así que los trajimos para Pantan. Pero aún podíamos ir más lejos. Es decir, nuestros zapatos podían ir más y más lejos. Se atraían entre sí. Nosotros sólo éramos los títeres de este gran teatro. La manifestación tangible, la expresión humana de esta atracción intensa e imperceptible que hay entre ellos”.

“Nosotros éramos un par. Y competíamos entre nosotros, como compite el izquierdo en no sólo alcanzar, sino superar al derecho. Si ella conseguía robarse las pequeñas sandalias que había usado Cayo Julio César Augusto el día de su muerte, y por las cuales había recibido el apodo de Calígula,  yo conseguía las botas que había usado Neil Armstrong ese 20 de julio del 69. Si ella compraba los zapatos invisibles que caminan solos, yo conseguía los zapatos para las personas sin piernas. Los que impiden caminar, contra los que no son para humanos. Ella y yo. Izquierdo y derecho. Avanzar compitiendo.”

“Pero ese no era el único par. Hacíamos par (ella y yo juntos, representando a la humanidad como una sola cosa) con los mismos zapatos. Entre ellos y nosotros también había una competencia que nos hacía caminar. Si creíamos que acabábamos de conseguir la pieza más extraña, más diferente, más inverosímil, surgía por ahí el rumor de un par que aún no poseíamos. Y en su búsqueda, nos encontrábamos otros ejemplares más extraños que inmediatamente comenzaban a formar parte de nuestra colección. Llegó un punto en el que la gente ya caminaba descalza por todo el mundo. Era una liberación. Todos los zapatos los teníamos nosotros. Todos”.

“Hasta ese día” y traga saliva Mauricio “ese día, Begoña decidió llevar las cosas hasta el extremo. Y yo…”  respira  “…y yo, yo quedé fuera de su plan.”

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“Ese día, el día que ya no quedaban más zapatos en el mundo, Begoña decidió dar el paso definitivo”. Las palabras se le agolpan a Mauricio en la boca y en las sienes. Los vasos y arterias se le inflaman causando una arteritis en los frontales a la cuál yo no sé cómo reaccionar.

Mauricio no terminó la plática. Me lanzó una mirada pidiéndome consideración, un poco de compasión para terminar de escribir su historia y después de una breve e insulsa sonrisa de mi boca, agradeció por haberme atrevido a escucharlo y por mi deseo irrefrenable de querer publicar su historia. “Gracias”, me dice. “Gracias por venir aquí, a Pantan y escuchar mi historia para escribirla. Gracias, por que aunque todos piensen que es un cuento, tú y yo sabemos la verdad. Bego fue capaz de todo”. Y después de estas últimas palabras, se alejó lentamente, volteando a verme como el escritor, como aquél que contará su historia, cómo aquél que no hace sino acomodar una a una las palabras para que parezcan ciertas. Y empujando las llantas de su silla de ruedas con sus fuertes brazos, se alejó para siempre, adentrándose en el infinito mundo de la ficción.

 

*Carlos José Pérez Sámano. Mexicano. Escritor, poeta y viajero. Escribe para diferentes medios de su país, especialmente en su web personal: www.elmejorescritordelmundo.com