Esta es la historia de lo que David vivió durante las primeras horas de la visita del Papa Francisco a México. Una historia que logró entrar hasta la cocina de mi casa. Dos desconocidos. Uno que dice al aire para que el otro, quién sabe quién, lo escuche: me acaban de asaltar. La vida se compone por cadenas de casualidades.

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Por: Adrián Roa Mendieta

Los hechos acontecieron de la siguiente manera:

Él.

David sintió un nudo en la garganta debido a la impotencia. Los desconocidos corrían con la mochila que le venían de arrebatar de las manos. Se quedó de pie, inmóvil, apretando los dientes de coraje. La cartera donde guardaba credenciales y dinero también se la habían volado. El celular, revisó las bolsas del pantalón, también se lo llevaron. Eran las tres de la tarde en el Zócalo. Esa noche el Papa Francisco llegaba a México. De pronto David sintió que todo era culpa de Bergoglio.

David caminó el resto del día. Con el hotel ya vencido literalmente no tenía nada más que perder. Cualquier cosa que aconteciera después, estando en esas circunstancias de vida, no podía llegar a ser sino algo positivo. Por lo tanto decidió tomar asiento y observar las pantallas instaladas especialmente para dar la bienvenida al Papa. De esta forma transcurrió la tarde y con ella la temperatura descendió. Hay que decir que la noche del doce de febrero en la Ciudad de México fue fría para alguien que lo había perdido todo, o casi todo, puesto que David nunca abandonó el buen ánimo, ¿tenía caso fijarse en lo demás?

Yo.

Sentí el viento soplar sobre mi cara. Era viernes y no tenía planes para salir en la noche. Caminé al metro General Anaya. En el vagón un policía correteaba a un vendedor ambulante, esquivaba los tubos que se atravesaban en su camino. Una mano sujetaba su cinturón y la otra cuidaba que su sombrero no cayera al suelo.

Descendí en Pino Suárez. Caminé dos estaciones antes de llegar a casa, tanto el metro como el tránsito vehicular habían sido cortados desde temprano. A mitad de camino, sobre la calle de Regina, me senté en una banca para observar a la gente pasar. En esa misma banca conocí a David quien titiritaba de frío a un costado.

 

Nosotros.

Dos desconocidos. Uno que dice al aire para que el otro, quién sabe quién, lo escuche. La vida está compuesta por cadenas de casualidades.

Él: Me acaban de asaltar.

Escuché la oración, y como no queriendo, comprendí la magnitud del asunto. Pero dudé un segundo, tal vez más. Vivir en México te hace dudar. Siempre.

Yo: ¿Qué dices?

Pregunté aparentando no haberlo escuchado.

Él: Me acaban de asaltar.

Repitió.

 

Concentré mis ojos en el desconocido. Su aspecto me pareció el de una persona frágil o desprotegida. La temblorina a causa del frío, quizás, imprimía esa imagen en su persona, como si estuviera  a punto de hacerse trizas; sin embargo, su semblante no derribó la duda que hasta ese momento rondaba mis pensamientos. ¿Este tipo me puede hacer algo?

 

Yo: Y… ¿cómo te llamas?

Él: David Ríos.

Yo: ¿De dónde eres?, te siento un acento no de aquí.

Él: De Acapulco. Soy de Guerrero.

Yo: ¿Qué viniste a hacer a la ciudad?

Él: Vine a ver al Papa y a conocer el Zócalo.

Yo: Pero qué frío hace.

Él: Imagínate yo que soy de la costa.

El último comentario me metió en cintura e intenté, por unos segundos, ponerme en sus zapatos. La noche  junto a la conversación arrojaron más pistas sobre aquel desconocido.

David tiene 28 años, es soltero y trabaja de mesero en el Fogón Suizo de la costera, sobre la Miguel Alemán. David presume su talento para tratar a los clientes. Tiene un hijo en Estados Unidos, habla inglés y según cuenta ha estado a mitad de una balacera.

Como azúcar en el café el tema del asalto se diluyó. En pocas palabras David era mi nuevo cuate, platicaba como si no lo hubiera hecho en un largo tiempo, entonces me dediqué a escucharlo.

Si David visitó al juez cívico después del altercado no se acuerda ni cuál, ni dónde. Levantó una demanda, eso sí, no obstante la justicia continúa como principal ausente en el país.

Él: Me siento frustrado. No sé qué hacer.

Yo: David… ¿y el Papa?

Pregunté confianzudo.

Él: Al papa ya ni lo vi ni nada. Mi viaje fue en vano. Está de la chingada.

Enseguida le conté sobre la persecución que presencié en el metro. Ambos concluimos una cosa: los policías están donde menos deben estar. Luego lo invité a tomar algo, total, de tener nada pasó a tener un amigo.

 

Nada más.

Esa noche nuestros pasos nos llevaron hasta la plaza Garibaldi.

Esa noche David conoció las estatuas de María Félix y Pedro Infante.

Esa noche culpamos a Bergoglio de la ley seca que nos impidió comprar cervezas.

Esa noche preparamos de cenar y tomamos café.

Esa noche David durmió en mi casa, en un colchón a mitad de la sala.

Esa noche me puse en los zapatos del que necesitaba ayuda.

Nada más.

 

Mamás.

Al día siguiente, muy temprano, mi mamá habló por teléfono, estaba preocupada a causa del sueño que había tenido esa noche, un saqueo: de pronto la casa amanecía sin un solo mueble.

“Que yo sepa todo está en su lugar”, respondí.

Para calmar sus nervios comenté que David había lavado sus platos, aunque se terminó la cera moldeadora y el jabón de baño apareció con un montón de cabellos enredados. Sin darle mayor importancia, a esas horas del día David se encontraba listo para despedirse.

Yo: ¿Qué vas a hacer?

Pregunté.

Él: Voy a buscar chamba.

La seguridad en su tono de voz me impidió detenerlo.

Yo: Tienes mi tarjeta, llámame si necesitas ayuda.

David prometió marcar más tarde. Hasta la fecha no he tenido más noticias de él. Nos despedimos en la estación de metro Chabacano con un abrazo que me hizo sentir nostalgia de alguna manera. Mientras lo veía alejarse me preguntaba:

¿Cómo llegué a este momento?

¿Cómo abres y cierras las puertas de tu casa a un desconocido?

¿Cómo te despides de alguien que acabas de conocer?

Que el acapulqueño se encuentre bien, esté donde esté.