“Acusan a Maurice Armitage, alcalde de la ciudad, de ser el arquitecto intelectual de los violentos desalojos ocurridos en el marco del Plan Jarillón y de no reconocerlos como concejo comunitario, negándoles así sus derechos como población negra.” Crónica finalista del Primer Concurso de Crónica Joven Luis Tejada Cano.

Por Helmer Leonardo López Paz

María Targelia Hurtado cumple tres días sin consumir nada más que suero. Se encadenó frente a la puerta del CAM, en el centro de Cali, a la vista de cientos de caleños y de toda la burocracia de la ciudad. Sobrevive con la ayuda de los transeúntes y los médicos de la Cruz Roja. Pero es domingo y no hay mucha gente. El calor, el aburrimiento y el hambre alargan los minutos. ¿Resistirá un día más?  

Tiene dos hijos, 72 años y vive en el Jarillón del Rio Cauca. «No soy tan vieja para no levantarme contras las injusticias» dice. Por eso entró al concejo comunitario Raizales del Pacífico e inició una resistencia no violenta que completa 77 días. Acusan a Maurice Armitage, alcalde de la ciudad, de ser el arquitecto intelectual de los violentos desalojos ocurridos en el marco del Plan Jarillón y de no reconocerlos como concejo comunitario, negándoles así sus derechos como población negra.  

El CAM amanece lleno de latas de cerveza, chuspas de mecato y mierda de paloma, como siempre. Lo nuevo son 26 carpas improvisadas con palos y plásticos de invernadero bloqueando la mayoría de las puertas de las dos torres que componen el CAM. Las ‘escobitas’ barren todo antes de las ocho de la mañana. A esa hora llegan los maniseros, choladeros y demás vendedores ambulantes.

A esa hora, María Targelia se alista para encarar otro día de hambre. Le pide un colchón de espuma a un joven de 23 años, recibe una toalla húmeda porque «no hay pa’ más». Parece que hoy tampoco será un día cómodo. Desayuna con 500 ml de suero sin sabor, lo bebe de a poco pues le desespera el sin sabor. Tiene una almohada para su nuca. Una distención muscular le impide mirar en otra dirección que no sea la izquierda. Tras ella cuelgan tres pancartas, su mensaje puede resumirse en una palabra: desalojo.

Omaira, una mujer de 57 años que también teme perder su casa, la acompaña a ratos. Tiene tres hijos y cinco nietos, todos viven con ella. Ve en la huelga de hambre una acción desesperada, pero necesaria, pues la Alcaldía no les prestó atención en los más de dos meses de resistencia. Entendió hace mucho que perder su casa le pronostica la completa miseria. Protesta por pura desesperación.  

A las nueve de la mañana despiertan los otros miembros del concejo comunitario. Desayunan con agua panela y pan cacho. Ocho niños madrugaron a jugar en la fuente de la plaza del CAM con barcos de papel y chuspas de mercado. Tres hombres miran El Chavo del 8 en una tv de 21 pulgadas, apenas si escuchan algo por el ruido de la planta eléctrica que lo alimenta. Tres hombres descansan en unos muebles que llevaron hasta el centro de la plaza: nevera, sofá, cama y armario. Parece que un tornado los sacó del Jarillón y los llevó hasta ahí. Son pocos. La mayoría de protestantes abandonó la plaza ayer en la noche, unos visitan a sus familias, otros disfrutan de su domingo.

Ayer el lugar estaba a reventar de niños, vendedores ambulantes y gente con el recibo de la luz en la mano dispuesta a discutir con el primer burócrata que encontraran. Vieron la resistencia, pero no les importó. Unos cuantos fotografiaron a María Targelia y dos testigos de Jehová se acercaron con la noble intención de orar por su alma. Después de un breve sermón, le regalaron un Atalaya y se fueron. El Atalaya es un librito impreso en papel delgado. Ella lo uso de abanico. No lo hizo por herejía, simplemente las letras eran muy pequeñas y el calor insoportable.

Las huelgas de hambre conllevan dilemas éticos y morales para el ayunador, los médicos, el Estado y la sociedad en general. En la plaza unos lo ven como mero chantaje, otros lo reafirman como un método válido de presión al Estado. ¿Es útil todo esto? La historia cuenta muchos casos exitosos: Mahatma Gandhi, por ejemplo. Los medios suelen darle una gran cobertura y sobredimensionar las huelgas cuando el ayunador es una figura pública. Más ningún reportero de medio local o nacional se acercó a ella. María Targelia le teme a las cámaras, pero sabe la importancia de los medios en estos movimientos.

A las once se ven, a lo lejos, algunas familias con chuspitas de maíz para alimentar palomas y ancianos jugando dominó. María Targelia sonríe como un soldado novato antes de su primera batalla. No lo es. Por desgracia conoce desde muy niña los horrores de nacer en una tierra pobre y violenta. Creció en El Charco, Nariño, en una casa de madera. Se casó joven. A sus treinta años se desató una guerra y  debió desplazarse hasta Cali. Arribó como una paria a un rancho en Aguablanca, por la caridad de una prima lejana. Trabajó y construyó una casa en el Jarillón. La estabilidad le duró unos años. Hace dos semanas sufrió los violentos desalojos y las peleas entre habitantes del Jarillón y el ESMAD. Aún no pierde su casa pero teme lo peor.

Todos comen a medio día, ella resiste. Cuatro días de hambre saben y huelen como ninguna otra cosa en el mundo. Sabe a saliva agria, espesa como melcocha que corroe los dientes, hay que tragarla para evitar la mala sensación y el desespero. Luego viene un eructo con sabor a nada y las contracciones del vómito: el estómago se retuerce como si  las tripas se fuesen a salir por la boca. Huele a una mezcla de sueros añejos, pues es lo único que se ingiere para seguir vivo.

El suero es caro. El concejo comunitario proporciona algunos, pero la mayoría proviene de los transeúntes impresionados. Ayer, un joven vigilante le dio cinco bolsas de suero en polvo y el viernes un lotero anciano le regaló cuatro tarros de suero con sabor a fresa. Por desgracia, los médicos de la Cruz Roja le recomendaron evitarlo pues tiene más endulzantes y podría ser peligroso para sus niveles de glucosa. Desde entonces solo consume suero sin sabor.

¿Cuánto daño causan tres días de hambre? La Facultad de Salud de la Universidad del Valle publicó un estudio con los riesgos de cualquier huelga de hambre. En el primer día de un ayuno se consumen las reservas de glucosa (azúcar) y empieza a faltar energía. El segundo día baja el azúcar en la sangre y el cuerpo echa mano de otros recursos, las grasas por ejemplo. Para el tercer día, el cuerpo busca energía en los músculos. El cuarto día es igual. En este momento el cuerpo de María Targelia es una máquina sin combustible quemando las reservas. ¿Por cuánto? Algunas huelgas duraron más de 90 días.

La cadena no le molesta tanto como la silla de plástico en la que se sienta. El espaldar se dobla y le duele la espalda. La toalla húmeda se calentó. No usa zapatos, pero hay un par de chanclas por si necesita levantarse de urgencia. No será sanitaria, el cuerpo no desecha mucho en estas situaciones. No duerme en la silla, por las noches le tienden una colchoneta y antes del amanecer se da un breve baño.

¿Qué motiva tal sacrificio? Sus hijos y su casa. Conoce las dificultades de la pobreza extrema y no se morirá sin una herencia para sus hijos. Sin embargo, la casa que tanto defiende parece más una prisión. No puede dejarla sola por el riesgo del desalojo, así que siempre hay alguien dentro para evitar al ESMAD. «Un viejito dejó la casa sola y ellos [ESMAD] se metieron y le sacaron la ropita a la calle. Ese señor durmió en la calle esa noche», recuerda María Targelia.

La Alcaldía invirtió 963.000 millones para reubicar a las 8.777 familias que habitan en el Jarillón de Río Cauca. El proyecto reforzará su estructura para evitar una posible inundación. Según el distrito, de ocurrir esto, al menos 900 mil personas se afectarían, las plantas de tratamiento de Puerto Mallarino y Río Cauca colapsarían dejando al 80% de la ciudad sin el servicio de agua potable, las pérdidas económicas ascenderían a unos $32 billones y la reconstrucción de las zonas afectadas tardaría unos 25 años. 

A las tres, una pareja de estudiantes de enfermería se acerca para un chequeo de trámite. ¿Les pagan por venir? No, son practicantes y están ahí por obligación. Le ofrecen a María Targelia un saludo seco. Intercambian dos preguntas de rutina. Le toman el pulso y la presión. Concluyen que está “estable”. Escriben todo en un formato y se despiden sin más. Caminan despacio hacía el Bulevar. Hablan de forma cariñosa y se ríen como amigos íntimos.

A las cinco, el viento de los venados refresca la plaza. La gente y los ancianos se marchan. Seis niños y un adulto juegan con una pancarta gigante que ondea como una bandera. Mide unos seis metros y reza «el pueblo resiste carajo». Por un momento parece que los niños se elevarán hasta las nubes, volarán como pájaros y caerán estrepitosamente para encontrar la muerte. No pasa, por supuesto. Los demás miembros del consejo comunitario regresan de su domingo. Traen mercado, ropa y cansancio.  

A las siete de la noche se ven un par de estrellas. La planta eléctrica alimenta los bombillos además del televisor que ahora sintoniza Noticias Caracol. La noche no será calma. Ayer en la madrugada vieron algunos agentes del ESMAD en el Bulevar y un par de tanquetas anti disturbios rodeando el CAM. Parecía una emboscada antes del amanecer, como en un juego de guerra. Al final no pasó, pero la amenaza sigue latente. Hoy dormirán con miedo.

—¿Desistir?  No, mijo, ¿Si me dejan sin techo qué hago? Esto es por mis hijos. Nosotros nos conformaríamos con un lote baldío, pero ni eso nos quieren reconocer. A algunos propietarios les prometieron un subsidio de arriendo de 750.000 pesos por tres meses, pero eso no alcanza para nada. —dice María Targelia.

Reza antes de dormir. Cree en Dios y en su buen juicio, pero a estas alturas se conformaría con un ángel.

—Si a mí me llevan al hospital, me devuelvo apenas pueda (risas). ¿Qué voy a hacer sin casa, mijo? ¿Vivir debajo de un puente? No, luché por esto y mis hijos van a heredar una casa. De aquí no me voy hasta que nos solucionen algo.

El ángel no llegó, pero escuché el coro. Es el indescriptible sonido del triunfo de la esperanza sobre el hambre, al menos por un día más.