Abuelo,  eso tenía que ser gol-, le dice uno de sus compañeros de equipo. El sólo ríe y dice que la próxima entrará.

 

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Por: Jhonwi Hurtado

Son las 6 de la mañana. Es domingo, él se despierta sin la ayuda de algún aparato electrónico. El agua fría que sale de la llave del baño le quita la pereza que genera  despertarse a las 6 de la mañana. No se queda más de 15 minutos en el baño, pues no quiere llegar tarde al partido. Hoy, como cada domingo desde hace 13 años, Carlos Barón, “El abuelo”,  tiene partido  de fútbol a las 7 de la mañana y no quiere llegar tarde, no vaya a ser que lo dejen sin jugar.  Al salir del baño, se prepara un rápido desayuno. Vive solo. Su esposa murió hace 18 años y sus hijos  viven en Estados Unidos. Los guayos -que él mismo fabrica- están limpios desde la noche anterior. La venda,  las medias, la pantaloneta y la camisa están en la tula.

Termina de desayunar, cepilla sus dientes, cierra con llave y sale en busca del transporte que lo llevará hasta la cancha de fútbol en el barrio Cuba. Pero antes se  percata de llevar  mil pesos que se tienen que pagar por el “peto”  (prenda deportiva que diferencia un equipo del contrario) para jugar. Faltan 20 minutos para las siete de la mañana.  “El abuelo” se afana, junto con sus 82 años, su cabello blanco y sus deseos de seguir jugando fútbol. Se sube a la buseta y espera llegar a tiempo.

Carlos Barón nació en Ibagué. A la edad de siete años llegó junto a su familia a Pereira, año 1938. Añora muchas cosas de aquella ciudad a blanco y negro a la cual llegó siendo un niño. “En ese tiempo los jugadores eran más guapos, más  metelones, se les veía más deseos de ganar en la cancha y la gente podía ir al estadio, ahora no, yo dejé de ir al estadio hace 30 años”.

El fútbol en la vida de este hombre de 82 años es su mejor medicina, nunca ha tenido una lesión, nunca ha pasado más de unas cuantas horas en un hospital, no es el más rápido, no gambetea, pero en la cancha es uno más, pide el balón, regaña y es regañado.

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 Es hora de llegar a la cancha, han pasado unos minutos luego de que el reloj marcara las siete de la mañana, llega “El Abuelo”  saluda a todos sus compañeros de juego,  a “papas”; “Quindío”; “El zurdo”; “Alonso”  Entre otros,  estos son algunos de los hombres que junto a él corren en la cancha cada domingo. El partido inicia a eso de las 7:30 de la mañana, el calor de la mañana se hace más fuerte, pero “El Abuelo” siempre se percata de eso, así que no deja su protector solar.  Esta vez jugará para el equipo de “peto”  amarillo,

-Abuelo,  eso tenía que ser gol-, le dice uno de sus compañeros de equipo. El solo ríe y dice que la próxima entrará

En algunos momentos del partido no logra llegar al balón, pero siempre hace su mayor esfuerzo. A su edad ya no es rápido, como en años anteriores. “Ahora ya no meto el pie con fuerza a las jugadas, como lo hacía antes, ahora sí le temo a una lesión”

El partido termina 7- 4 a favor del equipo que viste “peto” amarillo. Son las 10 de la mañana, se ha jugado un poco más de dos horas, el abuelo no ha hecho gol, pero ha recibido balones con mayor técnica que los demás jugadores, todos más jóvenes que él. Mientras caminamos, rumbo a una tienda cercana, donde le haré algunas preguntas, el abuelo se come un banano y toma agua. Según él, eso lo hidrata.

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Recuerdos engalanan la vida de “El abuelo”. En el año 1954 conoció a Brasil, jugando con la selección Risaralda de aquella época. “Esa selección Risaralda con la que jugamos en Brasil fue de las mejores que tuvo este Departamento. En ese equipo jugué junto al ‘Mono Combia’, un gran defensa que tuvo esta ciudad.  Yo vi jugar a Garrincha, mejor dicho, vi jugar todo el legendario equipo del Santos de Brasila”. El abuelo, hincha del Deportivo Cali, dice que ahora es triste presenciar como muchas personas  ven   el fútbol como sinónimo  de violencia, y que muchos lo usan como escudo para hacer daño a otros.  A las 10:30 de la mañana me despido del abuelo con el compromiso de regresar el próximo domingo.

Este hombre fabrica guayos desde hace 60 años,  él mismo sale a venderlos, tiene clientes en varios municipios y ciudades como Armenia. Pereira es la ciudad que lo acogió en la mayor parte de su vida, aunque sus hijos residen en Estados Unidos, y lo han llevado en varias ocasiones a pasar un par de meses en dicho país. Él dice que Pereira es Pereira y acá se amaña más.  Acá tiene sus amigos y acá puede jugar al fútbol, ese  es el motivo más importante para quedarse. Sus dos hijos también jugaron fútbol, John Jairo Barón y Carlos Arturo Barón. Hicieron parte de equipos como Deportivo Pereira y Millonarios, compartieron camerino con jugadores como John Edison Castaño.

Durante la semana su vida gira en torno a la la venta de guayos, salir a caminar por el centro de la ciudad, visitar familiares y ver fútbol. Los domingos, después de cada partido, llega a su casa. Vuelve a desayunar, descansa un par de horas, se baña, limpia los guayos y sale a caminar.

 “A veces visito a unos familiares que tengo en Dosquebradas, casi siempre me voy caminando”. Los médicos lo felicitan por seguir practicando deporte. Además, a través del fútbol conoció países como Brasil, Venezuela  y Ecuador. Dirigió dos equipos en Bogotá: Boca Juniors y Deportivo Pereira (equipos aficionados). Les patrocinaba desde uniformes, hidratación, solo para apoyar el fútbol en la juventud.

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Ha llegado nuevamente el domingo, a las 7:30 de la mañana ya están todos en la cancha, “El Abuelo” llega un poco tarde, de manera ágil dispone de todos sus implementos deportivos para empezar a jugar; la venda en su pie derecho no puede faltar, la crema protectora en su rostro y los guayos bien amarrados. Así salta a la cancha, tendrá otra oportunidad de marcar gol, aunque el solo hecho de entrar a la cancha, ya hace de él un hombre de respeto.

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Tras errar un par de oportunidades de marcar gol, se lleva la mano a la cabeza y me dice: “Mijito, yo le tenía que dejar el balón a usted, no ve que usted venía mejor acomodado para patear”

Durante el partido tuvo más ocasiones para marcar gol que en el partido anterior, pero tampoco se dio. Poco importa, él ha cumplido su cometido y seguirá alargando su extensa lista de minutos jugados en una cancha de fútbol, seguirá fabricando y vendiendo sus guayos. “Jugaré fútbol hasta que me muera, el fútbol para mi es lo mejor del mundo”