EL ARTE DE DIBUJAR EN LA PIEL

…¿cuántos tatuajes ha realizado en diecinueve años?, ¿4.983?, ¿11.984?, ¿18.829? Nadie lo sabe, ni el más brujo de los brujos lo podría adivinar…

 

Texto / Norvey Echeverry Orozco – Ilustración portada / Stella Maris

Mucho más común que hace tres décadas es ver pasar tatuajes en las calles de cualquier pueblo o ciudad colombiana, notarlos exhibidos en un hombro, un pie o una mano, mientras se está sentado en un restaurante, un aeropuerto, una clínica, una funeraria o un autobús. Los tatuajes son, en su mayoría (porque también hay que hablar con sinceridad: algunos son desastrosos), obras artísticas andantes que recorren las ciudades de extremo a extremo.

¿Quiénes son los encargados de hacerlos realidad y quiénes expresan con su piel las ideas que tienen del mundo? Varias miradas apasionadas de un mismo tema: el arte de dibujar con una aguja sobre la piel.

Se escucha música electrónica, se escucha un chillido fastidioso comparable con el que hacen las fresas odontológicas cuando frotan los dientes, se escuchan también dos voces: la primera de un venezolano y la segunda de un colombiano: una de Javier Rojas, el cliente, y otra de Luis Enrique Echeverry Toro, el tatuador.

La voz de Javier con un tono de dolor por las agujas que entran y salen de su piel a una velocidad de tres mil veces por minuto y la de Luis Enrique de euforia, porque el tatuaje surrealista que dibuja en el brazo izquierdo de su cliente está quedando tal cual como fue planeado días antes en su mente: el rostro de un león en el antebrazo, un paisaje de un safari africano tres centímetros arriba de la muñeca, varios pétalos y un ojo amarillo.

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Juliana Restrepo Santamaría tiene sonrisas contagiosas en su rostro y vasos de café en su mano derecha. A su madre Beatriz Elena Santamaría la vio con tatuajes desde muy niña, así como la ha visto a ella Emiliana, su hija mayor, la cual, hace muy poco, le hizo esa pregunta que todavía, por su corta edad, no esperaba: “Mami, ¿cuándo me puedo hacer un tatuaje?”. “Cuando seas mayor”, le respondió. A Juliana le apasionan muchas cosas en la vida, de esa lista interminable de mercado se pueden subrayar varias: le gusta dar clase en las aulas de la Universidad de Antioquia, trotar, montar en bicicleta –a veces muchos más kilómetros de los que uno se imaginaría–, nadar, actuar en teatros de Medellín, Bogotá o México, tomar fotos en picada desde los edificios altos del centro de Medellín para su exposición fotográfica o desde el apartamento de la patinadora envigadeña Fabriana Arias para la revista Semana; le gusta conectar el ojo con su corazón, así como se lee en un texto de un reportero experimentado, mientras fotografía a Emiliana o Federico, sus dos hijos; también, por supuesto, la hace muy feliz llevar tatuajes: empezó desde los trece años: tiene tantos trazos en su piel, como dice, que ya perdió la cuenta. “Me motiva ver cómo la piel se transforma, adquiere color y textura. Me aburre un poco la piel sin algo tatuado. De alguna manera así me expreso; me comunico, esa estética es coherente con mi forma de ver y habitar el mundo. Me gusta pensar que mi piel es como los muros de una ciudad sobre la cual se hacen grafitis. Es, por otro lado, una forma de decirle al mundo que hay que trascender ciertos estereotipos de las personas que nos tatuamos, no todas somos delincuentes. Algunos dignificamos el hecho de tenerlos”.

Eisenhawer López tiene también como Juliana una sonrisa en el rostro y la misma cantidad de tatuajes en la piel: un número incierto. Si su cuerpo se compara con una vitrina y sus tatuajes con trofeos, escogería dos: la ballena jorobada de su brazo derecho que está flotando en el universo y dos elefantes que le hacen honor a su relación amorosa, simbolizando la memoria. Los motivos de sus tatuajes son diversos: “Fue más un tema de gusto estético; un tema de la goma, de la tendencia al ver el mundo en el que uno se mueve –musical y cultural–, digamos que a uno el contexto lo va llevando a interesarse por ciertas cosas. En este caso el tema de los tatuajes estaba implícito y fue lo que me empezó a llamar la atención. Después uno va cargando de sentido y de simbolismo cada una de estas cosas”.

–Eisen, ¿qué hacer ante esas personas que ven diferentes a los que llevan tatuajes en la piel?

–Tener lo que ellos no tienen con uno, en este caso sería tolerancia. Son, simplemente, distintas formas de ver el mundo. Tratar de enseñar, de educar. Digamos que en mi casa, por ser de una tradición muy católica, muy conservadora, hay cosas mal vistas, pero es con el tiempo, con el diálogo que uno va enseñando que realmente no son cosas malas, que todo no hay que pasarlo a través del filtro de la religión; no siempre hay que estar midiéndolo todo con un filtro religioso para satanizar lo que se ve diferente, lo que no nos gusta o no conocemos. Creo que es con mucha tolerancia, con mucha paciencia, con mucho diálogo y, sobre todo, con una posición muy clara de por qué me estoy haciendo un tatuaje.

Juan Guillermo López haciendo el tatuaje de un tigre en la piel de Juan Diego Gómez, uno de sus clientes.

 

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Luis Enrique no siempre tuvo la misma destreza para manejar sobre la piel, así como lo hace hoy, una máquina de tatuajes. Los inicios fueron sobre el pernil de un marrano que guardaba en la nevera de su casa. Ese era un dilema, entendiendo que este artista del tatuaje era vegetariano, pero debía apoyar, de alguna manera, la muerte de animales inocentes en un matadero si quería aspirar a ser uno de los mejores en el gremio que deja plasmadas sus obras de arte en las manos, los pechos, las espaldas, los cuellos y las piernas de sus clientes.

Los cuatro tatuadores entrevistados para esta crónica coincidieron en un punto común: iniciar en el tatuaje es muy difícil. ¿Quién te confía la piel para empezar a dibujar? Ni tu propia madre. Ni siquiera el amigo más amigo te presta un pedazo de piel en el trasero, el lugar menos visible del cuerpo para rayar un nombre o intentar hacer el rostro de un político odiado por subir los impuestos. Nadie deja un centímetro de piel en manos de un tatuador que busca sumar minutos de experiencia, es como, por ejemplo, dejar una avioneta de miles de millones en manos de un estudiante de aviación que solo ha hecho tres o cuatro horas de vuelo en su vida.

Preguntarle a Luis Enrique por su primer tatuaje es causar en su rostro una carcajada que deja conocer sus dientes molares. “En el inicio desconocía del tema. Fue muy empírico. Los primeros clientes fueron los amigos más cercanos y algunos primos. ¡Eso fue un desastre completo! A David, uno de mis mejores amigos, le hice en la muñeca el letrero one love: lastimé la piel, espacios en blanco, líneas desvanecidas y otras torcidas”. Con un poco más de confianza se animó a hacer su segundo tatuaje: un tribal en un tobillo. ¡Otro desastre completo, por poco se gana una demanda de daños y perjuicios por parte del cliente! No sabía ni siquiera cómo se pegaba la plantilla (en los tatuajes la plantilla es un papel con el que se calca un diseño en la piel). Cuando llegó a la mitad del trabajo la plantilla no estaba por ninguna parte, parecía un truco de magia: se había desaparecido. Luis no sabía cómo continuar, quedó igual a un pirata sin el mapa del tesoro: perdido, cansado y aburrido. Agachó su rostro mientras se lamentaba por el desastre. El cliente, mientras tanto, gracias a las palabras de aliento que le daba el tatuador, confiaba en él, mientras él se autoevaluaba y se criticaba fuertemente en su interior: “¡La cagué, hijueputa! ¿Qué voy a hacer?”. A David, años más tarde, le corrigió el tatuaje con uno mejor y al segundo cliente, con mucha pena, le recomendó otro estudio.

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Diseños sobre papel realizados por Luis Enrique Echeverry Toro.

De cinco puntos posibles, la calificación que le han dado los clientes al tatuador Juan Guillermo López Ríos –nombrado entre sus clientes y amigos como “Juancho”– en la página de su negocio alcanza cuatro punto ocho. En su perfil de Instagram se pueden apreciar los últimos trabajos realizados por sus manos: un dinosaurio azul, un universo, un delfín, la frase escrita en portugués: “Siempre vivirás en mí, hermano”, el rostro de Bob Marley, un rosario alrededor de una muñeca, una huella de gato, los pies de un bebé al lado de un reloj que da las nueve en punto, las fases de la luna en la espalda de una mujer: nueva, llena, creciente; la frente de un perro con unos binóculos en los ojos; la trufa de otro más pequeño, la de uno más en caricatura; la misma frase en cuatro cuerpos diferentes que dice equilibrio; una bailarina de ballet dando vueltas en el pie izquierdo de una mujer; un girasol al que no le ha faltado un solo segundo de sol en todo el año, un ciervo en una pierna; un hacha en un brazo derecho; un lobo en un brazo izquierdo; una rosa; un colibrí; dos mariposas; un elefante rosado… Se podría gastar todo el espacio con sus tatuajes, pero también se podría poner, así como lo comenta él, los números de los últimos cinco años: dos o tres tatuajes cada día, si hace tres, en cinco años, sacando dos días de descanso cada semana, serían 5.475; si son dos cada día, en el mismo periodo de tiempo, 3.650. ¿Cuántos de esos hombres y mujeres que ha tatuado Juan Guillermo desde el 2001 están muertos, cuántos siguen vivos?, ¿cuántos van por ahí deambulando en las calles con el arte de “Juancho” expuesto en la piel?, ¿cuántos se arrepintieron y se borraron un tatuaje hecho por él?, ¿cuántos tatuajes ha realizado en diecinueve años?, ¿4.983?, ¿11.984?, ¿18.829? Nadie lo sabe, ni el más brujo de los brujos lo podría adivinar, de lo único que hay certeza es que es uno de los hombres más reconocidos y longevos de este arte en el Oriente antioqueño. “Hace diez años (desde el 2009 hacia atrás) las partes en las que más se tatuaba la gente era en donde menos se les quedaba notando, de ocho años hacia acá la gente tira es a que se le vea: el cuello, los pies, las manos. Alguien de 35 o cuarenta años tiene tatuajes debajo de la ropa, alguien de dieciocho los tiene por fuera”.

Yennifer Medina Sepúlveda, también conocida como “Amapola”, hace una suma que da como resultado veinticuatro tatuajes en el cuerpo con veintiún años en la vida. Vive en Marinilla pero su estudio está ubicado en Rionegro. Cuando niña le apasionaba plasmar sobre hojas las ideas de su mente: duendes, hadas, hongos y brujas. Mientras estudiaba en la Institución Educativa José María Córdoba de Rionegro, era una muchachita que le hacía los trabajos de artes a la mayoría de sus compañeros, de ahí que sus notas, en un inicio, no fueran las mejores. Los cuadernos de ese tiempo siempre los llevaba más rayados con dibujos por la parte de atrás que con los apuntes de las clases adelante. Fue por esos años, al ver su talento, cuando uno de sus amigos de clase le preguntó por qué no se dedicaba a tatuar. La idea empezó a dar vueltas y más vueltas en su mente, como si fuera un caramelo de menta en la boca, hasta que cierto día decidió vender gusanitos de goma a los compañeros de su salón para, con el dinero que ahorraba, comprarse la primera máquina hechiza.

La cabeza baja de Javier Rojas es el reflejo de su sufrimiento.

–Quiero aprender a tatuar –le comentó Yennifer a “Naba”, un vecino de su barrio que hacía tatuajes en los tiempos libres con una máquina improvisada, de las que llaman hechizas.

–Ah, ¿sí? ¡Venga! Compremos un cuero de marrano, yo le enseño a coger la máquina pa’ que empiece a practicar.

Los primeros tatuajes que hizo quedaron para siempre dibujados en la piel de algunas compañeras de su salón como Sara, Isabela y Milena. De otros compañeros, simplemente, escuchó la pregunta afilada de: ¿tatuajes gratis porque está aprendiendo? Le respondían que muchas gracias. No les prestó mayor atención. Los últimos cuatro años de su existencia los ha dedicado a una de las cosas que más le apasionan en la vida: “Hacer sufrir a la gente”, como ella misma lo dice mientras se ríe, “no, mentiras, lo que más me gusta de tatuar es la parte en la que alguien tiene una idea y no sabe cómo concretarla. Vos le das las opciones y esa persona se emociona con una. Después se va con su tatuaje en la piel súper contenta y te dice: ‘¡Esto era lo que quería!’”.

–¿Es difícil surgir como tatuadora en un mundo sobrepoblado de tatuadores? –pregunta el reportero.

–Digamos que un poco. En el Oriente antioqueño hay muy pocas tatuadoras. En las grandes ciudades hay más. Acá, personalmente, sí fue algo muy complejo porque empecé desde muy pequeña y sentía que me subestimaban mucho, incluso hasta hoy en día siento que me subestiman.

–¿Has llegado a sentir rechazo por tener tatuajes?

–Es un rechazo que ha sido más de mi parte que de los demás, es decir, uno mismo como persona tatuada tiene que quitarse ese estigma de encima, porque vos no podés controlar cómo la gente te ve, pero sí cómo te sentís ante eso. ¿Qué pasaba, por ejemplo? Yo iba a comprar algo a la tienda o iba a pagar algún recibo y la gente me miraba mucho. Los niños pequeños –si no les abren la mente, se vuelven personitas súper imprudentes– volteaban a mirarme por todas partes y eso obviamente me hacía sentir incómoda; pero seguí yendo a esos lugares, siendo recurrente, mostrando mis tatuajes, y ya la gente dejó, por así decirlo, la bobada. Como sociedad tenemos que avanzar, la parte mínima para avanzar es saber que un tatuaje es un lujo, por eso son tan caros. Ya no solo son de delincuentes, de expresidiarios. Esta es la diferencia de un tatuaje carcelario, como le llamamos, a un tatuaje bien elaborado que es lo que se hace hoy como parte del arte corporal. Son tatuajes totalmente profesionales; piezas bonitas. Eso también cambia la perspectiva de la gente hacia el tatuaje, porque ya no van a ver el crucifijo todo chueco, las letras mal hechas, sino que van a ver, literalmente, piezas de arte en los brazos y cuerpos de la gente.

Alejandro Correa Bravo trabaja en el estudio Casa Negra Tatto, ubicado en San Antonio de Pereira, en Rionegro. Ha diseñado calaveras y ojos, brújulas y rostros, corazones y rosas, perros y mariposas. Comenta sobre sus inicios que “fueron algo molestos ya que en el mundo del tatuaje hay mucha competencia. Las personas a las que me acercaba veían en mí un rival, ya que yo tenía una carrera en el mundo del arte. Esos inicios comenzaron con dudas de si hacerlo o no. Un día me decidí: ahorré, compré mis cosas y empecé a practicar en piel sintética. De a poco fui mejorando sin que nadie me enseñara, viendo tutoriales en YouTube”.

–Alejandro, ¿qué es lo más difícil a la hora de hacer un tatuaje?

–Todos los tatuajes tienen su grado de complejidad si uno quiere hacerlos bien, pero algo difícil es hacer círculos perfectos, esos son muy, muy difíciles.

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La Asociación de Tatuadores de Colombia estima que el tatuaje, tal como se conoce, tuvo su llegada al país en los años ochenta gracias a Leo Ríos, un hombre dedicado al arte del tatuaje en un estudio de Cali. En Bogotá los tatuajes iniciaron con el apoyo de Danny Tatto, un ciudadano belga que ingresó e hizo popular rayarse la piel cuando comenzaban los años noventa. Según esta organización, se estima que el número de tatuadores en el país asciende a más de mil, y que las ciudades donde más se ven los estudios de tatuajes son Medellín, Bogotá, Cali y Pereira.

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El estudio de Juancho está a siete cuadras del de Luis, el de Amapola a dieciséis kilómetros, el de Andrés a catorce. Alguno de ellos en esta mañana soleada de sábado debe estar esperando un cliente; otro, ya que es mediodía, debe estar almorzando; una más, de pronto, está diseñando un tatuaje que plasmará en la piel de alguien en la tarde. No hay certeza, aunque se les podría preguntar por medio de una llamada telefónica qué hacen exactamente a esta hora, el reportero guarda sus ganas ya que, de pronto, por su mala suerte, hace dañar un tatuaje bien logrado que se esté haciendo en el preciso momento que suene la llamada. En el estudio de Luis ocho ojos al tiempo observan la piel de Javier y denotan cómo una tinta de color morado mancha su piel y la hará lucir diferente por el resto de su vida. Dos de esos ojos observan atentamente, casi sin pestañear, los gestos contraídos de dolor que hace el cliente con su rostro. Es esta una escena tan parecida a una cirugía: hay gritos, lamentos, guantes quirúrgicos, emociones e hijueputazos. Debe ser normal sentir dolor -tanto en la piel de la mano como en el trasero-. Ambos, tatuador y cliente, llevan más de cinco horas en el mismo lugar, sentados en las mismas sillas, escuchando pasar carros en la calle y canciones electrónicas en el reproductor, viendo cómo los minutos se arrastran en el reloj con la misma velocidad de un caracol.

Juan Guillermo López en su estudio de tatuajes.

Este estudio no es muy grande: dos por cuatro metros. Tiene el espacio suficiente para una camilla, una mesa, una lámpara, un bote rojo de residuos altamente peligrosos donde se depositan las agujas usadas, una pequeña vitrina con treinta tarros de tinta de todos los colores y un sofá negro que se escurre por el suelo cada vez que un cliente decide explayarse a tomar un descanso. Varios cuadros con la autoría de Luis decoran una pared de color azul cielo. El primero está compuesto por dos rosas, las cuales, asegura, significan la delicadeza; el segundo, en un mismo cuadro, un águila, un león y el rostro de una mujer, apreciado por sus ojos como los dominios en la naturaleza; el tercero y el cuarto, separados por pocos centímetros, están compuestos por dos de sus personajes de cine favoritos: el Señor Conejo de Alicia en el País de las Maravillas y Harley Quinn de Batman; el quinto, un colibrí que bate sus alas 75 veces por segundo cuando va hacia adelante y 61 veces por segundo cuando va hacia atrás; el mismo que tiene tatuado en su antebrazo derecho, símbolo, para él, de fluidez y libertad.

Las manos de Luis, protegidas ante las infecciones y enfermedades que tienden a transmitir los fluidos corporales, se guardan dentro de dos guantes de caucho negros: manos que se han concentrado en ocultar cicatrices de cesáreas con rosas, de disparos con varias palomas y de accidentes de tránsito con dragones. No han faltado en su estudio los que se hacen tatuajes de moda porque lo tienen en la piel famosos como Maluma, Messi, Greeicy Rendón, J Balvin, Neymar, una reina, un ciclista o un influencer. Es muy común, según cuenta, que muchas de sus clientas se hagan una pluma con un infinito, un atrapa sueños, una frase de motivación o el nombre de un hijo en la muñeca. Sus ojos han visto hombres y mujeres que, ante el olvido que genera la muerte, han decidido grabar para siempre el rostro o un recuerdo que refleje la felicidad vivida con un familiar que está muerto; este último es el caso de Lorena Atehortúa, una joven que vive en el corregimiento de Santa Elena. “El primero es muy simbólico”, comenta, refiriéndose a uno de los tatuajes que tiene en la espalda, “hace resumen de mi vida. En él aparece una brújula que indica tiempo y espacio, de esa brújula se desprenden unas escaleras que al final tienen una mujer y una niña; esa mujer y esa niña representan a mi madre y a mí. Mi madre, lamentablemente, murió hace tres años. Ha sido algo que ha marcado mucho mi vida y por eso me pareció que un tatuaje sería una muy buena representación del suceso”.

–¿Qué sentís cuando plasmás una creación tuya en la piel de alguien? –Interroga a Luis el periodista.

–Me siento pleno. A mí lo que me causa más alegría es cuando las personas se sienten satisfechas; cuando se hicieron un tatuaje en conmemoración: el recuerdo de un suceso, un motivo, algo que las va a incentivar a cumplir un sueño.

No todo ha sido color de rosa en el tatuaje para él: hace poco, cinco o seis meses atrás, un cliente no soportó una sola sesión para que fuera terminada la obra que quería en su piel. Cuando Luis le contó que una sesión más aumentaría el precio del trabajo, porque gastaría más tiempo y materiales, el hombre se ofuscó hasta el punto de desenfundar un revólver.

–¡No voy a dar más plata! ¡Usted me lo tiene que terminar! –gritó enfurecido, sin dejarle de apuntar con el arma.

Llegaron a un acuerdo, aunque, como lo recuerda, no se pactó el precio que él pedía y el momento fue muy poco cómodo.

Otro de esos sucesos que no generan tristeza sino risa, fue cuando un pastor evangélico, de cuarenta o cincuenta años, llegó a su estudio y le pidió que le hiciera una serpiente en uno de sus pies.

–Me quiero hacer una serpiente, una cobra real… Yo me hice una.

–Déjeme ver qué se hizo.

El hombre comenzó a subir la bota del pantalón con sus manos y, cuando terminó, los ojos de Luis apreciaron una “cobra real” que se parecía más a una lombriz de tierra: la lengua era más grande que la cabeza. Estaba envuelta alrededor del pie. Tan delgada como un lapicero. Un tatuaje realmente feo.

–Bueno. Vamos a comenzar a hacer una cobra real –le comentó Luis al tiempo que empuñaba, como el tipo que le sacó el revólver, la máquina de tatuajes con su mano derecha.

Luis Enrique planeaba cómo ocultar semejante engendro, semejante insulto al arte. El cliente se sintió con la confianza para contarle la historia. “Me lo hice en el Ejército. Estaba desesperado. Llevaba una semana en el monte y no me daban permiso para regresar a la casa. En medio de ese desespero, cogí un tarro de tinta china y una aguja y me comencé a tatuar. Me demoré tres días”. Luis se ríe mientras recuerda el suceso. “Créame, para él mismo haberse hecho el tatuaje, le quedó bonito. Se entendía que era algo ahí entre serpiente y lombriz”, comenta, volviéndose a reír.

Cuando era un niñito de botas y cabeza rapada, cuando no contaba con más preocupaciones que el juego y una sonrisa, cuando llevaba los cachetes colorados como dos tomates de la Plaza Minorista, cuando tenía –si mucho– dos monedas de cien pesos en cada bolsillo y se sentía millonario, cuando la vida no dependía del qué dirán, cuando perseguía en tardes asoleadas balones, caballos o vacas por los potreros en compañía de su tío Francisco, cuando se subía a los palos de guayabas más altos, cuando Luis Enrique recuerda las palabras de su abuela María Nohemí cada vez que lo veía llegar con un tatuaje de chicle pegado en sus manos, trae la frase gritada de: “¡Quítate eso de ahí!”. La recuerda con un tono brusco y ronco, al tiempo que le afirmaba con seguridad que esas cosas eran satánicas, que no se las volviera a poner en la piel.

Veinte años y un poco más han pasado desde entonces. La finca donde jugaba de niño tiene otro dueño, también otro nombre. Su abuela y su tío ya están muertos y ahora es papá de dos niños que, como él lo fue, desbaratan lo que se encuentran en su camino. Luis Enrique, realizando un nuevo diseño, afirma que el arte es catarsis, que hay tatuajes para todo, que, a pesar de que su abuela María Nohemí relacionaba los tatuajes con el diablo, no le parece una idea descabellada dibujar el rostro de ella con sus canas, su sonrisa, sus arrugas, con todos esos recuerdos valiosos que puede dejar una abuela en un nieto. Luis Enrique se concentra. La dibuja paciente con trazos suaves, escuchando de fondo una canción electrónica. La dibuja para, posiblemente, tatuarla luego en la piel de un familiar que no la quiere dejar morir en el olvido que causan los segundos del reloj.

@norveyorozco