Desde las pantorrillas, el  cuerpo del animal empezaba a ascender  piel arriba hasta confundirse con el cuello de la muchacha. En lo alto un par de ojos centelleaban: nunca supe si eran los de la chica o los de la bestia.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

La serpiente y el tigre se presienten, se olfatean, se asechan, se saben perdidos y vueltos a encontrar  mucho antes  de cruzar la calle rumbo a ese árbol donde sus sangres se citaron sin necesidad de palabras.

El tigre y la serpiente se miran, se tocan, se arañan, se muestran la lengua y las garras una vez sentados bajo ese árbol del Parque Olaya Herrera de Pereira.

La serpiente y el tigre, el tigre y la serpiente se besan y hurgan bajo las ropas en busca de una dureza, de una oquedad, de un fruto a punto de caer.

Las últimas incandescencias del atardecer les encienden la piel y entonces el tigre y la serpiente se convierten en salamandras: fuego puro a punto de ceniza.

Sitiados por el deseo se levantan, alcanzan la calle y abordan un taxi.

Solitario y vencido, tendré que imaginar el resto.

No hay problema. Todo  aquél que escribe es un mirón. Mirón de sí mismo y del prójimo.

Pero debo aclarar primero que esto  no es un relato de ficción, ni la descripción del preludio de un video porno con alta carga estética.

Es solo la viñeta, la breve crónica de lo que vi en el Parque Olaya Herrera el miércoles 11 de julio.

Ella, la serpiente, era una muchacha de veinte años con una serpiente cobra tatuada sobre su piel  blanquísima.

Desde las pantorrillas, el  cuerpo del animal empezaba a ascender  piel arriba hasta confundirse con el cuello de la muchacha. En lo alto un par de ojos centelleaban: nunca supe si eran los de la chica o los de la bestia.

Y el tigre, todo pelos, todo barbas, todo piercings, aceptaba el desafío. Igual que su chica, el  tatuaje de un tigre de Bengala se hacía uno con sus piernas, con sus brazos, con su cuello.

Era un hombre de unos treinta años hecho de puro músculo: la estirpe del cazador.

Y entre la pelambre del rostro llameaban unos ojos dispuestos a calcinarlo todo.

Quizás a esta hora el tigre y la serpiente solo sean un montoncito de cenizas en un cuarto de hotel.

Durante unos minutos creí entender el hondo sentido de la obsesión por los tatuajes a lo  largo de la historia.

Por momentos son asunto de marginales: putas, marineros, chulos, presidiarios.

Después se vuelven masivos y cada quien quiere llevar su tatuaje en alguna porción de piel.

Creo que son resultado de nuestra irremediable nostalgia del animal acorralado por la cultura.

Del animal que podía copular a cualquier hora, en cualquier lugar y con el que se cruzara en el camino.

La bestia inocente y por lo tanto indómita, que solo atendía a los milenarios llamados de la vida.

A las ganas primordiales.

Me quedo contemplando estas legiones de tatuados sin edad ni género. Niños, adolescentes, adultos, viejos, mujeres, muchachos, travestis.

Sin saberlo, cada uno busca su animal atávico para dibujárselo en la piel: el animal vedado y adorado de las antiguas  tribus.

Veo mariposas, tortugas, cebras, jirafas, leones, peces, gatos.

Descubro bestiarios imposibles: cruces de alga con pájaro, de fruto con abeja y piedra.

Una nueva colección de dioses.

Los llevan en la pantorrilla, en las piernas, en el pubis, en el pecho, en la nuca, en el rostro, en los brazos, en el culo.

Hastiados de todo y de todos, los cultores del tatuaje se ovillan sobre sí mismos para adorar su animalidad dibujada en un rinconcito de piel o en el cuerpo  entero.

Supongo que cuando se abandonan a las glorias y desastres del sexo sus cuerpos devienen bosques surcados por los ruidos de las bestias que los habitan: unos rugen, otros maúllan, unos cuantos trinan y los de más allá lanzan al viento sus graznidos.

Pero son solo suposiciones mías, aquí sentado en este parque, una hora después de que el tigre y la serpiente abordaron un taxi y se marcharon a no se sabe dónde.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.