EL ARTE DE LA SUBSISTENCIA

Migración, arte callejero y ventas ambulantes y las formas de sobrevivencia de más de 1.500 migrantes en la capital de Risaralda.

 

Por / Diego Firmiano – Fotografías  / David Aronnax

El 23 de marzo, en Pereira, Ana García de nacionalidad argentina y su novio manizaleño Mateo Gallego ya tenían las maletas listas para viajar a Ecuador, cuando fortuitamente encendieron el televisor y escucharon al presidente Iván Duque decretar que Colombia entraba en cuarentena a partir de las 11:59 horas del día siguiente, y solo 34 excepciones se mantendrían vigentes con el fin de garantizar el derecho a la vida, a la salud y la supervivencia. «Me agarró la cuarentena acá, que pedo». dice Ana mientras sonríe; sin embargo, una profunda tristeza invade su rostro, y no por un ojo dormilón que tiene, sino porque pedo en su Argentina es precisamente eso, aburrimiento, y ella no es mujer de quedarse quieta en ningún lado.

A sus 22 años de edad conoció a Mateo en Argentina mientras este hacía la escenografía de la obra teatral Mariana Pineda, del poeta español Federico García Lorca, donde precisamente Ana interpretaba el papel principal de la revolucionaria mujer granadina. «Ahí nos conocimos y empezamos una relación de interés mutuo y avanzamos un montón.» Y cuando dicen que avanzaron se refiere al oficio de titiritera que ejerce en las carreras séptima y octava del centro de Pereira, como un acuerdo de supervivencia con su novio para lograr financiar los viajes que hacen por Sudamérica. Así recuerda que salieron de Argentina, pasaron por Bolivia, Perú, Ecuador, y finalmente llegaron a la capital de Risaralda, donde hoy viven en una residencia en la calle 18 con carrera 9. Desde ahí salen todos los días a trabajar intentando reunir dinero y continuar su itinerario de viaje al finalizar la pandemia.

De las 34 excepciones del aislamiento obligatorio nacional, ninguna de ellas, detalla Ana, contempló la posibilidad de trabajo, financiamiento, o apoyo al sector artístico y cultural del país, ni mucho menos, la estabilidad o seguridad de los migrantes en Colombia. Sin embargo, eso no la ha desanimado, porque, afirma, le encanta estar acá. «Es muy cómodo, muy económico, muy accesible todo. Entonces me amaño muchísimo»

A sus 22 años de edad conoció a Mateo en Argentina mientras este hacía la escenografía de la obra teatral Mariana Pineda.

Miguel el paisa

Y está acostumbrada, porque para ella estar en el país es sinónimo de no salir más, ya que siempre sucede algo cuando intenta irse: «como que Colombia no me quiere soltar». Con esta idea en mente, sale de su residencia a las 9:00 a.m, organiza su espacio de trabajo en la carrera octava, entre las calles 20 y 21, o en el parque Lago Uribe Uribe, o en alguna peatonal, y prepara a Miguel el paisa, un títere vestido de antioqueño, hecho de material reciclable, varillas de sombrilla, botellas plásticas, madera, hilo, nylon y porcelanicrón, para que baile al son de la música de Jhon Alex Castaño y Darío Gómez, hasta el mediodía cuando recoge 50 mil pesos y se va.

«Como estamos en zona cafetera, hice a Miguel con poncho, carriel, cadena de oro. La otra vez estaba yendo a la farmacia y vi un señor exactamente igual a este personaje y dije: ¡Wao! Es que es la ropa típica de acá. Un tipo regional. Ya cuando vayamos a la costa o el llano ya será otra vestimenta y otro tipo de movimientos. Será el mismo Miguel, pero con otra indumentaria, y otro ritmo. Por ejemplo, en la costa se baila champeta, entonces habrá que ponerle más hilos en la cadera y en los hombros para que se mueva un poco más y así», dice Ana.

Y aunque ella estudió danza escénica, le gustan los títeres, y hace actuar a Miguel el paisa como si estuviera en un gran teatro. Luego de cinco horas de show, con pequeños intervalos, termina el día laboral y ya en casa, junto a su novio, prepara otra marioneta, un esqueleto de tres metros, que según dice, está pensado para un espacio más grande por su tamaño.  «Por ahora no puedo sacarlo a la calle porque puede darle coronavirus», justifica.

Aunque la verdadera razón de tenerlo guardado es porque los funcionarios de Espacio Público, bajo orden de la Secretaría de Gobierno de Pereira, le prohibieron aglomerar mucha gente en un solo lugar para evitar aumentar el número de contagiados de COVID-19 en la ciudad, que en este mes tiene su pico de contagios.

Esta titiritera, nacida en Buenos Aíres y que trabaja en Pereira, hace parte de los más de 15 mil migrantes que hay en todo Risaralda, según Migración Colombia.

Ley empanada

Un incremento estadístico que preocupa a Ana, pues recuerda que los primeros meses de la pandemia sobrevivió con su novio gracias a los pocos ahorros que tenían destinados para otro proyecto, aunque la alcaldía de Pereira colaboró pagando dos meses de arriendo en la residencia donde se hospedan en el centro. Y agrega que es consciente del riesgo que supone salir diariamente a trabajar con Miguel el paisa, sin embargo, por alguna razón está informada sobre la movida ambulante y comercial de la ciudad «Che, la ley 1988 de 2019, me contó Mateo, le dicen la Ley Empanada. ¿Sabías? Con esta regulación podemos salir tranquilos a laburar para conseguir guita». Laburar y guita, como equivalente de trabajar y ganar dinero, o en lenguaje chabacano, camellar y tener lucas; y Ley Empanada, como un curioso decreto, que, según Julio César Grajales, representante de los vendedores informales de Pereira, garantiza el derecho al trabajo ambulante, o en el caso de Ana y su novio, el poder ser artistas itinerantes, porque sumándolos a ellos, la ciudad tiene más de 1.500 extranjeros que venden o hacen algo para generar de manera informal una economía flotante.

Porque esta titiritera, nacida en Buenos Aíres y que trabaja en Pereira, hace parte de los más de 15 mil migrantes que hay en todo Risaralda, según Migración Colombia, cuya precisión estadística tiene corte al 31 de octubre de 2019 y que la Primera Mesa de Gestión Migratoria en la ciudad discrimina en 12.283 como venezolanos, y el restante número compuesto por chilenos, ecuatorianos, argentinos, paraguayos y peruanos.

Ana extraña de su país la pizza, el pan y el mate, pero a fuerza de lid se ha adaptado a la gastronomía local.

No nos pueden encerrar

Ana extraña de su país la pizza, el pan y el mate, pero a fuerza de lid se ha adaptado a la gastronomía local. En términos familiares se siente segura en Pereira, ya que su novio es del Eje Cafetero. A pesar de ello, no deja de preocuparse por su hermano y sus padres en el sur, de quienes dice: «están bien, siguen encerrados» porque en Argentina, según El Clarín, el diario que Ana lee todos los días en internet, ha vuelto a la fase uno de la COVID-19. Un motivo suficiente para no regresar a su Buenos Aíres natal, por ahora. «Menos mal no empecé el viaje [de regreso] porque si me hubiera agarrado por allá la pandemia, me hubiera vuelto loca. La verdad no aguantaría estar encerrada». Un asunto predeterminado que no la estresa, ya que la reactivación del comercio en Pereira y el hecho de que las personas salgan poco a poco, han sido razones suficientes para decir con determinación: «no nos pueden encerrar hasta que se termine. Es absurdo. Es como tapar el sol con una mano. En algún momento la gente se va a terminar contagiando, si no es así, es mejor agarrar las “autodefensas” lo más pronto para poder vencer eso porque la COVID-19 siempre va a existir, es una cepa de un virus, me parece. Escuché que salió una vacuna, entonces vamos a ver cómo se desenvuelve todo.»

Mientras tanto, afirma que en la calle el trabajo está flojo a causa de la lluvia y por eso toma conciencia y no permanece mucho tiempo en ese ambiente. «Si llega a darme un resfriado, luego me dicen que es coronavirus y me llevan a un hospital donde no podré moverme hasta que me recupere» Este es el temor y el riesgo que no quiere correr y por eso prefiere salir con prudencia solo medio tiempo a trabajar «Cuando salgo a la calle si hago lo básico es lo mejor. Si salgo más, o menos, está bien. Pero no trato de hacer más de lo que pueda, tampoco voy a matarme, aunque disfruto lo que hago.»

Al lado de Ana, en el mismo andén de la carrera octava, está una compañera venezolana con sus tres hijas.

La COVID-19 en Pereira

Ana y su novio han decidido seguir los protocolos de seguridad que demanda el municipio y el país, pero más que eso, ellos entienden que el trabajo callejero es un foco de contagio positivo. Así, entre la indumentaria, la ropa de Miguel el paisa, el parlante, el sombrero y demás, tienen el alcohol, el gel antibacterial, las toallas húmedas, los tapabocas. Ana afirma que no solo ella como extranjera, o Mateo, mantienen alertas para no contagiarse, sino también otros argentinos que han encontrado en la ciudad. «Están en todo lado invadiendo» se ríe con nerviosismo. «Hay mucho malabarista, nosotros solo hacemos títeres, arte, por eso tenemos contacto con ellos.  Hay parches en el parque Olaya Herrera y La Libertad, entonces nos reunimos con chilenos, venezolanos, uruguayos y unos cuantos paraguayos.» Y es enfática al decir que, al reunirse con otros migrantes, siempre es precavida aplicándose alcohol, usando el tapabocas y otros elementos de seguridad. Cuenta que, a un compañero, un artista argentino, le detectaron coronavirus y no ha vuelto a saber nada más de él. Entiende que no corre peligro, ya que puede estar en recuperación, pero el tiempo para el migrante, como dice, es oro, y no trabajar es sinónimo de perder dinero.

Y mientras hace una pausa para que circule la gente, tal como aconsejaron los funcionarios de Espacio Público, cuenta que la primera vez que llegó al país lo hizo con su mochila llena y con su mente vacía de prejuicios sobre lo que se escucha afuera de los colombianos.  «Una tiene que llegar a un sitio y conocerlo, no puede hacerse una mala imagen de un lugar que no ha experimentado.»  Al lado de Ana, en el mismo andén de la carrera octava, está una compañera venezolana con sus tres hijas. Se dirige a ella para decirle entre dientes que se siente estresada, que no le gusta quedarse mucho tiempo estática, que si ahora permanece en la octava, mañana estará en la séptima, y dos días más adelante en la sexta. Si hoy visita Pereira, luego irá a Manizales o Cartago. «Me tocó quedarme acá, a veces me dan bajones, porque quiero irme a trabajar, conocer, hacer relaciones sociales, y así, me entendés. Aunque esta ciudad me re-encanta»

 

Aún hay esperanza

Y le gusta tanto, que la razón de su espectáculo, o su intención con Miguel el paisa, es hacer un número para entretener a la gente y crear un ambiente de distracción donde las personas puedan soñar, imaginar otra cosa. «Ahora me parece una excelente situación porque los ciudadanos están muy asustados, se psicopatean, están pensando: “Me voy a morir, me voy a morir”. Entonces un títere se mueve, canta, gesticula, para que los transeúntes se despabilen y piensen que hay esperanza y algo más. Esa es la idea llevar otro mensaje de que todo no es malo en este tiempo de COVID-19.» Por supuesto, hoy hace esto, mañana saldrá con el esqueleto de tres metros, y pasado mañana con una violinista que también está en el taller que improvisó en la residencia donde se hospeda. En sus palabras, lo que importa es innovar y transmitir un buen espíritu al público.

Al finalizar la cuarentena, dice Ana, desea irse para Bogotá, los llanos orientales, bajar al Putumayo, tomar la ruta por Ecuador y los demás lugares que le muestre la carretera del sur. No obstante, sigue saliendo todos los días a realizar «malabares» para subsistir, como los más de 1500 extranjeros que caminan vendiendo helados, arepas, café, velas de incienso, mercancía o, como ella, haciendo reír a la gente con Miguel el paisa, en las peatonales o los semáforos del centro de Pereira.

*Este artículo fue realizado en el marco de un acuerdo de financiación con Google News Initiative Journalism Emergency Relief Fund.