En realidad, la pantalla es la nueva realidad. Tal vez ahora lo que pasa afuera no es la realidad, es la virtualidad. O puede que ambas cosas se confundan, se mezclen en una balumba de realidades e irrealidades.

 

Por / Santiago Sabogal

I. El polvo de los malditos

Hay cuatro o cinco desarrapados alrededor de una fogata que despide vapores espesos y químicos, humaredas de basura quemada que asciende al cielo negro en remolinos. Tumbados, hundidos en un pastizal que ahoga los rieles de una vieja carrilera olvidada y sin balasto, entre alucinaciones creen ver el fuego. Sus bocas podridas gotean por las comisuras y, en el centro, aprietan de vez en cuando los pitillos de pipas hechizas. Esperan que en las cazoletas quede algo del polvo endiablado. Lo encenizan con manos mugrientas y temblorosas. Prenden un fósforo, queman el polvo y aspiran con fuerza para llenarse del humo que, subido a la cabeza, se les vuelve pánico. Pero les gusta. O ya ni saben si les gusta. Con el cerebro asado, oyen murmurar conspiraciones en contra. Aprietan los parpados. Murmuran con su propia voz otras cosas para alejar el miedo. Luego, oyen más murmullos y lances de puñal, ¡el pandemonio!

 

II. El bazuco electrónico

 

En el casino Caribe, en un centro comercial, hay dos viejitas. Cada una está sentada frente a una estrambótica máquina tragabilletes. Una, frente a una de motivos chinescos: templos, monjes, guerreras, luchadores, más templos, dragones, caras de peces bigotudos alternan en la pantalla grande y colorida… Otra, frente a duendes, tulas cargadas, ollas resplandecientes de oro. De vez en cuando acuden a su monedero para alimentar el mecanismo. Cuando ganan, se codean un poco, murmuran, se felicitan. Jorobadas, con pelos de desvaídos tintes cobrizos consumidos por las canas, juegan y juegan hasta que pierden todo y se van, tranquilas. Un día de cualquier año, desaparece una. Un par de años después, desaparece la otra.

 

III. El nuevo bazuco electrónico

Internet se tragó al mundo. Por lástima, nos ha concedido un puñado de instantes de realidad al día que nos arroja a la cara con desdén, como limosna. El resto pasa todo dentro de la pantalla ubicua de los celulares. En realidad, la pantalla es la nueva realidad. Tal vez ahora lo que pasa afuera no es la realidad, es la virtualidad. O puede que ambas cosas se confundan, se mezclen en una balumba de realidades e irrealidades. Dentro de poco ni siquiera necesitaremos dispositivos; la pantalla estará dentro del ojo, y con un movimiento alternaremos entre lo que tenemos al frente y lo que alguien compartió desde el otro lado del mundo, algún video gracioso con mil millones de reproducciones que grabó un pendejo de catorce años en Japón.

¡Y las redes sociales, una estupidez o una genialidad! No hay que subestimarlas. Desde ahí, multiplicando mentiras ponen presidentes, como hizo el pájaro azul, que se llevó en el pico a Trump, el payaso del white trash, y lo acomodó en el solio del Imperio.

No todo es malo, los medios tradicionales del periodismo que ostentaban el monopolio de la mentira en la televisión, maquinarias de grupos económicos dispuestas para lavarles la cara a los regímenes más aberrantes, como, por poner un ejemplo, hacían y hacen con total descaro RCN y Caracol con el Matarife, como le dicen ahora al Monstruo, se han tenido que encontrar con medios alternativos, contrapoderes dignos que ocupan el mismo espacio.

En fin, el mundo está ahí, adentro de la pantalla. Con un impulso angustioso nos arrojamos a ella iniciando el día. Mil sensaciones nos traspasan. Al final, nos escupe con la cabeza repleta de basura virtual, una volatería de imágenes que dan vueltas, ¡un embotamiento absoluto!

En el último cafetín de la ciudad, de los de tangos y boleros, los viejos poco conversan entre sí. Entornan los ojos para mirar la pantalla y cuchichearse comentarios sobre imágenes graciosas.