Reseña de la obra Elizabeth y las manzanas, libro de poemas de Diego Alexander Vélez Quiroz, un joven autor que en la actualidad está dedicado a la enseñanza de la literatura en varias universidades. Vélez es poeta y narrador, licenciado en español y literatura. Magister en Literatura Latinoamericana. Editor y miembro fundador de la Revista Literaria Polifonía y del Premio Nacional de poesía El Quijote de Acero – Klepsidra Editores. También ha publicado El encuentro (cuento, 2012, Klepsidra Editores, Pereira). Cuentos y poemas suyos han sido publicados en varias antologías y revistas nacionales y extranjeras.

 

Portada eLIZABETHPor: Carlos Andrés López Duque

Las obras nos llegan, como los amigos, de la mano de otro amigo. Es el caso de la opera prima del poeta payanés (concretamente del municipio de El Tambo) Diego Alexander Vélez Quiroz, escritor que ha sumado sus días en la ciudad de Pereira, lejos de su raíz, en cuerpo, mas no en esencia, pues la presencia de la tierra vibra como elemento dominante de sus versos y las potencias de la naturaleza aún laten con fiereza en su alma agitada, siempre intranquila y vuelta la mirada hacia las montañas y su temblor de hojas; aunque el ruido de la ciudad se haya instalado en sus noches y las mujeres -como aquella Marco de Verlaine- le hayan robado un poco de inocencia.

Esta obra, que en principio fue presentada para un concurso español, fue sugerida por el jurado para su publicación a pesar de no haber sido la ganadora, allí aparece Ediciones Oblicuas y todas las peripecias y temblores de una primera publicación, más tratándose de una a nivel internacional. Inicia desde la península, entonces, el viaje de este poemario que hoy releo con gran gusto y orgullo.

El libro está compuesto por veintisiete poemas, cuatro de ellos a la manera del Haikú, realizados en verso libre, al estilo de los orígenes del mismo en el Simbolismo y las vanguardias, cuando la ruptura con el metro buscaba –mediante el ritmo asignado línea a línea– retomar el vínculo originario de la poesía con la música, pues hemos de recordar a aquel aedo, no el ciego y solitario maestro de toda la Grecia antigua, sino aquel de quien este contó las hazañas y desventuras, el divinal Odiseo, que armado solo de su lira, frente al rey Alción en la tierra de los feacios, cantó primero que nadie una de las historias que abre la literatura de Occidente, el héroe ahora poeta por la posesión de la musa canta su aventura épica, música y poema unidos en matrimonio indisoluble desde el tiempo sin tiempo del mito.

Los poemas que constituyen la obra se presentan en un contrapunteo entre preocupaciones universales y atemporales, como el amor, el deseo y la muerte; y una honda reflexión sobre nuestro tiempo y circunstancia. Los primeros dan unidad a la obra, los segundos ponen la sensibilidad del poeta en medio de la ciudad –generosa y hostil- la noche, la violencia y la guerra colombiana sin fin (hasta el momento).

El telón se abre con Elizabeth y las manzanas, poema que da título al conjunto de la obra y que tiene su complemento –cerrando el círculo- en el poema final Maeterlinck o el amor de las flores, en ambos hay una especial fragancia de sensualidad y erotismo que se respira desde las primeras líneas, como el incienso que impregna todo en los templos, pero su intención se ubica precisamente en la transgresión: el descubrimiento del cuerpo y los placeres, la exploración del cuerpo y el mundo que apenas se entrevén en la adolescencia, confrontando abiertamente la noción del pecado que pretende anular el deseo y el instinto a los que estamos atados de manera inevitable por la naturaleza, “… no es pecado, / no es raro entre las flores el amor”, integrado el hombre a la naturaleza como esencia (una joven y una flor) busca romper la imposición que condena aquello que le es consustancial. Así, al mirar nuevamente el mito del Génesis, Elizabeth “…querrá volver al paraíso / para morder de nuevo las manzanas”, es inevitable pensar en aquella primera esposa de Adán, la potente Lilith, condenada a ser la reina de los súcubos por su sensualidad, por su sexualidad, por su reivindicación de mujer que disfruta y goza las mieles del placer que late bajo cada centímetro de su piel; quien vuelve ahora para morder una y otra vez el jugoso fruto como afirmación de humanidad, pues el dios que pone en el cuerpo la posibilidad del placer, hace de la manzana más un objetivo que una posible condena.

Por su parte, la muerte aparece vestida de azul –tristeza y melancolía-, femenina en su cálido y tierno abrazo, acechante en nuestra condición de finitud y dejando tras de sí solo un gran silencio, que haya su más sincera expresión en Azul o la muerte del padre, que nace de un temprano descubrimiento de la muerte y la huella indeleble que le ha dejado. Pero, ante la constatación de lo inevitable, está el amor, capaz de trascender las fronteras de la existencia, dotándola además de un propósito, una Excusa para la redención, el hombre hecho –al menos– para el amor, atenuando hasta la nimiedad cualquier otro fracaso, pues su solo hallazgo, aunque sea por un instante de la vida, la justifica plenamente.

Diego Alexander Vélez Quiroz

Diego Alexander Vélez Quiroz

El segundo conjunto de poemas pone al autor más directamente frente a las circunstancias de su contexto: la ciudad y la realidad del país. Desde una lectura sensible aparece la noche como escenario donde late la existencia de la ciudad, allí se propician los encuentros con nuestra humanidad, pero la ciudad también es hostil, cruel incluso, si observamos las personas a las que se refiere Subsuelo. Pero no solo la ciudad forma parte de nuestro presente, arriba, en las montañas se teje, hilo a hilo, el destino de muchos hombres y de todo un país. Las verdes hojas que caen del árbol de la vida a puñados, suman lágrimas, de parte y parte, al ya caudaloso río de las ausencias que el plomo va dejando a su paso. De allí el bello reclamo del Diálogo en la antesala del fuego, el hombre que habla, que puede ser cualquiera, nos hace ver que si el ejecutor dispara, desaparece la parte de realidad que a la luz de sus ojos se genera cuando mira el mundo que le rodea y no deberíamos estar dispuestos a perder esos ojos, esa mirada, únicos si se piensa, irremplazables.

Siendo la poesía, de entre todos los géneros, el más personal e íntimo, Elizabeth y las manzanas es una obra que nos acerca a una visión sensible del mundo, nacida de la observación aguda, de la experiencia, con sus regalos y dolores; llena de imágenes sutiles en donde las palabras, por momentos, cumplen la exigencia de Octavio Paz “aparecen como si se encontraran por vez primera”, es por esa experiencia renovadora del lenguaje y las formas de apalabrar un mundo cada vez más complejo que debemos asomarnos a esta obra que parece plantear el deseo del pecado como una bella y muy humana forma para su transgresión.

Autor: Diego Alexander Vélez.

Editorial: Ediciones Oblicuas. Colección Alejandría: Poesía.

País: España – Sitges (Barcelona).

Año: 2013.