Escribe / Francisco Molina – Ilustra / Stella Maris
Si en ese momento me daba un ataque al corazón no pasaba nada. Ya había atrapado al pez de la vida con mis propias manos. Me podía ir bien tranquilo, como oficinista un viernes a las 6 de la tarde, a tomarme un shot de fernet con Maradona. Total, iba a estar en su santuario. Uno de sus santuarios.
Estaba más cerca —a 6.642 kilómetros menos— de haberlo vivido todo.
No había nada que perder.
Por más que nos metieran un 6 a 0.
Era lo que pensaba cuando andaba, sin rumbo, por alguna calle con nombre de país latinoamericano —Costa Rica, Honduras, Perú, Chile— y recordaba el motivo principal del viaje por ocho días a Buenos Aires: asistir al primer partido oficial por fuera de Colombia de mi equipo, el Deportivo Pereira. Era algo que, me resignaba, jamás iba a vivir. Porque nunca íbamos a ser campeones. Porque en cualquier momento, tras 79 años de historia, el cuerpo no iba a aguantar tantos malos manejos administrativos e íbamos a desaparecer como el polvo de las estrellas, pero sin estrellas. Porque éramos un equipo condenado a perderlo todo al último segundo del invento más cruel del fútbol: el tiempo de reposición; como si no fuera suficiente tortura añadirle tiempo al tiempo, a 90 minutos de sufrimiento. Pero el Deportivo Pereira, nuestro viejo y amado Deportivo Pereira, más que un acto de fe, es un milagro. Y siempre se las arregla para sorprendernos y exceder cualquier tipo de expectativa.
***
Llegué a la hora señalada, a las 3:00 pm, en el lugar indicado la noche anterior: el Monumento al Taxista, al lado de la Laguna de Las Gaviotas, a unos pocos metros de Puerto Madero y a apenas 5,1 kilómetros de nuestro destino final, el estadio de La Bombonera.
Poco a poco empezaban a llegar los otros hinchas, la mayoría con la camiseta que la marca pereirana Oto —el dueño se llama Otoniel— lanzó como edición especial por nuestra primera participación en la Copa Libertadores de América. El principal torneo de clubes del continente, donde se encuentran los campeones y los mejores equipos de los 10 países de la Conmebol o la Confederación Sudamericana de Fútbol. Una camiseta retro que encarna la esencia de nuestros colores: fondo amarillo, tres franjas verticales rojas; de fondo, en marca de agua, la estatua del Simón Bolívar desnudo sobre un caballo, uno de los principales monumentos de nuestra ciudad; debajo, al costado, las marcas de unas garras, en honor a la barra del equipo, Lobo Sur; y, lo mejor de todo, arriba, cerca del corazón, nuestro escudo bordado con una estrella dorada encima, que conmemora el día en el que, por primera vez, salimos campeones de la liga, el 7 de diciembre de 2022.
También, en la mayoría de los casos, la camiseta estaba por encima de buzos, sacos o chaquetas. El viento, desde temprano, nos recordaba que ya era otoño y que no lo íbamos a tener tan fácil.
—Pa, hoy vamos a hacer historia— decía, sin embargo, alguien por ahí.
—No me imagino cómo va a ser el momento en que entremos a La Bombonera— decía alguien por acá.
—Yo creo que voy a llorar— le respondía alguien por allá.
Como viajé solo, no tenía un grupo —o parche— fijo, así que deambulaba de un grupo a otro. Vi mucha gente conocida de la época del colegio o compañeros del estadio. A la barra de Los Rufianes de la tribuna Occidental Baja. A Trujillo. A Durango. A Arcila. A Betancourt o Betancur, como sea que se escriba. A los gemelos Trejos que, aún después de compartir tantos partidos, no logro distinguir.
—Pa, por ahí está diciendo la policía que tengamos cuidado, que La 12 nos va a recibir a piedra—
Y tras los rumores, las malas noticias.
—Muchachos, nos dicen que no podemos ingresar la instrumental y solo podemos llevar banderas 2 x 1— dice uno de los líderes de logística de la barra Lobo Sur.
Eso es como si a un equipo, a última hora, le dicen que no puede jugar ni con Messi ni con Maradona.
A modo de duelo por la noticia recibida, con la instrumental —bombos, platillos y trompetas—, la barra comenzó a cantar algunas de las canciones más representativas. Y nosotros las seguíamos como si no existiera el viento otoñal porque el tiempo que dice que es otoñal en ese momento dejó de existir, y nosotros estábamos en un lugar que solo nos pertenecía, en nuestra propia república, porque el resto del mundo no es otra cosa que un mal sueño donde existe el descenso a la B, un fantasma que, en dos etapas diferentes, nos atormentó por un total de once años.
Hoy he vuelto al estadio/como la primera vez /hoy he vuelto con los lobos/a alentarte otra vez /nos aguantamos Cartago/muchas fechas sin ganar/nos aguantamos el descenso/pero el lobo siempre está …
Y, sin saber todavía muy bien el cómo, ahí estábamos. Unos 1.500 hinchas, a punto de abordar 13 buses Plusmar. De esos de dos pisos. Con rumbo al barrio de La Boca.
***
Un barrio llamado La Boca porque es la desembocadura de un río llamado Riachuelo en el Río de La Plata. Algunos historiadores creen que fue allí donde Pedro De Mendoza fundó, en 1536, la ciudad de Santa María de los Buenos Aires.
Un barrio que, al igual que nosotros mientras hacíamos el duelo por no llevar la instrumental de la barra, fue una República Independiente fugaz. Hacia el siglo XIX, una numerosa comunidad italiana de origen genovés llegó para quedarse. Se establecieron con sus costumbres y códigos hasta tal punto que en 1882 le enviaron el acta de independencia al Rey de Italia. El propio presidente del país, Julio Argentino Roca, tuvo que encargarse personalmente del asunto y hacer quitar la bandera genovesa que ya ondeaba con toda la solemnidad del caso, para arreglar el impasse diplomático.
Un barrio en el que, en 1905, nació el Club Atlético Boca Juniors, fundado por cinco jóvenes inmigrantes italianos: Esteban Baglietto, Alfredo Scarpati, Santiago Pedro Sana y los hermanos Juan y Teodoro Farenga. Cinco jóvenes que, al estar su club huérfano de colores e identidad, pusieron todo en manos del azar: decidieron que los colores de Boca Juniors iban a ser los colores de la bandera del siguiente barco que pasara por el puerto. Y el siguiente barco que pasó por el puerto fue un barco sueco, con sus colores azul y amarillo. Y en esas, con sus colores azul y amarillo, se ganaron seis Copas Libertadores.
Hacia las 7:30 pm, escoltados por policías motorizados, llegamos a ese barrio de mitos y leyendas genovesas azules y amarillas, para escribir, con la tinta venenosa del azar, nuestra propia historia.
Nos bajamos de los buses.
Estábamos a 450 metros de haberlo visto todo.
Hicimos la fila para la requisa. Estaba demorada.
—Si me metés otra vez esa bandera te la secuestro, eh— amenazó un policía
—¿Qué pasa señor agente? — le dijo “el mono”, un ser omnipresente, uno de los líderes del parche Pinares, uno de los grupos de la barra Lobo Sur.
—No puede entrar esta bandera, está muy grande, solo banderas 2 x 1— respondió el policía.
—Mujeres por acá— alzaba la voz una policía
—¿Ustedes por qué no hacen fila allá? No hay tanta gente— nos indicó otro.
Fuimos, presentamos nuestra entrada —hoy, más que entrada, una reliquia— y pasamos el primer filtro. El operativo policial estableció, con vallas, un callejón que nos conducía al estadio. Los policías custodiaban a lado y lado. Nos metimos por la calle Suárez, donde está el resto-bar La esquina de mi barrio. Estaba cerrado. Otro control: entrada y requisa.
Doblamos por la Calle Brandsen. Una casa de tres niveles y balcones: en uno de ellos está asomado un muñeco —¿o será una estatua de cera? — del papa Francisco, al que le falta una mano; en el otro, no podía faltar, el Diego, porque acá ya no es Maradona, es el Diego. Después, el comedor comunitario Pancitas llenas, corazón contento. Después, el Bar de Willie, con un aire nostálgico, en cuyo balcón también se asoman dos muñecos de cera: otra vez el Diego, y, junto a él, Carlos Tevez, uno de los futbolistas más importantes en la historia reciente de Boca. Al frente del Bar de Willie, la entrada sur de La Bombonera.
El último control: entrada y requisa.
Estaba más cerca —a tres pisos— de haberlo vivido todo.
Y, aunque en la eternidad de esos tres pisos se fue la vida, llegué. Eran las 7:57 pm, una hora antes del inicio del partido, ese de los jugadores y los entrenadores con sus refinados módulos tácticos y sus malvados tiempos de reposición. Al frente, otra tribuna de tres pisos, donde había desplegada una bandera gigante: “La número 12 la más grande del mundo”. Estaba ante un escenario que, de niño, me acostumbré a ver por televisión, cuando veía los partidos de mi arquero favorito, Óscar Córdoba, colombiano. Un escenario que, pensaba, iba a conocer en un Boca-River. O, ya entrados en gastos, en algún tour turístico. O, en el peor de los casos, en una inmersión de Realidad Virtual. Pero esta era la realidad. La única. La delirante. La performática. La absurda. La realidad era una tribuna escarpada, como si estuviera de pie. La realidad era la sensación de que si daba un paso, daba un paso al vacío y me perdía para siempre y me iba a tomar un shot de fernet con el Diego.
***
Nuestras raíces nos encienden.
Me hubiera encantado estar allí en La Bombonera con mi papá. Me he dado cuenta últimamente que a él no le gusta tanto ir a esos partidos mainstream, donde, además, no puede ir con su carro Volkswagen modelo 1960. Dicho esto, que quede claro que él es un incondicional, que ha ido a esos partidos a los que vamos los 2.000 hinchas de siempre contra rivales como Envigado, Bucaramanga, Alianza Petrolera, Jaguares, Orsomarso, Leones, así sea un jueves a las 4:00 pm.
No sé cómo hubiera reaccionado él ante el partido más que perfecto del Deportivo Pereira en plena Bombonera. Parecía que los jugadores habían aprendido a jugar fútbol juntos, y eso que en realidad es un equipo que recién se había armado hace tres meses, pues al equipo campeón lo desarmaron, prácticamente lo descuartizaron. Salieron, además, con una actitud de ataque que —tal vez acá se me sale un poquito el hincha— nunca le había visto a un equipo colombiano contra Boca, en plena Bombonera. En serio, no sé cómo hubiera reaccionado mi papá. Seguro no habría renegado como lo suele hacer, cuando dice que el fútbol de antes era mejor y que yo no tuve la suerte de ver al Pereira de los paraguayos que él admira y menciona de memoria: Apolinar Paniagua, Arístides Del Puerto, Eliseo Gaona, Clemente Rolón…
Tal vez, el papá de él —o sea, mi abuelo— también lo llevaba al estadio y le hablaba de las glorias del pasado, de cómo un capitán de la policía, un 12 de febrero de 1944, decidió que la mejor forma de poner paz a las peleas constantes entre los equipos de Vidriocol y Otún era fusionarlos en un solo equipo, el Deportivo Pereira; y que después le hablaba de la leyenda paraguaya, Casimiro Ávalos, quien hoy aún ostenta el récord de goleador histórico del club.
Mientras mi papá lo veía por televisión en la casa, yo estaba al lado del hijo de Isaías Bobadilla, otro de los paraguayos que hizo historia en el Pereira, en los años 60, y se quedó a vivir en la ciudad. Bobadilla parecía un entrenador, movía sus manos y daba indicaciones, con la esperanza de que a lo lejos un jugador del Pereira lo viera y se diera cuenta que al otro extremo de la cancha su compañero iba solo.
—Pa, lo vamos a ganar— dijo, o, más bien, profetizó, uno de los muchachos de La Banda del Lobo.
Unos minutos después, Arley dio tremendo pase y Fory llegó solo por la izquierda, remató de izquierda e hizo un gol que dejó en silencio a La Bombonera y que puso a arder nuestros corazones. Boca 0 Pereira 1.
Me abracé con Bobadilla. Fue un abrazo casi perfecto. El de un papá. Pero nunca tan perfecto como el abrazo imperfecto de mi papá, en el que siempre nos enredamos y terminamos dándonos una palmadita en el hombro.
Me fui hacia atrás. No sé si empujado por alguien en medio de la celebración o ya al borde del desmayo. Caí sentado.
Era el minuto 76.
Los hinchas de Boca, en el acto, dieron sentencia: Jugadores/la concha de su madre/a ver si ponen huevos/no le ganan a nadie.
La Boca estaba en plena crisis. También ardía. Venían de perder sus últimos tres partidos en La Bombonera. Algo que no pasaba desde los años 70.
Por un momento pensé si, en medio de esa tensión, íbamos a salir vivos de allá y contar para siempre la historia de que fuimos el primer equipo colombiano en ganar en La Bombonera por Copa Libertadores.
Aunque, en realidad, ese era el asunto menos importante.
Porque si nuestras raíces arden, el paso del tiempo nos congela. Y, sobre todo, nos angustia. Faltaban 14 minutos. Y de esos 14 minutos fuimos capaces de aguantar 13.
Al minuto 89, empató Boca.
—Vida hijueputa— gritó alguien en medio de nuestro silencio.
Pude haber sido yo. No lo recuerdo.
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Como si fuera suficiente añadirle tiempo al tiempo, a 98 minutos de sufrimiento, un árbitro uruguayo cuyo nombre prefiero no recordar, decidió añadir dos minutos más. El colmo. La adición sobre la adición.
Los hinchas de Boca no paraban de cantar: Dale Boca/y dale, dale Boca/y dale, dale Boca/y dale, dale Boca …
Y es verdad. La Bombonera tiembla, aunque no tanto como nuestros corazones que aguantaban los últimos segundos para festejar un empate que era un muy buen resultado.
Nuestros jugadores, tras 89 minutos, volvieron a su dimensión humana, ya sentían el cansancio, el frío y la presión del estadio que no paraba de cantar y dale, dale Boca, pero resistían con lo que les quedaba hasta que en el minuto 99 hubo un centro y Varela cabeceó …
—No puede ser— murmuró Laura, que ahora estaba al lado mío, antes del silencio total.
2 a 1. Ganaron ellos.
Como si eso fuera poco, la voz del estadio anunció que no podíamos salir hasta que se fuera el último hincha de ellos. Mientras salían, los hinchas de Boca nos hacían una señal: con sus dedos hacían un círculo y por ahí metían otro dedo.
La barra de Boca, La 12, no se movió. Se quedaron cantando un rato más —o, mejor, una eternidad más— mientras el personal del estadio limpiaba las tribunas con unas aspiradoras que parecían tener un sistema amplificador de sonido incorporado. Los de la 12 sacaron una bandera genovesa. Rojo y azul, con un grifo dorado, una criatura mitológica, mitad águila, mitad león.
No era necesario que nos recibieran a pedradas. El viento, más otoñal que nunca, nos golpeaba más fuerte. Y, peor, de frente.
Salimos, inadvertidos, unos minutos después de que salió el último grupo de hinchas de La 12.
Era medianoche.
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Jueves. 5:02 pm. Era mi último día en Buenos Aires. Después de una caminata de casi 6 kilómetros, partiendo desde el barrio de Caballito, llegué al Jardín Japonés, en Palermo.
Los árboles, así como el viento dos días atrás en La Boca, rendían cuenta del paso del otoño.
Vi a tres hinchas del Pereira sentados al lado de la caseta donde vendían el oráculo japonés. Lo compré. Creo que por unos 300 pesos argentinos. Me salió que tenía muy buena suerte. El recuerdo del 1-1 de Boca al minuto 89 me hizo dudar de eso.
Tomé el camino que bordea el lago y me llamó la atención una bandera de un pez que ondeaba con toda la solemnidad del caso. Era un Koinobori. Cuenta la leyenda que el pez Koi —o la carpa— es muy saludable y fuerte, tanto que es capaz de nadar contra la corriente del río.
Es por eso que el 5 de mayo, el día del niño, hay un ritual que consiste en izar los koinoboris para desear que los niños sean fuertes y saludables como el pez Koi, que es capaz, en su vida abanderada, de nadar contra el viento.
Nadar contra el viento.
Pienso, por un momento, que eso fue lo que hicimos en La Boca. Nadar contra el viento. Que esa es la esencia de ser hincha del inexplicable Deportivo Pereira. Un equipo capaz de ilusionarnos de hacer algo inmenso cuando nadie lo esperaba y, aun así, arreglárselas para luego decepcionarnos en el último aliento.
Me acordé del título de un libro de la poeta portuguesa Adília Lopes. “Escribir un poema es como atrapar un pez”. Pienso, entonces, que ser hincha del Pereira es como atrapar un pez. Pero que, cuando pensamos que lo atrapamos con nuestras propias manos, se escapa y continúa su camino. Contra la corriente. Y nosotros, sus hinchas, lo seguimos, nadando contra el viento.
Porque ese pez que nada contra la corriente, sea lo que sea, es hermoso. Lo fue y lo será. Porque está hecho de polvo de estrellas. Por lo menos, por ahora, una estrella.
Pienso, al final, que toda esta línea de pensamientos es una jugada mal armada y que el árbitro uruguayo cuyo nombre no quiero acordarme porque tiene el descaro de añadir tiempo sobre el tiempo añadido va a revisar el VAR y determinará que estoy en fuera de lugar.
Compro unos regalos. Salgo del Jardín Japonés y confirmo en el Google Maps que mi próximo destino está a unos 25 minutos a pie.
Al final no hubo ataque al corazón, ni pedradas ni shots de Fernet con el Diego. Solo el viento otoñal que era cada vez más frío después de recordar la derrota en el tiempo añadido a la reposición.


