A Maximiliano.
“Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastante inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa con el futbol”
Fontanarrosa
La tribuna sur no cayó en la mala conciencia derrotista, en el escepticismo harto conocido, y comenzó a alentar, queriendo subvertir la connotación de su propia materialidad. Y así fue que los jugadores apresuraron el saque, para que Bocanegra con esa zurda olímpica lanzara un centro largo, templado y con comba, que fue cabeceado por Arley “el mara” Rodríguez.
Escribe / Joe Stevens Rodríguez R. – Ilustra / Stella Maris
Es ampliamente conocida, y muchas veces expresada con saña por quienes no disfrutan del juego, la idea que el futbol es un deporte de pasiones irracionales. Incluso, los más dogmáticos la ponen como su esencia. Y en verdad no hay mucho que objetar, ni argumentar para defender al futbol de este juicio. Basta ver las mejores peleas campales de futbol en YouTube narradas por Leomdq+, para aceptar la facticidad de la idea. Maradona jugando para el Barcelona, en una final de la Copa del Rey contra el Bilbao, dando severo rodillazo en la cara de un ayudante técnico del equipo rival, tipo artes marciales mixtas. El Dios del futbol, ídolo con iglesia y fieles creyentes, repartió coñazos como padrastro borracho esa noche.
O un caso más reciente y menos bélico, el de Vinicius Junior y la afición del Valencia. Le gritaban “mono”, “negro esclavo” o “sudaca de mierda”. Mientras él, a través de gestos, les recordaba sus copas tejidas en la camiseta y el descenso que esperaban si perdían el partido. Total, la tribuna sacó de casillas al brasilero, fracturando su seguridad mental, haciéndolo expulsar. La ofensa racista de la tribuna consiguió su objetivo haciendo llorar a “vini”, y el Valencia logró el triunfo, para alejarse de la penosa segunda división. En fin, el futbol es un deporte por naturaleza emocional, instintivo, que rompe la racionalidad y los límites que instaura en la sensibilidad cultural.
Lo importante entonces, en este juego caracterizado por efervescencia emocional (que en el límite puede llevar a un jugador a romperle el hocico a otro, sea rival o hincha, como en el caso de Cantona) es saber cómo conducirla, cómo tratar de gobernar las pasiones, para sacar de ellas su mayor redito. Allí es donde se necesita no solo de una fuerza en la voluntad, sino de una buena idea y una buena estrategia. La idea es la forma que intenta imprimirse a la emoción. La estrategia, el plan que distribuye unos puntos de anclaje para efectuarla. A la emoción se imprime una forma que será distribuida estratégicamente, para luego ser aplicada por el sujeto-jugador. La acción del profe Restrepo, como Demiurgo y hacedor de todo esto, es tomar la materia informe, la emoción irracional (donde no hay logos), dotándola de verbo, de palabra. Connotándola, dándole sentido.
Pero la palabra-idea ofrecida por el demiurgo, no es logos puro, abstracción hipotética y especulativa. ¡Jamás! Chocaría entonces con la materia. Es palabra adecuada a la materia, forma que guarda una base emotiva. Por eso es directiva. Por eso es dura e imperativa. Orden en forma de arenga.
¡Ahí está! ¡Mírela, mírela bien, ahí está!
Decía el profe en un tono grueso y firme, a un grupo que estaba dispuesto en círculo, como sugieren los cánones del ritual cuando es sagrado.
¡Ahí está! ¡Mírela y no la toque! ¡No la toque porque la va a volver grande! ¡Mírela y siéntala!
Repetía enérgicamente golpeando su mano, como estrujando la materia, dotándola de forma. Pero a la vez, un llamado a la atención para sobreexcitarse en el puro deseo.
¡Ahí está! ¡Mírela! ¡Porque la va a volver grande hoy! ¡Este es su patio, hágalo respetar! ¡Es solo un partido, disfrútelo!
Los llamaba a enfocarse en aquello que debían mirar y no tocar, solo desear, guerrear y disfrutar. Para finalizar con una orden profunda y taxativa.
¡Siéntanlo y háganlo!
Palabras sabias que no se dicen al azar. Sentir es mantener la esencia de la materia. Y hacerlo, la orden imperativa para dejar verter todo el raudal emocional en la ejecución del plan de juego. La actitud de la materia en el sujeto-jugador estaba sobre-exitada y enfocada. Porque lo que debían mirar, lo que estaba ahí y debían volver grande en el deseo, era una pequeña copa de cinco centímetros. Un punto de fuga, un núcleo, un objetivo, una luz, una posibilidad. Pequeña abertura por donde conducir la materia. La materia canalizada y bajo la presión efectuada por la forma, solo debía ser repartida en los puntos de anclaje que darían acción al plan.
Este siguiente paso en la dirección de la materia la realizan los veteranos, presbíteros que se han curtido en múltiples enfrentamientos con distintos tipos de rivales. Que saben y reconocen las distintas formas en que se presenta el dolor de la derrota. Pero que también intuyen las huellas del buen rendimiento, para llegar a una racha positiva y saborear intensamente las mieles de los pocos triunfos. El Indio Vásquez está a la cabeza. Capitán de apóstoles y hoplitas. Acompañado de Carlitos Ramirez “Caliche”, Michel Medina y “Zinedine” Zuluaga. Por eso en el orden del verbo, la segunda palabra también en arenga, solo pudo ser realizada por “el Indio Jhony Vásquez”. Él, ungido por el hacedor y referente de sus compañeros, agachado casi de rodillas ante la pequeña copa, cargando como Atlas en su cerviz el círculo ritual, dotaba a los sujetos de lo que serían, su identidad en el campo de juego.
¡La palabra de hoy es: esforzados y valientes!
¡como leones!
¡Esforzados y valientes!
¡Los miro a los ojos y me los quiero comer!
¡Les quiero ganar el duelo!
¡Me los quiero comer!
Once hombres contra once hombres, leones que se miran a los ojos con respeto, pero queriendo devorarse: ganando los duelos físicos, anticipando, llegando al desmarque, cubriendo la línea de pase, controlando y direccionando limpiamente el balón, para quedar perfilado en la mejor posición y realizar el pase más exacto. Quién más sino Jhony Vásquez, podría ejercer de catalizador entre la emocionalidad de la materia, el hacedor y sus compañeros. “El indio”, un ejemplo de fuerza en la voluntad, de autocuidado y superación. Especie de mártir que se entrega hasta sufrir en el terreno de juego. Que en el dolor ha fraguado la calma y la inteligencia para darles la seguridad necesaria a sus compañeros. Quizá por eso el profe lo puso en este partido de central, para hacer más limpia la salida del equipo.
La estrategia era entonces jugar con intensidad, presión inteligente, desmarque y transiciones rápidas con buen pie. Por eso al lado de Jhony estaba Quintero. Un hombre seguro y tranquilo, que trajo su mejor versión de Vasco da Gama. “Zinedine Zuluaga” cerrando la banda derecha, ofreció exactitud en el cierre, buena decisión en el pase y la triangulación. Incluso, en momentos de control y basculación, pudo tomar un lugar del medio campo para ayudar a repartir o filtrar el balón. Michel Medina, contagiado por la palabra del hacedor y el capitán, lleno de confianza, jugó de forma muy segura como cabeza de área. Acompañado obviamente por el incansable e inteligente Velásquez. Fory, a dúo con Suarez, no dejaron jugar mucho a Villa la mitad del primer tiempo, haciéndolo cambiar de banda. El paraguayo, bueno en la función de enganche, recibió el balón de espalda para juntarse con los extremos. Y Ángelo el “armario Rodríguez”, todo corazón, corriendo como un quemao, buscando la falta hasta en la simulación, hizo de su enorme masa corporal una virtud. Fue quien construyó el penal errado por Zuluaga.
Y aquí, justo en este momento del penal, una muestra del gobierno de las emociones. Un cambio en la valoración, que permitió la comunicación y la sincronía del sentimiento, para impulsar la actitud y llegar al gol. Despleguemos el evento: “El armario Rodriguez” se había rebuscado el penal. Pero la confianza, que contenía toda la ansiedad del equipo y los hinchas, fue depositada en los hombros de “Zinedine Zuluaga”. Sin embargo, el cobro faltó groseramente a la promesa, y Chiquito Romero no tuvo que estirarse mucho para atajar un balón potente pero muy centrado. El grito de júbilo se ahogó en la garganta de la tribuna, volviéndose un quejido sordo, como la última exhalación al momento de la muerte: “¡Ahhh!” se sintió en todo el Hernán, junto a los putazos por el mal cobro. Pero fue un momento emocionalmente negativo que duró poco. Porque ahí mismo la popular, cuando el jugador pereirano recogió el balón para sacar de banda, mientras los de Boca felicitaban a Chiquito Romero picándole el ojo, comenzaron a cantar:
¡Vamos, vamos mi depor… que esta noche tenemos que ganar!
¡Vamos, vamos mi depor… que a estas put… les vamos a ganar!
La tribuna sur no cayó en la mala conciencia derrotista, en el escepticismo harto conocido, y comenzó a alentar, queriendo subvertir la connotación de su propia materialidad. Y así fue que los jugadores apresuraron el saque, para que Bocanegra con esa zurda olímpica lanzara un centro largo, templado y con comba, que fue cabeceado por Arley “el mara” Rodríguez, una vez había birlado la posición del defensa. En un hermoso gesto técnico, giró la cabeza para conducir el balón hacia la raíz izquierda del palo. Chiquito Romero, estirando su enorme y pampeña masa, no pudo llegar al balón, y la malla se infló, como el pecho de los hinchas con el grito de gol. Gol del deportivo Pereira a Boca Juniors de Argentina, en el Hernán Ramírez Villegas.
Entre la hinchada y los jugadores se dio una comunicación consustancial. La subversión de la emoción, el cambio en la valoración, para tratar de salir rápidamente de la decepción por el penal atajado, fue el impulso necesario para que los jugadores siguieran cabalgando su actitud fiera, sin perder el objetivo. Así lo testó el indio Vásquez, en la entrevista que ofreció a Win Sport, a la mañana siguiente de la gesta. “La gente apoyándonos fue fundamental, incluso cuando el penal. Pudimos canalizar bien esa energía y sacar el partido adelante”. La hinchada como impulso material que, canalizado por los jugadores, terminó en gol. Coparticipes del despliegue de la materia.
El trámite siguiente del partido transcurrió como lo habían sido los primeros setenta minutos. Un partido de corte y faltas. Muy rustico, fue el calificativo de Latorre en la transmisión de ESPN. Con un Boca en verdad desmejorado, que tuvo pocos destellos de su grandeza. El escurridizo Sebastián Villa, intentó una que otra escaramuza. Mientras Benedetto jugó para el olvido. ¡Qué depresión de jugador, qué pecho frio! Y dirigidos por un Almirón que regañó a esos pobres niños todo el partido. Nada le gustaba. Si salían lento y dominaban, malo. Si salían rápido y eran cerrados o la perdían, peor. Sembrado en esa actitud controladora y negativa del padre que no le gusta nada, haciendo de la queja una falta y a la vez una exigencia. Exigencia en falta donde el niño no tiene cómo hacer pie para levantarse y asumir una postura. ¿Cómo satisfacer a quien no gusta de nada? ¿Qué ofrecerle que no sea reparado? El ejemplo de un demiurgo que no trata bien la materia. Sin claridad en las ordenes que oscilan en una bipolaridad, genera ansiedad, desmotivación y depresión. Se crea una distancia insalvable en la comunicación que debe haber entre la forma y la materia, creando en el jugador una especie de neurosis del fracaso. Pero no es nuestro caso, y no vale la pena reflexionar más sobre algo que deben solucionar los rivales.
Cerramos de la mejor manera un partido que se estiró casi hasta el minuto cien, como en la bombonera. Y con el pitazo final, la materia informe de los hinchas desbordó hasta ese tipo de alegría que se mezcla con las lágrimas, donde el dolor por la paridera y el apretar de esfínter se convierte en orgullo y altivez. Los últimos románticos del futbol, los hinchas sustanciales, desplegaron el valor del triunfo obtenido con una tasación histórica: con nosotros, solo cuatro equipos colombianos han terminado con triunfo sobre los bosteros. Por eso, cuando pasamos por la tribuna norte donde estaban los hinchas xeneises, nos despedimos gritándoles.
¡Oigan, por acá a la orden!
¡Cuando quieran volver para atenderlos como hoy!
¡Como se debe!


