(La poesía de Merardo Aristizábal, lo carnavalesco y lo telúrico en la bohemia pereirana)

 

Por / Omar García Ramírez

“Triángulo”

Ocultaste

Mi alma

Ahora Piedra

Tallada

En el interior

De estas

Ruinas

Merardo Aristizábal

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La anécdota es bizarra. Pero sirve para entrar en contexto.

Pereira, finales de los años 80. Merardo Aristizábal, actor juvenil que comienza a despuntar en la escena cafetera, se presenta en el teatro Santiago Londoño en el marco de un festival de teatro regional. El grupo de Merardo, que se había forjado en las tablas con el montaje de obras importantes de la dramaturgia nacional, había sufrido ese día el robo de una boletería. Así que, una buena parte de la asistencia podía estar sentada en la platea sin haber pagado por su entrada. Antes de comenzar la obra, Merardo hace una introducción sucinta de  la misma; ya al terminar, recordó a la progenitora del ladrón, ubicándola en el ejercicio de una profesión antigua y deshonrosa. Les habían esquilmado 200 boletas y estaban furiosos. La venta en el mercadillo alternativo de aquellas entradas, había copado una silletería muy solicitada. El teatro estaba abarrotado. Y había cierto aire de bronca.

Cae el telón. La obra comienza. La trama se desarrolla bajo los reflectores. En una de las escenas finales, Merardo corre en ralentí a un costado del escenario. Gestualmente, se mantiene flotando en una nube imaginaria. Mira y gesticula con cierto aire paranoico. En medio del silencio una voz estentórea grita:

––Merardo… ¡te vendieron un perico rebajao!

Merardo detiene su ciclo mímico, va al centro del proscenio, dirige su mirada al público sumergido en la penumbra. Hace visera con la palma de la mano, buscando el punto de donde cree ha salido la voz. El espacio se ahoga en las risas del respetable. Merardo pone su dedo índice sobe sus labios con un gesto de teatro isabelino y después que la gente calla dice:

   ––Si señor, tiene razón…. lo compré en la olla que gerencia su abuelita… ¡Sooo guevooón!

Y así Merardo cerraba con bronca y carcajadas aquel festival.

Un poeta escribe; uno, dos, tres poemas memorables, también algunos fallidos intentos de escritura…Fotografía / Archivo

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Un poeta habita una ciudad, en la provincia del sueño…

Un poeta lanza una botella al mar desde la orilla de una pesadilla…

Un poeta escribe; uno, dos, tres poemas memorables, también algunos fallidos intentos de escritura…

Entra bailando en la zona gris del olvido. Todos lo hacemos… Pero algo queda; quizás una risa, un gesto teatral, el aire cálido de una noche que prometía fuego y luz…

Quienes hemos compartido con Merardo Aristizábal algunos segmentos de su periplo vital asistimos a un carnaval poético en los escenarios de una bohemia acelerada. Desde la pelea de garito, hasta el explosivo performance que sacudía conciencias y escandalizaba damas piadosas. Lo digo rememorando, sin dejar de anotar que, en el presente, el actor y poeta, aunque ha bajado el ritmo de su marcha, sigue adelante en su labor de creación.

Lejos está Merardo de los modales de poetitas de salón, de los ilustres mendicantes que suelen darse por estas comarcas, quienes bien apalancados y protegido por el establecimiento, han hecho de la literatura su territorio laboral; con el tiempo han venido adquiriendo los modales de las cofradías del mutuo elogio, en donde gestionan su pan y sus laureles. Y no es que el escritor no deba entrar en el espacio de la cosa pública para buscar un lugar donde exponer sus obras en el  plano cultural de su comarca, y de paso, exigir que los presupuestos de la cultura (que vienen de los impuestos a la ciudadanía), sean ejecutados con pulcritud y trasparencia. Sin embargo, esto último, es lo que menos importa a quienes devengan las prebendas estatales. El poeta, como artista de la palabra que ilumina la pregunta de la vida, debe exigir respeto por su labor y dignidad para su existir; Merardo, en estos escenarios, ha ejercido una labor crítica; siempre ha sido un actor incómodo.

Su espacio escénico y literario lo ha ganado a pulso. Su historia artística se imbrica directamente con su vida. Su poesía es dura, ruda, accidentada; llena de sombras y luces; exclamativa y declamativa unas veces; de aquelarre en danza de fiesta, en otras.

Lo conocí en la biblioteca pública municipal Ramón Correa, en la casa de la estación del ferrocarril cuando allí, en los años dorados de nuestra juventud (convención literaria clásica, pero que no ha perdido su brillo), acudíamos a una tertulia improvisada con algunos de los que, con el pasar del tiempo, se convertirían en referentes literarios y culturales de esta región. Compartíamos lecturas y se hablaba de literatura y poesía; un lenguaje secreto, que nos hacía habitantes de un territorio de libertad, en medio de la zozobra y la violencia de aquellos años nefastos. El leía a Luis Fernando Mejía (un poeta arrojado al ostracismo por jugar mal en la ruleta de las elecciones afectivas), su libro Alquimia de los relojes clausurados. Yo, por aquel entonces, recuerdo bien, leía la obra de Nicanor Parra y los beatniks norteamericanos. También, con el tiempo, compartiríamos lecturas de Gonzalo Arango, la Vana stanza de Amilkar U. y la obra de Andrés Caicedo, quien había tomado su fatídica decisión cuando muchos de nosotros estábamos en la edad del pavo. Poco a poco y con el tiempo, nuestra cercanía a la literatura nos haría coincidir en diferentes eventos literarios, que, de alguna manera, marcaron derroteros personales y periplos vitales.

El tiempo pasó.

La bohemia citadina se había trasladado desde las bibliotecas universitarias y las aulas colegiales, a los bares y cantinas. La temporada en la tertulia de Fabián estaba en su esplendor de vinilo y de rockola. Allí en pleno, se había trasladado (refugiado diría bien), una troupe de poetas y actores; pintores y dipsómanos; conspiradores y anarquistas. Lo que allí se vivía cada jueves era una catarsis surrealista; un cabaret místico y mundano, en donde cada uno hacia su aparición bajo el efecto de los elementales, acompañados de la dama de los cabellos ardientes, el ajenjo de caña o los enervantes psicodélicos. Cuando allí se leía poesía, se asistía a un desdoblamiento, una posesión, una manifestación de teatro del absurdo. La mise en scène du Théâtre de la cruauté.

Hoy día, en la mayoría de los recitales, se asiste a la lectura de un edicto a media voz, por un poeta funcionario que teme salirse de la cuadricula; allí y por aquellos tiempos, jóvenes poetas como Leonardo Fabio Marín, Hugo Montoya Ibáñez, Abel Restrepo y muchos otros que compartieron la escena, crearon un pequeño cisma en el mundillo literario de provincia. Ser joven, con urgencia de poesía en Colombia, es pertenecer a un club de fronterizos: la provocación, el humor negro, y la marginalidad elevada sobre un punto de expresión artística en los linderos del sistema, se convierte en onda telúrica y poética de alta graduación.

Otro sitio de corta y fugaz existencia, que operó bajo la noche lunfarda, fue De prive, en la 17; que nosotros llamábamos Deprave. Cueva literaria que convocó a  varios poetas y pintores en sus veintipico o sus treintaytantos; algunas poetisas y bacantes que comenzaban su andadura como Lilith en busca de la tentación para envenenar su Adam Kadmon y algunas señoritas demi monde que ejercían su antigua profesión en los linderos del parque La libertad. Hieródulas que oficiaban en un templo nocturno, mientras exhibían sus encantos en el mercado de la carne. Catedráticos, que tomaban su año sabático empinando el codo, inclinados sobre mesas de alcoholes livianos; Drag Queens que mostraban sin prejuicios sus gustos heterodoxos y que bajo el brazo llevaban un ejemplar del retrato de Dorian Gray de Wilde; exconvictos que te recitaban de memoria seis poemas de Vallejo mientras apuraban media de aguardiente.

La parafernalia del dandismo cafetero, la noctámbula fashion; médicos y abogados acompañados de señoritas cultas y algunos periodistas del Yellow Kid cotilla, quintacolumnistas de hebdomadarios provincianos, acompañados de efebos delicados con caras de griega indolencia. Delicuescencia raffiné, mixturada en mortero de cal andina con cierta ilustrada delincuencia.  Camellos de largas melenas y elásticas cervices y algunos elementos de ocupaciones underground; atildados freelanceros que por aquellos tiempos era común encontrarlos ejerciendo su laiseez faire confundidos con lo más bohemio de la bohemia. Esas soirées, al día de hoy, suscitarían el juicio admonitorio de los bien pensantes y los asépticos bien instalados; señoritos que escriben sobre Gómez Jattin y  Pessoa, pero que en secreto van a misa y comulgan. Los académicos coleccionistas de citas eruditas, los devoradores de cadáveres exquisitos.

Y digo lo anterior, para matizar que la bohemia que se vio en aquellos años procelosos, era de bien distinta raigambre.  No quiero parecer nostálgico de aquella época. Es más, me parece un poco ingenuo el querer rememorarlos con deleite. Creo haber superado esa deriva en la fractura violenta de la vida. Pero negarlos, tampoco te mantiene a salvo de aquella mordedura febril de la juventud. ¿Era diferente la cosa carnestoléndica? Sí;  el puritanismo y el fariseísmo de cierta canalla ilustrada no había hecho carrera y la poesía se consideraba todavía un oficio que acarreaba momentos existenciales de luces iridiscentes bajo un carnaval oscuro. Los encuentros eran cara a cara; y a veces terminaban en pelea de taberna. También tenían ese halo romántico de la noche febril: cabellera de ninfa, contra chaqueta de poeta.

La gente salía y provocaba; las redes sociales no existían y eso hacía a todo el mundo más cercano a la expresión, a la palabra, al gesto directo sin mediación informática; también a la afrenta rápida, que, ya lo dijimos, podía terminar en discusiones de diverso estilo e intensidad. Eran tiempos de pasotismos, fanatismos y existencialismos. Son etiquetas, lo sé; pero con esos gabanes y esas melenas se paseaba la gente. Unos días podías estar inmerso en una deriva erótica y alcohólica sobre un trópico de fuego inspirado en los libros de Henry Miller, y otras, sentirte en caída de resaca como un penitente urbano que se hubiese escapado de la novela La Chute de Albert Camus. Jean Baptiste Clamence escuchando el ruido de un ahogado en el río, mientras vive su guerra sorda en un país como una gran trampa. A veces,  era escorar hacia un nihilismo de lobo estepario en compañía de un Harry Haller; prendías un cigarrillo turco a la vuelta de una esquina en un suburbio descrito por Herman Hesse, tomabas posición y aguardabas…

Hoy nada de eso sucede, no queda duda alguna. A lo mejor, fueron capítulos bien terminados de un libro cerrado y olvidado en el anaquel de alguna biblioteca de capital de provincia.

Pero, algunas escenas quedaron para siempre, en la memoria de los de aquella generación.

Aquella noche de carnaval lunfardo se convirtió en la gota que rebosó la copa. Fotografía / Cortesía

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Paralelo a eso, se trabajaba también; con miles de dificultades los jóvenes creadores asumían la tarea.

Una noche, en mi taller de pintor cachorro, apareció Merardo con una tribu de teatreros armados con sus tambores, sus flautas y sus quenas; sus máscaras venecianas y sus atuendos de guiñoles con miradas bajo efecto. Las mujeres en sus trajes orientales estampados y sus patchulis de yerbas almizcladas, ostentaban sonrisas descaradas y en sus ojos, el fuego ondulaba y quemaba. Armamos rumba flamenca hasta altas horas de la madrugada. Se debe anotar que la vida gregaria del teatro va siempre surfeando en ola de comparsa; a diferencia del trabajo del pintor o del poeta, que es solitario por naturaleza; por lo tanto, una  irrupción de estas características, es algo que rompe con tu concentración y tu labor. Nada que hacer. Eran gajes del oficio; siempre he alternado largas temporadas de retiro recoleto y tibetano con descargas bestiales de adrenalina.

La tribu de saltimbanquis con atuendos medievales, la conformaban actores ambulantes que recorrían la región desde hacía semanas y había terminado su periplo. No recuerdo bien los mecanismos de su accionar; pero un día montaban un espectáculo en un colegio o una universidad y al otro día estaban en una plaza pública haciendo girar la boina y la mochila. Casi por azar, decidieron terminar este peregrinaje por las urbes de provincia, en mi taller.

En esos días tenía colgado en las paredes de mi atelier, una serie de pinturas: “Teratologias Urbanas”. Homenaje a algunos escritores del misterio como Lovecrafth y Machen; a grandes directores del cine como F.W. Murnau. Criaturas del inframundo que de alguna manera parecieran escapadas de El modelo de Pickman.

Cuando las luces se iban a menudo por aquellos días en donde un verano extenso hizo bajar los niveles de agua de todas las represas de Colombia, yo iluminaba con velas y una lámpara Coleman de luz fría y extraña. Las ventanas sin cortinas de mi atelier dejaban ver esas obras de gran formato y colores putrescentes iluminadas por los relámpagos. Otras veces, había recurrido al viejo truco, Goyesco  o Vangoniano, de las veladoras sobre el sombrero de ala ancha. Hasta que dejé de utilizar esta iluminación artesanal, cuando un sombrero de esparto negro ardió sobre mi melena, en medio de una de mis borracheras.

En las casa de enfrente de este barrio proletario, se asomaban señoras que se persignaban cuando veía aparecer los destellos de aquellas criaturas reflejadas en los cristales de las ventanas; aquella noche, para los vecinos, esas figuras grotescas, esa mascarada de comparsa de guiñol en la penumbra de un tenebrismo crudo, significaban la encarnación animada de aquellas figuras pictóricas de estirpe maldita que yo pintaba.

Fueron llegando, casi como por una convocatoria telepática, ese viernes: Víctor Poveda, Gushi de Negro, Alecrame Van Petit, Betzabhett Lissseti, Eloisa Estrella, Anfrosio Bertoldo, Carlos Mario el herbolario, y Juan Valentín; Armando Valdez, Pedro Valdez y su combo, Nelly sauvage rose, H.M. Ibáñez con cara de caballo blanco y brioso; H.F. Pinedo en su traje beatnik, de tres piezas y su copa de campaña,  y otros que habían tomado la costumbre de darse una vuelta por el taller para tomar el último tren  hacia la noche; locomotora de humo azul hacia las fronteras del olvido.

Alguien sumó una guitarra al sarao; no recuerdo si Omar Bedoya o Julietta Bonaparte. El nivel de ruido comenzó a subir, algunos danzaban cual derviches tocados por el rayo verde; otros pogueaban bajo el efecto de madame Blanche (cuando aquella dama solía aparecer con bordados bolivianos en su traje blanco inmaculado y una flor de lirio sobre su frente de nieve). Las bailarinas despojadas de sus atuendos danzaban con sus pieles expuestas al aire cálido del verano; se contorsionaban poseídas por alguna deidad yoruba por los salones de la casona. Los tambores de los teatreros vibraban y resonaban contra las paredes de las habitaciones… los ñañigos santeros jineteaban con furia.

Luego… la sirena, el frenazo de un carro pesado; los golpes y patadas en la puerta…. Una patrulla de la policía, alertada por los vecinos que no habían podido dormir con los cánticos primitivos y tribales que parecían salir de una ceremonia africana en la invocación de algún Orisha. El colectivo uniformado, del modelo Pickman, armado y brutal, estaba presente allí y querían explicaciones. Sus caras verde oliva se distorsionaban bajo las sombras chinescas. Alguien, bajo los efectos del alcohol gritó e insultó a los mutantes que, de un momento a otro ladraron y comenzaron a repartir bolillo. Alguien más respondió con una botella en forma aerodinámica. Aquella noche de carnaval lunfardo se convirtió en la gota que rebosó la copa.

(Continuará mañana)