​De Vázquez sólo he leído El ruido de las cosas al caer. Me pareció que su estilo era del todo elemental, a veces tonto; los diálogos insustanciales; la narración llena de obviedades; hizo un saqueo indiscriminado de la historia de Colombia. Una de esas novelas para lectores sin gusto literario cultivado, típica de lo que en general publican las editoriales comerciales.
Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto: Cortesía.

Marco Tulio Aguilera Garramuño. Foto: Cortesía.

​Por: ​Ángel Castaño Guzmán 

Narrador y deportista,  Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) publicó hace poco La insaciabilidad, la primera entrega de un ciclo novelístico titulado El libro de la vida. El volumen ha recibido elogios y denuestos en la prensa mexicana. Aguilera lleva viviendo en el país azteca casi cuarenta años; allá ha hecho su vida académica, literaria y editorial.


Hay un elemento en su bibliografía que no deja de llamar la atención: su obra circula más fuera de Colombia que en nuestro país, a pesar de ser usted un autor conocido por los lectores. La insaciabilidad, su más reciente novela, fue impresa en México. ¿Cómo explica dicho fenómeno? ¿Han sido buenas sus relaciones con los editores colombianos? ¿Qué opinión tiene de ellos?

Cada vez me alejo más de Colombia, aunque he hecho acercamientos recientes. Ofrecí mis libros en un paquete de diez o doce títulos al Fondo de Cultura Económica de Colombia. Hubo un inicio de interés de parte del editor, quien propuso que juntáramos mis tres libros de cuentos (Cuentos para antes de hacer el amor, Cuentos para después de hacer el amor  y  El imperio de las mujeres) en uno. Yo hice una revisión de todos los cuentos, los junté en un volumen y finalmente todo terminó en un simple proyecto. Plaza y Janés tenía varios títulos embodegados. Yo compré los últimos y recuperé mis derechos. Alfaguara publicó mi novela  El amor y la muerte, finalista en el Premio Alfaguara, el tiraje se agotó y no se volvió a reimprimir. El único libro mío que circula en Colombia es El pollo que no quiso ser gallo, Alfaguara infantil, pero hace varios años no me pagan derechos.

De modo que la respuesta es que mi relación con los editores colombianos es desastrosa. Y no sabría juzgar a los editores colombianos: sólo sé que publican pocos títulos de calidad y mucha basura, que se hace pasar por literatura.

En una pasada entrevista usted dijo que la obra de Laura Restrepo y Juan Gabriel Vázquez era pobre, además resaltó el trabajo de otros narradores colombianos. Pasado el tiempo, ¿qué novelistas colombianos cree dignos de ser leídos?

Las dos primeras novelas del ciclo del Amazonas de William Ospina: Ursúa y El país de la canela.  Las novelas de Tomás González. Memorias de un hombre feliz, de Darío Jaramillo. Migas de pan, de Azriel Bibliowics. Una muy reciente de Gustavo Arango, Santa María del Diablo.  Las novelas de Daniel Ferreira. En realidad tengo poca información: leo lo que me mandan los colombianos o lo que consigo en ferias de libro.

¿Le sigue pareciendo pobre lo de Restrepo y lo de Vázquez? 

De Restrepo no he leído sino una novela, que utilizaba descaradamente recursos que usó Saramago y que premió Saramago en el Concurso Alfaguara. De Vázquez sólo he leído El ruido de las cosas al caer. Me pareció que su estilo era del todo elemental, a veces tonto; los diálogos insustanciales; la narración llena de obviedades; hizo un saqueo indiscriminado de la historia de Colombia. Una de esas novelas para lectores sin gusto literario cultivado, típica de lo que en general publican las editoriales comerciales. Por otra parte, Vázquez me parece muy buen articulista y me han dicho que publicó un buen libro de cuentos. No hay que descalificar a un escritor por una sola obra.

La insaciabilidad, según cuenta usted en su blog Descabezadero, es una reelaboración de su novela Las noches de Ventura. ¿Qué tenía esa novela que quiso volver a ella? Además, también reescribió Breve historia de todas las cosas hasta convertirla en Historia de todas las cosas. ¿Qué papel juega en su trabajo la reescritura, cómo la concibe?

Considero que una novela es siempre mejorable y que todas las versiones son buenas. Yo diría que la tendencia a reescribir mis novelas es una especie de placer perverso. Lo que sí he descubierto es el hecho de que la crítica de mis reescrituras ha sido muy abundante y muy positiva. Sobre Historia de todas las cosas se han hecho tan grandes elogios que resultan a veces hasta absurdos. Lo mismo está sucediendo con  La insaciabilidad, de la que se ha dicho que tiene un personaje superior a la Lolita de Nabokov. Elogio sin duda desmesurado, que hizo el escritor argentino Pablo Hernán Di Marco. Hay otro asunto: La insaciabilidad  no surge sólo de  Las noches de Ventura, sino que es una fusión de esta novela con la siguiente de la serie, La pequeña maestra de violín. Además, de  Las noches de Ventura se desprendió otra novela,  Doctor Amóribus, consultor erótico y sentimental¸ que voy a publicar aparte.

 La insaciabilidad, lo resalta Di Marco, tiene un personaje atrayente: Ventura. ¿Cómo construyó ese personaje? ¿Qué tanto de usted hay en él?

Hay mucho de mí en esa novela, pero también hay mucha invención.

Cuenta usted en una conferencia que escribió su primera novela en una clase de filosofía. ¿Cuál era en ese momento su formación literaria? ¿Qué autores  y obras jugaron un papel importante en esos años y por qué?

Mi formación era caótica: había leído lo que todos los jóvenes debían conocer en una casa donde se estimulaba mucho la lectura. Los autores que me formaron fueron Henry Miller, García Márquez, Cervantes, Dostoievski, Herman Hesse, Thomas Mann, Hernán Hoyos, Vargas Vila y otros mil. 

¿Qué tipos de recuerdos tiene del taller literario de Álvarez Gardeazábal? ¿Qué piensa de la hornada de escritores que se cocinó en esos años: Andrés Caicedo, Alvarado Tenorio, el mismo Gardeazábal, entre otros?

El taller de Gardeazábal fue una agradable reunión de amigos aficionados a la escritura, del cual salieron varios escritores más o menos destacados: Gustavo González Zafra, Nayla Chehade, Horacio Benavides, José Cardona López. La característica de Gustavo fue y sigue siendo la generosidad  y el reconocimiento del talento ajeno. Nunca usó el taller para promoverse u obligar a leer sus libros. Caicedo me parece muy sobrevalorado como novelista y subvaluado como cuentista. Harold Alvarado es uno de los poetas colombianos que más aprecio. Gardeazábal fue un gran escritor. Sus libros más recientes son agresivos pero están pobremente escritos. La  disciplina de escritor serio la perdió debido a la necesidad de figurar como gurú de la política. La soberbia le impide aceptar críticas. Por eso cuando comenté su libro sobre los curas me borró de su lista de elegidos.

¿Qué papel juega el erotismo en su vida y en su trabajo literario?

Esa pregunta la he respondido cien veces en entrevistas y conferencias. Sólo te puedo decir ahora que yo espero que mis textos seduzcan, enerven, provoquen, inquieten y causen sensaciones similares a las de una persona en proceso de enamoramiento y si es posible orgasmo (por lo menos espiritual). Tengo un libro en el que desarrollo el tema del erotismo y la literatura. Se llama  Poéticas y obsesiones. En él incluyo las conferencias que he dictado a lo largo de los años y las crónicas de mis encuentros con García Márquez.

Culminemos hablando de García Márquez. Usted fue uno de los primeros novelistas colombianos que recibió el título de ser el sucesor del creador de Macondo. ¿Su generación cómo enfrentó la sombra de Gabo? ¿Qué opinión tiene del trabajo de él y él qué opinión tenía del suyo?

Todo gran creador proyecta una sombra pesada sobre sus contemporáneos. Pero también estimula la creación. Así como Kid Pambelé estimuló a muchos a pelear, García Márquez sembró la semilla de la ambición literaria. Yo nací como escritor bajo su sombra pero luego me liberé de ella creando una literatura personal y diversa, explotando filones individuales, que me diferenciaron de él. La mayor parte de la obra de García Márquez es deslumbrante: con él uno goza del placer de la lectura y con su personalidad como escritor uno aprende algunas prácticas indispensables: la disciplina, la seriedad, el trabajar cada texto milimétricamente.

Lo que yo sé de su opinión lo he sabido por amigos que lo visitaron. Uno de ellos, Fabio Jurado, me comentó que García Márquez tenía todos mis libros juntos, al lado de los de Mutis, a espaldas de su escritorio y que se expresaba muy bien de lo que he escrito. El mismo fue quien me defendió cuando comenzaron a acusarme de que Breve historia de todas las cosas  era una especie de plagio de Cien años de soledad.

Mientras García Márquez vivió en México, supe que en él tenía un amigo al que podía acudir en los peores momentos. Él me salvó de la expulsión de México cuando tuve un problema grave. Nunca fui a su casa pero sí me encontré con él varias veces en privado en varias ciudades: casi nunca hablábamos de lo que él escribía  sino de lo que yo escribía. También hablábamos de literatura colombiana y hacíamos listas de lo que nos parecía bueno, legible, excelente, malo. Y hablábamos mal de lo que nos parecía malo. Coincidíamos en algunas opiniones: a los dos nos parecía insufrible  La tejedora de coronas, de Germán Espinosa, obra a la que muchos colombianos académicos le rinden culto.