Se supone que por ser colombiano, mi propuesta poética sería meramente latina, pero la verdad es que soy una construcción más gringa que otra cosa. Aunque no he pisado la tierra del Tío Sam, desde pequeño consumo su cine, su literatura y sus imaginarios.

Andrés Galeano, un escritor que le apuesta a varios géneros. Foto Ektor Arroyave 

 

Por: Ernesto Vélez           

Andrés Galeano es un entusiasta. Lleva su vida de proyecto en proyecto: ha escrito guiones para películas, hizo teatro, ha escrito poemas y cuentos; es viajero y prostituto de la palabra. También es un ganador y el poeta preferido de mamá. Bajo su nombre reposan varios premios nacionales. Dos veces ganador del concurso de poesía de la ciudad de Pereira; reconocido por Resurrección, un guion cinematográfico que salió en el 2005 con la participación de Edgardo Román. Además de la porción de carne más grande en el almuerzo.  

Este pereirano, licenciado en filosofía, es el orgullo de mamá. Desde que ella lo inscribió en un taller de jóvenes donde se acercó a expresiones artísticas como la escritura, la escultura y el teatro, Andrés no paró de producir. En el colegio, armó un grupo de teatro y se la pasó dirigiendo y escribiendo obras, con las que pudo viajar y participar en diferentes festivales. Luego, se acercó al cine, escribiendo guiones que pronto vieron la luz. Y claro, escribe poesía. Tiene dos libros ganadores de premios y quiere seguir haciéndolo. “Cómo dicen por ahí, voy lento pero seguro, y aún no he dado al mundo ni la cuarta parte de las cosas que tengo para dar.”. Esto contestó a una entrevista por correo electrónico, pues en la actualidad viaja por diferentes lugares de Colombia en función de su trabajo.

 

Dijo en una entrevista que los poemas eran otra forma de prostituirse. ¿Se considera un prostituto de la palabra?

Por supuesto, aunque este pensamiento se lo robé a Nietzsche, quien dijo: “Los poetas carecen de pudor con respecto a sus vivencias: las explotan”. Pienso que la poesía es la manera más descarada y sutil de exorcizar nuestros demonios a través de metáforas visuales. Esto lo entendió Kafka antes de morir, por ello, avergonzado de su obra, pidió a Max Brod que quemara sus manuscritos: “Mis escritos son un horroroso espectro personal. No habría que imprimirlos. En realidad habría que quemarlos. Es necesario callar cuando no se puede ayudar. Nadie tiene derecho a agravar el estado del paciente a través de la propia desesperanza”.

Pese a esta valiente y coherente posición nietzscheana-kafkiana, somos más los que seguimos prostituyéndonos a través de la palabra, buscando causar eco en los demás y luchando para que esas vivencias que sentimos las sientan también los otros,  y las hagan suyas, únicas e irrepetibles. Por este goce vivimos y nos prostituimos.  

 

¿Los premios son una forma de seguir prostituyendo la palabra?

Los premios son una maravilla, además que te publican te dan dinero con el que no contabas y eso es genial. Son como una voz que te susurra al oído:  no estás tan mal parce, vas por buen camino, sigue practicando y no pierdas el tiempo en tanta farra y detrás de tanta vieja buena. Lo peligroso de los premios es cuando se toman muy en serio y los autores empiezan a adoptar ridículas poses de superioridad. Espero nunca caer en eso, y vuelvo a Nietzsche: “El mejor escritor es aquel que se avergüenza de serlo”.

¿En qué ha cambiado su visión de mundo desde “Poesía suicida para nunca matarse” hasta ahora?

En mucho, Poesía suicida para nunca matarse fue mi primer grito al mundo, producto de la rebeldía  y el ímpetu de la post-adolescencia. Cuando uno está en ese tránsito de los 20 a los 30 es un Calígula en todo su esplendor. El mundo es una mierda, el capitalismo es un asco y Dios sí existió pero se llamó Kurt Cobain y se voló la tapa de los sesos el 5 de abril de 1994, en su casa de Seattle. Ahora vengo con un nuevo libro llamado De lo que soy, algo más sereno y tranquilo. Una obra donde pretendo rastrear la psiquis femenina desde la codicia histórica, sin dejar a un lado mis temas recurrentes, como: el amor-desamor, la muerte como tópico esencial y la eterna lucha con los dioses. Un libro donde el mundo ya no es objeto de odio, sino un objeto de deseo.

 

Desea crear una poética desde la visión latinoamericana. ¿Cómo manejar los dos aspectos, sabiendo las diferencias que hay entre USA y Latinoamérica?

Es una pregunta difícil. Se supone que por ser colombiano, mi propuesta poética sería meramente latina, pero la verdad es que soy una construcción  más gringa que otra cosa. Aunque no he pisado la tierra del Tío Sam, desde pequeño consumo su cine,  su literatura y sus imaginarios. Soy el típico tipo Netflix de fin de semana, ese vil consumidor que espera con ansias la segunda parte de la octava temporada de The Walking Dead, la tercera parte de Mr. Robot y la segunda parte de Stranger Things, entre otras muchas. Incluso, amo las rubias, entre más rubia y blanca sea la chica, mejor, creo que padezco de un complejo Nazi o algo así; creo que la Marilyn me jodió el gusto por completo, y el gusto, oí decir, es lo que uno es, lo que hace que uno no sea la prolongación de su vecino. No obstante -y aclaro- no reniego de mis antepasados, ni de mi ascendencia indígena, todo lo contrario; me encantaría aprender más sobre mis ancestros y empecé a hacerlo el año pasado, en una travesía de tres meses recorriendo varios países del cono sur; pero bueno, ese es otro cantar. Lo que intento hacer con mi escritura es ser sincero y descubrir mi propia voz, cosa que no ha sido fácil, porque ahora soy muchos.

 

Su poesía está llena de referentes cinematográficos populares, principalmente gringos. ¿Qué es lo que le llama la atención de las producciones de ese país?

Amo la cultura yanqui, los gringos nacieron con el chip ganador implantado en su ADN. Aman su tierra y se creen los mejores, por eso lo son. Son buenos para todo, incluso para hacer el mal. Todo lo contrario a nosotros que nacimos con el ego en el piso y rociado de sangre por esta maldita guerra que aún no termina. Y, a pesar de vivir en un paraíso terrenal, rico en fauna, flora, cordilleras y mares, no tenemos más héroes que futbolistas, ciclistas y músicos, en su mayoría, vendidos al Pop, porque los políticos son basura y los buenos que hemos tenidos los han matado para silenciarlos. 

Pero bueno, retomando la pregunta; lo que más admiro de las producciones independientes gringas y algunas europeas, es la capacidad que tienen, desde el guion, la actuación y la edición, de transmitirnos las emociones con un ritmo ágil y cronométricamente perfecto. Véase en series como Black Mirror, Spartacus y True Detective, entre otras muchas.  Argentina se está acercando a este modelo, El Marginal lo confirma. Nosotros, a mi parecer, estamos en pañales.         

 

Parece que los personajes antagónicos se están quedando con el protagonismo y están calando más en la sociedad. ¿Qué opina de eso?

RCN y Caracol, como cualquier empresa privada, tienen que facturar para subsistir y el modo de hacerlo es realizando o comprando formatos de éxito a diversas casas productoras, formatos que las masas consuman y logren pautas millonarias Y, lastimosamente las masas siguen aclamando universos de narcos, putas y asesinos. ¿Por qué?, porque como colombianos somos violencia, crecimos entre la violencia y almorzamos frente a un noticiero viendo violencia. Nos encanta el morbo, la sangre, el dolor ajeno, la tragedia y la infamia. Es lo que somos. Y por ello el género narco es nuestra épica, querámoslo o no. Y por ello en nuestra tele vemos como a héroes a seres despreciables con más de mil muertos encima.

Pienso que la lucha está por hacerse con las herramientas que nos brindan los nuevos formatos digitales. Series web y proyectos independientes con otras miradas y búsquedas es lo que nos puede salvar de tanta lluvia de sangre, pero vaya si es duro dejar de hablar de lo que somos.

 

¿Qué villano querría ser? ¿Por qué?

El Joker no, es demasiado sofisticado para mí.  Me gustaría ser un villano de perfil más bajo,  pero  maquiavélico, inteligente y perverso, alguien que detrás de bambalinas controle todo, como Al Pacino en El abogado del diablo, el Agente Smith en The Matrix, Sylar en Heroes  o Anthony Hopkins, como el doctor Ford, en Westworld, algo así.

 

¿Cuáles son sus nuevos proyectos?

Bueno, ando en muchas cosas al tiempo. Trabajo en la diagramación del libro de poesía, merecedor del premio estímulos 2017 de Pereira, el cual se llamará De lo que soy. Por otra parte, la editorial ÍCARO lanzará en octubre mi cuarto libro, un cuento infantil ilustrado, llamado Misión Gobethelandia, el cual narra la historia de un niño cool, quien se cree superior por estar al día con la tecnología, pero, paradójicamente, termina transportándose a una ciudad del futuro donde además de ser un anticuado, resulta ser el mesías esperado por los rebeldes, con una difícil misión que asumir. Trabajo también en mi primera novela: Matando a Amarilla. En una epopeya pagana y erótica titulada Infierno lunar y en un libro de microficciones llamado Punky Hot. En cuanto a lo audiovisual, trabajo en dos series para cable, una comedia y una de suspenso-ciencia ficción, que diseño junto a Vannith Montero, productora caleña, radicada en Miami y gran amiga.