EL PROFESOR ESTRELLA

Ese nombre, en fin, que ratificaba sin rimbombancias su vocación, se ajustó preciso a los alcances sensoriales y ultrasensoriales de su saber, de sus ilimitados conocimientos y de sus talentos estelares.

 

Por / León Darío Gil Ramírez

Quedan los de farándula, los de radio y consultorio, los de conferencia y escenario. Los de verdad se acabaron o acaso cumplen su extinción en los mercados de toldo de los pueblos perdidos. Atrás, bien atrás, diluido entre los trompos, los ensueños, el pupitre y las cometas, como un rastro a un lado del atrio de una iglesia pervive el primero que vi.

Logradas a su alrededor las primeras cinco personas, en el centro se quitaba y boca abajo en el piso ponía el sombrero. Mientras con una mano se apretaba el pecho y entre suspiros levantaba la mirada al cielo, con la otra, parsimoniosamente y contrito, se echaba la bendición. Después soltaba una retahíla indescifrable de palabras sin lugar en el habla común y corriente de los días. Era el modo como ratificaba su vínculo con el misterio, con los poderes sobrenaturales y el gancho para asegurarse la atención y el apoyo de una audiencia.

“Detente animal feroz y agacha tu hocico al suelo que antes de nacer vos nació el redentor del cielo”, le decía increpatorio a la serpiente embaulada reconociéndole la condición de peligrosa. Como la de todos, la de él no se llamaba Margarita. “Tráigame secretario, sin írmela a despertar, a Aurora. Aurora, con cola de cascabel y lengua de señora. Aurora, que de día me asusta y de noche me enamora”.

Y el secretario, con diligente responsabilidad, como disponiendo un tesoro, jalaba la caja hasta el centro del respetable mientras el culebrero se remangaba la camisa y recibía el zurriago con el que además de avisparla la sometía. Después de ofrecerle al cielo la jornada, hincada en el suelo una rodilla, con el zurriago tocaba, para despertarla, la caja gris con candado y dos vueltas de soga bruta donde reposaba Aurora, “encanto de los otros y de mi propio ser encantadora”.

Luego, entre reiteradas advertencias y ponderándole hasta la exageración las propiedades mortales e instantáneas de su veneno, los indecibles tormentos que provoca su picadura fatal, hacía que el secretario abriera el candado. Enseguida el culebrero, extremando el sigilo y con mucho cuidado, como si de pronto la tapa fuera a saltar, despacio, muy despacio, le desataba las sogas.

Sanando males del alma, de la carne o de los huesos; ofreciendo elixires para el amor.

Sin destaparla y, como clave fundamental y recurrente de sus maniobras, la dejaba en el centro de la concurrencia. A la caja volvía  y volvía a volver con exacta y oportuna sapiencia cuando a la atención la perturbaba un suceso ajeno, cuando era necesario derramarse en elogios sobre las virtudes sobrenaturales de sus productos o antes de pasar, asistido por el secretario, a entregarlos personalmente a cada uno de los presentes.

Sanando males del alma, de la carne o de los huesos; ofreciendo elixires para el amor, las arrugas, los ardores, los dolores, las sofocaciones y la impotencia; alegrando los mercados de los pueblos con sus primicias de bienaventuranzas inagotables y para todos, el culebrero llegaba de Supía, estaba en Caramanta, seguía para Támesis, pasaba a Valparaíso.

Titiribiceño, heredero poseedor de los secretos de los indígenas del Orinoco adentro, de los poderes de los jaibanás del Amazonas profundo, de los conocimientos de los mamos de la Sierra Nevada, en fin, de la sabiduría de su padre y de sus ancestros que por encargo divino fueron custodios del bien del cuerpo y del alma de sus congéneres.

Con orgullo, por insinuación y para complacencia de los que lo iniciaron en los deberes de imponer el bien contra las negruras del mal, con un nombre que suena bien y que dice mucho, convino en llamarse El Curaca de la Selva. Llena de oro sus palabras y su risa, de abalorios primitivos y salvajes su cuello, sus muñecas de rezadas y abrillantadas quincallas que le excedían su misterio al tiempo que lo alinderaban con el miedo.

Era él el que, con holgura, méritos y acreditado renombre, con certificaciones de remotas universidades aprestigiaba su poder y su saber.

El que con enardecida y elocuente prosodia palabreaba sus brebajes, talismanes, sus ungüentos y pomadas.

El que sabía de los arcanos de las almas traicionadas, del por qué de las congojas fortuitas y de las ruinas inexplicables y precipitadas.

El que acertaba la causa de las suertes enrevesadas y de los ánimos decaídos, que conocía de los menjurjes malintencionados y espurios, de las envidias que ignoran la piedad y que incendian la venganza.

El que con la misma poción patentada ante al ministerio del ramo curaba una úlcera duodenal, un sangrado inexplicable, una infección renal, los juanetes inmoderados, un asma crónica, una ciática rebelde, los dolores bajitos, los vientos abominables, el tormento en las coyunturas, abría el apetito, potenciaba la euforia y la virilidad, le limpiaba el azúcar a la sangre, el colesterol a la venas y arterias, acababa con el cansancio, con el ardor al orinar y estimulaba y hacía plácido los sueños… a ese lo conocí y fui su devoto.

Y si lo que compraban con harta fe, y siempre lo llevaban consigo y no lo dejaban tocar de nadie, “este talismán, frotado en el sepulcro del redentor, le alejará los enemigos, humillada y rendida la traerá la que se fue, lo protegerá de salamientos maléficos, enyerbes y ligas corrompidas, lo perseguirá la prosperidad”.

 

Un señor muy alto y envarado

Conocí a otro. Su reino de promesas sin orillas, de elocuencias, de palabras como torrentes, de gestos impetuosos, de imploraciones humildes o de denuestos coléricos; su imperio de cajitas y de frascos, de feligreses hipnotizados por sus modos, cabía a la intemperie en el mismo lugar todos los fines de semana en Las Galerías de Manizales.

Ilustración / Getty Images

De sombrero verde que nunca se quitaba, tampoco cuando iba por la ciudad como cualquiera. Anguloso de rasgos. Ceremonioso, alto y tieso como envarado en un insondable secreto.

Y de voz, por su uso y abuso, agruesada y pedregosa. Rara vez sin corbata tanto en la calle como en el ejercicio de su ministerio. Oficiándolo sin estropear el lucimiento de la ostentosa cadena de plata favorecida por un cristo, se aflojaba la corbata, se subía el sombrero, con las del saco se remangaba las mangas de la camisa.

Al aire quedan pues en ambas muñecas los lazos de sus esclavas brillantes y brillantes con destellos rojos los anillos en sus dedos. Para operar con los riesgos del reptil, en una de sus muñecas se anudaba un pañuelo, detalle que le agregaba un trazo de temeraria mocedad y a los movimientos de sus manos, dramáticos y justos, cierta socarronería altanera, atrayente y sabia.

Se enjugaba la frente con demorados énfasis como si el sudor fuera su tributo terrenal y esa la manera de pagarlo. A Dios, en un silencio que parecía provocado por un milagro, mirando al cielo, se lo ofrecía agradecido, reverente y humillado. Sabía de la fe de la gente: esa era la fe que tocaba con inspirados modos, sacramentales y exactos, y enfáticos discursos.

Lo oí proferir chirotes ininteligibles en recónditos alfabetos indígenas o de su invención. Vendados los ojos adivinar el número de la cédula y la fecha de nacimiento de la señora de vestido granate. Ventrílocuo. Por intermedio de un muñeco hablar de las virtudes curativas y purgativas del frasco que mostraba y que contenía los extractos de las siete raíces de los siete árboles sagrados del Tíbet, a la vez que ilustraba sus aseveraciones levantando como una presea las enormes botellas boquianchas, cundidas de embrollos indescifrables y amarillentos de platelmintos desechos, de oxiuros y de solitarias sin fin que de una vieja maleta de fuelle le entregaba el secretario.

Lo vi, con las manos como antenas titiritantes por encima del respetable atinar con alguien que, el 23 de agosto pasado, del potrero se le desapareció una vaca. “Yo sé quién se la llevó”, le decía, “lo espero a final para que hablemos”.

Lo vi, con estos ojos, doblegar con los suyos, con su voz de pronto distinta y remansada, y con un artilugio de plata a modo de péndulo, la voluntad del voluntario de saco y pantalón de paño, hacer que se sentara y delante de todos se quitara los zapatos o la camisa o, sin tropezarse, con los ojos cerrados se fuera hasta la esquina y regresara ileso.

Con solo una soba de su pomada prodigiosa vi, como por encanto, desvanecerse los sinuosos nudos azulencos de las venas varices o las rosetas moradas de las ojeras tristes. Lo vi, con dos dedos y después de sitiar con su ungüento milagroso el diente arruinado o la muela coca, sacarlo o sacarla sin dolor, sin hemorragia, en un santiamén y gratis.

Lo vi por fin, mediando Dios, glorioso, con el reptil como un juguete estrafalario jugándole vueltas y revueltas por entre los brazos y el cuello, con las manos entregar pomadas y frasquitos, y recibir, contar y devolver billetes.

Lo vi, acompasado al paso de su secretario abrumado de maletas y seguido por una fila de mujeres acongojadas y hombres esperanzados, perderse por entre las coloridas multitudes de anónimos que están, que colman o que cruzan sin sosiego y sin cesar Las Galerías.

El nombre diciente y luminoso con que se distinguió, Profesor Estrella, lo debió deducir de las rutilantes estrellas que, como mesías, van y vienen por los medios de comunicación y propaganda salvando el mundo de sus males, llenando de multitudes estadios, plazas, inmensos descampados al fragor de gentes que se estremecen o se desmayan con sus espectáculos de luces, humos y fuegos.

Él no, él estaba agradecido con los que reunía a su alrededor cada fin de semana y con los que hacían cola todos los días en su consultorio.

No descarto también que, como se nombraba, fuera consecuencia de las estrellas que acampan como enjambres en las noches.

Ese nombre, en fin, que ratificaba sin rimbombancias su vocación, se ajustó preciso a los alcances sensoriales y ultrasensoriales de su saber, de sus ilimitados conocimientos y de sus talentos estelares.