…Al afianzar nuestra cultura puramente grecolatina, europea, nos encasillan como pueblos sin historia, desconociendo así las regias civilizaciones amerindias, con toda su grandeza pasada…
Perfil de Omar Arango
Por: Alan González Salazar
Fotografías: Cortesia Polifonia
“Nací en Sevilla, Valle, a los 5 años me trasladaron al Tuluá de la década de los cuarenta. Aún por los años cincuenta, era una población muy tranquila, levantada entre enormes ceibas, palmeras y samanes. Por esta época, hice la escuela primaria. Recuerdo que el día de mi primera comunión, alguien me regaló un libro, el que me iniciaría en la lectura: Ali Babá y los cuarenta ladrones. Posteriormente cursé estudios de bachillerato en Armenia, Quindío. Universitarios en Bogotá y USA”.
Responde a las preguntas de rutina, su mirada se pierde entre los muros de los libros que nos cercan. “Estimo que el proceso creativo de un escritor inicia con la lectura”. Omar Arango tiene a los libros como espectadores. “Tuve la suerte de leer sin freno todo tipo de libros; desde los poetas malditos hasta la poesía mística de la doctora angéica. Por esta época de bachillerato escribí mis primeras poesías. Ya en la Universidad, en los años sesenta pasé al drama, la comedia y la tragedia. Estos años fueron para mí muy productivos a nivel del teatro latinoamericano, tanto como director y dramaturgo”; parece recitar Mísero Próspero; “ahora bien, a raíz del asesinato de Martin Luther King en 1968; viajo a los Estados Unidos y me convierto en uno de sus biógrafos, con el ensayo: Esa gran masa negra, ahí, afuera. Al retornar por los años setenta, inicio carrera como profesor universitario y es partir de 1979 que me inauguro en la narrativa, con la novela La leyenda de Juan Valdés”. Esta obra publicada por la editorial española Plaza & Janes, figura entre las novelas escogidas en 1993 por los profesores Jean Christian Tulec y Jacques Gilard de la Universidad de Toulouse, Francia, como material de referencia, tanto para su cátedra universitaria como en su antología literaria “La Fleur du Café”, publicada ese mismo año. Al presentarse “Príncipe de Chía” como novela histórica.
¿En qué momento surge esa inquietud, cuál es su compromiso con el pasado? Lo exhorto de repente, vuelve su vista. “Surge de la necesidad de hacer un revisionismo de nuestro pasado histórico con base en dos premisas: Lo que se nos ha enseñado como historia universal por más de 500 años. Al afianzar nuestra cultura puramente grecolatina, europea, nos encasillan como pueblos sin historia, desconociendo así las regias civilizaciones amerindias, con toda su grandeza pasada. La otra parte, la parte velada de esa historia, la parte oculta de ella, la historia jamás contada de lo que realmente fue la conquista española: saqueo, destrucción y muerte. Y lo que es peor, la deshonra de los pueblos aborígenes con ¡Verdades oficiales¡ ¡Mentiras!”. Responde exaltado. “La propuesta en la novela es desenmascarar la parte “oculta” de ese maquiavélico plan que, alegando una superioridad racial por parte de los europeos, no sólo los diezmó y explotó hasta la saciedad, sino que también los deshonró por el resto de sus vidas con una abominable mentira histórica, degradante para los pueblos aborígenes de América: Los indios son una raza inferior de salvajes, sucios, infieles, bárbaros, idólatras, caníbales”.
Hace una pausa, no pregunto. “La verdad será siempre un desafío para el escritor”. Cree concluir, pero se anima. “La verdad será siempre un desafío para el escritor, porque este tiene que tener la valentía para decirla, la inteligencia para reconocerla y el arte para conferirle el poder de arma”.
Hablemos de su novela Príncipe de Chía, la cual nos cuenta la historia de Comagre, un príncipe muisca de la gran familia Caná de Cundinamarca, la cual mereció el “International Latino Book Award“. “Claro. Por la época de la conquista española por parte de los europeos, formaba parte de la gran Nación Muisca. Chía era un principado donde se preparaban los futuros Zipas de la Sabana. El Zipa Bacatá (hoy Bogotá) tenía que ser antes Príncipe de Chía. La obra la inicié en 1990 en Colombia y la terminé 20 años después en Canadá. Al intentar desarrollar esta narración en un tiempo recobrado, tenía que tomar posesión de un mundo interior. Un mundo que tan sólo podía vivir un personaje como Comagre, Príncipe de Chía”. Cada pergamino tiene su
importancia. Los 19 pergaminos iniciales son una propuesta para volver a mirar a los pueblos indígenas y sus regiones encantadas pero con la reivindicación de su identidad y la recuperación de la honra de sus valores ancestrales. Los pergaminos 20 y 21, son de saqueo, destrucción y muerte. O sea, el horror de la conquista por parte de los europeos, en especial la española. “De los 21 pergaminos, elijo el 13: En busca del pájaro quetzal. Logré este Pergamino buscando relatos indígenas en Guatemala y aportes científicos de aventureros de la National Geography.
Me pareció fascinante la caza de esta preciosa ave sin hacerle daño”. No leemos de Homero sino lo que tiene de actual, leí en algún libro. “Aquí se habla del enfrentamiento de dos mundos. Pero hoy por hoy, es necesario rastrear un nuevo diálogo si queremos rescatar las entrañas de nuestra tradición, la realidad mestiza manifiesta en nuestra historia y nuestra lengua. O dominamos nuestra propia historia y nuestra lengua, o la historia y la lengua de otros nos dominarán con sus valores y símbolos. Desde el punto de vista de las lenguas aborígenes y su vigencia en Colombia, por ejemplo. Cuando planteo en la novela la imagen mítica del Cóndor de los Andes, busco una afirmación latinoamericana. Esta ave considerada sagrada para los pueblos amerindios, es emblemática porque ella representa una antropovisión, un signo de libertad”.



