Entre piernadas

Por la casa empezó a correr el rumor de que mi otra hermana se vendría a vivir unos días con nosotros –al parecer se había peleado con su marido– y lo más probable era que viniera con mi sobrinito.

 

 

Texto/ Maritza Palma Lozano – Ilustración / Opert_ser

Margareth siempre tuvo la capacidad de calentarme entre sus gruesas piernas cuando estábamos juntas en la cama, tenerlas sobre mi cuerpo delgado era como sentir el peso del amor fatigándome. Su rostro moreno acompañaba esa expresión noble que daba continuidad a una calma que muchas veces me aturdía, y su frente arrugada se expandía hasta sus párpados caídos escondiendo sus ojos cafés que, cuando sonreía, se veían menos. Sus manos grandes eran esa otra parte que me daban seguridad.

En otras noches, cuando debía dormir sola en mi cama, esas manos cumplían con la tarea de envolver bajo mi cuerpo cada borde de la cobija, hasta no dejar un solo agujero por donde pudiese entrar el frío; luego tenía que quedarme inmóvil terminándome el tetero, como un gusano petrificado y cabeza arriba.

Ahora podía sentir el aire caliente que expulsaba mi madre, cada vez con más fuerza. Recordaba aquella parte de la canción de su novela favorita: “amor…amor…amor” y se la tarareaba. Yo sabía que ella empezaba a incomodarse, pasada la noche, cuando dormía abrazada con alguien –ni con papá lograba soportarlo– pero para mí era un amuleto sentirla tan cerca; últimamente había tenido muchas pesadillas. Ella aprovechaba mi emoción por dormir acompañada y no me preparaba nada para tomar del tetero. Hacía varias noches que me engañaba con otro asunto y no me lo daba.

-Hasta mañana, que Dios la bendiga- decía y me echaba la bendición.

-Amén- respondía yo.

Me gustaba soñar en blanco porque sabía que así empezara soñando algo bonito las cosas luego se ponían tremendas.

En las mañanas mamá solía darme agua de panela con leche en el tetero, ya fuera entre semana antes de ir al colegio, o los otros días después de bañarnos bajo el chorro de agua fría y antes de pasar toda la tarde jugando con mi prima. El chupo venía un poco deteriorado, la verdad ya el agujero se había ajado y empezaba a adoptar una coloración amarilla, pero aún se podía sentir la textura de la goma entre los dientes y ese sonido de succión después de chupar por un largo rato.

Pero mamá había empezado a reclamarme durante los últimos días. Mientras estaba en la pequeña cocina preparando el almuerzo del día, o colgando la ropa sobre el mirador que daba al patio de la señora del primer piso, repetía que ya era hora de dejar el tetero.

Yo no tomaba solamente en él, también me servían los jugos en vasos, o el chocolate en taza, y hasta una vez llegué a pedirle a mi hermana que me regalara un vasopitillo; ella ya trabajaba y era como mi segunda mamá. De cualquier forma, nada era como el tetero, la leche, el agua de panela, y la mezcla de estas dos, bebidos ahí generaban en mí un placer que ningún otro recipiente tenía.

Después de escuchar a mamá fingía no ponerle cuidado, igual ella no se enojaría, tenía la certeza de que cedería ante mis caprichos; lo preocupante era que el chupo cada día estaba peor y no me comprarían uno nuevo.

Papá aún no volvía. Por la casa empezó a correr el rumor de que mi otra hermana se vendría a vivir unos días con nosotros –al parecer se había peleado con su marido– y lo más probable era que viniera con mi sobrinito.

Mamá me llevaba con ella siempre que iba a hacer algo en la cocina, cuando menos pensaba me miraba fijamente como si estuviera enamorada de mí; yo casi siempre lo percibía y me hacía la loca para sentir como idolatraba mis gestos, luego me volteaba convencida de que ella aún me miraba, pero ya andaba en otro asunto.

-¿Le regalamos el tetero al hijo de Yamilet?- decía mientras lo sacudía lleno de agua y jabón antes de dejarlo en remojo al borde del lavaplatos. Mi respuesta era obvia.

Él aún era muy bebé, podía ser un juguete para mí; además, mi hermana todavía le daba teta. Ni plata tenía para comprarle leche. Yo podía tomar cualquier cosa, pero escuché que a él solo le podían dar leche para recién nacidos.

Una noche estaban sacando un poco de leche en un vaso, me dijeron que si quería y yo acepté. Era algo completamente insípido que generaba una extraña acidez cuando atravesaba la garganta; un asco. Ni siquiera tenía color de leche. Mi hermana decía que tenía mucha y el niño no se la alcanzaba a tomar toda. Por mí que la botara o que se le chorreara entre la blusa.

Al día siguiente tenía que ir al colegio. Tuvimos que salir de afán porque nos levantamos muy tarde. Mamá me apuraba y me ayudaba a alistar los útiles, el refrigerio me lo daban allá, y ni ella ni yo sabíamos lo que era hacer un peinado, pero ella hacía su mayor esfuerzo atándome con afán una cola a lado y lado de la cabeza; yo las odiaba porque casi siempre le quedaban torcidas y me templaban la frente hasta darme dolor. Lo más demorado era subir la loma recién salidas de casa, ninguna podía correr, entonces me sujetaba fuerte de la mano y me llevaba a paso apurado.

Cuando volví, despeinada y con el uniforme desordenado fui corriendo a la cocina después de dejar el bolso sobre la silla del comedor. Mamá se me había adelantado y tenía sobre el mesón el agua de panela con leche servida en una taza.  Miré la taza y luego me fijé en ella.

-Le regalé el tetero al niño- me dijo indiferente.

No pude llorar. Decían que yo por todo lloraba y que solo debería hacerlo cuando pasara algo grave.