Hace meses (literalmente) intentaba ubicar a un escritor para entrevistarlo cuya obra gusta mucho por su calidad y propuesta. Hasta el mes pasado la cosa parecía no pintar muy bien. Cuando aparecía en la ciudad, desaparecía. Sin embargo, la perseverancia es la mejor herramienta del periodista. Así que aquí logramos reproducir ese encuentro fortuito en un café céntrico de Pereira.

 

Por: Diego Firmiano

D.F: Para empezar, quería agradecerle por atender a esta entrevista, ya que estuve algún tiempo buscándole, y solo fue posible ubicarlo en este conocido café de la ciudad. Sin embargo, sigo sin entender por qué evita que publiquemos su nombre.

Escritor Anónimo: Bueno, fíjese usted, primero no hay nada que agradecer. He estado de viaje atendiendo un par de demandas en otras ciudades sobre mi nueva obra, y como ve, no es que intente esquivar invitaciones en la ciudad, sino que el tiempo, al menos para mí, se ha vuelto muy denso y muy valioso. Y segundo, para aclarar su inquietud sobre mi nombre, pues simplemente quiero ser una voz en la ciudad. Solo eso. En la obra de todo verdadero artista, el cómo se llame o qué apellido tenga, solo importa a la cultura elitista que tanto tenemos en Pereira, especialmente entre los académicos.  Si desea puede llamarme Platón, porque vivo de la academia.

D.F: No, no creo que quiera llamarlo así. Entonces usted está diciendo que los apellidos en Risaralda o en Pereira exactamente importan a la hora de que un escritor, poeta o ensayista sea valorado y bien recibido dentro de la comunidad literaria.

A:  Si usted desea interpretarlo así, está en todo su derecho. Veo que eres un joven que desde hace años viene sumergiéndose en lo que mal llamamos “literatura pereirana”. Para ser sinceros, eso no existe. Estamos muy lejos de tener una. Algunos confunden que tengamos 2 o 3 escritores buenos, con la frase pomposa “literatura”. Una cosa es ser escritor, otra ser un literato y otra, por supuesto, tener una corriente literaria.

D.F: Su posición es fuerte y a mi parecer, usted tiene tintes de crítico, o de estar inconforme con lo que se está haciendo en el panorama local. Quiero ser sincero, porque lo conozco hace años, y preguntarle, ¿teme usted ser reconocido en la ciudad?

A: A ver, pongamos una cosa en claro. El que me conozcan como escritor no está dentro de mis intereses más inmediatos, el verdadero prosista huye de los premios y otras condecoraciones por considerar que su obra tiene que ser muy mala para ser entendida y más condecorada. En el 2005 estaba en New York con un amigo tomándome un café en pleno centro de Manhattan, y él dijo una frase que me sorprendió terriblemente.

D.F: ¿Qué le dijo exactamente?

A: Bueno, el abrió el New York Post y leyó en la sección cultural algo que lo hizo exclamar: “Harold Pinter” ha muerto. Me quedé con la boca fría y evité preguntarle sobre aquello. Luego agregó “Le han dado el premio Nobel”. Y me explicó algo que ya sabía hace mucho tiempo, y es, que los verdaderos escritores no necesitan premios, necesitan dinero y musas para su inspiración.

D.F: Ah, ahora entiendo su posición respecto a los certámenes y creo que sería necedad preguntarle sobre esos premios y más.

A: Totalmente, ya que no es necesario hacer una lista de personas que han sido arruinadas con subirlos a categoría de “writer-star” o mediáticos, eso solo interesa a las editoriales, además, con ironía y seriedad lo digo, para que los estudiosos hagan análisis serios sobre escrituras lúgubres después de esas certificaciones.

D.F: Ya sabemos entonces por dónde va el agua al molino.

A: ¿Agua al molino? Usa usted una frase muy criolla a pesar de su acento, como dijo Jean Rostand: “No he deseado jamás que llevaran agua a mi molino. Y, sobre todo, intento no tener molino”, palabras sabias de tan ilustre personaje.

D.F: Volviendo entonces al tema inicial, podríamos decir que no tenemos una literatura en Risaralda, ni en Pereira, sino un legado cultural, o individualidades encerradas en su propio círculo literario, que se halagan unos a otros, sin que una crítica seria los certifique.

A: Diego, mire, la crítica en Pereira está suspendida. Tenemos gente que valora obras, pero críticos como tal, no hay. La crítica corre un tupido velo sobre la obra, pero en la ciudad hacer esto resulta un espectáculo repugnante. A nadie le gusta que su obra pase por esos cedazos de especialistas en el género, sin embargo para alcanzar una estética de calidad que nos ayude a levantar como región, necesitamos de esos “males necesarios”, que quizá aparezcan en una par de años. La crítica es necesaria para devolver la gran alma al alto ejercicio literario, para usar unas palabras de Giraudoux.

D.F: ¿Jean Giraudoux el de Ondina? Esa obra de teatro de teatro me pareció magnífica.

A: El mismo. Y a propósito, lo ha pronunciado mal. Ese apellido es una de los más extraños de pronunciar, por eso no lo menciono mucho, para no quedar como pedante.

D.F: ¿Y qué le pide usted a un crítico?

A: ¿Qué es lo que puedo pedirle a un crítico? Pues que informen, juzguen, expliquen. Y añado, que juzguen me parece lo más importante.

D.F: ¿Juzgar?

A: Mire hombre, el crítico es un hombre dividido en compartimientos, estancos. El que se documenta e informa es también el que juzga. Es más, diría que el juicio es lo más esencial cuando se trata de autores conocidos y la información es lo más importante cuando el crítico habla de sus contemporáneos.

D.F: Usted podría ser un buen crítico. ¿Por qué no se lanza?

A: ¿De dónde? Del viaducto. Estoy bien así. Tengo muy buenos amigos en esta ciudad, en el ex instituto de cultura, en las maquetas de círculos literarios que por lo general son patrocinados por librerías o los cafés bar que aún tenemos. Y entre viejos conocidos que tienen esa maravillosa capacidad de leer, antes que escribir. Creo que mis amigos entienden bien esos consejos del viejo Borges.

Hay una obra que me gusta mucho, y que la recomiendo siempre, se llama “Banderas Negras” de August Strindberg. En ella, por medio de una narrativa brillante, el autor dice todo sobre cómo los escritores se comen unos a otros como si fueran el pez que el viejo Santiago de Hemingway traía a la costa para vanagloriarse. También se lo recomiendo a usted.

D.F: Gracias. Lo tendré en cuenta. Sin embargo, yo sostengo que sí hay una literatura en el departamento. Conozco por las lecturas a muy buenos autores como Antonio Gallego Uribe, ya muerto por supuesto; a Eduardo López Jaramillo, con esa apasionadamente obra donde habla del Marqués de Sade; o Fernando Romero Loaiza, entre otros.

A: Usted enumera gente interesante, que, por cierto, muchos mencionan a la ligera sin profundizarlos. Yo creo que también fueron (y son) buenos escritores, sin embargo, no me queda claro que esto constituya una literatura pereirana. Los panoramas son difusos y es muy osado decir “tenemos una literatura”. Eso se dice cuando queremos pertenecer a algún catálogo bibliográfico, o cuando queremos que nuestro nombre aparezca registrado en alguna historia oficial del departamento.

D.F: ¿Entonces?

A: Quisiera resumirlo de la siguiente manera. Risaralda no fue constituido departamento sino hasta 1967. De ahí partamos que si se hace un estudio serio que pretenda decir “literatura risaraldense” habría que partir de esas fechas de mitad de siglo XX hacia acá. Lo demás es chauvinismo, y pretensiones grandilocuentes para intentar zanjar esa pugna entre los caldenses y nosotros. Que el señor Emiliano Botero, o Alfonso Mejía Robledo hayan sido representativo en el quehacer literario a comienzos del siglo XX en Pereira, no es la gran cosa. Ambos eran caldenses, y les interesaba mucho usar la capital como una plataforma para buscar beneficios para sus negocios, y para publicitarse. Fíjese no más que la obra “Rosas de Francia”, de la cual el escritor Rigoberto Gil Montoya hace una muy buena revisión y ayuda a gestionar para que el libro tenga una nueva edición en este siglo, fue impresa en Francia, en pleno centro de París. ¿Qué pretendía el señor Mejía Robledo con eso? No lo sabremos, sino enlazamos eso con ese deseo oscuro y típico de que nos valoren fuera de casa. El nazareno ya lo había dicho: “Nadie es profeta en su propia casa”.

D.F: Interesante como aborda el tema. Y eso me recuerda a Evelio Rosero, o la misma Albalucía Ángel, o…

A: Evelio Rosero no es pereirano. Sin embargo, Diego, podríamos hablar de mucha gente, pero es mejor evitar detalles, si es que queremos que alguien lea esta entrevista, y nos tilden de críticos o anti-pereiranos.

D.F: Entonces para buscar una definición concreta, ¿cómo percibe el panorama literario en Pereira?

A: Los escritores (hombre y mujer) de las regiones siempre han estado a la sombra, relegados bajo ese eufemismo de “escritores menores”. Súmele a eso, esos grandes apellidos de alcurnia que suenan y sonaron en la literatura de mitad del siglo XX hasta posiblemente inicios del XXI, opacaron mucha gente. Y tenga en cuenta de los medios físicos y logísticos que no tuvieron los escritores regionales para darse a conocer.

Eso es suficiente para mostrar cómo pinta la cosa en términos de literatura. El milagro real es que aquellos escritores de municipios no se hayan desmoralizado por lo que pasaba en la capital con los grandes autores, y siguieran escribiendo con pasión, energía y creyendo que su obra podría servir como un aporte a los lectores, más que a una historia de la literatura.

D.F: Podría mencionar algunas obras de autores risaraldenses que hayan sido, o sean importantes para usted.

A: Por supuesto. No faltaba más. A mi Silueta roja de José Licélder Cardona me marcó. Su poesía es muy sensible y digna de ser leída. También las obras del hijo de Belén de Umbría, Antonio López II y Vélez. Su novelística es amplia y amena. Que a propósito tengo unos comentarios escritos sobre su vida y trayectoria. Don Hernando López Yépez, que ahora reside en La Virginia, que sigue creando en su sensibilidad, y que pertenece a un grupo llamado “Las ranas cantoras”. Eso, considero, es una forma de vivir en las letras, sin necesidad de avales externos. Es un gran amigo Don Hernando. Mencionaré al poeta de los sueños, don Guido Wilmar Matamba. La señora Ofelia Gómez Ramírez, que su narrativa se me parece mucho a la de la panameña Rita Andrión, esposa de don Alfonso Mejía Robledo. Y mencionare dos más, sino nos vamos de largo en este café. Está Cecilia Uribe de Villalba, de Santuario, cuyas letras no pueden ser menos evocadoras como interesantes, por esa sensibilidad tan fina, como si fuera una heredera del naturalismo. Y por último, el joven Zept Largo, que a mi parecer es la continuación del legado literario de Héctor Escobar. Su escritura parece partituras de Aleister Crowley, o Charles Baudelaire, además de tener un diseño gráfico en sus obras muy oscuro que espantarían a cualquier, pero eso es lo de menos.

D.F: Quería agradecerle su valioso tiempo.

A: De nada hombre, para eso estamos. Un abrazo.

@DFirmiano