Jairo Aníbal Niño (1941-2010) fue uno de esos escritores que cautivaban como persona y como creador. Su polifacética obra literaria hizo (y sigue haciendo) soñar, reír y enternecer a los adultos. Oriundo de Boyacá, Niño fue un hombre que las experiencias de vida le dieron el material para su narrativa. He aquí una entrevista inédita al catedrático y ex director de la Biblioteca Nacional de Colombia, a seis años de su fallecimiento.

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Por: Silvia Lidia González*

Siempre lleva algo blanco: la camisa, los tirantes, el saco, los zapatos, o tal vez el alma de nube que se extiende como una hoja limpia cuando cuenta sus historias, guiado por una pluma violeta, con alas de poesía.

Jairo Aníbal Niño no responde a las preguntas. Las captura, las rebota en el piso, las desarma, las lanza al cielo, las estira como goma de mascar, las saborea y las guarda en el bolsillo para seguir jugando más tarde.

Alguien debe haberle puesto en el apellido una condición de vida. El escritor colombiano, guionista de cine, pintor, poeta y loco que presentó el Pabellón Infantil de la Feria Internacional del Libro Universitario de Mérida, es capaz de hacer, desde sus palabras, las reflexiones más serias, las hipótesis sobre el funcionamiento de la enseñanza y las críticas sociales más agudas e inteligentes, que sólo un niño podría formular.

jairoanibalninoDe ahí parte su filosofía: “a los niños no hay que hablarles; hay que escucharlos”. Su vida han sido los cuentos infantiles, pero no sólo porque sean para niños, sino porque surgen de ellos. Y hay tal sabiduría en sus obras, que científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México apoyan estudios sociales en sus planteamientos. Están presentes en sus cátedras de Literatura en la Universidad Nacional, en Colombia, y son una herramienta para investigadores pedagógicos en la Universidad de Los Andes.

–¿Qué enseña en su cátedra?

–No enseño nada.

–¿Qué hace entonces en su cátedra?

–No sé.

–¿Qué le dicen que enseña en su cátedra?

–Muchas cosas. Dicen que propicio la libertad, el enamoramiento… Un día en la Cátedra de Literatura, de la Universidad Nacional conversaba con mis muchachos sobre la poesía y me di cuenta de la contradicción al ver las paredes del aula. Estábamos encerrados, y la poesía es alada. Nos fuimos entonces todos al aeropuerto de Guaimaral (¡qué palabra tan linda!), con mis amigos los aviadores. Al final de la tarde uno de ellos tenía que despegar hacia Cartagena de Indias. Y había en mi curso una pareja preciosa. No tenían nada, eran pobres como ratones de iglesia heterodoxa, pero eran ricos porque estaban enamorados. Mis clases eran tan buenas que se enamoraba la gente. Entonces el aviador los vio, sonrió y tembló. “Nos vamos a Cartagena de Indias, por mi cuenta”, decidió. Y la pareja se emocionó: “Sí, a Cartagena de Indias”. Yo los vi y les dije: “tienen cinco, no se preocupen. Yo arreglo con los demás profesores, tienen cinco en todo. No se afanen en volver. Quédense todo el tiempo, toda la vida si quieren, y gracias por su amor”.

–¿Cómo hablarles de amor a los niños que viven en un tiempo de guerra y conflictos?

–No hay que hablarle a los niños. Hay que escucharlos. En medio de la guerra, esos niños  conservan invicto su corazón.  Los adultos son los que tienen que aprender de ese coraje y ese valor. Revelar en la actitud de los niños la estupidez de la guerra, que es la absoluta ausencia de pensamiento, de amor. En el fondo, uno compadece a los verdugos, a quienes causan dolor, porque han renunciado a lo humano.

–Estos tiempos de turbulencia nos presentan esa ausencia de humanidad…

–Nos han metido en la trampa política del horror. Nos dicen que el mundo se acabó, y no es cierto… En mi libro Los papeles de Miguela, está la historia de una niña sometida a un tratamiento doloroso en un hospital, donde empiezan a aparecer mensajes de esperanza por todos lados, y una doctora, que es mi hija, los descubre y se hace amiga de Miguela. Entre ellos, había frases bellas de los niños, como: “Después de 9 meses de gestación, el bebé da a luz una madre”.Cuando Miguela se va del hospital, la doctora se da cuenta que los mensajes empiezan a aparecer por toda la ciudad: en los autobuses, en las cafeterías, y ahí ella  rescata el primer papelito, que dice: “En los tiempos oscuros, debes aprender a mirar las estrellas. Pero no todas están arriba. El planeta Tierra flota y gira en el espacio, y es necesario que sepas que, mientras caminas, miles y miles de estrellas brillan bajo tus pies”.

–Si esa visión negativa es una trampa política ¿será que los políticos dejaron de ser niños?

–Tal vez. O no lo fueron, como dice aquí Armando José Sequera. En los niños hay una sabiduría universal. Yo no he conocido a ningún ministro de Educación que haya tenido la inteligencia elemental de acercarse a un asesor de 6 años de edad. Se metería en un lío porque el niño, por lo general, no va a esas oficinas que son horribles, no le interesaría el contrato. Entonces el ministro tendría que ir a donde vive el niño. Aprender a montar bicicleta otra vez, porque para ser ministro tuvo que haberse olvidado de eso. Y sentarse con el peladito –o chamito, como le dirían aquí– a comerse una helado de chocolate, con la libertad y la limpieza de corazón que se necesitan para comerse un helado de chocolate, para que sea realidad, y no una ficción, que no sabe a nada…

–Hay que ser muy inteligente para hablar con los niños…

–Por supuesto. Hay que pensar mucho. Los adultos siempre le han pedido visa a los niños, salvo excepciones. El niño tiene que pedir permiso y el mayor le indica: ¡quieto, cállese, yo soy el que sé, usted siéntese y aprenda…!

En muchos de nuestros países, la perversión de la dependencia, el espíritu colonial, impone. Apelando a la ciencia, Piaget, por ejemplo, que estudió a niños suizos, nos llega acá y parece que, con respecto a sus observaciones, nuestros niños están atrasados. Pero tú ves una niña chiquita, de Caracas o de Bogotá, que atiende a sus hermanitos porque la mamá salió a trabajar; prepara el desayuno y tiene que comprar el pan y contar muy bien las monedas, porque si se equivoca le dan en la jeta… El pensamiento, la motricidad, el sentido espacial de nuestros niños se manifiesta de otra manera. Cada niño es una maravilla, de acuerdo con sus circunstancias.

–¿En qué momento pueden ir de la mano niños y adultos?

–La infancia no es un lapso, es una condición. Todo lo que hemos fraccionado, nos ha debilitado. Somos seres orgánicos con la vida, con lo que nos rodea. No hay que imponer fronteras, ni etapas. Nos dicen que el niño pasa a ser preadolescente, y después adolescente, y luego adulto. Y ¿en qué momento desaparecen esas fases anteriores? Acaso cuando se llega a la adolescencia ¿desaparece el preadolescente? En realidad, lo integramos: somos adulto, joven, niño, bebé, feto.

–Entonces el niño ¿puede ser también un adulto?

–Sí, porque nacemos con una herencia cultural de todos los tiempos. No sólo tiene que ver con un concepto biológico primario. Nacemos con la memoria de la especie, como aquel personaje del cuento “La peste roja” de Jack London, que tenía momentos de pánico, porque lo asaltaban los tigres y las fieras más temibles de su pasado. Estaban ahí, en su sangre, y en su memoria.

Memorias de hielo y sol

En la memoria del hombre, hay muchas historias de niño, de Jairo Aníbal Niño. Resulta fútil el intento por descifrar dónde sus recuerdos, hilvanados siempre a lobos, osos, mariposas, flores, lluvia y seres bellos, tienen una puntada de fantasía. Tan inútil como pretender explicar el brote de los interminables y coloridos pañuelos de seda, de la chistera de un mago.

El escritor es reconocido y aplaudido en muchos países, como cuenta-cuentos. Una palabra se repite en sus narraciones, que mucho tienen que ver con sus experiencias lejanas al trópico: el estremecimiento. Jairo Aníbal Niño tiembla cuando recuerda el hielo invernal de Islandia, lo mismo que el sol calcinante del desierto mexicano. Pero todo se torna calidez, cuando las mismas estaciones son parte de sus historias de amor.

05e3277daa9e4827aaf76fd713d5d225Cuenta que en alguna ocasión, cuando viajaba a medianoche desde Nueva York a París, decidió tomar el vuelo más económico, que daba una vuelta cercana al polo norte, con vista a las Aleutianas y la barriga del mundo, y escala en Reykiavik.

“La nieve me era familiar. Pero aquello era un planeta azul, de cristal. Todo era hielo, y al final alcancé a ver una montaña con un volcancito y un hilo incandescente, como el del Principito. Entonces le dije a la azafata: yo me quedo aquí. No, señor, me decía, usted va a París. Que no, que me quedo aquí. ¿Y su maleta?, me preguntó. No me importa, yo me quedo aquí. Bajé a la pista, me crujían los huesos, con mi maletincito de mano en el pecho, empecé a caminar por la pista y de pronto veo las caras pegadas junto a los cristales, como los niños cuando están frente a una bizcochería, o en un acuario, donde los peces parecen caramelos. Entonces supe que algunos de esos hombres quisieron hacer lo mismo que yo, pero fue su absoluta desgracia, porque no lo hicieron…”

Sin conocer una palabra de islandés, el colombiano se las ingenió para entender las expresiones de los asombrados anfitriones que salieron entonces de la casa bellísima de abeto a pelearse por alojarlo, tras el acontecimiento. Y así –cuenta– vivió seis meses, de casa en casa, aprendiendo de los islandeses la preparación del aguardiente de cerezas, y el ritual del sacrificio del reno, en el que un hombre desnudo sale al hielo a pedirle perdón a la vida por tomar otra vida, y habla con el animal, para entablar una relación donde no hay dolor ni crueldad, sino amor.

De los bosques surrealistas, blancos, de leche, Jairo Aníbal Niño, extrae también la enseñanza de la fuerza que mueve a los trineos de caballos: “Los lleva el sonido de los cascabeles, no el arrastre de los animales”. Y el consejo de los abuelos para saber distinguir el aullido, del canto de los lobos.

El temblor de su relato invernal en el polo, puede cambiar de tono, como los cielos en el horizonte, y pasar a las experiencias más insólitas en el desierto del noreste mexicano. Allá, en Monterrey, donde el sol reta a los termómetros a llegar a los 50 grados, el amigo Catarino Garza lo llevó a los desiertos, a descubrir, entre las rocas incendiadas, cómo el suave polen de la lluvia, puede danzar con un canto indígena, para despertar en una noche, a las flores más insospechadas.

 

Los medios, el poder

–Los niños ¿tienen poder?

–No, los niños tienen fuerza. El peligro es que hay un sistema de adultos que quiere robarle los sueños a los niños. Y convertirlos en hombres de poder. Dictarles todos esos arquetipos de acumulación de dinero y prestigio, que son una propuesta mediocre, porque ni siquiera en la infamia hay grandeza. La propuesta es que la gente se venda, pero ni siquiera por una isla en el Caribe, un velero blanco o un avión en el espacio, sino por un apartamentico, un carrito compacto…

–Los niños juegan a ser adultos, pero vuelven a su mundo…

foto_13_jairo_anibal_nino–No, los niños juegan a ser niños, pero son tan inteligentes que observan todo lo que hay en el mundo adulto y se lo apropian, pero no como un tributo a la adultez, sino a un sueño.

–¿Ha encontrado niños buenos y niños malos?

–No los estoy idealizando, pero creo que no hay maldad en los niños. Hay una frase terrible que se escucha siempre en las escuelas: ¡a la salida nos vemos! Eso fue lo que se dijeron Héctor y Aquiles, en La Ilíada. Probablemente Homero narró una pelea de niños. Es terrible el enfrentamiento, sin embargo, a los pocos minutos los niños están sinceramente reconciliados, y se toman de la mano, y se van juntos a la heladería. Por el contrario, hay adultos que le dedican toda su vida al rencor, al odio. Además, pretenden enseñar a los infantes de la manera más estúpida; el que funge como adulto, lleno de poder, les grita un sermón y los humilla delante de todos los compañeros del colegio: “¡reconcíliense!, eso de pelear es malo ¡pídanse disculpas!, ¡no se oye, más fuerte!”. Los pequeños, aun con su ojo negro o sangre en la nariz, ven al idiota ése y no entienden su discurso, porque saben que ese señor horrible le pega a su mujer y maltrata a los niños, pero tiene poder.

–Los medios, como la televisión y las nuevas tecnologías, ¿sirven para su propósito de fomentar amor?

–El medio es maravilloso, pero a veces lo llenan de cosas estúpidas, y la estupidez también es una trampa política. El problema es asumir la responsabilidad. Hay mamás que se quejan de la educación de los hijos, pero cuando ellos llegan, no enchufan el televisor, enchufan a los niños, para no pensar y sentarse a conversar con ellos.

Uno tiene derecho para acercarse o no a las nuevas tecnologías o al Internet. Yo todavía escribo a mano, porque aliso el papel, lo huelo, camino por el campo, converso con los animales y escribo con tinta violeta… no podría hacer todo eso frente a la pantalla de un computador. Pero hay escritores que sí lo hacen, y me parece bueno… Al final, esperemos que esta tecnología sirva para algo más que trámites bancarios y cobro de impuestos. En el futuro, que sea para que una abuelita de Alaska intercambie recetas de cocina con una de Australia. Ojalá que ningún ser humano maravilloso cometa el error de pedir casamiento a través del correo electrónico… todavía se puede volar viendo a los ojos de una persona.

–A Jairo Aníbal Niño, a quien tanto le gusta volar, ¿hacia dónde lo llevan sus alas?

nino_jairo_anibal–A las estrellas, siempre. Todo encuentro con mis amigos, es un encuentro con el cosmos, con los orígenes. Y allá voy siempre con mis amores, todos: mis hijos, mi mujer, mis amigos, los perros y los gatos, las ballenas, las mariposas, el sol, los marcianos. Y, por supuesto, los que son como yo, los niños, que sí me entienden cuando les digo que yo soy como ellos, nací aquí, en el planeta Tierra.

 

 

*Silvia Lidia González es una periodista y docente venezolana.