¿DÓNDE REPOSAN LOS ÁNGELES?

El niño, que ve a la gran capital como un inmenso juguete preciado y asombroso, se declara filósofo, poeta y cazador…

 

Escribe / Adriam Bastidas – Ilustra / Stella Maris

Antonio, 12 años, ojos verdes gigantes, como los del camaleón surreal, piel oscura brillante, larguirucho, siempre risueño, porque así ve la realidad. Toño duerme en los alrededores del parque Santander, le encanta despertar y ver a los skaters hacer piruetas en el aire, desea tener una patineta gigante, para saltar desde los cerros a cada una de las terrazas.

Habita en las calles por cuestiones sobrenaturales asociadas al martirio, el dolor y la barbarie, hace frío y el hambre produce que el estómago se pegue a los huesos, mientras las tripas muerden la piel; entre cartones, cobijas agujereadas, cambuche cálido, encuentra algunos pétalos de rosas, bendito sea este desayuno, flores con café, flores con empanadas, flores de miel, flores purpura, flores corrosivas, es lo que le da una fascinación a su boca, a sus palabras, a sus dientes y sonrisas. Esculca entre los bolsillos de un pantalón ancho, y encuentra la última papeleta, motricidad fina en dedos gruesos carcomidos que crean una nueva pipa, se da el primer alarido de inhalación y el bazuco rompe con la fragancia floreal que reposa en el paladar y en los pulmones.

El niño, que ve a la gran capital como un inmenso juguete preciado y asombroso, se declara filósofo, poeta y cazador, corretea por las avenidas y se da a conocer, le gusta leer los periódicos y revistas que encuentra en la basura. Aprendió el gran hábito de la lectura gracias a un sacristán en un albergue de paso, quien le pedía a cambio favores sexuales, el mismo que en el primer acto de seducción perdió un testículo, después de un corte certero con una navaja oxidada; el nene reía por su hazaña y puteaba sin chistar.

Ya sabía que cada esquina es un dulce tesoro, toda una aventura peligrosa, o una nueva oportunidad. Declama su primer verso -¡Delirio, delirio, olvida tu exterior, busca en tu esperanza, agita tu pureza!-,  monedas y billetes caían en el pasamontaña del chico errante, dinero para las dosis, para comprar flores, embriagar el alma y adormecer el hambre. ¿A qué le llaman felicidad?, se preguntaba, esto es felicidad se contestaba; mientras mira las luces de los autos llora y sonríe a la vez. Toño es un niño, el más niño entre los niños del universo, el que sabe cuál es el sabor del betún de las botas de los policías, el que presenció abortos clandestinos en el desaparecido barrio infernal, mientras ponía paños de agua con sal en la cabeza de la mujer y el feto era triturado, se dio cuenta que los tiros de gracia, deben ser de arriba hacia abajo, para que el cráneo no se fragmente.

Escupe los tallos que son agridulces, camina muy pausadamente, yendo como en son de protesta, los gigantescos edificios custodiados por los vigilantes que poseen el rostro de la incertidumbre, aquellos bullicios y pasos fuertes de las metrópolis, la unión entre la niñez desenfrenada, la adultez y la vejez que traiciona. Antonio observa con lascivia a la mujer de pelo azul que camina al lado de su amiga y se inspira -¡ausencias, voluntad inútil, libre, desbordante, migajas de una fantasma cotidiano!-, tropieza con un hombre de sombrero y ve la frustración reflejada en su cuerpo, la indiferencia hace su venia otra vez, las damas se alejan y nadie ha escuchado al poeta. Cada transeúnte trata de proteger sus pertenencias, el habitante citadino, el poeta, el infante, se acerca con pasos lentos implorando una moneda, un aspaviento le brota espontáneamente, se aleja haciendo ademanes, despidiéndose, confundiéndose con los colores mezclados entre lo opaco y lo colmado; dignos disfraces para no reflexionar.