LA NOCHE DEL PELIGRO

Cuando me sentí mejor, salí de ahí y entré de nuevo en la bestia. Calle arriba y calle abajo. Todo vacío. Decidí adentrarme más en sus fauces y caminé calle abajo.

 

Escribe / Nicolás Cruz González – Ilustra / Stella Maris

La casa y el cuerpo que habito no me interesan. Odio despertar en esta carne y en este cuarto. Aborrezco mi barrio, mi ciudad, mi país. Sufro porque creo que existo. Lloro por no poder irme de casa. Amo a la mujer que odio. Deseo a todas y todas me pasan por alto. En mis bolsillos ni un peso, solo basura y letras. ¡Sí! Escribo cuentos y poemas. Pero no soy escritor ni poeta. Soy un pelao al que le gusta la calle, el alcohol y el peligro.

«Hoy es la noche del peligro, mano», me dice Caicedo. Si él aún estuviera vivo seríamos desafiantes amigos. Yo no saldría solo esta noche. Pero él no está. Él sabía, al igual que yo, que la calle es una bestia traicionera. Uno da un mal paso y «glup, glup». ¡Zas! La calle abre su boca de bestia y te traga. No me asusta pisar su piel de asfalto porque combina con mis botas. Cuando uno pisa fuerte, la calle-animal duerme como un perro. ¡Hoy es la noche del vagabundeo, mano!

Camino dos cuadras y encuentro una trampa. Giro a la izquierda y encuentro dos. Acelero el paso y colisiono de frente con una trampa esquinera: «El chupo». Tienen dos cervezas quizá más grandes que yo, como dos “macancanes” que custodian la entrada. Me niego a caer en las fauces. Camino, caminan, caminamos todos. Huyendo. Entre más avanzo la calle se aprieta, se cierra, todo se vuelve un circuito de muerte. «Mono una monedita, ¡uy monito colabóreme!» Caminar por la acera es como saltar entre los dientes de la bestia.

La calle se aprieta tanto que la bestia me traga. O bueno, me degusta, porque la bestia-calle nunca termina de tragárselo a uno. Te mastica por un rato, te prueba, y luego te escupe dos cuadras abajo.

Ingresé a la trampa y pedí una cerveza. Dos, tres, cuatro… tantas. A una morena feíta que combinaba con el mobiliario le hice un poema. Dos, tres, cuatro. Le hacía un poema por cada cerveza que pedía. Qué morena tan fea pero qué bella inspiración. Como las pocas hojas que tenía se acabaron, opté seguir escribiendo el poemario en servilletas. «Deformes poemas para la trigueña cantina». Así le puse. Con cerveza en una mano y poemas en otra, se los entregué. No pasaron más de cinco minutos cuando se armó “el pedo”. La hembra se levantó y me arrojó las hojas entre maldiciones. Su novio, menos pasivo, me zampó dos puños directo a la cara. Un nocaut. Cuando me sentí mejor, salí de ahí y entré de nuevo en la bestia. Calle arriba y calle abajo. Todo vacío. Decidí adentrarme más en sus fauces y caminé calle abajo. Me dirigí a la licorería más cercana que conocía y compré media de ron. Dos bestias ahora. Dos calles. Ella y yo. Me senté en la mitad del parque y vi cómo los edificios rodeaban el centro verde. Ahora estaba en el ojo de la bestia.  El ojo de la locura.

Al frente había un edificio enorme. Un pilar de cemento en medio de un cielo gris que ardía. Solo el edificio y solo yo. Ese rectángulo con pequeños rectángulos. Ventanitas apagadas y encendidas. Sellos negros. Vacíos. Crezco como aquel edificio, me impongo al panorama y encuentro en mi vida incontables lugares oscuros, y en una situación más lamentable que aquel edificio —pienso—, día tras día terminan de apagarse por completo todas las luces que están encendidas.

«¡Uy monito! ¿Ahora sí me va a tirar la liga?». Lo ignoré y seguí bebiendo de la botella de ron. De repente el loco se abalanza hacia mí. Me amenaza con una navaja y empieza a gritar: ¡Pase todo lo que tiene cucho, o se la pego! Muy amarrao con la liga, ¿no? «Jajaja» ¡Ahora sí gonorrea! Quebré la botella de ron contra el suelo y sin pensarlo me enloquecí. Me encarnicé. La tierra tragaba sangre. La bestia-calle bebía. Y yo en mi irracionalidad bebía ron y muerte.

Miré el cuerpo sangrante y deshabitado. Era el mío. Pero odio mi cuerpo. No me interesa. No importa quién sea el loco tendido en el pasto. El loco él o el loco yo.  «Hoy es la noche del peligro, mano».