Una preocupación mía fundamental, durante estos cursos -o no sé cómo llamarlos- era que ellos tuvieran muy en claro que la poesía podía ser muchas cosas muy distintas.

 

Por: Carolina Hidalgo[1]

La Maestría en Escrituras creativas de la Universidad Nacional de Colombia pretende “acompañar al estudiante en la escritura de su ópera prima”. Y, por ende, en la formación de críticos literarios que puedan dialogar con una escritura creativa, más allá de las tertulias y salones literarios bogotanos.

De manera paralela, los talleres literarios crecen en espacios de bibliotecas, centros culturales, colegios, universidades o escuelas.

Gracias a la militancia del maestro Eutiquio Leal fueron muchas las semillas que surgieron como un acercamiento más espontáneo y diverso a la lectura y al libro. Las metodologías difieren unas de otras y los resultados no se revelan a la luz de un racionalismo institucional, sino del impacto cultural y literario en la formación de jóvenes escritores.

Esta reflexión es posible desde los mismos talleristas en poesía quienes participaron de este proceso y su obra puede hablar de una voz propia. Acá una entrevista realizada a uno de ellos, a Fernando Herrera Gómez, filósofo, poeta, editor, premio nacional de Poesía Universidad de Antioquia 2005 y con experiencia docente en la Maestría en Escritura creativa de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.

Ha publicado los siguientes libros de poesía: En la posada del mundo (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia 1985), La casa sosegada (Universidad Nacional de Colombia 1999), Sanguinas (Ganador del VIII Concurso Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus 2002), Bocetos mexicanos y Breviario de Santana (Premio Nacional de Literatura otorgado por el Ministerio de Cultura 2007).

 

¿Cuál ha sido su experiencia como tallerista si es que puede llamársele así a este grupo de amigos que coincidieron entre gustos, preocupaciones estéticas y su quehacer creativo?

Yo siendo muy “pelao” en Medellín hice un taller con Víctor Gaviria. Esto fue una cosa como de amigos y no había un maestro exactamente, sino que ahí se leía Nicanor Parra, todos escribíamos, muy adolescentes. Leíamos en cuentos a Borges y así nos sentábamos a charlar. La idea de taller nació de un grupo de doce amigos, estábamos ensayando, de allí se definió como cierta estética. De ese grupo todo el mundo acabó de alguna manera siendo escritor, como Víctor Gaviria que terminó siendo cineasta; Rubén Darío Lotero, premio de la Universidad de Antioquia; Esther Fleisacher, que acaba de publicar una novela preciosa que se llama “La risa del sol”; Lucía Buenavida, con varios libros de poesía; Pilar Posada, música, ha escrito canciones infantiles y su hermano Andrés, quien musicalizó poemas de José Manuel Arango. Pero esto fue más una experimentación de muchachos, creo que es muy bueno que sea así.

Después ha sido el encuentro con escritores y poetas. Yo viví en Europa, fui muy cercano a William Ospina, entonces con William hablábamos mucho todo el tiempo de  literatura y se leía mucho. Ya aquí propiamente, la gente tiene tendencia a creer que si uno escribe poesía sabe dar talleres. Cosas que no son exactamente ciertas.

Fernando Herrera es reseñista, traductor y comentarista de libros en revistas y periódicos especializados. Foto cortesía.

¿Qué piensa del taller de poesía?

A  veces un taller termina imponiendo que todo el mundo escriba de la misma manera. No me parece que sea muy saludable, yo pienso que es mejor que cada quien se vaya soltando solito. Aunque “se den garrote” los unos a los otros, pero que no haya un jefe   -por decirlo así- de la manada. Es contraproducente.

 

¿Cuál fue su experiencia docente en escrituras creativas en la U. Nacional?

De todas maneras de la Universidad Nacional me invitaron a dar algunos cursos del posgrado de Escrituras creativas -sin tener uno muy claro lo que iba a ser-; más o menos lo que fueron los tres semestres que di. En la universidad la cosa era más libre e improvisada, yo los invitaba a escribir sobre… por ejemplo: yo miraba por la ventana y veía un árbol, entonces, les decía para la próxima clase cada quien trae algo escrito sobre un árbol. De buenas a primeras, leíamos los textos en clase, cada quien decía lo que pensaba de la lectura del otro. Había cosas muy bien logradas, otras espantosas. Y eso también es importante decírselo a la gente.

 

¿Cuál fue su metodología de taller o seminario?

Fue lo siguiente: leí los textos generales como definiciones de artes poéticas, de distintos poetas. Digamos a partir de lo que se leía cada quien hacía un ejercicio definiendo cuál era su poética, qué era para él la poesía. A lo largo del curso siempre fuimos leyendo a distintos autores, y eso nos daba pie para que la gente hiciera ejercicios sobre ese mismo tema. Una preocupación mía fundamental, durante estos cursos -o no sé cómo llamarlos- era que ellos tuvieran muy en claro que la poesía podía ser muchas cosas muy distintas.

No porque yo escriba de determinada manera es la única forma de la poesía. La poesía puede ser una copla campesina o puede ser el verso de Novalis más refinado, y ahí está la poesía. O en una canción popular, o en una frase dicha en una buseta mientras uno va sentado y oye hablar al otro que dijo algo en verso y se encuentra uno que ahí está.

Casi recalcarles que la poesía tiene entradas distintas, pero el deber es evitar el lugar común que mata cualquier cosa; ciertas angustias que uno, a lo largo del trasegar muchas veces tratando de escribir poesía y de leer poesía, ha ido aprendiendo.

De ciertas cosas uno va dándose cuenta: de cómo evitar el lugar común y la cursilería, que es tan fácil encontrarse con ella. Porque hay un punto de quiebre, muy frágil en la poesía, que no puede ser una cosa simplemente celebratoria.

[1] Magíster en investigación en Estudios Culturales, mención literatura hispanoamericana. Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador.