En Moravia hay un Chocó Chiquito y un Oasis, lugares reconocidos por ser los de mayor población afro proveniente de Condoto, Istmina, Bagadó, Bojayá y Quibdó; algunos antiguos navegantes de los ríos San Juan y del Baudó alto y bajo. Todos con ese antojo insaciable de volver a bailar mapalé, tomar jugo de borojó, comer sancocho de las tres carnes, bailar en un bunde y disfrutar un currulao.

maxresdefault

Por: Carolina Martínez Arenas /  Fundación Walter Benjamin

Cinco mujeres cantaban frente a un altar blanco adornado con fotos que hacía de fondo a un envoltorio de tela negra. Cargadas con flores honraban a los ausentes con alabaos y gualíes, cantos africanos para despedir a los muertos. Ellas, reunidas en septiembre de 2014 en el centro de Desarrollo Cultural de Moravia en Medellín, no velaban a una sola persona. Lloraban a todos los cuerpos y espíritus, representados en el atado negro, que no pudieron ser despedidos pues la guerra, que se los había arrebatado de esta tierra, no les dio tiempo para los duelos.

Nur Valencia fue una de esas cantaoras. Ella es devota de Yemayá y de Pacho, santos a los que les canta, les ora y les hace ofrendas en su día, según los principios de la santería. Desde el balcón de su nueva casa, también le suele cantar al río Medellín, como si este fuera el bravío Atrato que hace más de diez años no ve; como tampoco ve a su amado pueblo Bojayá ni a su selva chocoana. En esos lugares están sus muertos, sus memorias, sus historias.

Los ojos de Nur siempre están llenos de luz y lloran cuando recuerda a Bojayá. Todos los días sale muy tempimg_Bojayarano rumbo a su trabajo en el barrio Belén. No le gusta hablar de los hechos violentos que sufrió el 2 de mayo de 2002 en Bojayá, cuando un cilindro de gas y metralla, lanzado durante un enfrentamiento entre las FARC y los paramilitares, destruyó el templo y mató a más de 80 feligreses. Prefiere decir que a pesar de lo sufrido, la felicidad por fin ha tocado las puertas de su vida. Su hija Wendy es una “excelente estilista”, dice. Y su nieta Valery, de cinco años, “una promesa del arte conceptual”. Además, Nur tiene una casa propia, pequeña y llena de amor que es su nuevo Bojayá. Desde el balcón de esa casa, Nur le canta a su río Atrato y a sus muertos, quienes ahora son sus espíritus protectores.

Un pequeño oasis

Moravia_MedellinMoravia es considerado un barrio popular. En él se aglutinan diversas formas de uso y de apropiación espacial que lo caracterizan por estar ubicado en la zona nororiental de la ciudad. Además, su contexto urbano es diferente al del resto de la ciudad pues en ese sector hay una gran diversidad cultural. No solo residen paisas (como se le suele decir a los nacidos en tierras antioqueñas) sino también hay presencia de personas provenientes de las costas atlántica y pacífica.

El barrio ocupa 42 hectáreas y en ese espacio viven cerca de 30 mil personas. Pese a la alta densidad poblacional, sus habitantes se tratan como si fueran de la misma familia.

Entre las historias que se pueden conocer mientras se camina un domingo por las calles empinadas de El Oasis y Chocó Chiquito, sectores ocupados por casas pequeñas de dos pisos decoradas por plantas que florecen en envases reciclados, se encuentran la de don Antonio Cardona y la de la seño Angélica Borja que ejercen como teguas en materia medicinal. Los vecinos prefieren visitarlos pues creen que ellos comprenden mucho mejor las dolencias del alma que los médicos profesionales. En algunos casos es necesario curar primero el espíritu para luego dar con la cura para el cuerpo que apenas se está volviendo a levantar en esta nueva selva gris y roja construida con cemento y ladrillos.

Don Antonio Cardona es un caballero. Lleva una bata blanca, pulcra; y las uñas limpias, pulidas. Él dice que el personal del sector salud debe estar siempre en óptimas condiciones de limpieza. Adquirió sus pocos conocimientos de medicina en el Tolima donde trabajó como enfermero. Además con su experticia, su sonrisa amorosa y su buena escucha, ha logrado interpretar los mensajes que llevan los ojos cargados de penas que aún no han sido expulsadas. Por eso, con la ayuda de yerbas medicinales y de ofrendas a los santos, ayuda a sus pacientes a sacar el dolor profundo, mitigando así un poco la pena que cargan en la espalda. La mayoría de sus pacientes lo consultan por dolores en el pecho y en la espalda, lo que él diagnostica como “un muerto pegado que está pidiendo ayuda”.

A Antonio suelen buscarlo personas de avanzada edad, quienes por sus creencias no confían mucho en la medicina occidental. Esto también se debe a la cultura propia de los indígenas y negros chocoanos.

 Entre sus pacientes más cercanos está don Pedro Rentería, desplazado del Chocó que vive en Medellín desde ocho años. Las consultas de Pedro son siempre por lo mismo: dolor de alma ubicado en el pecho.

Debido a que sus consultas son tan frecuentes, Pedro y Antonio han tejido un lazo de amistad en el que ya el dolor y la pena son viejos conocidos. Antonio le prepara a Pedro una aromática de hierbabuena con toronjil y menta, un baño de albahaca y de ruda. Las visitas son cada quince días y cuando llega la fecha, Antonio no atiende a nadie más, pues en este caso está primero su amigo Pedro.

Así como Antonio también está la seño Angélica Borja, una de las mejores parteras del sector. Angélica es una mujer de ojos grandes, siempre lleva un turbante de colores que le resalta la belleza. Según Angélica ese turbante la protege de las malas energías. También la protege su santo, Eleguá, que para el sincretismo católico es Jesús. Angélica es una santera nata pero no le gusta que la consulten por tener el don comunicarse con el más allá; prefiere que la consulten como partera. A diferencia de Antonio, Angélica nunca ha tenido experiencia laboral en hospitales. Tampoco ha estudiado algo de medicina, lo de ella es natural, es un oficio que aprendió de su abuela, cuando vivía en Tutunendo.

Angélica ha ayudado a llegar a esta tierra a varios niños a quienes, inmediatamente nacen, les pone la mano en la cabeza, les reza una oración yoruba y les dice el nombre de su santo para que este siempre los proteja. Angélica es conocida en el barrio por ser una mujer de buena escucha. Casi todas las mujeres embarazadas la buscan para que les ayude a traer a su bebé al mundo pero no siempre lo puede hacer. Cuando las cosas se complican, Angélica les recomienda irse para el hospital. Las despide y prende velas para que los bebés lleguen con iré, buena energía para los yoruba.

Al final de una calle empinada, en El Oasis, se ve un pequeño letrero que ofrece lavadoras en renta; afuera del pequeño local –lavandería-miscelánea– hay mesas y sillas de colores donde los vecinos pasan la tarde tomando cerveza y aguardiente Platino; jugando parqués, cartas y dominó tal y como sucede en los pequeños poblados de la selva chocoana. En este sector todavía se puede apreciar como sus habitantes viven en precarias condiciones, sin embargo esto no es motivo para desdibujar la sonrisa de quienes disfrutan del licor.

En una de las peluquerías del barrio está Wendy Caicedo, la hija de Nur, quien luego de haberse graduado del Sena decidió trabajar para sacar adelante a su hija Valery y ayudarle a su mamá. Ella es conversadora y siempre está sonriendo. Hoy le está haciendo las trenzas a su amiga Angie, una joven de 20 años, que va para el cumpleaños de su primito en el barrio Buenos Aires. Wendy insiste en que la debe dejar como una reina pues Angie tiene la firme convicción de que esa tarde de domingo va a ser la reina de la fiesta, tal y como cuando era pequeña y jugaba con sus primas en Quibdó a ser la reina de las fiestas de San Pacho. Wendy termina las trenzas a su amiga. Le dice que quedó como Goyo, la cantante de Choquibtown, y añade: “Ay mija, váyase pues para esa verbena y pase bueno, pero ya sabe: cuide ese fundamento que yo todavía no quiero ser tía”. Ambas se ríen a carcajadas.

7137449225_9e059d72f3Como es domingo, la rumba se enciende a orillas de la quebrada La Bermejala. La verbena crece, los grandes parlantes llevan a la calle vallenato, reguetón, champeta y demás sonidos propios de la fiesta chocoana como si fuera una tarde en el malecón del Atrato. Los vecinos llegan, se saludan de pico y abrazo, piden cerveza envenenada con sal, limón y pimienta; o aguardiente Platino; y los que tienen hambre ordenan una picada con chorizos encoñadores y longanizas afrodisíacas. Pedro, su vendedor, asegura que quien prueba una picada de esas no puede parar de comer.

 La rumba se va prendiendo y la noche se torna infinita, todos están contentos y tienen un motivo para celebrar: están vivos.

La vida siempre se celebra, no importa la fecha ni la hora. Cristian Palacios asegura que para él no hay mejor momento que esos en los que se sienta con sus amigos a bacilar, bailar, cantar y disfrutar, pues por fin se siente parte de un territorio. Se siente entre familia, entre amigos que lo comprenden.

Mientras tanto Yodir Córdoba, quien se define como rumbeólogo profesional, le enseña a bailar el “ras tas tas” a su sobrina Yesenia, quien no tiene más de 12 años. Le dice que negra que no se sepa mover no muestra la melanina y la sabrosura que lleva en la sangre.

IMAGEN-8604023-2

En otra esquina están disfrutando de la música que llega cargada con el olor y el sabor del pacífico colombiano, pues los sonidos son mezclas de tambora, marimba y chirimía. A ritmo de hip-hop, suena la canción “De dónde vengo yo” de Chocquibtown. La gente canta y baila con una letra y un ritmo que los identifica. El estribillo que mejor les suena es el coro que así reza:

“De dónde vengo yo

la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos

Vengo yo

De tanto luchar siempre con la nuestra nos salimos

Vengo yo

Y aquí se habla mal pero todo está mucho mejor

Vengo yo

Tenemos la lluvia, el frío, el calor vengo yo

la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos

Vengo yo

De tanto luchar siempre con la nuestra nos salimos

Vengo yo

Y aquí se habla mal pero todo está mucho mejor

Vengo yo

Tenemos la lluvia, el frío, el calor” .

Esa canción los alegra. Algunos cantan con los ojos cerrados, mientras se imaginan ese cielo chocoano al que le cantan y al que tanto quieren regresar así sea para volverlo a ver por última vez. Quienes se encuentran en esta fiesta afirman que este tipo de espacios son un claro ejemplo de resiliencia, pues este tipo de expresiones culturales hace que la esencia afro se mantenga viva en todos los rincones de El Oasis, que es un Chocó Chiquito.

Ya la noche ha ido transcurriendo y muchos se han marchado a descansar. Quedan unos cuantos que siguen cantando y bailando. Su idea es ver el amanecer para vencer de esa manera la muerte; vencerla con alegría para empezar con pie derecho la semana.

Mientras unos esperan el amanecer con fiesta, otros salen para sus trabajos, no sin antes agradecerle a su santo por la nueva semana que comienza y por ese delicioso desayuno levanta muertos: caldo de pescao con jugo de borojó, que solo saben preparar en el restaurante El Mesón.

En Moravia hay un Chocó Chiquito y un Oasis, lugares reconocidos por ser los de mayor población afro proveniente de Condoto, Istmina, Bagadó, Bojayá y Quibdó; algunos antiguos navegantes de los ríos San Juan y del Baudó alto y bajo. Todos con ese antojo insaciable de volver a bailar mapalé, tomar jugo de borojó, comer sancocho de las tres carnes, bailar en un bunde y disfrutar un currulao.

El éxodo siempre genera duelo sobre todo en esas comunidades que se salieron y que dejaron su espíritu en ese lugar al que verdaderamente pertenecen. Por eso las despedidas, al igual que las muertes, deben ser cortas pues así no se genera tanto dolor en el alma y se le permite al nuevo espíritu llegar pronto a su anhelado palenque.

*Publicada originalmente aquí