Ya me tiré al campo: a la agricultura. Hasta que saqué la cédula. A los diecisiete saqué la cédula. Me tocó ponerme dos años de más pa’ sacármela, por eso quedé con todo ese poco de años. Usted con la cédula a donde llegue consigue trabajo, pero sin papeles no es nadie.

Y entonces el Estado tiene la culpa de que yo me viniera a la guerrilla. Porque me la montaron. Yo pasaba dos, tres meses sin salir al pueblo, trabajando, cuidando marranos.

Texto: Camilo Alzate

Fotografías: Víctor Galeano

1

Conocí a Faustino en Dabeiba, durante la alfabetización que unas voluntarias impartían a los guerrilleros del Bloque Noroccidental de las FARC, concentrados en la Zona Veredal de Llanogrande. Faustino, un negro espigado y altísimo que conversaba con la entonación que se oye en los ríos más recónditos del Chocó, tenía cara de todo, menos de guerrero. Sus manos eran demasiado bruscas, a duras penas lograba tomar el lápiz y los ojos mostraban ese brillo de los niños de cinco años, ingenuos y tiernos a la vez. Faustino escribía las planas y de inmediato me preguntaba “¿Si es así? ¿Si voy bien?”. Luego mostraba el cuaderno a los demás con orgullo: “Vea, compa, estoy aprendiendo”. Tenía cara de todo, menos de guerrero.

Pero la vida de Faustino había sido, hasta no hacía mucho, la de un guerrero. Me contó que la rutina del monte era dura. Las marchas con lluvia y el equipo al hombro eran penosas para él. Me contó que en el río Atrato una bala le rasgó la cabeza cuando unas “pirañas”, esas potentes lanchas artilladas de la Armada Nacional, lo arrinconaron en una orilla donde no encontró forma de atrincherarse. Ahí lo ametrallaron, aunque sobrevivió. Me contó que en los bombardeos solían escuchar a la “marrana”, una aeronave exploradora que pasaba dos o tres veces sobrevolando el campamento, justo antes que los aviones de combate lanzaran los misiles, entonces ellos ya habían corrido a otro lugar. Me contó que había andado al principio con el frente 57 y que terminó en el 34.

En los días que estuve en Dabeiba la mayoría de guerrilleros mantenía una expectativa pesimista sobre el proceso de paz y el futuro de los acuerdos. Advertían con preocupación que el gobierno les incumplía todo ahora que ellos ya habían dejado las armas. Faustino también entregó su fusil, aunque él era optimista. “Con lo que aprenda aquí, si aprendo, me toca echar pa’lante a hacer cualquier cosa. No se puede quedar uno en lo mismo”, me dijo una tarde. Al día siguiente Faustino se llenó de rabia en la rancha, nunca supe bien por qué. Sus compañeros relataron que le pegó un puñetazo a una ventana y los vidrios rotos le cortaron las venas de la mano. Quienes lo vieron después cuentan que ese negro tan negro se puso blanco tan blanco cuando empezó a desangrarse en un rincón de la cocina. Una ambulancia se lo llevó de urgencia para Apartadó y allá estuvo una semana hospitalizado. Esa semana no hizo planas en el cuaderno. Algunos incluso inventaron el chisme de que había fallecido.

Cuando Faustino volvió al campamento yo ya me había ido. Lo que sigue fue eso que me confió aquella tarde, antes del puñetazo a la ventana.

Ya yo me abrí porque el Atrato estaba anegando. Donde eso esté seco me matan ¿por dónde me iba a salir, si por el centro venían y por el borde también? Me abrí, me subí una vuelta arriba y por allá me tiré al agua pa’ cruzarme ese Atrato con botas y todo.

2  

Tengo cincuenta años. Ya ahorita vamos pa’ la civil.

Me metieron una sola vez a la escuela. Como mi papá era pobre, entonces un añito estudié, no había pa’ la comida. En ese tiempo todo era caro. Sí había profesores que le enseñaban a uno bien, pero ya no me volvieron a meter más a la escuela. Era en Domingodó, cerca de Riosucio. Teníamos que salir en champa, digamos que uno estudiaba hasta el viernes y ya el sábado lo dejaban salir a la casa a rebuscar comidita y al otro día regresarse a estar el lunes temprano. De mi casa eran ocho horas en canalete por río a Domingodó. Y el que no bogaba duro se echaba tres días, porque había ciénagas, había ranchitos, entonces uno se quedaba amaneciendo por ahí. Yo eso lo vi como muy duro y me pegué al lado de mi papá, me pegué a trabajar.

A los diecisiete años ya me fui del lado de él. Me fui pa’ Turbo con un tío. Empecé a trabajar aserrando madera, iba haciendo la plata. Lo que conseguía era para mandarle mercado a mi papá en la casa. Así me fui criando. Cuando volví a donde él ya tenía la primera mujer. “¿Usted por qué no estudia?”, me dijo mi tío. “A mí me queda duro –le dije– porque la muchacha también está estudiando”. Me parecía como muy duro eso, tanto tiempo después se le olvida a uno.

Ya me tiré al campo: a la agricultura. Hasta que saqué la cédula. A los diecisiete saqué la cédula. Me tocó ponerme dos años de más pa’ sacármela, por eso quedé con todo ese poco de años. Usted con la cédula a donde llegue consigue trabajo, pero sin papeles no es nadie. Yo cogí una señora que sabía. Me cuadré una muchacha y sabía: una bachiller, una profesora. Ya empezamos a hablar y nos cuadramos y ella me decía “si quiere vamos a la Universidad, yo le enseño allá”. Yo no quise, porque como mi papá era pobre y él no tenía más familia cerquita, mi tío estaba en Turbo, mi abuela había muerto, mi abuelo también, entonces mi papá quedó esperanzado a lo que los hijos le dieran. Por eso me quedé allá trabajando.

Y entonces el Estado tiene la culpa de que yo me viniera a la guerrilla. Porque me la montaron. Yo pasaba dos, tres meses sin salir al pueblo, trabajando, cuidando marranos. Ya uno con animales tiene que estar ahí constante. Yo salía, traía dos o tres marranos pa’ que se vendieran. Y así me fui quedando. Entonces me la montaron: “que usted tiene que ver con ellos”, pero yo no me movía a ningún lado, así como estar aquí en el caserío. Salía al pueblo y me detenían. “¿Pero por qué me la montan?”, decía yo. La guerrilla sí pasaba por ahí por donde yo estaba cosechando maíz, y me la montaron: “que vea, usted tiene que ver con ellos”. “Suéltenme que aquí no me amaño”, les dije, “yo aquí no me amaño, ustedes pueden hacer como sea, pero yo en este pueblo no, allá tengo mis animales en el monte”. Ellos dijeron: “vamos a la finca”. Nos fuimos pa’ allí. “Bueno, usted es trabajador”, dijeron. “Se la estamos montando a este negrito y es un trabajador”, dijeron ellos. Allá había madera aserrada, comida, cultivos. Un marrano les di pa’ que se trajeran. Era un diciembre y ellos decían “¿y usted porque no sale al pueblo nunca?”. “No, yo me gusta estar aquí dentro”, les respondí. “En pueblo no me amaño porque uno en el pueblo todo tiene que comprarlo, en cambio en el monte no tiene que comprar nada”.

Y me la montaron. Yo bajaba a Riosucio y otra vez decían: “acá está el muchacho que vamos a entrevistar”. “Yo pa’ allá no voy –les dije– me da mucha pena señores pero yo con ustedes no camino”. Me detuvieron. Entonces ya vino la familia mía a hablar, vinieron mi papá y mi mamá. “Que si el muchacho coge mal rumbo es por ustedes –les dijo– porque él está allá tranquilo”. Y nos pusieron a firmar un poco de papeles ahí.

A los días en la finca el hijo mío que estaba de seis añitos me avisó: “papá, ahí vienen unos señores”. Él conocía ya la guerrilla, porque la guerrilla no se ponía pasamontañas. Cuando miro yo pa’ la calle y sí señor, vienen los hombres por mí. Los paras. Y ahí mismo me abro a correr.

Atrato estaba anegando ese día. Por esa agua cogí, mano, vea, paré en ese chascarrazal sin comer nada, me iba a morir yo en ese monte. Si uno es civil, así como está ese muchacho ahí, y se la montan a uno en un pueblo, ¿pues qué va a hacer uno?

Ya yo me abrí porque el Atrato estaba anegando. Donde eso esté seco me matan ¿por dónde me iba a salir, si por el centro venían y por el borde también? Me abrí, me subí una vuelta arriba y por allá me tiré al agua pa’ cruzarme ese Atrato con botas y todo. Eso es anchísimo y yo me les metí a ese río. Y dele y dele y dele. Pero un remolino me ayudó. Cuando yo arrimé allí me agarré de un palo y me quedé ahí descansando un rato, que me ahogaba. Y yo que me quito cuando al rato arrima la panga con ellos. “Por aquí no pasó porque no hay mojado” dijo uno. Donde sea temprano todavía, me habían visto. Eso es muy duro, mano.

Yo esta vida no la pago, dije. Como sabía dónde estaba la guerrilla me fui pa’ allá y me recibieron.  “¿Y qué le pasó pues?”, preguntaron. Y les digo “esa gente me correteó ayer en ese Atrato”. “Lo vamos a dejar acá dos años que piense, si a los dos años usted no quiere irse, ahí sí lo recibimos”. Entonces a los años me preguntaron: “¿usted al fin qué va a hacer? ¿Se va a ir o se va a quedar?”. Yo me quedo, porque vivir esa vida de perros en la casa, pa’ que lo vayan a salir matando a uno. Mejor me quedo, dije.

Y eso tengo de estar firme acá. Ya mi papá murió, mi mamá también, un hermano. Los hijos si están vivos, la mujer también. Nosotros éramos diez hermanos hombres. De esos diez apenas quedan tres.

El Estado tuvo culpa de todo eso. ¿Por qué no me dejaron quieto?