Memoria incompleta pues de los momentos de estudio no hay mucho que sea digno de recordar; nada extraordinario que rompiera la monotonía sucedió, diferente a las interrupciones, para ir al baño, comer, dormir, salir o hacer cualquier cosa que se me diera la gana.
Por: Andrés Agudelo
Luego de una rutina de papeleo y diligencias que, como tratando de postergar la vida adulta me niego a aprender, quedé matriculado. Abrieron la plataforma, es decir, empezamos clases un día temprano de febrero, a la par con muchos otros colegios con quienes compartíamos, con teatralidad, esa y otras costumbres. El año académico, seis meses para terminar un grado (noveno, en este caso), estaba dividido en dos periodos.
Cada materia tenía una sección donde estaban enumerados los temas del año lectivo y los correos electrónicos de los tutores. Arriba, justo debajo del nombre de la materia escrito grande en mayúsculas, había enumeradas una serie de advertencias académicas redactadas con la seriedad de una madre que no quiere ser amiga de sus hijos o de unas directivas escolares esforzándose por escapar del aura inmadura e nada seria del internet. En alguna parte del portal había un chat para los estudiantes, que nunca toqué, y otras opciones de navegación, absurdas para un colegio pero indispensables para cualquier sitio web.
A pesar de haber visitado el sitio al menos una vez al día por al menos año y medio, tengo que ingresar de nuevo mientras escribo para recordar cómo era más allá de la página de inicio. Ingreso mi clave pero mi cuenta ha sido desactivada, un día después de graduarme; a riesgo de equivocarme, debo recurrir a mi memoria. Memoria incompleta pues de los momentos de estudio no hay mucho que sea digno de recordar; nada extraordinario que rompiera la monotonía sucedió, diferente a las interrupciones, para ir al baño, comer, dormir, salir o hacer cualquier cosa que se me diera la gana.
Eso es una ventaja, las interrupciones; o el tiempo libre, mejor. Antes de empezar, cuando la idea de que estudiaría en mi cuarto, solo, sin profesores ni compañeros cerca comenzó a tornarse real, me armé una fantasía de libertad.
Como queriendo recalcarme la nueva utilidad que recién descubría de este sistema, planeé todo tipo de actividades, en su mayoría online, con la determinación de comenzarlas a la par con mis estudios. Ya para el primer día de clases había comparado el número de lecciones individuales de cada asignatura con el número de días hábiles hasta el final del semestre, y había cronometrado el tiempo que, aun pretendiendo ser responsable y aprender en la vergüenza inicial de toda salida fácil, me tomaría terminar cada una de las lecciones y exámenes. Todas las cuentas cuadraban.
Ahora, oh ironía, el colegio, en los espacios reducidos que le correspondían, era lo único que se interponía entre mi nueva vida al máximo y yo. Desde lo más simple, como ir al baño o a la cocina, hasta lo más ambicioso, como aprender italiano o volverme guionista de historietas, todo mis propósitos, a pesar de la “interrupción” (que esta vez no iba, por ningún motivo, a abandonar) parecían salidos de la adaptación cinematográfica de un libro de autoayuda.
Interrupción, sí. Cuando comencé de lleno a estudiar, en mi cuarto, solo, sin profesores ni compañeros cerca, este nuevo mundo que me había inventado dentro del computador comenzó a derrumbarse como lo habían hecho todos los otros por una razón que aún no sé. Las supuestas actividades, grandes y pequeñas, se llenaron de monotonía tan rápido como yo me llenaba de nostalgia. En el segundo capítulo de Watchmen, Silk Specter I, de 65 años y recluida en un asilo para ancianos, le dice a su hija, Silk Specter II, que mientras para ella el futuro se torna un poco más oscuro cada día, el pasado, aun en sus partes más tétricas, se va haciendo más brillante. La primera vez que lo leí no lo entendí del todo. Cursando noveno grado a través de internet empecé a comprenderlo con cada proyecto archivado; cada placer, miedo o sueño desvanecido como un recuerdo abstracto de un pasado imposible donde sin saberlo, los placeres, miedos o sueños eran reales gracias al contacto humano.
Contacto humano; de eso carecían, como una mala broma de mis instintos, las actividades que me proponía realizar mientras estudiaba aislado, por internet. Mi tiempo libre se había convertido en un remedo escabroso de una vida real fracasada, y, de no haber superado ya, para ese entonces, la voluntad culpable de probarme a mí y a mis padres que podía aprender por internet cuanto o más de lo que aprendía en físico, el colegio, que llegué a ver como un estorbo, se hubiera convertido en mi interrupción; mi tiempo libre.
Pero no fue así. Sin propósitos, o con propósitos más reales, y sin interés verdadero en el colegio, me dediqué a lo me gustaba hacer sin necesidad de mundos ni mitologías: escribir; pero esa es otra historia.
Lo del desinterés en una desventaja. Los colegios tangibles ofrecen, oculta en su propia naturaleza, una motivación tácita para todo su estudiantado más allá de las aspiraciones académicas y comerciales de cada uno. De esta motivación, dada por las siete, diez o doce asignaturas que se estudien dependiendo del grado y la institución, solo escapan quienes son malos para todo.
Por miedo a parecer estúpido, a ser estúpido, a ser menos inteligente de lo que se está convencido, a decepcionar a los padres, a dañarse el futuro, a no ser tan bueno como los otros, a estropear las vacaciones o las salidas de fin de semana, los estudiantes, desde excelentes hasta regulares, hacen su mejor esfuerzo por aprobar la o las materias que no les importan (vamos, a nadie le gustan todas las asignaturas), pero que tienen un peso absurdo en sus resultados, su vida y su autoestima.
De esta motivación se carece cuando se estudia online. Como dije antes, ya no quedaban falsas ilusiones que destruir ni paciencia de rebosar; no había nada que empeorar ni había culpas o decepciones adelante. Con la decisión de abandonar el colegio tomada varias veces antes, y con la decisión de abandonarlo una última vez para empezar a estudiar por internet, ya las contrariedades sobre mí yo estudiante habían quedado atrás.
Veía el estudio (el escolar) como lo que sociedad se ha encargado de hacer de él: un requisito; las notas no me importaban, eran una pérdida de tiempo. Sin ese empujón, y luego de zafarme del falso compromiso al que me obligué en un principio, solo me quedaba un ligero guayabo de no estar aprendiendo, guayabo que como hacen muchos, solucioné con más alcohol.
Al final de cada lección había una pregunta, cada seis u ocho lecciones un examen corto de cinco preguntas y cada fin de periodo, es decir, dos por grado, un examen final de diez preguntas. La manera como aprobé la mayoría de lecciones y exámenes es para mí una ventaja. La manera como estaban hechas las lecciones carecía de esfuerzos por ganarse la atención de quien las leyera.
Daban la impresión de estar copiadas directamente de un artículo de Wikipedia, sin ningún reparo o edición que pretendiera disimular la trampa; letras pequeñas y grandes mezcladas, márgenes y títulos inciertos y numeraciones en desorden. Abajo, una frase transcrita tal cual del contenido a modo de pregunta, con cuatro frases o palabras más, debajo de esta, como las opciones de respuesta.
Para resolver este tipo de lecciones, predominantes en materias “habladas” como español, filosofía o ciencias sociales, buscaba con un F3 el renglón del texto en el que la respuesta y la pregunta se juntaban como un solo enunciado; eso, en las pocas que no fueran demasiado obvias para solamente adivinar la respuesta. Para los exámenes intermedios y finales la solución era la misma. Los cuarenta minutos o una hora que tenía para contestar las cinco o diez preguntas eran suficientes para ejecutar la operación hecha con la lecciones a una escala de más pestañas abiertas al mismo tiempo; eso, de nuevo, con las que no fueran demasiado obvias para adivinar.
Las lecciones de matemáticas, física y algunas de química eran diferentes por implicar fórmulas; ya no valía buscar la respuesta en el contenido. Resignado por la pereza, traté de adivinar la primera lección de matemáticas que tuve que responder. Di clic a uno de los cuatro grupos de números y letras que podían ser el correcto y en la pantalla me apareció que había fallado, y que si quería intentarlo de nuevo. Volví a adivinar y volví a fallar. Lo hice cuatro veces hasta que la última fue la correcta, y un cinco, a pesar de la advertencia repetitiva de que había fracasado en la lección y tenía cero, aparecía en la lista de calificaciones de la materia al momento de refrescar.
Con los exámenes de matemáticas, física y algunos de química, fue un poco más complicado. No había varios intentos para los ítems de los exámenes; si fracasaba en uno de los pequeños, eran varios días de espera antes de poder realizarlo de nuevo, y si fallaba uno de los finales, que contaba cada uno como el 20 por ciento de la nota final del periodo, no había segundas oportunidades.
Aunque traté de buscar las respuestas en Yahoo!, como había hecho con algunas lecciones antes, los primeros intentos fueron inútiles y solo me dejaron un recordatorio incómodo por los días venideros de que tendría que intentarlo otra vez, con iguales posibilidades de fracasar. De nuevo, como una conclusión natural, recurrí al internet. Mi primo, quien estudia física a varios miles de kilómetros de distancia, podría resolver los exámenes por mí con enviarle mi nombre de usuario y mi contraseña en un mensaje de texto, acompañado de una disimulada súplica.
El no aprender de verdad es siempre una desventaja, sin importar cuán inmaduro se sea para no aceptarlo. Quienes sin motivos de fuerza mayor (enfermedad, hijos, trabajo) tomaron el camino del bachillerato en línea con todavía un poco de inquietud sobre sus futuros, en algún momento tuvieron que engañarse a sí mismos o a sus familias sobre la calidad de ese tipo de educación.
Seguro todos usaron mis mismos argumentos: que nada de lo que se aprende en el colegio sirve para la vida; que la educación actual valora más las notas que las capacidades; que aprobar no es aprender, y muchas otras, que si bien no son mentira, tampoco son más que excusas para quedarnos, pues no muchos pueden ser en realidad autodidactas, sin lo poco que se nos ofrece.
Sí, la educación presencial no es buena; y no, yo no fui capaz de superarla desde casa, a pesar de cuanto había jurado mi orgullo probarles a todos lo contrario. Cuando recibí los resultados de la prueba Saber 11, examen estatal realizado a todos los estudiantes del último grado de bachillerato, terminé de caer de la nube. No fueron malos resultados, fueron normales, pero tenía la ridícula ilusión de que la prueba solucionaría mi vida. Fantaseaba con ocupar el primer puesto del departamento o la nación y acceder a una beca para estudiar en otro país.
Ahí se detenían mis sueños; no quería contaminar mis expectativas con maquetas hechas de lo que había vivido hasta el momento; quería que todo fuera nuevo, desconocido. Pero no sucedió, ahora tengo que tomar el camino largo hacia adelante: presentar exámenes, trabajar, que mis padres me paguen una habitación o apartaestudio en Bogotá y seguir viviendo en Colombia (por ahora). Supongo que esa es otra de las desventajas de estudiar desde casa, se tiene demasiado tiempo de tiempo para soñar.
…
Antes de irme, luego de terminada la ceremonia, me acerqué a despedirme de uno de muchachos con quienes había hablado al llegar. Detrás de mí, muchos de los casi 50 alumnos con quienes había compartido la graduación entregaban la toga y el birrete al equipo de fotografía, hablaban con las directivas o esperaban bajo los aleros a que la llovizna que acababa de empezar no se transformara en aguacero. Quienes nos marchábamos lo hacíamos indiferentes; no había parsimonia por alargar los recuerdos.
Antes de recibir el diploma, esperando a que dijeran mi nombre, lamenté no poder sujetar el hombro de quienes estaban a mi lado. A punto de subirme al carro, pensé en todos los graduandos que no pudieron estar ahí; éramos 92 en total. Miré una vez más a los otros, que ahora solo podía suponer por que llevaban la estola azul y blanca con el nombre del colegio y de la promoción colgando de sus cuellos, o cargaban la carpeta azul con el diploma en la mano.
Sin estar sentados junto a mí esperando a oír sus nombres de parte del maestro de ceremonias, no quedaba nada, ni edad, ni vestimenta, que me pudiera decir quiénes acababan de terminar su fase de bachilleres.
Miré al muchacho a los ojos, le di la mano y le dije suerte; una sola palabra. Lo que en verdad lamenté de todo esto, mucho más que el vacío en mi aprendizaje, fue el vacío en mi vida. A esas personas que nunca había visto, nunca las volvería a ver; no sé sus nombres ni ellos saben el mío. Ya ni siquiera recuerdo sus rostros. Mi etapa de bachiller es una hoja en blanco a la mitad de una novela; no hay nada, es un error de impresión, se sigue leyendo y ya. Así lo quise yo.
Llegué a casa justo a tiempo para ver Game of Thrones. Nada de spoilers, pero ese día no encontré la muerte satisfactoria.


