Me he leído entero el libro de Antonio Escohotado sobre la historia de las drogas porque creo que es una de las obras que todo especialista en estos temas ha de leer. Una obra erudita, universal y completa sobre el tema con las que se puede estar de acuerdo o no en sus conclusiones, pero a la que no se puede contradecir en cuanto a los datos y al argumentario.
drogasPor: Francisco Traver Torras*

Hace mucho tiempo que pienso en escribir este post y mucho tiempo más que pienso sobre esta cuestión, pero no he querido dar mi opinión hasta ahora porque no tenia las ideas claras.No es que ahora las tenga más claras que ayer, pero me he  propuesto a mi mismo escribir sobre ello, y quizá a recibir alguna idea en los comentarios que me permita cambiar de opinión. Yo soy de los que cambia de opinión cuando los hechos lo aconsejan. Y lo soy a pesar de un sesgo profesional: soy psiquiatra y por eso he contemplado muy de cerca los efectos crónicos de la droga en pacientes psiquiátricos y en pacientes no-psiquiátricos. Pero ya he dicho que esa contemplación puede ser un sesgo y por eso escribo este post, pues yo personalmente escribo para aprender, para saber lo que sé y para aprender de lo que no sé.

Me he leído entero el libro de Antonio Escohotado sobre la historia de las drogas porque creo que es una de las obras que todo especialista en estos temas ha de leer. Una obra erudita, universal y completa sobre el tema con las que se puede estar de acuerdo o no en sus conclusiones, pero a la que no se puede contradecir en cuanto a los datos y al argumentario. Se trata de un verdadero tratado sobre las drogas y solo un panfleto en cuanto a la proclama anti-prohibicionista que declara en sus conclusiones que le acompañan a lo largo de su descripción como una especie de sesgo de confirmación. Una obra que fue escrita para denunciar lo que Escohotado llama “la cruzada contra las drogas” que obviamente ha fracasado.

Escohotado es una persona arrogante, exhibicionista y provocadora que ha construido su carrera en torno a esta obra monumental sobre las drogas pero es un pensador profundo al que le falta lo que a mi me sobra: la experiencia clínica, baste leer su último libro sobre “Los enemigos del comercio” para notar la diferencia entre su pensamiento actual y el Escohotado de hace 20 años: su discurso ha cambiado y se ha hecho mucho más humano y más cercano a la verdad, un hito que demuestra su validez intelectual. Pero estoy de acuerdo con él en que este tema de las drogas necesita un debate social, largo y prolongado que no debemos dejar a los políticos, sino un debate en el que todas las voces puedan oírse para llegar a conclusiones consensuadas sobre qué debemos hacer. Algo difícil en nuestro entorno y más en nuestro país, pero es un debate que tendrá que hacerse si no queremos que la ingeniería social nos lo imponga pronto o tarde.

Pues las drogas son necesarias para el hombre y es cierto que no hay ningún sistema prohibicionista que acabe con ellas. Pasa lo mismo con el sexo: el sexo no admite regulaciones por más que algunos hayan destinado gran parte de recursos económicos a regularlo desde distintas agendas, cada una de ellas destinada a un objetivo común: aumentar o disminuir la población del mundo, primero la occidental. Prohibir o castigar la homosexualidad es tan absurdo como castigar el uso de drogas.

Hay quien está a favor de mantener el statu quo actual (de prohibición) y hay quien está de acuerdo en abolirlo. Pero las razones que unos y otros esgrimen me parecen poco sensatas y es por eso que voy a dedicar un par de entradas a decir porqué.

  1. Tanto la prohibición como la legalización aumentaría el consumo. Esta es una de las ideas que mayor prevalencia tiene entre la población general. La gente admite de buen grado que lo prohibido tiene un atractivo especial, pero no hay ninguna prueba de ello. Que yo sepa no se ha hecho ningún ensayo riguroso de la relación entre prohibición y consumo, simplemente no podríamos contar con un grupo control con el que comparar: tampoco está demostrado que la legalización lo aumentara. Así y todo los intuitivo -aunque no demostrado- es que la prohibición aumenta y la legalización también aumentaría su consumo. Una contradicción por aclarar científicamente.
  2. La legalización acabaría con el narcotráfico por inanición. Es decir si el Estado acaparara el cultivo y la comercialización de las drogas terminaríamos con el narcotráfico y la delincuencia asociada a este gran negocio sobre el que han hablado muchos especialistas en el tema como Roberto Saviano. Y no cabe duda de que el narcotráfico en sí mismo -por el enorme volumen de dinero que maneja- es una amenaza no solo para la salud de muchas personas sino también para la supervivencia de ciertos Estados relacionados con él por la corrupción que arrastra consigo, una corrupción que socava a la Ley y a la democracia desde sus raíces.
  3. Aun suponiendo que el mundo entero estuviera de acuerdo en legalizar las drogas, cosa harto difícil hasta que haya un gobierno mundial, lo cierto es que tendríamos un problema nuevo ¿Qué drogas hay que legalizar y cuales no? ¿Deberíamos legalizar la heroína, el cannabis o la cocaína pero no las demás? ¿Qué pasaría con las drogas de síntesis, las que ya se conocen y las que han de llegar? Evidentemente esto crearía conflictos de intereses entre los distintos estados productores y no resolvería el problema de fondo que no es otro sino qué hacer con esa drogas sintéticas que son enormemente perjudiciales para la salud y muy baratas de obtener.
  4. Una idea que defiende tanto Escohotado como otros autores anti-prohibicionistas es la información. Hay quienes piensan que la prohibición oscurece la información que todos debemos poseer para llegar a un consumo sensato de drogas. Pero los datos demuestran que hoy disponemos de información universal sobre casi todo y no todo el mundo la aprovecha. Personalmente no creo que la información sea una panacea para alejarse del consumo de drogas o para hacer un uso sensato de las mismas. No hay que fiarlo todo a la educación y hay que esperar que sigan habiendo muchos consumidores que pasen del uso al abuso y la dependencia en poco tiempo tanto si las drogas son legales como ilegales.

Hay quienes piensan que la prohibición oscurece la información que todos debemos poseer para llegar a un consumo sensato de drogas. Pero los datos demuestran que hoy disponemos de información universal sobre casi todo y no todo el mundo la aprovecha. Fotografía / Pixabay

Principio de Pareto

El principio de Pareto mas bien conocido con el principio de 80/20 predice que el 20% de la población es responsable del 80% de actividades de cualquier tipo que estemos estudiando. Así el 20% de la población son responsables del 80% de los crímenes de una comunidad cualquiera. Del mismo modo que el 20% de un campo de naranjos son responsables del 80% de la producción de naranjas de ese campo. Se trata de una cifra inamovvible y universal, de modo que podemos concluir diciendo que el 20% de la población consumirán el 80% de las drogas legales o no legales que circulen en su campo de actividad. Son precisamente ese 20% donde hay que buscar a los abusadores o dependientes de drogas, el resto (un 80% las consume ocasionalmente o no las consume)

El principio de Pareto me parece una buena manera de entender este tema y cualquier otro: aunque la droga se legalizara no todos consumiríamos drogas en el modo de abuso y la despenalización de las mismas apartaría a los criminales de ese mundo “cutre” de la drogadicción con sus chabolas, camellos y ambientes delincuenciales y antihigiénicos. Es una hipótesis bastante intuitiva.

El principio de Pareto me parece una buena manera de entender este tema y cualquier otro: aunque la droga se legalizara no todos consumiríamos drogas en el modo de abuso. Fotografía / Pixabay

Uso y abuso

Una de las ideas que Escohotado más repite en sus libros es la comparación que hace entre drogas legales e ilegales. Hay tres drogas legales muy introducidas en nuestra cultura: el alcohol. el tabaco y el café. Las tres son drogas con cierto efecto psicoactivo y todos tenemos noticia de sus efectos. El alcohol nos tranquiliza y anima, tiene un efecto paradójico y dependiente de la personalidad de base. Nosotros vivimos en una cultura vinícola y estamos acostumbrados al vino desde nuestra infancia y sabemos beber como caballeros, hemos aprendido a un uso que  queda más acá de la embriaguez. Con el tabaco pasa lo mismo, se puede usar sin abusar del mismo aunque los limites entre uso y abuso no sean demasiado nítidos. Y del café qué voy a decir, salvo que todos lo usamos para espabilarnos por las mañanas o después de comer. Estas tres drogas tan familiares nos demuestran que el uso sensato y prudente de drogas es posible aunque las tres sean capaces de provocar adicción cuando se superan determinados limites o puedan generar enfermedades físicas como el cáncer en el caso del tabaco o de la cirrosis en el caso del alcohol. Lo que nos lleva a una primera conclusión: la adicción, la patología del cuerpo o la patología mental secundaria a las drogas van aparte.

Sucede por una razón: no todas las drogas tienen la misma intensidad a la hora de provocarnos placer. El tabaco es placentero pero el placer de su uso está más relacionado con la abstinencia que con su potencialidad para generar placer por sí mismo. El alcohol nos pone alegres y nos tranquiliza o nos hace más sociables y parlanchines pero no parece capaz de disparar por sí mismo el circuito del placer. El café nos gusta porque nos excita y nos hace estar más despiertos pero no es placentero en sí mismo a no ser que nos guste su amargo sabor. Las tres son adictivas pero no son drogas especialmente placenteras, para que provoquen placer hay que aprender algo acerca de su consumo. ¿Te acuerdas de tu primer cigarrillo? Es muy posible que vomitaras de asco pero así y todo si seguiste fumando tardarías poco en hacerte adicto. La nicotina es tan adictiva como la cocaína, pero ¡ah!, no tan buena.

 

Vale la pena recordar este concepto: nuestro sistema de recompensa-placer es muy delicado y puede convertirse fácilmente en un sistema de aversión-dolor.. Fotografía / Pixabay

El sistema de recompensa-placer

En las profundidades de nuestro sistema límbico existe ciertas estructuras como el núcleo accumbens que están especializadas en lograr un equilibrio -siempre inestable- en nuestra percepción del placer-displacer. Un equilibrio inestable dado que nuestro sistema de recompensa-placer es muy vulnerable pues emergió -evolucionó- en un contexto muy distinto al que habitamos hoy en día. Vale la pena recordar este concepto: nuestro sistema de recompensa-placer es muy delicado y puede convertirse fácilmente en un sistema de aversión-dolor. Es muy posible que emergiera como una compensación a una vida destinada al dolor.

Y es muy vulnerable porque estamos sometidos a estimulos supernormales.

Un estimulo supernormal es aquel que excede la capacidad de adaptación de nuestro sistema de recompensa-placer y las drogas psicoactivas tienen esta capacidad dehackear nuestro cerebro para ponerse al mando de nuestra voluntad. Todas las drogas que tienen actividad cerebral tienen potencialmente esta capacidad de hackeo pero es cierto que algunas más que otras y más rápidamente. Sucede por una cuestión que viene implícita en la capacidad hedonística: En el placer hay un componente de búsqueda o craving, de aproximación a la fuente de placer y otra de consumación o de reacción fisiológica de voluptuosidad. De manera que no todas las drogas son iguales desde el punto de vista cuantitativo de hackeo de este sistema de recompensa-placer. Obviamente la heroína o la cocaína son dos drogas especialmente activas en la construcción artificial de sueño-bienestar o de excitación-bienestar.

De manera que es posible decir que las drogas ilegales son precisamente ilegales porque están mas relacionadas con el secuestro de este sistema recompensa-placer de un modo más eficiente que el tabaco, el alcohol o el café, de modo que la comparación que hace Escohotado con el uso y abuso de estas sustancias (que también existe) no es ni cuantitativa ni cualitativamente comparable.

Yo soy fumador. Desde que ando escribiendo este post me he fumado tres cigarrillos intercalados entre sucesivas paradas a pensar. El tabaco que fumo cuesta unos 4 euros la cajetilla. Muchas veces me he preguntado qué sucedería si la cajetilla costara 20 auros? ¿Seguiria fumando?. Es muy posible que no por una razón: el placer que me proporciona el tabaco no cuesta esos 20 euros, no me compensaría. Simplemente dejaría de fumar con el Champix y en paz. ¿Puede hacer lo mismo un adicto a la cocaína o la heroína? Claro que no, no es una cuestión de voluntad, es una cuestión de cambios permanentes en el cerebro de tal forma que se han incrementado del tal forma los receptores ad hoc de cada sustancia necesarios para lidiar con esos estímulos supernormales que haría falta un programa de varios meses solo para superar la abstinencia física. Luego viene lo peor: superar los mapas cognitivos que vinculan cualquier circunstancia de la vida corriente con el uso de la droga. Los estímulos y respuestas condicionadas a las que somos también muy vulnerables.

Y es cierto que gran parte del drama de los adictos es la ruina económica que supone ser adicto a la cocaína o la heroína, un vicio que no está al alcance de todos y de ahí la relación que existe entre el consumo individual y la delincuencia al menos la relacionada con el tráfico a pequeña escala. El adicto pobre suele ser -a su vez traficante- solo el adicto rico puede eludir el estigma del tráfico que curiosamente en casi todo el mundo está penado por la ley, no así el consumo.

Obviamente el control por parte del Estado de la comercialización de las drogas tendría dos efectos rápidamente visibles: la mayor pureza y dosificación segura y por otra parte al abaratamiento de la mercancía y quizá la desaparición del mercado negro.

 

De manera que es posible decir que las drogas ilegales son precisamente ilegales porque están mas relacionadas con el secuestro de este sistema recompensa-placer de un modo más eficiente que el tabaco, el alcohol o el café. Fotografía / Pixabay

Drogas y medicamentos

En el próximo post espero poder hablar más en profundidad sobre esta diferencia y daré mi opinión al respecto en defensa de una medicalización del uso de las drogas psicoactivas, pero quiero adelantar algo relacionado con eso que Escohotado ha llamado “educación para un consumo sensato” Nunca en toda la historia de la humanidad ha habido más información que ahora gracias al fenómeno de Internet pero tampoco nunca han habido tantas informaciones falsas o sesgadas. Nunca ha habido tanta desinformación y sobre todo prejuicios. Lo cierto es que después de tener una conversación a través de las redes con un consumidor de cannabis he llegado a la conclusión de que la información por sí misma no va a resolver el problema mientras exista el estigma de la prohibición. Un interlocutor me decía ayer que “la marihuana no es una droga porque es una planta (sic) y que por tanto no es química”. Es decir alguna gente cree que “lo natural” es inocuo y que el peligro está en la química, como si el THC (tetracanabinol) no fuera química sino geografía.

El juicio establecido opera como una verdad irreductible y mis esfuerzos por llevarlo hacia la verdad fueron infructuosos, pero para mi hay alguna enseñanza que aprender: para la mayor parte de la población consumir cannabis no es peligroso, ni adictivo, debe ser por eso que es la droga más consumida entre todas las demás y lo cierto es que el cannabis es muy peligroso para los jóvenes y no tanto para los adultos por razones de las que hablaré en el próximo post.

De manera que tendré que hablar de otro tema muy importante: las drogas no son solo peligrosas por su capacidad de causar adicción sino por sus efectos directos sobre el cerebro: por su neurotoxicidad. (Mañana lea la segunda parte).

*Jefe de servicio del área de salud mental del Consorcio Hospitalario Provincial de Castellón (España). Autor de varios libros y artículos académicos.