Relato y reflexión de un profesor de zona indígena del Cauca que tuvo que alejarse de las aulas por amenazas de muerte. Intento exponer que existe una política de abandono estatal.

 

Texto y fotografías / Diego Granda

En las horas de la mañana del 19 de noviembre del 2019 el cabildo mayor del resguardo del Chimborazo de la comunidad nasa, en el municipio de Morales, Cauca, había establecido la asamblea permanente; se llevaban en la vereda de La Liberia unas jornadas de erradicación manual de matas de coca. Esto obedeciendo a una resolución interna que establece que en el territorio no se puede sembrar dichas plantas.

La resolución se hizo en  un intento  por proteger el territorio de los grupos armados que custodian el paso y el comercio de la mata, al no sembrarla ni cultivarla ni comercializarla los grupos armados respetan el territorio; pero si se empieza a cultivar el resguardo entraría en las dinámicas propias de la coca, es decir, en las dinámicas propias de la guerra.

En un esfuerzo por proteger su autonomía y por velar  por la futura paz de sus hijos, los comuneros se dispusieron a erradicar de forma manual las plantas que se habían sembrado en una parte de La Liberia.

Erradicar así las plantas, sin garantías, ni proyectos, solo repite las dinámicas del Estado; sin embargo, hablamos de una comunidad que no quiere que el negocio de la coca altere la paz del resguardo.

Atendí el llamado del cabildo y salí del colegio, me demoré más o menos 40 minutos en llegar del colegio a la vereda vecina, me fui con dos profesores, uno de ellos empezó a hablar de sus malos sueños, de una mala noche que había pasado, que cuando un nasa sueña mal, algo malo se avecina. Antes de llegar a la vereda el cabildo les había encomendado a los profesores labores de cocina en un lugar seguro, más o menos lejos de los cultivos y de la erradicación en curso. Nuestra tarea era tener la comida lista para los comuneros.

Estaba llegando a la zona donde uno de los comuneros anunciaba por los altoparlantes los avances de la jornada de control territorial; durante la erradicación había sucedido una pelea entre los cultivadores y la comunidad que quiso erradicar esos cultivos.

Me senté al lado de unas de mis estudiantes y charlamos un rato…

Me senté al lado de unas de mis estudiantes y charlamos un rato, eran las 12:59 pm cuando desde los altoparlantes se informaba que uno de los comuneros heridos en la refriega contra los cultivadores de coca había muerto de camino al hospital.

Le pedí a una de mis estudiantes una hoja y un lápiz y anoté la hora, guardé el papel en el libro que llevaba en la mochila que curiosamente era uno de Alfredo Molano que por cosas de su muerte había vuelto a leer después de encontrarlo en medio de la biblioteca escolar, leí la última frase del relato donde tenía el separador:  “aquí todo se ha acabado desde hace mucho tiempo” y entonces como en un soliloquio idiota me dije para mis adentros: “no, aquí las cosas apenas empiezan a acabarse”.

Sin reflexionar del todo en esas palabras miré a las niñas mientras se tomaron la cabeza con las manos y abrieron los ojos hasta donde pudieron, como queriendo vislumbrar el panorama que se pronostica cuando muere alguien en unas condiciones como esas.

Después de combatir a machete y chonta los comuneros capturaron a los culpables del asesinato del compañero. Eran dos muchachos que fueron custodiados por la autoridad tradicional hasta la casa del cabildo para esperar el juicio de la comunidad, porque cuando ocurre un crimen en algún territorio indígena dicho crimen debe ser judicializado bajo la jurisdicción especial indígena, que es la facultad que tienen las autoridades de los pueblos indígenas para resolver conflictos al interior de sus colectividades de acuerdo con sus propios procedimientos, usos y costumbres. La asamblea es la autoridad mayor.

La autoridad me pidió el favor de ayudar a redactar la relatoría, así que sin pensarlo muy bien me senté en la silla rimax y empecé a escribir lo que iba sucediendo en la asamblea. Entre llantos, gritos, y una nueva riña a machete dentro del recinto transcurrió la tarde. Al terminar la asamblea los dos jóvenes habían sido condenados a pagar 40 años de prisión cada uno.

Al dirigirme de nuevo del lugar de la asamblea a mi casa fui abordado en el camino por unos sujetos que no vieron con buenos ojos que yo ayudase al cabildo a redactar el acta, así que me amenazaron de muerte y desaparecieron en la espesa negrura de la montaña. Sin dudarlo mucho empaqué mis cosas, arreglé lo que debía arreglar y abandoné el territorio para salvar mi vida.

Y entonces aquí, ya en un lugar seguro, empecé a escribir sin pretender nada, con el único afán de describir, de recrear en el lenguaje el mundo que se experimenta cotidianamente, y no puedo evitar pensar en que acabo de describir un hecho que relata la violencia, pero esa violencia es palpable, física, subjetiva y visible, porque existe además una violencia sistémica, una violencia que ya no puede atribuirse a unos hombres concretos como autores físicos de un asesinato, hablo de una violencia  que está enraizada en un sistema económico, político y cultural.

una violencia sistémica, una violencia que ya no puede atribuirse a unos hombres concretos como autores físicos de un asesinato.

Lo que digo es que el relato anterior no hace sino recrear la realidad social de personas que viven en un abandono casi absoluto por parte del Estado, y cuando digo abandono no hablo del Estado representado en las fuerzas militares, si no de oportunidades reales para poder permitirse una vida digna.

Por un lado se encuentran los comuneros, que en un esfuerzo por mantener la paz de su territorio erradican la coca para salvaguardar el futuro de sus hijos, y por el otro lado están los jóvenes que en un intento por mejorar su calidad de vida emprenden el cultivo ilícito de la coca en desobediencia a las autoridades; pero también está el hombre que muere en el camino porque la única vía que se comunica con la cabecera municipal fue hecha por una empresa privada en un intento por pagar una deuda ecológica y que desde la década de los 80 el mejoramiento vial ha sido más bien nulo.

Intento exponer que existe una política de abandono estatal, no de esta, si no de la mayoría de comunidades indígenas del Cauca. Que si existieran proyectos productivos para las comunidades o si tan solo el Estado cumpliera con la erradicación concertada y con el programa nacional de sustitución de cultivos ilícitos, en los que entró Morales en relación con  los acuerdos de paz, las comunidades tendrían al menos una oportunidad distinta a la violencia.

Y entonces aquí se establece una diferencia lacaniana entre lo “real” y la “realidad”,  tal como lo plantea Žižek. “La realidad”  es la realidad social de personas concretas, en este caso del resguardo, mientras que “lo real” es la lógica abstracta que determina lo que ocurre en la realidad social. Esta lógica del Estado en donde se pretende que apoyar a las comunidades no es invertir ni en salud, ni en educación y cultura como tampoco en emprendimientos, si no en reforzar la militarización de los territorios. Una lógica que debemos rechazar con contundencia, pues es el motor que genera la violencia en los territorios.

Nota: Esto fue escrito en un café internet en la cabecera municipal de Morales el día 20 de noviembre en un intento por reflexionar sobre el episodio tras salir del resguardo. Sin embargo, al día de hoy el problema ha acrecentado. Luego del asesinato del comunero las autoridades han tomado medidas de control territorial. Por temor a futuros enfrentamientos con grupos armados y de lo que pueda suceder en el resguardo, algunas familias se han visto en la necesidad de desplazarse del territorio, dejando a 140 personas desplazadas que están en estos momentos recibiendo asistencia en un refugio en la cabecera municipal de Morales, a unas 3 horas del resguardo del Chimborazo.