LA CUMBIA DE LOS TRAPOS

En lo más alto del mundo capitalista la fiesta fue con “La Cumbia de los trapos”. Canción emblema de los hinchas pobres que van al estadio.

A Maximiliano. Al Bianchi Arena, gracias.

Escribe / Joe Stevens Rodríguez – Ilustra / Stella Maris

Valores muy altos que tienen que ver con la ostentación, el dinero, el oropel o el exotismo, elevó el circo de Qatar, el día que hizo gala de su exuberancia, en la final del mundial de fútbol. Primero, se enfrentaban nuevamente en la historia de occidente un Aquiles y un Héctor. Una gloria del futbol mundial, ídolo en los cinco continentes, prodigio argentino que ha ganado todo, ya en el cenit de su carrera. Frente al también prodigio precoz, joven, atleta, valiente, irreverente, que ha mostrado con suficiencia poder jugar con los mejores y, también, en contra de los mejores. Ya campeón coronado del mundo. Incluso, compañero de equipo y verdugo del mismo Messi en el mundial anterior. La Justa tenía su aire revanchista, agónico, de llamado al coraje, a la valentía, la garra y los cojones.

Segundo. Harto acostumbrados a esas finales sosas, que se agotan en el formato de la estrategia, del marcaje en zona y movimientos sincronizados en bloque, donde el espectador goza más los bostezos que los putazos… el circo de Qatar ofreció en su arena, la que a mi juicio ha sido la mejor final de los mundiales. Un partido de un valor tan alto que, difícilmente se puede vivir otro de la misma manera, al mismo nivel de experiencia. Una amiga que poco vibra con el futbol, con una mirada un poco más objetiva, decía “Joe, la gente parecía con dolores de infarto”. Un juicio totalmente justo, exacto. Porque el nivel de ansiedad, angustia y sufrimiento, crearon condiciones favorables para infartar.

Tercero. Y es que los jugadores llegaron a esa final en un nivel muy alto. Una selección Argentina -que luego de desestabilizar a Francia con el veneno de la posible injusticia- dio clase de juego y garra.  La calidad de Enzo Fernández y De Paul. El todo terreno inteligente de Mac Allister, la entrega y el despliegue físico de Julián Álvarez etc. Un equipo jugando a un nivel superlativo. Los que jugamos al futbol, no importa lo aficionados que seamos, sabemos que jugar a un toque, a esa velocidad, con un marcaje fiero encima, para finalizar en cuatro pases con el gol de Di Maria, requiere de una filigrana en la exactitud del pie, solo vista en equipos de muy alto nivel. Y acompañando esta idea, una garra, una fuerza testicular tan necesaria para afrontar un compromiso de esa exigencia. Desde el primer minuto pegaron, cuerpearon, manotearon, pecharon, fingieron, rasparon e insultaron al rival, como si estuvieran jugando una final de potrero de cualquier villa de Buenos Aires.  Infringieron dolor y miedo en los franceses, haciéndolos sentir acechados, inseguros y erráticos. Cayeron en la inestabilidad que trae la incomunicación, hasta llegar al retraimiento y la timidez.  Solo hasta el minuto ochenta, cuando Kylian despertó de ese aletargamiento, y con dos puñaladas en el costado -en un modo asesino- vio cómo caía la estructura y la fuerza del equipo rival, en solo cuatro minutos.

Cuarto, el contraste. El emir de estas tierras qataríes, engalanó al ídolo campeón, con la túnica de los hombres sabios e importantes, la de los héroes que libran grandes batallas y regresan a casa para contarlo. Es la misma túnica que distingue a la familia real y los ministros. Faraónico Leo, fue ungido como capitán de su tropa guerrera, e igualado a la realeza. Por eso en el circo de Qatar, los campeones no dieron una simple vuelta olímpica, sino una vuelta al infinito, como lo sugería el símbolo en el tablado. Y allí, en medio de todo ese fastuoso glamour del capitalismo árabe, capitán y tropa guerrera, eligieron como banda sonora de su hazaña, una cumbia villera, de villorrio, de barrio bajo, de comuna. De las que se escucha en el fuerte apache, quizás una de las villas más violentas de Argentina hasta hace pocos años, de donde salió Carlitos Tevez, “El Apache”.

En lo más alto del mundo capitalista, la fiesta fue amenizada con “La Cumbia de los trapos”, de la agrupación argentina Yerba Brava. Una cumbia que narra el peregrinaje dominical, realizado por el hincha pobre, hacia el estadio de futbol. Borrachos o locos, en ese estado de embriaguez, dice la cumbia. Sin duda fue una forma de traer el pueblo a celebración, haciéndolo coparticipe de una experiencia que debía sentir así de cerca. Pero a la vez, una experiencia que pudo sobrepasar los límites de rio de la plata y permear muchas conciencias en el continente. Porque “La cumbia de los trapos” la canta el hincha argentino, sin importar su posición social. Porque “La cumbia de los trapos” la cantan gran parte de los hinchas de Latinoamérica, como la cantaban los hinchas de Lobo sur a las afueras del estadio, en la final que disputo y ganó el Deportivo Pereira. Así, en el circo de Qatar sonó la cumbia villera, porque de allí vienen la mayoría de estos campeones. El canto de los pobres, borrachos o locos, retumbó en coro, en el castillo de marfil.