Esa puerta es muy difícil de abrir, hay mucha resistencia y mucho poder que quiere mantenerla cerrada, pero en los ojos de Tanja y en el ambiente de esta zona veredal puede percibirse una enorme esperanza y un fuerte deseo por abrirla de par en par. Esperemos que pueda lograrse. Entrevista con Tanja Nijmeijer, integrante de las Farc presente en La Habana.

Siempre aferrada a su computador, Tanja recorre los diferentes espacios del campamento instalado en La Elvira, Cauca. Foto Diego Valencia.

 

Por Gloria Inés Escobar Toro

Después de transitar cinco horas por carretera pavimentada en medio de cultivos de caña de azúcar, principalmente, y dos por una vía destapada cuesta arriba rodeados por imponentes montañas coloreadas por los verdes de sus cultivos, coca y pino en gran medida, llegamos a la zona veredal La Elvira instalada en Buenos Aires, municipio ubicado al norte del departamento del Cauca. Allí encontramos a Alexandra, la guerrillera de origen holandés, una mujer que se encontró con la fama sin andarla buscando, después de que su diario personal cayera en manos del ejército y fuera publicado y utilizado como propaganda en contra de las Farc.

A Alexandra, cuyo nombre de pila es Tanja Nijmeijer, le llegó la fama no solo por este hecho que reveló con claridad la participación de extranjeros en el conflicto armado colombiano, sino también por su protagonismo en los diálogos de paz en La Habana, integrando la subcomisión de género. Sumado a esto, su condición de ser mujer, su personalidad carismática, su capacidad expresiva y su preparación académica, la convirtieron en una figura visible, y de cierta manera mediática, dentro y fuera del país.

La dureza inicial de su rostro da paso a una sonrisa que desconcerta a los interlocutores.

Sin duda Alexandra es toda una novedad pues para muchos resulta incomprensible que una persona proveniente del “primer mundo”, mundo al que muchos colombianos intentan acceder con el sueño de obtener mejores condiciones de vida, haya decidido dejar la comodidad que ofrece pertenecer a él, por ingresar a la siempre peligrosa y azarosa vida de la guerra, sobre todo si esta se libra en tierras tan lejanas y ajenas a sus afanes.

Pero para Tanja esta decisión de dejarlo todo -vida asegurada, familia, comodidad- no es más que una consecuencia lógica de su sensibilidad social y de su convencimiento de que la justicia no tiene fronteras, lo cual sintetiza muy bien al definirse a sí misma como una ciudadana del mundo que lucha por la justicia. La holandesa, como también la llaman, a pesar de su apariencia frágil y delicada, de sus modales educados y finos, se revela como toda una orgullosa fariana a la que no le quedó grande la exigente disciplina militar que por aproximadamente 15 años ha obedecido en las filas guerrilleras.  

Proveniente del noroeste de Europa, esta mujer bien pudiera pasar como colombiana pues su aspecto físico y su casi imperceptible acento extranjero al hablar, no delatan su origen europeo. Su trasegar en las filas de la guerrilla no solo han afianzado su ideología política sino que le han hecho entender la importancia del colectivo pues, como ella lo reconoce, su vida antes del ingreso a esta organización giraba en torno a sí misma. Ahora no solo piensa en el colectivo sino en la necesidad de que la nueva fase de actividad política que se inicia con la negociación, incluya una perspectiva de género.

Ella, como muchas mujeres blancas, educadas y de clase media o alta, no había sentido la necesidad de pensar en lo que el machismo, o el patriarcado, término más conocido para Alexandra, significa para la sociedad, todo lo que genera. Foto Diego Valencia

Gafas con nueva mirada

Fue en el proceso de paz, no antes, cuando ella se puso las gafitas de género, gafitas que, dice, una vez puestas no eres capaz de quitártelas. Antes de La Habana la preocupación por el género no era una preocupación muy central. Ella, como muchas mujeres blancas, educadas y de clase media o alta, no había sentido la necesidad de pensar en lo que el machismo, o el patriarcado, término más conocido para Alexandra, significa para la sociedad, todo lo que genera. Hoy, con las gafas del feminismo puestas, es consciente de que muchos de los problemas de la sociedad colombiana en general y de las mujeres en particular, son producidos por esa estructura de poder, por esa discriminación histórica que se ha dado.

Y no es que en la vida guerrillera no se presentaran asomos de machismo, los había, pero ella no los reconocía como tal, siempre encontraba una justificación para explicarse hechos que hoy sí reconoce como comportamientos propios del modelo patriarcal. Fue en la negociación entre el gobierno y las Farc que empezó a ver las cosas de otra manera. Fueron las mujeres colombianas, como ella misma lo reconoce, quienes empezaron a exigir la perspectiva de género y me hicieron un gran favor a mí porque al mismo tiempo que se daba la negociación las farianas empezamos a estudiar como un verraco porque sabíamos que estábamos quedadas en el tema. A La Habana llegaban mujeres de todo tipo, de otras partes del mundo pero también del partido y de todas ellas aprendimos algo. Empezaron entonces a realizar talleres sobre el feminismo entre ellas mismas, para entender más sobre el tema.

Con movimientos precisos y enfáticos de sus manos reafirma sus nociones sobre la cuestión de género en las Farc.

A Tanja, el descubrimiento de la lucha feminista le cambió la vida. Como ella lo afirma, más que la subcomisión de género ese proceso interno para mí fue muy importante, de ahí que les haya dolido tanto que el trabajo de la subcomisión que fue, en sus palabras, un trabajo que se hizo muy bien, fuera tergiversado, distorsionado por la iglesia, por la derecha. El tema de género, renombrado despectivamente por la derecha como “ideología de género”, fue utilizado para lograr el no en el plebiscito. Se aprovechó el desconocimiento de las personas en esa temática para conseguir fines políticos en contra del proceso de paz.

Con la creación de la subcomisión de género en el proceso de negociación, relata Alexandra, se trataba de incluir un enfoque de género en los acuerdos de paz. Después de discutidos los tres primeros puntos de la agenda, se percataron de que las mujeres no aparecían en ellos, entonces vieron la necesidad de incluir la perspectiva de género precisamente para revertir la discriminación histórica a que ha estado sometida la mujer en Colombia. Por ejemplo, en el primer punto del acuerdo, el de la Reforma Rural Integral, se afirma que las mujeres tienen acceso en condiciones de igualdad con respecto a los hombres a la propiedad de la tierra y proyectos productivos. De igual manera, en lo referente a la participación política, en el Congreso y en todas las instancias de poder, las mujeres tienen menos participación que los hombres, con el enfoque de género, se trata entonces de equilibrar un poco eso.

Después de discutidos los tres primeros puntos de la agenda, se percataron de que las mujeres no aparecían en ellos, entonces vieron la necesidad de incluir la perspectiva de género.

Alexandra y Victoria Sandino, quien dirigió la subcomisión, así como sus camaradas, saben que con eso no se va a solucionar el problema de la discriminación de género en Colombia, pero sí se abre la puerta para que las mujeres puedan exigir su participación o su acceso a la tierra. Ellas tienen muy claro, comenta la holandesa, que una cosa es que esto esté en el papel y otra que se lleve a la práctica, pero si no está en el acuerdo es muy difícil llevarlo a cabo; esto es como la puerta que se abre a una sociedad más justa y más equitativa.

Esa puerta es muy difícil de abrir, hay mucha resistencia y mucho poder que quiere mantenerla cerrada, pero en los ojos de Tanja y en el ambiente de esta zona veredal puede percibirse una enorme esperanza y un fuerte deseo por abrirla de par en par. Esperemos que pueda lograrse.