La practicante

Entramos al Guanábano. Una imagen del divino niño Jesús decapitado me hizo sonreír. En lugar de cabeza tenía una guanábana pequeña. La música sonaba muy bien y las personas que se encontraban allí se veían bastante cómodas. (…) Yo solo llevaba mi pasión y mis ganas de aprender. 

universo

Por: María Laura Idárraga

Universo Centro llegó a mis manos por azares de la vida un día de calor infernal en octubre del 2012, mientras esperaba una entrevista para mi trabajo de grado en el centro de Medellín. Recuerdo que había varias ediciones en el stand. Todas tres llamaron mi atención, pero en especial aquella que tiene como portada un fragmento de pavimento gris: el número 35.

“Cualquier cosa, menos quietos”, leí en voz alta y comencé a ojearlo. Recuerdo que para esa época estaba buscando prácticas; ya cursaba noveno semestre y estaba culminando mi trabajo de grado, así que busqué desesperada la bandera de créditos para observar alguna oportunidad y me encontré con un montón de personajes completamente desconocidos.

No obstante, el director, Juan Fernando Ospina, me llamó mucho la atención. En especial porque mis gustos hacia la fotografía en algún momento me habían hecho googlearlo y así fue. Era él.

El fin de semana siguiente lo continué en Granada, Antioquia. Tuve suficiente tiempo para devorarme cada uno de los tres números de los que había echado mano. Estaba sorprendida. En Pereira, de donde vengo, no teníamos este periódico, “revista lo llaman los más cariñosos”. Fascinada por su contenido, sus ilustraciones y fotografías, al regresar a mi ciudad se lo enseñé a un par de profesores y compañeros.

Un mes después estaba enviando como loca correos con mi “pulcra” hoja de vida probando suerte en diferentes medios. Como es de esperarse, la realidad no dista de la imaginación y pronto reconocidos periódicos de la capital me cerraron las puertas.

Muy preocupada y buscando una libreta en mi mochila, agarré por equivocación un Universo Centro. Inmediatamente el bombillo que a todos se nos prende bajo presión iluminó mi oscuro panorama. Allí estaba el correo electrónico con el que contactaría rápidamente a cualquier miembro del comité editorial.

El 6 de diciembre mientras abría mi correo ya resignada, descubrí una respuesta escrita por la asistente de Universo Centro, Sandra Barrientos. Grité; no era para menos, el periódico que había disfrutado tanto unos meses atrás me estaba contactando para hablar personalmente con su director.

Un poco alterada pero con los pies en la tierra, marqué el dichoso número de celular. A los pocos segundos me contestó Juan Fernando. Tragué saliva y con mi vocecita (cuando estoy nerviosa me suena un hilo) comencé mi rutinario discurso, interrumpido casi de inmediato por Juan quien estaba un poco ocupado para atenderme, a lo que respondió que me llamaría más tarde.

Colgué, estaba frenética. Casi me tiro el discurso memorizado de tantas llamadas que había hecho esa semana: intereses, habilidades, intenciones y proyectos, en fin, gajes de practicantes. Pocos minutos después me llamó y hablamos un poco más. Me citó para el 19 de diciembre, día del cierre del número 41. Así que con anticipación les conté a mi familia y mi abuelo –­que siempre ha sido mi compañero de viajes­– decidió que iría conmigo.

La Practicante

Faltaba una hora para la esperada cita. Estaba ansiosa pero confiada. Me vestí rápidamente escogiendo cada una de las prendas (incluidos los calzones de la buena suerte) para dar la mejor de las impresiones. Zapatos negros, pantalón y camisa. Por poco salgo de tacones, pero algo me decía que sería inoportuno. Estaría en lo correcto unas horas después.

Mi abuelo también estaba ansioso. Lo demostraba preguntándome a cada minuto la hora programada para la cita. Afortunadamente para una entrevista de trabajo yo soy muy puntual.

Juan Fernando y yo quedamos de encontrarnos en la entrada del Centro Colombo Americano. Al bajarse del taxi, el abuelo miraba hacia el suelo, cuidadoso de no caerse. De pronto sus ojos se encontraron con los de mi jefe, mucho más alto que nosotros dos. En ese momento pude entender que los miedos de mi abuelo se hacían, cada uno, realidad. Estábamos frente a un hombre nada convencional, que para él –por supuesto como buen abuelo, bien conservador– parecía más bien un joven deshilachado.

Se dieron la mano. Hubo un momento de silencio. Solo éramos Juan Fernando, el abuelo y yo. ¡Ah! Y mi tío Diego, que se parece al tío Lucas de la famosa película de la Familia Adams. El tío estaba advertido de no ir a meter la pata en el encuentro, por lo que esperaba no muy lejos de nosotros a que se diera el acto protocolario de presentación.

El abuelo sudaba, lo noté por su mano que me agarró inmediatamente solté la de Juan Fernando. Me besó en la mejilla con una lentitud eterna, sabía que no quería dejarme ir con él. Me despedí de vuelta agitando mi mano. Desde la acera vi cómo se alejaba su rostro aterrado. Yo estaba aliviada de quedarme sola con quien llegaría a ser mi jefe; no quería que mi abuelo arruinara “la entrevista” con sus prejuicios.

Juan Fernando casi corría y tuve que andar a su paso. Acertaba en la decisión de usar zapatos cómodos, nada estrafalario, como normalmente aconseja un manual de etiqueta. Caminamos media cuadra hasta llegar a lo que sería mi oficina: el Parque del Periodista. Confieso que estaba aterrada. Lo primero que vi fueron dos tipos que se inyectaban algo en su brazo. Volteé la cara con violencia y miré hacia el piso para no encontrarme con sus ojos.

Entramos al Guanábano. Una imagen del divino niño Jesús decapitado me hizo sonreír. En lugar de cabeza tenía una guanábana pequeña. La música sonaba muy bien y las personas que se encontraban allí se veían bastante cómodas.

Subimos las escaleras color vino tinto en forma de caracol, las mismas que subiría por los próximos cinco meses. Sentada en el primer computador estaba Sandra. Me saludó con indiferencia; luego entramos a la dichosa buhardilla: un lugar lleno de juguetes, periódicos, un par de sillas rotas y una mesa redonda que podía desbaratarse con solo mirarla.

Juan se sentó y prendió su computador portátil. Yo todavía miraba extrañada la oficina, las fotografías de mujeres empelotadas y el archivo de Universo Centro. Estaba encantada con todo aquello; era justo lo que quería: un medio alternativo, loco y absurdo. Comenzamos a charlar.

De pronto, Juan se paró inesperadamente y me ofreció acompañarlo a tomar la fotografía de la portada del número 41 a Los Puentes. Accedí y dentro de mí estallaba un éxtasis de alegría. Aquel sería mi primer camello junto a Juan, solo que yo me encargaría de observar, una a una sus acciones.

Salimos de la oficina y cogimos un taxi. Juan llevaba su maleta pesada con cámara en mano. Yo solo llevaba mi pasión y mis ganas de aprender. Caminamos en medio de las personas sentadas en el parque. Chazas con cigarros y jíbaros ofreciendo marihuana se acercaron en ese corto lapso. Cerré la puerta y en seguida vi una escena que nunca olvidaré: mi abuelo estaba caminando entre las personas buscándome desesperadamente.

Como no quería preocuparlo, me recosté lo que más pude en el asiento de atrás hasta esconderme por completo. Lo vi perderse de mi vista mientras el taxi arrancaba y volteaba por la esquina que forman Girardot y Maracaibo. Naturalmente estaba un poco preocupada por él. Me entristecía verlo así, pero de haberme visto mientras le estiraba la mano despidiéndome dentro del taxi tal vez hubiese sido peor.

Los siguientes minutos estuvieron acompañados de decenas de llamadas provenientes de Pereira. También el abuelo marcaba con insistencia. Yo me limité a colgar cada una de ellas mientras podía. El celular no paraba de vibrar y yo ya llegaba con Juan a Los Puentes.

Una larga fila de personas esperaba por un poco de natilla y buñuelo. Yo desconocía por completo ese lugar, en cambio Juan, parecía moverse como pez en el agua. Iba de un lado para otro observando detalles que solo él sabría retratar. Tras él, encontramos unos cuantos objetos navideños alusivos a la época. Juan saludaba a los recicladores dueños del agáchese que visitábamos, recuperando una Virgen María despicada por allí, un buey despintado por allá; los restos de un árbol de navidad y un San José manco.

Entre todas esas cosas recicladas, finalmente Juan sacó un par de fotos –¡qué digo!– muchas fotos que luego se pondrían a consideración del comité editorial. Para ese momento alcancé a contestarle una llamada a mi padre. Le expliqué que estaba trabajando y que por favor me dejara hacerlo. Escondida detrás de un montón de chatarra oxidada, temía que alguien me rapara el celular. Así que colgué estrepitosamente.

Un rato después ya estábamos de vuelta en el Parque del Periodista. El sol se había puesto y un hermoso color naranja cubría el espacio cubierto por humo espeso. Esta vez iba junto a Juan hablando un poco sobre la experiencia que acabábamos de vivir, cuando me encontré con los ojos tristes de mi abuelo. Estaba sentado en la primera mesa del Guanábano frente a una cerveza a medio tomar. Me sostuvo la mirada y fui yo quien se avergonzó. Entré detrás de Juan y no paré a saludarlo. Aunque en el fondo quería tomarlo por mis manos y abrazarlo, sabía que primero debía terminar lo que ya habíamos empezado.

Mientras observábamos las fotos que Juan había capturado para escoger la portada, me entró una última llamada al celular. Era mi abuelo. Esta vez sin tanta premura decidí bajar a ver qué era lo que pasaba.

–Quihubo–, saludó mi abuelo con desgano.

–Papito, ¿qué es lo que pasa? Yo estaba trabajando y no podía contestar.

­–Es que nada más mire este parque, la gente, ¿cómo no quería que me preocupara? Yo estaba asustado, usted nunca se ha ido de la casa y mire a dónde fue a parar.

En ese momento y como nunca me sentí más unida a él. El abuelo solo me estaba protegiendo, era natural que ver partir a su nieta querida por tanto tiempo fuera a causarle tantas emociones. Por fin lo abracé y me sequé en su pecho las lágrimas chiquitas que me salieron. Lo besé en la mejilla mientras él se sonrojaba. Le expliqué trayéndole periódicos que esa práctica era la que yo más quería: el comité, la experiencia y el lugar. Quería vivir, conocer la calle, sentir y así fue.

Mi abuelo me entregó 20.000 pesos y me pidió que le dijera a Juan que solo me estaba dejando esta plata por si me hacía falta, “para que no se dé cuenta mamita”. Después de toda esta persecución, de las llamadas que nunca se hicieron a la Policía y a los bomberos, esta vez lo vi irse triunfante, con los periódicos bajo su brazo, con ganas de devorarse su contenido como yo quería devorarme el mundo.

Entré, subí las escaleras y me encontré con la escena que viviría desde hace cinco meses en la oficina: periodismo, fotografía, literatura y alcohol; la realidad de Medellín vista desde la buhardilla del Guanábano, una combinación que con mesura y pasión dan como resultado la alquimia perfecta que es Universo Centro.