De mala gana seguía siendo periodista cultural. Las preguntas, las dudas que me sembraban cada entrevista las fui postergando, las dejé pasar, archivándolas, tirándolas al olvido, enceguecido por esa ansia de protagonismo que buscan siempre quienes se dedican al periodismo investigativo.

 

Por: José David Pacheco Martínez

A Odile Bouchard, en cualquier lugar de Francia

Cubierta del sol y la lluvia con una sombrilla hecha en Aurillac.

Por aquel entonces, yo conocía a Odile, bueno, es un decir, al menos sabía quién era. Nuestras conversaciones estuvieron siempre supeditadas a su voluntad de colaborar con mi ejercicio periodístico. Había ganado una convocatoria y aceptado un trabajo como practicante en el periódico El Tiempo. Llegué muy entusiasmado, debo confesar. Pensé que ese sería el espacio y el tiempo perfecto para ir sacando poco a poco el ímpetu que según mis profesores me caracterizó en la universidad, discusiones de pasillo y tertulias.

Siempre entendí el periodismo –aún hoy que me niego rotundamente a volver a las salas de redacción–, como la oportunidad de mostrarle a la gente del común cómo se están moviendo los hilos del lugar que habita, por qué esto, por qué aquello, en fin, ir más allá, obligarlos a cuestionarse, obligarlos en últimas a despertar, tal vez, eso se deba a mi espíritu siempre revolucionario.

Debo decir también, que nada de eso se materializó según mis planes. El primer día, mi jefe inmediato me dijo que yo estaba y estaría todo ese tiempo dedicado única y exclusivamente al periodismo cultural, cosa que detesté, renegué hasta el punto de querer dejar todo tirado, salir corriendo. No era decepción; era sentirme más bien limitado, cohibido, censurado, si se quiere; pero, debo admitir también, que con el pasar de los días ser periodista cultural me gustó tanto, que si alguna vez vuelvo a la redacción, sería indudablemente a ese ambiente de intelectualidad y conocimiento que se respira en cada concierto, exposición y obra teatral.

Nada más placentero que una charla de horas con un escultor, pintor o actor que mira la vida de una forma metafórica y que de cierta manera, te hace replantear muchas ideas con respecto al rumbo que le has dado a tu vida hasta ese momento: es como quitarte la venda de los ojos, un despertar, un asumir los sucesos diarios de otra forma. Además, evitas definitivamente estar tras mentirosos, ladrones que esquivan tus preguntas y tratan de envolverte en esa demagogia barata y ridícula que caracteriza a los políticos y servidores públicos.

Dentro de mí estaba pasando algo, pero no lo entendía en ese momento. Seguía pensando cada vez más y con mayor fuerza en descargar toda mi furia sobre los responsables de que la ciudad estuviera mal y en ese sentido, quienes ostentaban el poder no eran los únicos responsables.

La sociedad apática e indiferente tenía mucho más que ver: eran los directamente involucrados y seguían haciéndose los de la vista gorda. Mientras todo eso pasaba, mientras se movían adentro de mí muchas fibras, la idea de ser un periodista cultural me parecía despreciable y hasta degradante para un hombre como yo, cosa que hoy me parece desagradable y que, definitivamente, deja en evidencia lo altanero que era en aquel entonces, lo altivo, lo orgulloso y cualquier otro adjetivo calificativo. Miro hacia atrás y me doy cuenta de cuán equivocado estaba en ese momento.

Cada noche esperaba la oportunidad de una investigación de largo aliento, esperaba el chance de ir más allá de una entrevista, que era lo que hacía y lo que me publicaban, por lo que me pagaban. Yo seguía estando inmerso en mi propio ego, navegando en ese mar de odio y furia contenida que no me deja ver lo que en realidad era ir más allá, vagando en ese océano profundo donde me ahogaba y sentía que no era valorado, seguía pensando que desperdiciaba mi tiempo en cosas triviales, dejando pasar la oportunidad de hacer cosas importantes, periodísticamente hablando.

De mala gana seguía siendo periodista cultural. Las preguntas, las dudas que me sembraban cada entrevista las fui postergando, las dejé pasar, archivándolas, tirándolas al olvido, enceguecido por esa ansia de protagonismo que buscan siempre quienes se dedican al periodismo investigativo. Seguía anhelando premios y reconocimientos, seguía buscando hacerme a un nombre, ganarme un espacio donde están los grandes. Seguía con la cabeza llena de la basura que le enseñan a uno en la universidad, seguía echando a un lado el verdadero sentido humano de lo que significa ser periodista.

Odile seguía invitándome a sus exposiciones, a sus ruedas de prensa, y yo asistía religiosa y puntualmente, seguía interesado por sus iniciativas sociales, por todo ese mundo de activismo que, si lo miro detenidamente, calaba más que mi interés por sacar a la luz otras cosas.

Cuando estábamos a solas en su oficina, las entrevistas poco a poco iban tomando un halo personal, apagaba la grabadora y quedábamos horas enteras reflexionando sobre una cosa y la otra, el tiempo en ese momento era todo y a la vez nada.  Pero, en ese entonces, ella seguía siendo solo una fuente importante de información y tal vez yo, para ella, era el canal donde todo lo que ejecutaba se hacía visible.

En ese momento, eso sí, ella me parecía una mujer irresistiblemente interesante. Las mujeres como ella ejercen en mí un raro poder, mis niveles de agresividad y beligerancia se van. Quedo frente a ellas tan desarmado que no me reconozco, o tal vez soy simplemente ese y no el que creí ser en otros espacios y otros momentos.}

Un día cualquiera, inconscientemente o tal vez no tanto, empecé a mirarla de lejos, maravillado por sus ojos a veces verdes, a veces avellana. Pensaba en aquel entonces que entre ella y yo no había, aparte de lo estrictamente laboral, nada en común. Pensaba ya de modo fatalista que tratar de entablar con ella una conversación era –poéticamente– tirarle piedras a la luna. En aquel entonces era de esas mujeres que están a años luz de un tipo como yo. Pensaba también que mis antecedentes belicosos eran más que un punto en común, algo que nos ponía en planos diferentes, en vías paralelas que no tienen ningún punto de encuentro por más que se alarguen.

Seguía cazando peleas por todo y con todos. Seguía estando tan empecinado en conseguir que me autorizaran un tema que de una vez por todas me hiciera visible en el ámbito periodístico regional y nacional, tenía aún vivas esas ansias de gloria y fama. Mis días, mis horas giraban en torno a eso, ideaba cada noche un plan para trascender, buscaba opciones, gastaba muchas horas leyendo y releyendo documentos, buscando huecos, vacíos, irregularidades en documentos públicos y contratos de interventorías que dieran origen a una investigación y fueran el detonante de una de tipo penal, que terminara, además de una sanción disciplinaria, con el encarcelamiento de los involucrados.

Proponía una cosa, proponía otra. Buscaba, encontraba. Entrevistaba, borraba. Ya hacía todas esas cosas de forma mecánica, era capaz de encontrar una historia susceptible de investigación hasta en las conversaciones más triviales y bien intencionadas en una ruta de bus. Definitivamente estaba perdiendo el control.

Mis prácticas seguían avanzando, las oportunidades de hacer otras cosas se fueron presentando y sin dudarlo las aproveché. A pesar de ser publicado, sentía… pensaba que no me daban el espacio ni el tiempo que necesitaba para hacer la gran investigación, escribir el gran tema.

Yo seguí con mi vida, de un momento a otro las invitaciones de Odile fueron más pausadas, lo veía con extrañeza debo decir, porque todo el tiempo que llevaba al frente de esa fuente, ella y su organización habían sido las más activas, las que salvaban la patria, quienes me proporcionaban la información necesaria para seguir estando vigente, para acumular notas y mantener mi top de cuatro notas por semana, cosa que tal vez sea impensable para un pasante que comparte sección con otros cuatro, que viven en ciudades más grandes y culturalmente más activas que Santa Marta. Esa situación me preocupaba, pensaba que era yo tal vez el culpable, que tal vez no le había gustado el enfoque que hice a alguna de mis notas y había decidido no volver a invitarme.

Ante la ausencia de una fuente tan agradable e importante para mí, me las arreglé para conseguir entrevistas de otro tipo. Ya no había tanto activismo social en mis notas, cosa que me frustraba sobremanera, me sentía como esas niñas bonitas que muestran sus piernas al final de cada noticiero, solo que yo lo hacía con letras y en un periódico. Ahora sí estaba totalmente distanciado del objetivo que motivó mi matrícula en la Escuela de Comunicación Social y Periodismo, era literalmente un periodista de farándula. Solo deseaba que mi tormento terminara, que llegara el fin de mi contrato y poder conseguir un espacio en otro medio para poder ser de nuevo el periodista incisivo que fui siempre y que ahora estaba maniatado.

Inconsciente o consciente, yo seguía buscando a Odile en cada evento cultural al que asistía, los encuentros se fueron reduciendo cada vez más hasta llegar a cero. Pensaba por momentos en qué podría haber pasado con ella, pero definitivamente en ese momento mi cabeza y todo mi ser estaba enfocado en otras cosas. No desistiría por un tema relacionado con egos y vanagloria de esa empresa hasta ahora imposible de realizar: publicar en El Tiempo una gran historia, un gran tema, tener para mí esas libertades que los periodistas se ganan con el tiempo y que les permiten publicar pendejadas como la crónica de un viaje en lancha de Cartagena a Ciudad de Panamá, por ejemplo.

Un día cualquiera supe que había abandonado su cargo en una institución internacional en la que trabajaba, para desempeñarse como profesora universitaria, que era lo que realmente le gustaba y, por lo que pude notar en la voz de aquel cualquiera que me dio esa información, era lo que ella añoraba hace ya un tiempo. Supe también que era una loca enamorada de Medellín y su ambiente algo bohemio. Ha de ser por los cada vez menos frecuentes lugares donde aún se canta tango y hay esporádicamente shows de baile. También por la calidad de su gente, valga la pena decirlo y dejarlo bien en claro, la gente paisa enamora a sus visitantes, locales y extranjeros, esa sí es gente que sabe tratar a la gente.

Mientras eso pasaba en Odile, mientras ella podía trascender y encontrarse en el ambiente que en realidad le gustaba y deseaba estar, yo seguía cada vez más desesperado, asfixiado por las calles turbulentas y  malolientes de Santa Marta. Llegó el verano y con él el fin de mis prácticas profesionales y también el fin de la censura que me habían impuesto con la fuente cultural, pensé para mis adentros.

Cuán equivocado estaba en ese momento, pero no lo sabría sino solo un par de meses después. Por otra parte, seguía siendo ese entusiasta y enérgico periodista empeñado en hacerle frente a la corrupción, ese que quería a toda costa exhibir su formación ética y la calidad de sus letras.

Rehusé trabajar en Opinión de la Costa, un periódico de índole media-baja, el cual confirmaría más tarde era y es solo un pasquín ideado para extorsionar a través de sus páginas a los mandatarios de turno; su dueño, editor y jefe, es uno más de esos inescrupulosos que han puesto esta profesión por el piso y han arrastrado con él a una juventud sin ideas y perdidas en un mundo cada vez más fácil de influenciar y corromper con el dinero.

Además de eso, lo que ofrecían como salario era una verdadera falta de respeto no solo para mí, sino también para cualquier periodista formado en una universidad  como la Sergio Arboleda. Traté ese día ser diplomático al escuchar la pírrica e irrisoria suma que devengaría por trabajar única y exclusivamente con él.

Luego llegó la oportunidad que esperaba, el chance de hacer investigaciones de gran calado: Me contrataron como redactor de la sección Departamento del periódico más importante de la ciudad, el tercero de la región, dicen, pero en realidad, no es más que otro facsímil con fines extorsionistas. Desde el primer día empecé a sentir un ambiente tenso con los compañeros, todo estaba tan mal dentro de esa sala de redacción que sentí asco y pena por quienes lo compraban a diario.

Sabía de antemano cómo eran las cosas, pero, al menos, pensé, me darían la oportunidad de ir más allá, la oportunidad de abrirme con clase el espacio que tanto anhelaba, pero no, el tipo de periodismo que tenía en mente iba en contravía de los principios poco ortodoxos y por demás bajamente éticos de quien controlaba, según su proceder, el dichoso periódico.

Mis cuestionamientos empezaron con algunos titulares, luego llegaron hasta el tratamiento de las noticias, después avanzaron hasta la cantidad de errores que a diario tenían las notas,  y terminaron con lo escandaloso de las fotografías y un sinfín de hechos que pronto hicieron que me convirtiera en el hombre más odiado de la redacción e hicieron que tomara la decisión de no volver a leerlo, incluso viendo cómo lo hacían a diario.

Tan desagradable era tenerme cerca para mis compañeros, que solo una semana bastó para que me anularan mandándome a cubrir judiciales, labor que no me desagradaba en absoluto, era o fue tal vez el trabajo más fácil que jamás tuve y me pagaban por eso. Pero, eso no satisfacía mis pretensiones editoriales y a los pocos días renuncié, jurando nunca más volver a pisar esa edificación, a la que aún hoy, mucho tiempo después, miro con un odio visceral.

A Odile me la encontré bastante tiempo más tarde en un Salón de Arte Religioso de la que era jurado. Vestía como siempre de rojo. Me saludó al reconocerme entre los asistentes y me invitó luego una cerveza. Sentado frente ella, como hacía ratos no estaba, en un bar cualquiera del Centro Histórico, hablamos de mis planes de viajar a Panamá y los suyos de volver a París.

Años más tarde, la asistí jurídicamente cuando regresó por el dinero de su pensión y yo me había hecho abogado para ser mejor periodista investigativo. Antes y después de nuestro último encuentro, he escrito muchas historias, he participado en varios proyectos periodísticos de carácter nacional que han dado más frutos de los propuestos y hasta he fundado mi propia revista de periodismo investigativo.

Santa Marta, Magdalena, Colombia. Noviembre 27 de 2017.