¿Cómo tus búsquedas feministas pueden reconciliarse en el monasterio y la oración coral? ¿Qué tan grande fue la fe adquirida después de años de escepticismo? Contéstame, Edith, por favor, que tengo dudas y creo que tú las puedes responder. No sé a dónde está escondido aquel ciervo herido y se me ocurre que debes saberlo, pues el tren de la muerte llegó hasta el convento de Echt para llevarte con tus parientes.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
La catequesis del vitral
Tendría unos catorce años cuando nos encontramos por primera vez. Una infantil curiosidad por la hagiografía me llevaba a visitar las iglesias interesado en descubrir en los rasgos de las imágenes de los santos, las huellas de su historia. Así dejé de pensar que Judas Tadeo era carpintero, pues la palma y el hacha no eran las herramientas de su oficio, sino el martirio y el método con que había sido llevado a cabo.
Fue en 1998 cuando entré al interior de la iglesia gótica de San José. Luisa trabajaba en el Pereira Plaza y fue con ella con quien descubrí la magia de la luz. Los vitrales laterales de la izquierda desafiaban mi ingenuo conocimiento del canon católico. Palau, Isabel, Edith, eran nombres nuevos que no veía en los escenarios capitalizados por Francisco de Asís o Antonio de Padua. Con el tiempo, las dos carmelitas han significado mucho más que vidrios de colores.
Dos décadas y media después, con los ojos cerrados y escuchando el concierto para la mano izquierda de Ravel, me pongo delante suyo para preguntarme y entender cuatro signos que gravitan alrededor de su figura magra y esbelta, su rostro melancólico y confiado. La mirada serena de una mujer que comprende y sufre, que desafía con su presencia porque el pensamiento, por más cadenas que tenga, la hace libre. No, sé bien que no alcanzo a interpretar el reto de su mirada, de sus ojos. Por eso me voy a los símbolos que tiene a izquierda y derecha, en la parte superior: la estrella de David y la Menorah. Sí, la presencia de los símbolos judíos en un vitral católico causó tanta fascinación en mí que le tomé fotos para que no se me olvidara que había un altar de vidrio en el que el templo se convertía en sinagoga, alrededor de una mártir. Cuando tuve reveladas las fotos de aquellos rollos no dudé en incluirlas en mi álbum de vacaciones en Pereira.
Un poco aquí, un poco allí, con las hermanas y los padres, en las conversaciones, en los libros y después con la Internet, Edith se me hizo familiar, inquietante, presente: una filósofa judía que se hizo monja carmelita y murió mártir durante la segunda guerra mundial en manos de los alemanes.
Al desenvolverme en un medio marcadamente académico, agnóstico, laico, positivista, decolonial, anticlerical, me sorprende que, en medio de tanta bibliografía, aquella foto de la adolescencia sea capaz de invitarme a un murmullo de oración:
¿Qué leíste en el camino, Edith, que te llevó de la tradición judía a las búsquedas fenomenológicas? ¿Qué experimentaste de la caridad, como voluntaria, en la primera guerra mundial? ¿Cómo el cuerpo herido en combate, de algún ario, se te asemejó a ese cuerpo sangrante de aquel judío que enamoró a la mística del Barroco español? ¿Cómo tus búsquedas feministas pueden reconciliarse en el monasterio y la oración coral? ¿Qué tan grande fue la fe adquirida después de años de escepticismo? Contéstame, Edith, por favor, que tengo dudas y creo que tú las puedes responder. No sé a dónde está escondido aquel ciervo herido y se me ocurre que debes saberlo, pues el tren de la muerte llegó hasta el convento de Echt para llevarte con tus parientes al genocidio perpetrado por el nacionalsocialismo. ¿Puedo leer de tu mano lo que leíste en el camino, Edith, para recuperar la fe que ardía en mi corazón cuando me acerqué a tu vitral por vez primera?.
Edith, ¿filósofa o teóloga?
En la búsqueda de respuestas a estas y otras incógnitas, he dado con el libro Formar personas. La teología de la educación de Edith Stein de Francesc Torralba Roselló, cuyo primer capítulo “Cuestiones biográficas e históricas”, me ha llevado a reflexionar sobre mi primer acercamiento a la figura de esta pensadora del siglo XX, injustamente desconocida. Torralba propone una explicación de entrada: “Para algunos filósofos su obra es excesivamente teológica, pero, para algunos teólogos es, ante todo, una producción filosófica. La consecuencia final es que, a menudo, se pierde en tierra de nadie […] Se le tiende a ubicar en una de las polaridades (feminista o patriarcal, judía o católica, tomista o fenomenóloga, filósofa o teóloga, progresista o conservadora)”.
La exclusión de Edith Stein (1891-1942) parece un síntoma de lo singular de su figura: cuando obtuvo su título en filosofía, le negaron la cátedra universitaria por ser mujer y, años después, se la impiden de nuevo, por ser judía. Por canonizarla, pierde el interés de los seculares, pero tampoco alcanza el entusiasmo de los católicos más necesitados de espectáculo que de una fe analítica.
Torralba va todavía más allá de estas dicotomías. El propósito de su libro es demostrar el pensamiento que sobre la educación tenía Stein. Si no se ha leído como filósofa o como teóloga, ¿podrá leerse entonces como pedagoga? Para lograr este propósito, el contexto que reconstruye Torralba es fascinante pues no sólo reproduce los ítems de la proclama del partido nazi, sino que también presenta cómo era la práctica educativa durante el Dritte Reich.
Cuando me faltan casi 330 páginas por leer, estas 70 primeras me han hecho sentir que he leído la biografía que necesitaba para otorgarle un orden a mis búsquedas sobre Edith, en un momento inicial.
Primero está la mujer judía que ante la propaganda antisemita escribe Vida de una familia judía (1933), en un intento por consolidar la experiencia de quienes tratan con judíos y saben que no son ningunos monstruos.
En segundo lugar, está la discípula de Husserl y sus investigaciones fenomenológicas. En este campo aparece también su condiscípulo Martín Heidegger, sobre el que recae cierta desazón. Por un lado, en ámbitos filosóficos, Steiner (citado por Torralba) describe un dramático desenlace para maestro y aprendiz: “Y no hay nada más emotivo, nada más triste, que el lento descubrimiento por parte de Husserl de que su alumno, su predilecto, su sucesor designado, su hijo entre los hijos, iba a destruirle”.
De otro lado, una falta de empatía del propio Martín hacia Edith. Cuando se entera de su conversión, le escribe a un amigo: “Es lamentablemente un gran paso en falso, un signo de miseria interior en las almas. Un auténtico filósofo solo puede ser libre: la esencia de la filosofía es la autonomía más radical, enteramente según su intención”. Pero, lejos de esta opinión está el trato negligente hacia su compañera cuando “al editar los textos husserlianos sobre fenomenología de la conciencia interna del tiempo (1928) no mencionaba que era ella quien los había ordenado durante su trabajo como asistente privada”.
En tercero, los diez años de docencia en el colegio de Espira, antes de pasar al Instituto Alemán de Pedagogía Científica en Münster, que son el núcleo de la reflexión de Torralba. Y en cuarto, y último lugar, la filósofa que ahora, bajo el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, en el claustro monacal, alterna su ejercicio filosófico con los deberes religiosos de una carmelita descalza.
Quizá cuando Edith escribió sobre Isabel de Hungría no presentía que esas líneas serían una forma también de leerla a ella: “[Isabel] que vivió todo el tiempo como extraña e incomprendida en tierra extranjera, nos recuerda que todos somos forasteros en este mundo y que nuestro verdadero hogar es el Reino del Padre celeste”. Aunque esto último, siguiendo a su maestro Husserl, tengamos que colocarlo entre paréntesis.


