Nada impidió que en el corazón de la capital colombiana se dieran cita muchos integrantes de las FARC que han creído en su causa como quien se aferra a su fe y a su patria, como quien cree que pese a las pérdidas humanas el objetivo solo cambia de camino y cambia de las armas a las palabras.

Redacción TLCDLR

Por las calles de un hotel cualquiera, aledaño al centro de Bogotá, caminaron hombres y mujeres portando escarapelas estampadas con las siluetas de Jacobo Arenas y Alfonso Cano, hombres y mujeres  mezclados entre policías y un despliegue de seguridad que miraba con recelo a cuanto pasaba por las aceras y las vías.

El sueño de quienes un día hicieron guardia en el monte ese día cayó sobre las almohadas de varios hospedajes capitalinos, y pese a que no fue el sueño más tranquilo esa vez no hubo posibilidad de un bombardeo aéreo.

-Hola camarada-  contesta un hombre moreno por su celular, tomándolo como si fuera una radio.

-Sí, es que estamos esperando que nos ubiquen porque acá aparecemos es con el nombre de guerra y como que no nos encontraban- continúa.

Y desde la madrugada del siguiente día (27 de agosto) continuaron llegando buses de todos los rincones del país para concentrarse en el Centro de Convenciones Jiménez de Quesada. Los rostros delataban la raigambre campesina de los asistentes, aunque ningún transeúnte desprevenido podría adivinar que esos rostros fueron protagonistas del conflicto armado más prolongado y sangriento del continente.

Una vez en el recinto repleto el evento no lograba empezar y cada intento se veía interrumpido por gritos y arengas: “Comandante Jorge Briceño… ¡Presente! Comandante Martín Caballero ¡Presente!… Camarada Alfonso Cano ¡Presente!”. “-¡Hemos jurado vencer! – ¡Y venceremos!”.

Las FARC tienen más muertos de los que consiguen recordarse: Jacobo Arango, Carlos Patiño, Iván Ríos, Efraín Guzmán, Jacobo Arenas, Manuel Marulanda, Raúl Reyes, nombres que se enfilan en una lista aparentemente inagotable, como la guerra –que al menos por manos de este grupo armado cesó hace un año–.

“No ha sido fácil llegar hasta acá” –aseguró en algún momento el maestro de ceremonia, Manuel Bolívar– “estamos cumpliendo lo del Mono Jojoy cuando dijo que en Bogotá nos pillábamos”.

Y después las palabras fueron repetidas una y otra vez por oradores, contertulios y viejos comandantes guerrilleros, quienes resumieron el sentimiento contrariado que embargó el Congreso fundacional del nuevo partido al que se convirtieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, ahora Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común.

Flotaba en el aire la sensación de que este Congreso, que muchos vieron como una victoria, podría abrir paso a un nuevo escenario incierto y peligroso para los militantes, escenario donde se barajan las amenazas abiertas, los asesinatos, la inseguridad jurídica y el riesgo de que la nueva organización fariana no alcance a adaptarse a la política colombiana y acabe disuelta. Cosa que se lee con las líneas expresadas por Erik Sosa, representante del gobierno cubano: “guarden sus precauciones, cuídense porque la derecha va a querer acabar con el proyecto de las FARC”, a lo cual el auditorio respondió con un silencio revelador.

Los cuadros que adornaron el recinto retrataban a comandantes históricos de la guerrilla, pero los organizadores tuvieron especial cuidado para escoger fotografías sin armas ni referentes bélicos. Así, los fusiles que desaparecieron de la confrontación, también lo hicieron de la iconografía e incluso de la retórica, que intentó suavizarse con el eslogan “Nuevo Partido para un nuevo país”, más parecido a los del gobierno de Juan Manuel Santos que a las consignas de la vieja izquierda. Desde el primer momento fue evidente la disyuntiva a la cual se enfrenta la dirigencia de las FARC, pues se ha visto rehén de su propio discurso por buscar mantener las convicciones de las bases cuando ve la necesidad de adaptar su mensaje a unas mayorías urbanas que los miran con desconfianza, en el mejor de los casos, y con franca hostilidad y odio, en el peor. 

Varios militantes urbanos de las FARC que participaron de las deliberaciones –a puerta cerrada para los periodistas– explicaron que antes del Congreso ya existían dos tendencias claras al interior de la organización, tendencias que se expresaron en la discusión del borrador de los estatutos presentados a la plenaria. Aquel debate se hizo patente en la posterior elección del nombre, y podría perfilar dos bandos dentro la organización: quienes son partidarios de un partido amplio, abierto e incluyente, en contraposición a los adeptos de un partido cerrado de cuadros. La primera tendencia es encabezada por Carlos Antonio Lozada, Pastor Álape y el propio Timoleón Jiménez, quien ha exhibido un talante conciliador y renovador como último comandante en el tránsito a la legalidad. Pastor Álape habría propuesto eliminar palabras como “marxista -leninista” o “anticapitalista” del documento final de los estatutos; algo que generó molestias entre buena parte de los asistentes. Timoleón Jiménez lanzó la iniciativa de cambiar el nombre de la organización por Nueva Colombia y también se escuchó la idea de que se hiciera una consulta pública en las redes sociales sobre el tema. Cuando Carlos Antonio Lozada fue abordado sobre el asunto se evadió diciendo: “hasta ahora lo que hemos visto son propuestas”.

En la segunda tendencia se alinearon comandantes históricos como Iván Márquez, Joaquín Gómez y Jesús Santrich, quien durante todo el proceso de negociación e implementación de los Acuerdos ha mostrado públicamente la cara más radical de las FARC. Los tres le apostaron a conservar la doctrina revolucionaria y el ideario de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, y al final se impusieron en las votaciones dentro de la plenaria, algo que se reflejó en la mayoría que optó por conservar las siglas FARC como nombre del nuevo partido y en el elevado número de votos que obtuvieron Iván Márquez y Jesús Santrich como candidatos a la dirección política del mismo. Ambos son dos de los líderes más populares dentro de la base de militantes.

Las comisiones de trabajo se conformaron en 10 mesas que abordaron temas como la plataforma política, los estatutos, los candidatos a cargos de elección popular, el trabajo de masas, la sostenibilidad financiera del movimiento, entre otras. La dirección del partido de las FARC contará con 111 miembros, donde resaltan conocidos comandantes pero también líderes sociales y simpatizantes que ingresaron a la organización.

Por otra parte, mientras las FARC se preparan para debutar en la política abierta y legal, sigue sin resolverse el futuro jurídico de casi dos mil combatientes aún presos, no se han concretado los proyectos productivos ni las alternativas para más de siete mil guerrilleros en proceso de reincorporación y la presencia del Estado es nula en las regiones que eran controladas por la insurgencia y ahora son copadas por nuevos grupos armados. Todos factores cruciales que podrían echar al traste los esfuerzos de paz más sólidos y reales que se hayan llevado a cabo en el país con las FARC desde que comenzó el conflicto armado.

Concentrar a los delegados y a los simpatizantes tuvo en contra trabas burocráticas de la Alcaldía de Bogotá y del Centro Democrático, que interpuso un derecho de petición tratando de impedir que el cierre se llevara a cabo con un costoso concierto en la Plaza de Bolívar, al son de Totó la Momposina, Ana Tijoux y Jhonny Rivera. La Fiscalía también intentó sabotear el evento reactivando órdenes de captura contra algunos de los guerrilleros indultados que se vieron obligados a retirarse y regresar a las Zonas Veredales. Pero al final las FARC llenaron la Plaza el viernes primero de septiembre entre la sorpresa y consternación de más de un incauto, después de haber aplazado el Congreso por tres meses y con la convicción de que “el mundo político es difícil y no está hecho para los revolucionarios”, en palabras de Rodrigo Londoño.

Pese a la vaga certidumbre, al menos en este caso, nada impidió que en el corazón de la capital colombiana, con grandes despliegues logísticos, se dieran cita por una semana hombres y mujeres que han creído en su causa como quien se aferra a su fe y a su patria, como quien cree que pese a las pérdidas humanas, el objetivo solo cambia de camino y cambia de las armas a las palabras, mientras con nostalgia van recordando la Milonga del fusilado:

“Mis manos son las que van, en otras manos, buscando. Mi voz, la que está gritando. Mi sueño, el que sigue entero. Y sepan que solo muero si ustedes van aflojando. ¡Porque el que murió peleando vive en cada compañero!”