LO OBVIO SERÍA LA NADA

Lo obvio sería la nada, el fracaso. Lo natural sería la inexistencia, pero sucede el milagro y la vida surge o existe, a veces con tal ímpetu, que emociona y conmueve.   

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

La editorial Errata naturae ha recuperado la costumbre de agregar un colofón a sus libros, uno en el que no solo se advierte la fecha de publicación, la colección a la que pertenece y el tipo de letra empleada, sino que además aprovecha para dar continuidad al libro de una manera sutil, contando una historia alterna gracias a la cual las puertas de la imaginación o la reflexión del lector siguen abiertas.

Horas de invierno de Mary Oliver culmina con el siguiente colofón: «(este libro) se terminó de imprimir… ciento treinta y cinco años después de que un ranchero de Fort Keogh, Montana, afirmara haber visto caer un copo de nieve de treinta y ocho centímetros de ancho por veinte de espesor, que sería de facto el de mayor tamaño jamás registrado, aunque no existan pruebas al respecto, pero ni falta que le hicieron a la mujer del granjero: “Yo no lo vi, se fundió con el resto de la nevada antes de que pudiera verlo, pero no albergo la menor duda. Por aquel entonces, mi marido había perdido toda esperanza, se daba a la bebida a la espera de que los pilares del granero terminaran de pudrirse y el banco se quedara con la granja, pero la visión de aquel copo lo cambió todo para él, aún no entiendo cómo ocurrió, fue como si un ángel hubiera caído del cielo y le hubiera concedido una forma misteriosa de gracia. Hoy seguimos viviendo en nuestra granja, hemos tenido nuestro primer hijo cuando ya nadie lo esperaba y cada vez que nieva, John pasa horas sonriendo en silencio junto a la ventana de la cocina”».

Los ensayos del libro de Oliver no tienen nada que ver, aparentemente, con la historia del granjero. No se trata tampoco de una exposición de sucesos formidables como el acaecido hace ciento treinta y cinco años cuando cayó en el pequeño fuerte de Keogh aquel copo de nieve. Van, sí, en cambio, de milagros vitales y de esperanza, tal como la que resurgió de improviso en aquel granjero desahuciado y en aquella mujer condenada a la miseria y a la tristeza, que supo entender que un ángel había caído del cielo; como sin duda caen. El pasado fin de semana, para poner otro ejemplo de lo que digo, Andrés Calle nos contó que alguna noche oscura y difícil, mientas viajaba hacia Riosucio desde Anserma, un hombre mayor le pidió un aventón, se trataba de un ángel, dijo, que supo llevarlo entre abismos y huecos en el pavimento sin sufrir el más mínimo contratiempo. Al igual que la esposa del granjero, no vi al ángel de Andrés, pero sí conozco a mi amigo y sé que tiene la capacidad para olfatear a los ángeles y evidenciar los milagros. Porque ese justamente es el propósito del colofón trascrito: advertir que la vida y lo que en ella sucede es un milagro: la detención del universo físico, dijo Borges en uno de sus cuentos; la complejidad y extrañeza del tiempo, de la física y de la química; la conexión entre todo y la perplejidad de los hombres, incapaces siempre de entender mínimamente el entramado de causas y devenires; la poesía, que es el máximo milagro del que podemos ser partícipes y testigos, reflejada en el copo de nieve y en las aparentes intrascendencias vitales de Mary Oliver, y de todos nosotros.

Lo obvio sería la nada, el fracaso. Lo natural sería la inexistencia, pero sucede el milagro y la vida surge o existe, a veces con tal ímpetu, que emociona y conmueve.

La palabra colofón proviene del latín colophon y esta del griego kolophn, que a su vez tiene raíz indoeuropea que significa culmen, cumbre, excelente, cima, excelso y columna. Kolophn también era el nombre de una ciudad griega ubicada en Jonia que se atribuía ser el lugar de nacimiento de Homero. Mayor culmen imposible. Es milagro que Errata naturae hubiera recuperado los colofones, al igual que la existencia misma de la editorial y de sus lectores.  Y es un milagro mayor leer a Mary Oliver, y poder tener el libro entre los estantes y volverlo a revisar cada vez que quiera, y tener amigos a quienes contarles lo que provoca su lectura. Y es también un milagro tener tiempo para leer, o para escribir esta nota, y es un milagro que al menos una persona la lea. Porque lo que debería suceder sería, tal como ya lo dije, la nada, que no exige energía, ni implica derroches, ni exige esfuerzos de nada y nadie. Pero no, de vez en cuando el universo llega al extremo de producir un copo de nieve de treinta y ocho centímetros de ancho por veinte de espesor, y lo arroja sobre la tierra, teniendo el cuidado de no darle a nadie en la cabeza.