Que Jesucristo no sea el único que puede hacer milagros es el más esperanzador y, para muchos otros, el más peligroso de todos los milagros.
Que conserves la fe en lo que escribes —en lo que no has escrito y quieres escribir— es un milagro.
Que Francia y Alemania sean cómplices diplomáticos, después de enfrentarse a muerte durante décadas, deberías considerarlo un milagro político.
Que un gambiano llegue a Libia después de atravesar el desierto del Sahara en cinco días, escape del mayoral que lo esclavizó y lo torturó durante meses en Trípoli, luego trepe a una patera, cruce el Mar Mediterráneo —donde han muerto 7775 personas desde 2014 hasta hoy— y logre llegar vivo a la costa italiana de Sicilia, es, para ti, un milagro hecho con iguales dosis de brutalidad y desesperación.
Es un milagro la llegada a tus manos de ese libro escrito por Claudia Piñero llamado Las viudas de los jueves.
Que todavía haya gente que asiste al foro, al seminario, a la reunión donde se programa la próxima reunión por convicción y no por el refrigerio, a eso le llamas: milagro.
Que hayas podido votar en segunda vuelta por un candidato con planteamientos políticos y económicos afines a la izquierda es un milagro que no valoras lo suficiente.
Que la bolsa de Chicago haya encontrado una fórmula matemática para encontrar el precio de lo que no tiene precio es un milagro financiero.
Dos leviatanes convencidos de que se aman es, para ti, un milagro inexplicable, irrepetible.
Que el congreso argentino contemple la posibilidad de despenalizar el aborto es un milagro de todas las mujeres que inundaron de pañuelos verdes las calles de Buenos Aires los primeros días de junio.
Que —todavía— no haya estallado una guerra civil nacionalista en los Balcanes es un milagro.
Que Paraguay —donde el 2,5% de la población concentra el 85% de las tierras agrícolas— sea el primer país de Latinoamérica libre de malaria es un milagro.
Que la señora lea un libro en el metro es un milagro.
Que se escriban y se vendan libros —y haya quienes vivan de escribir y vender esos libros— es un milagro.
Que Uruguay le haya ganado en 1950 a Brasil en el Maracaná es un milagro.
Que Jesucristo no sea el único que puede hacer milagros es el más esperanzador y, para muchos otros, el más peligroso de todos los milagros.



