LA ESTACIÓN DE VIENA

El escritor regresa a la capital del imperio Austro-Húngaro, epicentro de la crema y nata de la intelectualidad europea en los albores del siglo XX, cuna de escritores y refugio de revolucionarios, Viena, tan cosmopolita como aristócrata, tan elegante. 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales. Ilustra / Stella Maris.

 ¡ Todo se va de putas, sólo las putas no!

                                                       Karl Kraus, Retrospectiva de la vanidad, abril de 1929

Hay épocas en  la historia que se nos  presentan aureoladas de un magnetismo especial, capaz de concitar en un mismo tiempo   y lugar la presencia de una gran variedad de fenómenos representantes de todos los campos de la ciencia , la creación y  el conocimiento.

Es lo que llamamos  “ El espíritu de los tiempos”. Escritores, pintores, músicos, políticos, filósofos y hombres de empresa se dan cita sin propósitos comunes  aparentes y forjan el rostro que mostrarán esos tiempos a los habitantes del futuro.

Sucedió con el Siglo de Pericles en la antigua Grecia, el Imperio Romano, El Renacimiento europeo, el Siglo de Oro Español y la Inglaterra de Shakespeare, para mencionar  momentos ilustrativos.

Casos recientes encontramos en el grupo de poetas españoles de la Generación del 27 y en la Viena que forma el arco final del reinado de los Habsburgo, desde la última década del siglo XIX hasta los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial.

La España de antes de la Guerra Civil y el consiguiente reinado del fascismo tuvo a Eliseo Diego, Dámaso Alonso, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas y Miguel Hernández a modo de faros para iluminar la prolongada hora de tinieblas que le aguardaba.

Ludwig Wittgenstein

A su vez, en la Viena finisecular y de comienzos del siglo XX convergieron, atraídos por una fuerza centrípeta, hombres como los pensadores Karl Kraus, Ludwig Wittgenstein y Walter Benjamin, los novelistas Stefan Zweig, Robert Musil y Joseph Roth, los poetas Hugh von Hofmansthal y R. M Rilke, los compositores Richard Wagner y Richard  Strauss, el médico Sigmund Freud,  y los pintores Klimt, Kokoschka y Egon Schiele, todos ellos aupados por el poder económico de los empresarios  judíos que animaron el tránsito del feudalismo a la sociedad industrial y burguesa tan celebrado por Karl Marx y F. Engels en sus escritos.

También en su momento pasaron por allí Lenin y Trotski en su errancia perpetua antes de regresar a su país durante los días previos a la Revolución de Octubre.

Vistos desde la distancia, esos acontecimientos se nos aparecen como si el mundo se preparara para  sumergirse en la pesadilla del nazismo y los soviets y  necesitara de la luz de esos espíritus para ayudarse a enfrentar la  travesía.

Mucho se ha escrito sobre esos tiempos terribles y fructíferos. Sin embargo, la Viena del ocaso del Imperio Austrohúngaro siempre guarda sorpresas para todo el que se atreva a descorrer los visillos de sus viejas mansiones urbanas y sus castillos campestres.

Una biblioteca políglota por aquí, un piano de cola con sus partituras intactas por allá, una colección de pinturas de este lado y un archivo histórico en aquel  rincón nos ofrecen una muestra de lo que  gozaron y sufrieron quienes  protagonizaron esa época brillante y turbulenta a la vez.

                                   Obra de Egon Schiele

Esos testimonios  nos  permiten ver la sociedad vienesa en perspectiva. Desde los  miembros de la familia imperial, con su séquito de áulicos y sirvientes, hasta los habitantes  anónimos de la más remota aldea de Los Balcanes y más allá, pasando por intrigantes y cortesanos que  sentían el mundo conocido agrietarse bajo sus pies, todos nos  ofrecen algún detalle de ese inestable y variado universo que, sólo en apariencia, creíamos monolítico.

Porque un imperio es mucho más que un mapa, una trama de intrigas diplomáticas o un  código de formas cortesanas: es, ante todo, una concepción del mundo llevada a la práctica con su carga de yerros y aciertos. Es si se quiere, la materialización de un supuesto designio divino cuya expresión terrena es la idea del carácter eterno de las dinastías.

Eso hace de la monarquía un organismo cuya estabilidad  depende de la perfecta sujeción entre sus partes. De  ahí su  apariencia de inmovilidad. Sobre esta ilusión se soporta la existencia de gobernantes  y gobernados.

Esa inmovilidad, que constituye la clave de su fuerza, es por eso mismo su mayor debilidad, porque en su expansión los imperios incorporan a la fuerza pueblos disímiles que, más allá del aparente sometimiento a la autoridad del rey, alientan en su interior muchas culturas, lenguas, tradiciones, intereses y maneras de ver el mundo que con el paso del tiempo se convierten en fuerzas centrífugas capaces de  echar por tierra el más sólido de los edificios.

En el caso de los Habsburgo, uno de los vórtices de esas fuerzas estaba en Los Balcanes. No es casual que el detonante final del desplome de su imperio sonara con tanta intensidad en Sarajevo, luego del asesinato del heredero al trono, el archiduque Francisco Fernando, a manos del conspirador serbiobosnio Gavrilo Princip el 28 de junio de 1914.

Con todo, como ya  han anotado tantos, esa fase final fue el aliciente para que espíritus atormentados y lúcidos consagraran lo mejor de sus energías a pensar, narrar, pintar y musicalizar obras que, hoy, nos da cuenta de las grandezas y miserias de esa época en que la  naciente burguesía, carente todavía de un sistema de valores propio que le diera sentido a su estar en el mundo, se dedicó a copiar y multiplicar lo que la aristocracia moribunda había forjado a lo largo de los siglos.

De ahí las críticas feroces de un pensador como Karl Kraus a  toda la  hipocresía que caracteriza ese tipo de transiciones, justo cuando Sigmund Freud sacaba a la luz los demonios del mundo inconsciente. Eso mismo explica el llamado urgente de Stefan Zweig para que lo humano, lo que nos diferencia de otras especies, fuera puesto a salvo de las amenazas de la bestia nazi que ya se anunciaba en el horizonte, empeñada en la cosificación que precede al dominio absoluto sobre cuerpos y almas.

Esa Viena fue el lugar donde Ludwig Wittgenstein, tras un largo y tortuoso camino, tuvo al fin su intuición de la metáfora y la poesía como única manera de aproximarse a la esencia del mundo. Fue también la ciudad que le permitió a Walter Benjamin captar la diferencia entre el caminante mecánico cuyo único propósito es la producción y el consumo, frente al transeúnte sin rumbo aparente que acaba por desvelar los misterios de los seres y las cosas.

Los  grandes espíritus  que la habitaron  provenían de todas partes y de ninguna. Eso les proporcionó la  dosis de libertad   y lucidez necesaria para legarnos el testimonio impagable de una ciudad que, más allá de su arquitectura y de su  valor museístico,  nos  deja entrever  algunas claves de un  momento decisivo en la historia de la humanidad.